lunes, 13 de octubre de 2008

Trece



El agua estaba calentita, la espuma hacía burbujas y las sales aromáticas le daban a la escena su toque especial. En una bañera circular estaba yo, todo cubierto de de la baba divina, salvo los pies que sobresalían por el borde. Un poco más allá, en un yacuzzi rectangular, Victorio disfrutaba un nuevo habano.

Como es posible jugar con el tiempo mientras relato, hagámosle caso al autor de la triple mímesis y contemos cómo fue que llegamos a tal placentera situación.

Al terminar el partido, Funes se había quedado con la tercera piedra y con la nueva pista. Nosotros tuvimos suerte, las balas que nos dispararon Fístulsa y Firulais (tales eran los nombres de sus principales vacunos) sólo fueron dirigidas a las cubiertas del Farline, en un inválido intento de detener nuestro camino.

- ¿Cómo lo hiciste?

Sí, yo también había empezado a tutearlo. Victorio explotó una pompa de jabón con la punta de su Metratón y dijo:

- ¿Qué cosa?

- Todo. La piedra falsa, la pista falsa. Si estuviste todo el tiempo con Funes, ¿cuándo hiciste los cambios?

- Antes, mi querido Valentín. Incluso antes de entrar en el bar.

- ¿Cómo?

-Cuando nos separamos, vi el auto de Funes estacionado en la puerta de un local. Sabía que tarde o temprano nos encontraría, así que luego de hablar con el guía y enterarme de lo que debíamos hacer para conseguir la piedra, le conté la situación y él estuvo dispuesto a ayudarme. Cuando ganamos, él le entregó la piedra falsa al enano.

- ¿Y dónde conseguiste esa piedra?

- Un recuerdo de las minas de Wanda. Y la pista la inventé en el momento.

- Jaja, ¿y a dónde los mandaste?

- Funes no tenía ni idea de las reglas del juego. Así que le dije que las piedras había que buscarlas por toda América, una en cada país, y que ésa era la primera que encontrábamos. Lo mandé al Machu Pichu.

- Jajajaja, ¡sos terrible! ¿Y creés que este plan va a funcionar?

- Bueno, por lo menos no nos va a molestar por un buen rato. Y de paso va a disfrutar de unas lindas vacaciones…

Tuvimos que quedarnos unos días en Humahuaca antes de poder partir. Por suerte la gente del pueblo nos ayudó a conseguir las cubiertas necesarias para poder cambiarlas. Mientras Victorio se encargaba de eso, yo aproveché para pasear por la zona. Conocí varios tanatorios y cementerios: los pueblos del norte tienen cierta devoción por los muertos, y estos lugares están llenos de collares de flores de colores muy brillantes, quitándoles todo aspecto tétrico.

El hotel en el que nos encontrábamos en este momento de relax estaba en las termas de Fiambalá, en Catamarca. La tercera pista indicaba que la próxima piedra se encontraba “entre Marte y la luna”. Victorio había interpretado que se refería a algún lugar entre las paredes rojas del Talampaya en la Rioja y la llanura sanjuanina del Valle de la Luna.

- ¿Qué hiciste anoche Valentín?

- Fui al bingo. Prefería hacer algo más divertido, pero en el único bar del pueblo había un show de un grupo folklórico llamado Malón y un imitador de Julio Sosa, “El varón del tango”, y el cine local creo que el último estreno que pasó fue Esperando la carroza… ¿Vos?

- Nada, me volví al hotel y me quedé jugando con una de tus revistas de palabras cruzadas. Hubo una palabrita que me entretuvo toda la noche, pero finalmente la puede recubrir.

- ¿Cuál era?

- “Flatulencia”.

- Todo esto me hace pensar, Victorio. No sé, ¿no sentís como que a veces decimos palabras extrañas, que no tienen mucho que ver con los hechos acontecidos?

-¿Qué querés decir?

-No sé, eso… me llama la atención algunos cometarios que me hacés, como hace un rato cuando dijiste que tu sueño de chico siempre había sido tener patines para hielo y un palo de hockey… ¿Qué tenía que ver eso con lo que estábamos hablando?

- No lo sé, pero la magia del lenguaje hace que todo tenga que ver con todo, ¿no? Si al fin y al cabo son todas meras palabras…

- Claro, flatus vocis decían por ahí… ¿Pero no sentís a veces esa extraña sensación, como de ser una especie de títere, o ser tan sólo el personaje de una historia de ficción, con gente apuntando desde afuera lo que tenés que hacer o decir?

- Mmmm… ¿Y por qué pondrían palabras tan extrañas en nuestra boca?

- No lo sé, tal vez sólo para molestar, supongo. Pero bueno, lo que digo no es imposible, ¿no? Al menos cabe la posibilidad lógica.

- Por favor, nada de filosofía en esta historia.

- No, bueno, pero con todo esto de las diferentes realidades posibles, quizás…

- Valentín, nada de filosofía en esta historia.

2 comentarios:

Lauri dijo...

Yo te leo, historia a historia.
Sigo sin sentirme autorizada a dejarte palabras...

Me parece demasiado invasivo con tu creatividad.


Pero sí te leo, Galán.

Paula Daiana dijo...

..."la magia del lenguaje hace que todo tenga que ver con todo", muy buena frase!
Ah y hay mucho de filosofía en esta historia.