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lunes, 2 de febrero de 2009

Investigación científica: ¿De dónde surge la amistad?



Ya lo decía Platón en el siglo IV a.C.: “Amigo es aquel que te acompaña sin preguntar, quien busca la verdad con el sentimiento y quien trae los chorizos para el asado” (Diálogos culinarios 234a – 256b). Pero la pregunta que nos surge y nos urge en este día tan aciago es la siguiente: ¿de dónde surge la amistad? Especialistas de Harvard se reunieron tratando de encontrar una solución a la aporía amiguística que remonta a la controversia Platónica - Aristotélica: “¿La amistad existe porque existen los amigos o los amigos existen porque existe la amistad?”. Luego de arduas horas de debate, nuestros colegas de Harvard llegaron a una conclusión: “Los de Oxford son todos putos”.

Al parecer, la enemistad estuvo siempre presente en la amistad: desde Caín y Abel hasta Cóppola y Maradona, el clásico “porque te quiero te aporreo” sirvió de guía a las relaciones más fraternales.

“Un amigo es un amigo”, le decía Wittgenstein a Carnap cuando se juntaban a comer salchichas en el Círculo de Viena. Tantas estupideces decía cuando se emborrachaba.
Pero lo que aquí realmente importa es definir qué es lo que hace que una persona sea nuestro “amigo”, qué es ese brillo especial que uno encuentra en alguien sí y en alguien no y que no todos tienen. ¿Es genético, hiperbólico o transeúnte? Veamos qué propiedades se cumplen y cuáles no dentro de la relación amistal:

Propiedad transitiva: Si Adolfo es amigo de Mohamed y Mohamed es amigo de Samuel, ¿eso significa que Adolfo es amigo de Samuel? Claramente no: uno puede no ser amigo del amigo de su amigo y sin embargo sí ser amigo de su amigo y que éste sea amigo de su amigo correspondiente sin que haya contradicción alguna.

Propiedad distributiva: Si Miguel es amigo de Juan y de Carlos, eso significa que Miguel es amigo de Juan y que Miguel es amigo de Carlos. Es decir que esta propiedad sí se cumple en la amistad (nota: hay que estar atento al siguiente caso: esta propiedad no asegura que Miguel sea amigo de Juan Carlos).

Propiedad conmutativa: esta propiedad también se cumple: si Marcos, Felipe y Hugo son amigos, eso significa que Felipe, Hugo y Marcos; Hugo, Marcos y Felipe; Marcos, Hugo y Felipe; Felipe, Marcos y Hugo; y Hugo, Felipe y Marcos son todos amigos. Hacen una fiesta el sábado: hugomarcosfelipe@hotmail.com (preguntar por José Ignacio).

Propiedad asociativa: por último, esta propiedad no se cumple en la amistad: siendo Paula, Pamela, Carolina y Gabriela amigas entre sí, si Paula Y Gabriela hacen rancho aparte, su relación con Pamela y Carolina ya no dará el mismo resultado.

Esto es todo lo que podemos decir sobre el origen de la amistad por ahora, sin embargo la investigación continúa abierta.

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Publicado originalmente en la revista Vitel Toné (2007)

jueves, 8 de enero de 2009

Reflexiones sobre el tiempo



Hay varias formas de concebir el tiempo: circular, lineal, elíptico. Además, siendo lineal, puede ser uniforme o ramificado (sin pensar un tiempo reversible).

Me gusta pensar que el tiempo es lineal y uniforme, que nada puede ser cambiado. En películas como 12 monos o la saga de Terminator esto es así: por más que uno viaje al pasado, no puede cambiar nada. ¿Por qué no? Fácil: porque el viaje en el tiempo ya había sido hecho. Digamos que yo viajo al pasado para evitar que suceda un accidente. Pero el accidente sucedió, obviamente, si no yo no viajaría para evitarlo. Y si sucedió, es porque no lo pude evitar. Pongamos años: yo, desde mi presente de 2007, viajo a 2002 para evitar un accidente que ocurrió ese año. Lo cierto es que en el correr de los años de un tiempo lineal uniforme, éstos se fueron sucediendo ordenadamente: …1998, 1999, 2000, 2001, 2002, 2003… etc. En el año 2002, mi “yo del futuro” (o sea, de 2007) ya estaba ahí. Y, por supuesto, no pudo hacer nada para evitar la tragedia, porque de hecho sucedió. Es más: por paradójico que suene, hasta mi yo mismo de 2007 puedo haberla causado. Así es que viajó en el tiempo para evitar un accidente que su propio viaje fue lo que lo causó. Algo parecido sucede, por ejemplo, cuando John Connor envía al pasado al hombre que va a ser su padre. O cuando James Cole viaja al pasado para recolectar información sobre una epidemia que, indirectamente, su propio viaje causó.

