domingo, 19 de octubre de 2008

Diecinueve



Me sorprendí al principio: hacía mucho que no usaba un celular, el mío no lo había querido llevar al viaje. Esas necesidades que tiene uno a veces de deshacerse de las cosas materiales… Tampoco había llevado cámara. De eso sí me arrepentí, claro que cuando salí de casa jamás imaginé que iba a terminar conociendo casi todo el país.

Saqué el teléfono y vi una R blanca figurando en la pantalla. Era un mensaje: “Tenemos que hablar acerca del trato”, acompañado por una dirección y una indicación temporal: el día siguiente a las diez de la noche.

Seguí durmiendo el resto de la mañana. Por la tarde caminé por las calles principales, visité el Centro Cívico y fui a tirar piedras al lago. Siempre me encantó perderme en las inmensidades naturales, y las del Nahuel Huapi son especiales para ello. Perdí la noción del tiempo mirando el azul profundo de sus aguas, y por muchos instantes me olvidé del viaje, del juego y de todas las personas involucradas en esta aventura. ¿Qué sería de Funes? ¿Habría llegado a Perú? De pronto me imaginé al homúnculo con un gorrito de colla y me reí solo.

No tuve noticias de Victorio hasta el atardecer, cuando fuimos a tomar un café y me contó sus andanzas: había estado recorriendo todo los museos cercanos, y por si acaso, también las fábricas de chocolate. Lo único que se le ocurría era que a la mañana siguiente empezáramos con las excursiones.

No recuerdo qué día era, pero daba lo mismo, ya que al estar aún la ciudad llena de pendejos los boliches funcionaban toda la semana. Con un sentimiento mezcla de resignación, resentimiento y resignificación, decidí salir esa noche a divertirme.

El patovica de Genux mi miró algo extraño cuando entré, colado entre una horda de adolescentes en celo. Creo que yo ya no pasaba ni siquiera como un coordinador, nunca me sentí tan viejo. Es terrible darse cuanta que una chica diez años menor que uno ya puede ser una mina que está buena.

El clima primaveral adornaba la pista y las hormonas de los niños que bailaban disfrazados. Además, esa era una noche especial: la terrible Fiesta del Mariposón, así que como un ciego en una orgía debía andar con mucho cuidado. Con la paciencia de un estoico soporté los ritmos del reggaeton y la cumbia villera. “Cumbia era la de antes”, pensé, “Alcides, Ricky Maravilla, Gladys la Bomba Tucumana, La Mona…”. Definitivamente, nunca me sentí tan viejo. Y lo peor de todo era que, mientras que yo había entrado creyéndome un metrosexual, bajo la espuria máxima de que “a las pendejas les gustan los chicos más grandes”, la realidad fue que me volví al cuartucho del nazi sin haber probado bocado.

Por la mañana subimos al cerro Catedral. La experiencia de las aerosillas me desilusionó un poco: la recordaba mucho más excitante. Claro que en ese entonces era sólo un niño. Pero por lo menos me di el gusto de esquiar y, si bien nunca antes lo había hecho, no sufrí ningún tropezón ni caída. ¿Había descubierto al fin algo en lo que era bueno? Lástima que una pista de esquí no se encuentra a la vuelta de la esquina

Sin embargo, la resaca y el mal dormir me jugaron una mala pasada: mientras bajábamos del cerro me descompuse y comencé a levantar fiebre. Victorio decidió parar y entrar en una cabaña que estaba cerca de allí. Debo reconocer que en ese momento mi compañero se portó muy bien conmigo: me preparó un chocolate caliente con un ibuprofeno, y me tapó con una manta. Mientras yo descansaba sobre el banco de madera él observaba unas fotos algo amarillentas y grises que colgaban enmarcadas sobre las paredes. De pronto noté que su rostro cambió mientras observaba una de las imágenes. Se dio vuelta hacia mí y exclamó contento:

- ¡Ya sé quién nos puede ayudar!

El viejo parecía tener conocidos en todos lados: en una foto había descubierto a un tal Diego Kestelmboim, un ex compañero del colegio secundario, que al parecer se había convertido en un importante guardaparque.

Victorio me llevó al cuartito que alquilábamos para que pudiese descansar, y dijo que se encargaría de ubicar a su viejo amigo y ver en qué podía sernos útil. Increíblemente, me había quedado solo, lo que me daba la oportunidad de encontrarme con el hombre-de-gris sin tener que inventar excusas para salir.

Eran aproximadamente las diez menos veinte cuando salí hacia el lugar del encuentro. Ya me sentía mejor: la pastilla había hecho efecto, y el aire fresco en la cara me sentaba muy bien. Sin embargo, había algo que me molestaba. Un dolor intenso, como una punzada en el estómago, me indicaba que había algo mal en lo que estaba haciendo. Victorio siempre había confiado en mí, y por más que no podía estar seguro de que todo lo que me había dicho era cierto, había algo en él que me llevaba a disfrutar de su compañía. Además, ese día había tenido un gesto bastante paternal conmigo, y no podía evitar sentirme como un traidor mientras avanzaba por la noche barilochense.

Llegué al lugar a las 21:55 hs: se trataba de una serie de cilíndricos tanques que formaban una especie de camino o dique sobre el lago. En el último de ellos podía observar a una figura con un sobretodo gris, esperando.

Pisé el primero de los tanques y me detuve. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué le hacía esto a Victorio? Pensé que tal vez podía sólo escuchar de qué se trataba el trato que este hombre quería ofrecerme… Di dos pasos más y volví a detenerme. Había algo que no me gustaba. La figura de gris seguía firme en al final del camino, con las manos en los bolsillos.

Nunca supe bien por qué, si fue el instinto o una corazonada, pero metí la mano en mi bolsillo y saqué el celular, justo antes de que comenzara a vibrar.

Sin pensarlo me di vuelta y lo arrojé hacia el lago. Alcancé a ver que Rodolfo sacaba las manos de su piloto y comenzaba a caminar hacia mí, justo antes de salir corriendo y desaparecer del lugar.

Mucho tiempo más tarde supe que, si no me hubiera apresurado en mi reacción, me habría llevado una gran sorpresa al ver el nombre que brillaba en la pantalla del teléfono.

2 comentarios:

Lucas Varela dijo...

hola loco. yo ya voté para el concurso, no puedo votar más. de todas formas es más copado si se gan un premio sin arreglo ni intercambio de votos ¿no te parece?.

Un saludo, gracias por pasar.

L.

Anónimo dijo...

Buen comienzo