Mostrando entradas con la etiqueta Ángel Vergara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ángel Vergara. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de noviembre de 2009

19-El bueno, el malo y el feo



El Feo de los Monoblocks respira de forma jadeante y entrecortada: ha estado atravesando diversos universos persiguiendo a Santino Conde, en busca del camino que lo llevara al Barrio.

-¿Están todos acá? ¿No me digan que llegué tarde? –Dice, arrastrando las palabras.

Mira el frasco dorado: aún está en las manos de Diógenes Mastreta. La desesperación que puede sentir en el Hombre Vinchuca le indica que aún está a tiempo de evitar el colapso:

-Parece que todavía no comieron todos del fruto prohibido…

La bestia se arroja de un salto sobre Mastreta, pero el héroe encapotado salta sobre él y lo intercepta en el aire. Ambos caen rompiendo varias mesas.

-¡Santino, rápido! ¡Bebé del frasco!

Con un movimiento ágil el Feo se quita al Hombre Vinchuca de encima y se dirige hacia un nuevo objetivo: Santino Conde. Johnny John y Rocambole se deciden a enfrentar al monstruo, pero son fácilmente quitados del medio. Valentín Flores alejan a las mujeres del peligro, dirigiéndolas hacia la cocina.

-Entren acá y no salgan por nada, ¿entendieron?
-Pero Valentín, mi amor… -Suplica Julia.
-¡Yo quiero luchar! –Se le une Mariana.
-No Mariana, ustedes dos se quedan acá, cuidando a Victoria.


Santino Conde lanza un golpe sin éxito a la mandíbula del Feo de los Monoblocks, pero ésta parece ser de acero. El villano retruca con puño cerrado. El golpe es detenido por el Hombre Vinchuca:

-Yo me encargo de él, Santino, ¡pero vos bebé el líquido!

Una vez más el héroe insecto es arrojado con fuerza. Rompe el vidrio de una de las ventanas y cae en el exterior del bar. Ahora es Somosa quien intenta detener a la bestia, pero también es eliminado con facilidad. El Feo vuelve su mirada hacia Diógenes Mastreta:

-Dame ese frasco…

Genaro Cúspide golpea a la bestia con una silla, partiéndola en su espalda. El gigante trastabilla, pero se recupera rápido y con un revés deja al inmortal fuera de combate. Florencio Gauna aprovecha la distracción para arrojarle una jarra de café caliente sobre el rostro. Eso sí parece dolerle: el grito desgarra el ambiente.

-¡No podrán detenerme! ¡Ninguno de ustedes puede!
-¡Cúspide, atento! –Grita Diógenes y le pasa el frasco por el aire. Pero el Feo intercepta el envío y toma el recipiente.
-¡Voy a destruir esto, y ya nadie podrá salvarlos!

Un brazo digno de un gigante antediluviano sostiene el líquido dorado sobre su cabeza. El Hombre Vinchuca vuelve a entrar en escena y golpea al titán por la espalda haciéndolo caer. El recipiente mágico se precipita directo hacia un final de añicos contra el suelo. Sin embargo una vez más Ángel Vergara con una fantástica palomita lo ataja un instante antes del trágico final. Algo del líquido se derrama: sólo queda para un pequeño trago.

Ángel divisa a Santino: está exactamente del otro lado del bar. Intentar un lanzamiento desde allí sería muy riesgoso. No obstante, no queda tiempo que perder.

El Feo se levanta una vez más y comienza una fiera lucha contra el Hombre Vinchuca. La capacidad del héroe de resistir los golpes lo ayuda bastante, aunque el gigante lo supera en fuerza. Sabe que pronto será derrotado.

Valentín Flores vuelve desde la cocina. Vergara aprovecha el correo del ser y le pasa el frasco:

-¡Rápido! Hay que hacer que Santino lo beba.

Flores se apura pero no es fácil caminar entre tantos muebles rotos y cuerpos tirados. El Feo noquea al Hombre Vinchuca y lo lanza contra el dueño del bar. El frasco cae sobre una mesa, donde un absorto Linares lo mira con curiosidad.

-¡No! ¡No te lo tomes! –Grita Ángel Vergara - ¡Sólo queda un trago!

Linares se lleva el frasco a la boca. De pronto Santino exclama:

-Esa copa está medio vacía: dejá que yo te la lleno.

Linares acepta el truco y le pasa el líquido a Santino Conde. El Feo avanza con dificultad y se precipita sobre él.