Otra forma de tiempo lineal es la que permite “jugar con el tiempo”, logrando pequeños cambios que tal vez no sean tales. Por ejemplo, lo que sucede en la película Bill & Ted. Supongamos que me quedé encerrado en una habitación. Supongamos también que poseo una máquina del tiempo, pero que no la tengo ahí en ese momento. Yo podría jugar en el tiempo de la siguiente manera: sólo tendría que pensar “Cuando salga de aquí –porque supongo que en algún momento voy a salir- viajaré al pasado, vendré a esta habitación y colocaré una llave en este cajón”. Perfecto. Ahora, abro el cajón y ¡Voilá! La llave está ahí. Cuando salga no tendré que olvidarme de viajar al pasado para dejarla. Sin embargo, se ve que no me olvidé, porque la llave de hecho está en el cajón.

El tiempo ramificado es el que te permite cambiar las cosas: al viajar al pasado y cambiar algo, creamos una nueva línea temporal, que a partir de ese momento correrá paralela a la que conocíamos. El problema es: ¿Qué pasa con la línea temporal original? Podría continuar su rumbo, por lo que existirían dos líneas diferentes. O tal vez podría desaparecer completamente. Pero el problema aún mayor es: ¿Qué sucedería conmigo? Si yo viajé al pasado y cambié algo, cuando vuelvo al presente, ¿a qué presente vuelvo? Si vuelvo al de mi línea original, entonces no habrá cambios. Y si vuelvo al de la línea paralela, bueno, ahí debería haber otro yo, el que siguió con aquella continuidad, y que nunca hubiese viajado al pasado a realizar aquel cambio porque no lo hubiera necesitado. Este es el error fundamental que comete la saga de Volver al futuro: Marty cambia las cosas y sin embargo él sigue siendo el mismo. Crea una línea paralela pero vuelve a su propia línea, ¡y todo en ella está cambiado! De todas formas, amo a esa película…

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Publicado originalmente en la revista Vitel Toné (2007)

lunes, 5 de enero de 2009

Los Lunaquesistas


Bien es sabido que, dentro de los campos del saber, es extremadamente difícil, por no decir imposible, afirmar algo que no se haya dicho ya. Y, si por una de esas casualidades de Alá, alguien “descubre” (inventa) algo que parece nuevo, ya se convierte en miembro de su propia escuela. Tal es así que, a partir de entonces, si este hombre ha afirmado que la Luna es de queso, no tardaremos en ver aparecer a toda una serie de sujetos que pronto se harán conocer como los “lunaquesistas” (nombre con el cual, probablemente, no se reconozcan a sí mismos desde un comienzo, sino sólo después de un tiempo de ejercer sus investigaciones, y, tal vez, hayan sido apodados de esa manera por sus críticos).

Bien, eso fue exactamente lo que le pasó a Jaime Laurel, filósofo oriental (oriundo de Canelones) que, como burla a tales escuelas de pensamiento, afirmó aquella tesis. Así fue como surgieron, sin que él lo haya querido, sus seguidores, los lunaquesistas, que afirmaban junto con su apócrifo creador que la Luna estaba compuesta de aquel lácteo.

Por supuesto, sus detractores no tardaron en aparecer: aquellos que negaban la hipótesis de Laurel, eran conocidos como los antilunaquesistas. Y, como era de suponer, haciendo una síntesis entre ambas posturas antitéticas, surgió el neolunaquesismo (frente al cual, el lunaquesismo original fue bautizado como lunaquesismo clásico), que afirmaba que la Luna era de queso, pero sólo la parte visible de ella, mientras que de la cara oculta no podía afirmarse nada.

Dentro del lunaquesismo clásico, era posible diferenciar aquellos que defendían un lunaquesismo fuerte, según el cual la Luna era de queso Gruyere, de los integrantes del lunaquesismo laxo, quienes, si bien aceptaban la tesis de que la Luna era de queso, no eran capaces de afirmar de cuál queso se trataba.

También estaban las posiciones intermedias: la Luna era mitad de queso, mitad de piedra; o, en su interpretación más bizarra, la Luna era de jamón y queso. Los filósofos argentinos no quisieron quedarse afuera de esta discusión. Para ellos, la Luna era de queso Mar del Plata.

Sea como sea, la Luna es la Luna y el queso es el queso, y mal no vendría acompañarlo esta noche con unos trocitos de mortadela, leber, pancito y una cerveza.

