lunes, 25 de agosto de 2008

Desliz emocional (Parte 4 de 6)


A la mañana siguiente salió apurado de su casa y se dirigió hacia la tienda. Quería aclarar sus dudas lo antes posible, por lo que no vaciló en ir directo al grano y sacudir un poco al viejo para ver si se le caían algunas monedas. Caminaba a paso firme, pero un pequeño cartel que había pegado en la puerta del local lo detuvo en seco. En él podía leerse: “cerrado por duelo”.

¿Duelo? ¿El viejo Fúrmenton habría muerto? Bueno, ya estaba bastante entrado en años, pero su salud parecía de hierro... ¿Y si lo habían asesinado? No, ¿quién hubiese querido hacerlo? De pronto el doctor se acordó de sus últimas palabras: “No debería seguir hablando. Esa historia fue borrada. Usted no tendría que saber esto...”.

¿Lo habría visto alguien salir de la tienda el día anterior? ¿Habría sido él la última persona que había hablado con el viejo? ¿Qué tal si la policía investigaba? ¿Qué tal si se dirigían directo a él? De pronto el doctor fue consciente de que se encontraba parado frente a un lugar donde se había cometido un asesinato, del cuál él era el principal sospechoso...

Comenzó a caminar rápidamente sin saber a dónde ir. No quería volver a su casa: ahí sería el primer lugar en donde lo buscarían. Debía tranquilizarse, estaba perdiendo su habitual serenidad y su frialdad calculadora. Entonces recordó que ese día debía ir a visitar a un paciente, no muy lejos de ahí.

Calmándose un poco se dirigió hacia el lugar, mirando cada tanto hacia atrás y a los costados. Se paró frente a la puerta, tratando de parecer tranquilo, simulando su buen humor habitual. Además, ¿por qué tenía que estar nervioso? Él no había hecho nada. Estaba sacando conclusiones demasiado rápido. Seguramente el anciano habría muerto a causa de su vejez y nada más.

Golpeó suavemente y esperó. La puerta no tardó en abrirse dejando ver del otro lado a una mujer mayor, corpulenta y canosa. La señora lo recibió amablemente y lo condujo por un pasillo hacia la habitación del enfermo.

El señor y la señora Harris eran viejos conocidos del doctor. Hacía tiempo que la salud del Sr. Harris estaba algo delicada, y él solía visitarlo cada semana para aplicarle algún medicamento, o simplemente ver cómo estaba. Ese día se encontraba bastante bien: sólo tuvo que revisarle un poco la garganta y luego aprovechó la invitación del matrimonio a tomar el té para distraerse un poco.

La charla fue muy cordial, recordando viejos tiempos. El doctor estaba a punto de avisar su retiro cuando de pronto la Sra. Harris lo dijo: “¿Oíste lo del anciano de la tienda, Robert?”.

La mano que sostenía la taza del doctor Thompson comenzó a temblar levemente. La apoyó sobre el pequeño plato y contestó: “¿Cuál anciano?”. Su pregunta le pareció estúpida, ¿qué otro anciano podría ser?

“El viejo Fúrmenton, el del almacén – contestó la Sra. Harris –. Parece que murió anoche”.

“Ah, no. No sabía nada – contestó el doctor intentando disimular el movimiento inquieto de su labio inferior – ¿Estaba enfermo?”.

“No – continuó la Sra. Harris –, creo que fue asesinado”.

Esa última palabra resonó con ecos en el oído del doctor. Se paró de golpe, como queriendo decir: “¡Yo no fui, no sé de qué me estás hablando!”. El señor Harris se sobresaltó en su cama.

“Discúlpenme, se me ha hecho tarde. Debo estar en otro lugar ahora” – Dijo el doctor y saludó al enfermo de la forma más amable que pudo, prometiéndole pasar a verlo la semana siguiente. La señora Harris lo acompañó hasta la puerta y lo despidió con una expresión extraña, no le había gustado demasiado su reacción.

Caminó a los tropezones por la vereda, intentando aclarar sus pensamientos. ¿De qué huía? No tenía por qué ocultarse, él no había hecho nada. Sin desearlo sentía que las miradas de todos los transeúntes se dirigían hacia él. Llegó a su casa y entró apurado, mirando alerta que no hubiera nadie alrededor. Se arrojó en su sillón, tratando de entender algo de todo lo que le había sucedido.

La noticia de la muerte del viejo Fúrmenton ya se estaba haciendo conocida. Además había confirmado su sospecha: había sido asesinado. ¿Habría sido su charla con él del día anterior la causa de su asesinato? ¿Tendrían él, o su padre, algo que ver con todo esto? De una cosa estaba seguro: su padre estaba muerto, y él estaba vivo, al menos por ahora.

Se levantó y trabó cada una de las puertas y ventanas. Una vez seguro de que nadie podía verlo desde afuera, se volvió a desplomar sobre su sillón. Lamentó no tener un arma en la casa. Introdujo la mano en el bolsillo de su saco y encontró la navaja que había guardado la noche anterior. Al menos tenía algo con qué defenderse.

Pasó unas horas así, sentado sin hacer nada, cuando comprendió que era ridículo cómo se estaba comportando. Si seguía actuando de esa manera iba a terminar por volverse loco. Fue hasta la cocina y preparó un té, y estaba a punto de tomarlo justo cuando escuchó un ruido en las alturas. Entonces se dio cuenta: había olvidado trabar la ventana de arriba, en el desván.


(Continúa)


[Archivo 2004]

3 comentarios:

Duquesa de Katmandu dijo...

Los segundos a veces pueden ser los primeros. Algo habrán tenido en el pasado esa navaja y ese hueso.

Beso,

El Jardinero del Kaos dijo...

Que publiques tan rapido solo puede significar una cosa...o que te te queres sacar "Desliz emocional de encima" o que tenes algo entre manos que queres publicar lo antes posible.

¿No me habras robado la idea del mutante con el perro robot gay?

solo quedan dos partes para que se de a conocer el final de esta atrapante historia. mantenganse en sintonia.

«Sofi» dijo...

Genial! Doy vueltas para leer a Marx pero a vos te sigo al trote! jajaja

;)
Saludos!