domingo, 24 de agosto de 2008

Desliz emocional (Parte 3 de 6)


El edificio estaba casi vacío y el doctor pudo pasear tranquilo dentro de él sin levantar sospechas. Disimulando (como si alguien pudiera verlo en aquel sitio desierto), se dirigió hacia el lugar donde se guardaban los periódicos viejos. Se sentó cómodamente y comenzó a revisarlos. Pasó rápidamente los de las últimas décadas: 1910, 1900, 1890... llegó a los ´70 pero quiso retroceder un poco más, sintió curiosidad por revisar el diario del día de su nacimiento.

El doctor Robert Thompson había nacido el 4 de abril de 1866 (nada importante había sucedido ese día). Sus padres, Henry y Margareth Thompson, habían muerto el 18 de septiembre de 1873. La fecha de la gran catástrofe estaba en el medio de las dos.

Revisó cuidadosamente y descubrió que había un gran salto en los periódicos desde el 28 de julio hasta el 6 de agosto: no se encontraban los ejemplares correspondientes a los días ubicados entre esas fechas. Siguió buscando, pensando que tal vez se habían traspapelado, y notó que tampoco estaba el del 14 de agosto, ni el del 7 de septiembre, ni algunos de noviembre... Parecía que habían sido eliminados por alguna razón en especial. Tal vez hablarían sobre lo mismo, algún caso que se iba resolviendo.

Volvió a fijarse en lo diarios anteriores a ese año pero no encontró que faltara alguno. Los ejemplares desaparecidos eran todos posteriores al 29 de julio, día en el cual, según el viejo de la tienda, había sucedido una gran tragedia.

Se adelantó unos años y lo comprobó: tampoco figuraba el diario correspondiente al día en que habían muerto sus padres. Un ruido a sus espaldas lo sobresaltó: era el bibliotecario.
“Lo siento, doctor, pero debo cerrar. Ya son más de las seis”.

El doctor se sintió como si lo hubieran sorprendido haciendo algo indebido. Acomodó un poco los papeles, tratando de que aquel hombre no se diera cuenta de qué era lo que había estado buscando, y con un saludo amable salió del edificio. Caminó a su casa pensando y fumando su pipa.

Llegó y se arrojó sobre su sillón preferido. Y así se quedó durante bastante tiempo, pensando, tratando de unir cabos. ¿Cómo podría hacer para averiguar más sobre el asunto? ¿A quién podría recurrir? Pensó en la policía, pero lo descartó en enseguida: el caso había sido borrado y si todavía quedaba allí alguien que lo recordara sería muy sospechoso que un Thompson apareciera ahora preguntando, si es que su padre tenía algo que ver en el asunto.

No, lo mejor era que nadie más supiera que él estaba interesado en el tema, el pueblo era chico y poco a poco terminarían sabiéndolo todos. Lo único que podía hacer era volver al día siguiente a la tienda del viejo Fúrmenton y seguir interrogándolo. De todos modos el anciano estaba ya algo senil y nadie le prestaría atención si llegaba a decir que el doctor le había estado haciendo algunas preguntas extrañas.

Mientras pensaba todas estas cosas sentado en el sillón, una vez más le pareció ver aquel titilar de luz en el desván. Era como si lo llamaran, como si le faltara algo por encontrar allí arriba. Luego de quedarse unos segundos en la misma posición, con la pipa casi cayéndosele de la boca, la guardó, encendió la lámpara y se decidió a subir nuevamente.

Una vez arriba se dirigió directamente hacia el baúl, que había dejado abierto la noche anterior. Revolvió tratando de no prestarle atención a aquel pedazo de hueso que parecía estar mirándolo desde un rincón. Volvió a encontrar la navaja y por alguna extraña razón se la guardó en el bolsillo. Corrió las viejas telas, revisó algunos artefactos, pero parecía no haber nada nuevo. Tomó uno de los libros y lo abrió, y observó lo mismos caracteres extraños y símbolos. Introdujo la mano hasta el fondo y tomó toda la pila de libros con la intención de llevarlos hacia abajo para poder leerlos más tranquilo, pero eran muy pesados y su muñeca no resistió: luego de un vaivén en el aire se desparramaron por el suelo.

Algunos se desarmaron con el golpe, pero hubo uno que quedó abierto en una página sobre la cual se apoyaba una fotografía. El doctor la tomó y la observó detenidamente: también en ella aparecía su padre, pero ahora acompañado por un señor algo mayor que él. Fijó la vista un poco más y lo reconoció: era el viejo (ahora joven) de la tienda.

Un golpe violento lo asustó: la puerta de abajo se había cerrado. El sobresalto hizo que la lámpara se le cayera sobre los libros, que comenzaban a incendiarse. Intentó apagarlos ahogando el fuego pero las llamas eran cada vez mayores. El doctor se quedó unos segundos atónito, de pie, viendo cómo se quemaban aquellas cosas. De pronto reaccionó: si no hacía algo rápido se incendiaría toda la casa.

Bajó corriendo las escaleras y abrió la puerta. Llenó con agua una jarra en la cocina y volvió a subir iluminado por los ondulantes haces de luz que se desprendían de las llamas. El fuego todavía no había crecido lo suficiente, por lo que le bastó con aquella jarra para apagarlo. Una vez más tranquilo, tomó la lámpara y la volvió a encender para descubrir la gravedad del daño. Ni uno solo de los libros se había salvado, como si no hubiesen querido ser leídos por aquel hombre.
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(Continúa)
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[Archivo 2004]

3 comentarios:

«Sofi» dijo...

Me enganché con el "Desliz emocional" =D
Escribís de una forma atrapante...

Saludos!

Duquesa de Katmandu dijo...

Ese pedazo de hueso sabe más de lo que está dispuesto a contar...

Beso

El Jardinero del Kaos dijo...

ahhhhhhhhhhh, no apures deja que la gente se impaciente, que se queden con esas ganas de saber a donde conduce esta atrapante historia.

te falta lo cirquero que me sobra a mi y te sobra el talento que a mi me falta.

estoy pensando en eso de incluir mutantes y me parece que mi relato lo pide a gritos.