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Publicado originalmente en la revista Vitel Toné (2007)

sábado, 17 de mayo de 2008

Rigor Mortis

Él está muerto. O al menos eso piensa su observador. El testigo, mudo de asombro, terror, asco o hastío, no dice nada. Sólo un cuerpo, o dos. Uno vivo, el otro muerto.

La mesa fría indica la posición correcta: los dedos rígidos, los brazos caídos, el izquierdo colgando. El dedo pulgar del pie derecho está casado: una aureola lo rodea, como una mortaja nominal. Papel, tinta: Aurelio Céspedes.

El vivo revisa instrumentos de metal sobre una mesita. Bisturí, tijeras, pinzas. “¿Qué es la vida?”, se pregunta. “¿Un frenesí, un girasol, un sube y baja?”. Formula incoherencias y corta. O al menos intenta cortar: carne dura, piel fría, hoja desafilada. Maldice. “Tengo hambre”. Abandona el cuerpo frío y va en busca del otro, el que aún está en la heladera. Pollo.

El muerto, quieto. Nada dice, ni una queja. ¿Qué le importa esperar un poco más? Un pollo, un hombre, dos hombres. Frío de heladera. Frío de ambiente. De vuelta a los guantes de goma, previo lavado de manos (no vaya a ser cosa de contagiar al muerto). “Probemos por acá, total, mucho daño no le voy a hacer”. ¿Y el daño moral? ¿Y los derechos del cadáver? ¿Tienen derechos los muertos? Él no encontraba la diferencia entre la panza de aquel hombre muerto y el pollo muerto que él llevaba en su panza. “No corta, pucha”. ¿Qué es la vida? ¿Un cuchillo que no corta?

Sale mutis por el foro. Vuelve con un arma nueva. ¿La razón? ¿El corazón? No, otra más vieja: la falta de escrúpulos. “Mejor le saco el ojo con una cuchara, total…”. Juega. Se divierte con la carne vieja. Da vida al muerto (“¿Qué es la vida?”).

De pronto su mano resbala, el codo tropieza con la nariz y el cuerpo vivo cae sobre el muerto, sólo para darle un poco más de acción a la escena. Un abrazo fraternal, instantáneo, fugaz. Dios creando a Adán jugando a ser Dios. ¿Quién era quién en esa habitación?

El muerto sonríe. Rigor Mortis.
[Archivo 2007]

sábado, 10 de mayo de 2008

Sólo soy una empanada triste

El viaje era simple: tres estaciones de tren, un colectivo. El tren iba lleno como siempre, no importaba la hora. Los asientos sucios como el piso, rotos como los vagones. Llegó la primera estación. Bajaron dos personas, subieron siete. Las conté. En la segunda no bajó nadie, subieron tres y un vendedor se cambió de vagón. En la tercera no hubo movimientos más que el mío. Tres cuadras hasta la parada del 167, colectivo que nunca había tomado. Desconocía la combinación de sus colores.

Tardó un poco, pero mi buena vista me permitió distinguir el número a cierta distancia. Era verde y rojo, colores antagónicos. Bajé en la Avenida San Martín (todos los pueblos tienen una avenida con ese nombre). Busqué el papel en mi bolsillo: Cardenales 547, 2º B. Faltaban dos calles y una escalera, que subí al trote.

Agitado, golpeé la puerta. El hombre salió en pijama a rayas, típico. Antes del “Hola” me extendió un cigarrillo, que fumé con ganas, ya estaba prendido. No era tabaco. No pregunté qué era. Me senté en un sillón, me quité los zapatos a pedido del aquel hombre, Rufus, como se hacía llamar, aunque su nombre era Roberto.

No sé cuánto tiempo estuve allí. La vida pasaba como un tren que no quería tomar. Y la frase trillada era seguida por otra también trillada que la acusaba de ser un lugar común. No sé si Roberto era un “buen tipo”, sólo sé que no hizo preguntas, y yo tampoco tenía ganas de responder. El intercambio fue rápido, pero pedí permiso para quedarme un rato más en su sillón.
La ventana tenía una linda vista. Las nubes formaban animales antediluvianos. El humo se mezclaba con ellas, casi tapándolas. “Con un dedo podés tapar el sol”, nos había dicho mi abuelo. “Sí, y con un alfiler te podés cortar las venas” contestó mi hermano. Al mes se suicidó.

Me levanto justo antes de quedarme dormido. Me pongo los zapatos, mientras busco a mi anfitrión con la mirada. Está sentando, tomando mate. Voy hacia la puerta, Roberto saluda sin voltear.

Espero el 167. Rojo y verde. Colores antagónicos. Vuelvo pensando en la organización, en los días grises, en el cigarro de Rufus-Roberto. El tren es como una caja negra que contiene a una docena de tipos como yo. Sólo soy una empanada triste.
[Archivo 2007]