viernes, 11 de junio de 2010

La lista negra


De pronto como en una brochet maldita todos mis enemigos de siempre se ponen en fila. Eso me da la oportunidad de ir enfrentándolos uno a uno.

El primero en aparecer es Natalio, el niño que me pegaba en la escuela primaria. Con gran satisfacción pienso en qué fácil va a serme derrotarlo ahora, pero al dar el primer paso casi caigo al percatarme de que me había sido devuelto mi cuerpo de niño. La lucha es pareja y cruel, incluyendo piquetes de ojos y patadas en lugares indebidos. De todos modos puedo ganarle, por primera vez en mi vida, mas no sin llevarme un ojo negro de recuerdo.

El estirón me marea un poco y el acné me sorprende mientras contemplo al Profesor Savatelli. Sava, como le decíamos en esa época, me había hecho imposible el tránsito a través de la escuela secundaria. Disfruto la venganza: con una inteligencia extraña en mí soy capaz de responder a todas sus preguntas, adelantarme a sus objeciones y corregir sus ejemplos. No tiene más remedio que aceptar mis razones y, si bien la humillación frente al aula llena en la cual de pronto nos encontramos hubiese bastado para concluir mi venganza, la completo con un imposible: brea, plumas y un puntapié por la espalada.

Entre risas y ovaciones experimento el siguiente cambio: el acné desaparece casi por completo y la barba crece, algo despareja, al mismo tiempo que presiento una presencia femenina: el silencio vuelve a reinar cuando brota ante mis ojos la silueta de mi primera novia. Me detengo en un instante de dolor al volver a sentir cómo había roto mi corazón adolescente. No obstante, con mi mejor cara de superado soy capaz de decirle que lo nuestro nunca había sido más que una efervescencia jovial, que el verdadero amor, profundo y con raíces, lo conocí mucho después, y que recién en mi situación actual soy realmente feliz. Me doy el gusto de dejarla yo ahora, y no sería sincero si no reconociera que en esta nueva oportunidad que me da la vida me alegro maliciosamente al ver sus lágrimas correr.

Apenas pasado ese momento me vuelvo a enfrentar con el siguiente enemigo que surge de la fila: la indiferencia de mis padres. Siempre enfrascados en sus asuntos personales o de pareja, peleando, mintiendo y obligándome a mentir por y para ellos, nunca se habían preocupado por saber qué era lo que realmente necesitaba. Ahora están allí, de nuevo con la edad que los recuerdo, discutiendo en el living de mi casa. Este nuevo reto parece requerir de aún más valor que los tres anteriores, pero me armo de coraje y los enfrento: mi boca se abre como en un grito eterno y ellos escuchan mi voz como si nunca lo hubieran hecho antes. Mis palabras les hacen caer el velo de sus ojos. Se detienen, se miran, amagan abrazarse pero se dan cuenta de que es a mí a quien deberían hacerlo. Los rechazo con un ademán, con el sentimiento de haber realizado una cuenta pendiente y huyo de mi hogar.

El siguiente estadio se presenta confuso: entre luces y sombras debo volver a luchar contra enemigos abstractos y de algún modo siempre presentes. Con una espada corto la cabeza de las malas ondas y actitudes ajenas, le pongo el pecho como un escudo a los contratiempos del destino y retuerzo los cuellos del fracaso, la subestimación y el desaliento. Algunos de estos monstruos se me aparecen portando rostros conocidos: jefes y compañeros laborales, vecinos, comerciantes, camaradas casuales que la vida me había ido poniendo dentro de mi horizonte de acción. A todos asesino sin piedad: arranco extremidades, disparo balazos al tórax, clavo hachas en nucas y enciendo fuego los restos.

Luego de tal experiencia eufórica, mi corazón late como si quisiera salir de mi pecho. Sin darme cuenta había crecido mientras enfrentaba a tales hordas, y ahora me sorprendo con mi cuerpo actual. Al limpiarme la sangre de la frente contemplo que sólo han quedado tres de pie, en el fondo de la hilera. Los tres más difíciles.

El primero en saltar al escenario es el que algunos considerarían el peor enemigo: uno mismo. Me enfrento a mí dando círculos, mido mis movimientos pero tengo la sensación de que es imposible vencerme. Mis miedos e inseguridades dan fuerza a mi ser rival, quien no duda en propinar el primer golpe. Caigo. Pero rápidamente aprendo que de las caídas se aprende y sonrío pleno de autoestima: caer no es más que una prueba de que soy capaz de levantarme. Ese sentimiento me hace sentir invencible. Me pongo de pie mientras mi yo mismo comprende el paso que acabo de dar y con una sonrisa desaparece, o se funde en mí mismo.

Habiendo derrotado a mis propias limitaciones me lleno de seguridad para afrontar el siguiente reto. Mas al verlo me paralizo y siento cómo mis miembros comienzan a temblar, debilitarse. Caigo en la cuenta del poder de mi nuevo oponente: el Tiempo. De aquel que se considera que es el mejor de los maestros se dice también que tiene un defecto: termina matando a sus alumnos. Y eso es lo que está haciendo ahora conmigo: con una mano en mi frente me hace avanzar por sus vías de forma acelerada. Desde el suelo veo mis manos arrugadas y algunos de los pocos cabellos que me quedaban caídos sobre el piso, completamente blancos. Sin embargo, cuando parezco derrotado, aprendo una nueva lección: mi fuerza de voluntad sigue intacta y no importa qué edad tenga, sino que el fuego siga ardiendo en mi interior. La voluntad de vivir es más fuerte que cualquier contingencia mundana, incluso que el paso del Tiempo.

Me levanto de un salto, renacido, como nuevo. Ahora sí estoy listo para hacerle frente al último de mis enemigos, el más temido. Negra su figura, avanza lentamente hacia mí portando su guadaña. Es la misma Muerte. Supongo que nadie es capaz de derrotar a la Muerte y siento aquí el final de mi aventura. Sin oponer resistencia agacho la cabeza mientras mi verdugo levanta su afilado metal. Sin embargo… no, ese no puede ser el fin, no después de todo lo que fui capaz de vencer, de avanzar, de progresar. La vida no puede terminar así, de esa forma inevitable. Alzo la frente y clavo la mirada en los profundos ojos de la Muerte. Y ahí comprendo la Verdad: la Muerte es sólo un cambio. Y es el cambio el que nos hace crecer. Feliz, tomo la mano de mi último enemigo y me dejo llevar.