-¡No voy a dejar que lo bebas!

Sólo queda alguien en pie capaz de reaccionar: K se interpone en el camino de la bestita con los brazos extendidos. Un horrible crujido resuena en el aire: K mira hacia abajo y puede ver el brazo del Feo de los Monoblocks atravesando su estómago. Un hilo de sangre cae lentamente por la comisura de su boca. Cuando comienza a perder la sensibilidad y la vista se le nubla, repentinamente un nuevo brote de vitalidad corre por su cuerpo. Santino Conde apoya el frasco vacío sobre una mesa, luego de haber bebido todo su contenido.

Trece brillos dorados revolotean bajo el techo del Albatros. Trece almas se unen y conjugan en una sola presencia.

-Hola, ¿esperabas a otra persona?

La jovial voz se dirige hacia el villano.

jueves, 12 de noviembre de 2009

18-Trece almas



De pronto Somosa tiene una idea: coloca sus dedos sobre el teclado y firma:

Galán de Barrio

Valentín Flores apoya la mano en su espalda deseando que la ocurrencia haya funcionado y luego de una nueva experiencia de sucesos simultáneos ambos vuelven a divisar la mesas del Albatros. K pregunta:

-Sí Valentín, ¿qué querés decir con eso de la simultaneidad?

Ante las miradas expectantes de sus compañeros los dos viajeros se dan cuenta de que han vuelto a aparecer en el bar exactamente en el mismo instante en que desaparecieron, por lo que ninguno de los allí presentes ha notado el cambio.

-Ya lo hicimos.
-¿Qué hicieron?
-Escribí la historia –Responde Somosa – Pero como no tenía “K” en mi máquina tuve que utilizar otro nombre.
-¿Y funcionó?

La conversación se interrumpe por el grito de Mariana:

-¡Miren el cielo!

Las nubes negras comienzan a deslizarse hacia el horizonte, dejando ver un cielo celeste y limpio. Los rayos se desvanecen en el éter y la furia de los vientos trasmuta en suave brisa.

El Hombre Vinchuca mira a Ángel Vergara y le pregunta si aún lleva con él el frasco dorado. Ante el asentimiento, el encapotado se dirige al resto del grupo:

-Bien, ya ha sido solucionado lo urgente. Pero ahora hay que ir a lo importante: deben beber ese líquido cuanto antes.
-¿Por qué? –Pregunta Diógenes Mastreta - ¿Qué contiene?
-Confíen en mí, sólo bébanlo.

El primero en reaccionar es Rocambole: siguiendo su nueva actitud de actuar sin pensar le quita el recipiente a Vergara y da un largo trago. Una sensación refrescante y llena de vida lo invade de pronto. Contagiado por el acto de su amigo, Somosa lo sigue. Ante la mirada insistente del Hombre Vinchuca, lo mismo hacen Johnny John, Ángel Vergara y Florencio Gauna. A Linares simplemente se lo arrojan en el vaso, y lo toma sin darse cuenta.

-Hay un problema: ellos dos, se supone que también deber beber. –Exclama el héroe insecto señalando los cuerpos de Arrieta y Echagüe.
-No se preocupen, yo me encargo – Afirma Genaro Cúspide. Toma el frasco y bebe un poco. Luego con los vidrios rotos de la botella que Julia le había arrojado al Jardinero del Orden comienza a cortarse las venas.

K se adelanta para impedirlo, pero Florencio lo detiene y le pide que espere. Minutos más tarde Genaro vuelve a ponerse de pie y le entrega el recipiente.

-Listo. Les mandan saludos.

K toma un trago y le pasa el líquido a Valentín Flores. Éste besa a Julia y a su beba Victoria y hace lo mismo con el frasco.

-Yo no sé si beber eso… -Desconfía Diógenes Mastreta – No nos dijiste de qué está hecho.
-Es… eh… ¡Es Grog! –Miente Mariana, siguiendo una corazonada.
-¡Haberlo dicho antes! –Mastreta empina el recipiente.

El Hombre Vinchuca comienza a hacer cuentas. Nota que algo anda mal:

-¡Doce! Se supone que eran trece los que debían beber el líquido.
-Claro –Dice Mastreta- ¡Faltás vos!
-No, yo no… Yo preexisto al Barrio.
-¡Oh! ¿Cómo pudimos olvidarlo? –Exclama Julia.
-¿A quién?

La respuesta muere antes de nacer: la puerta del Albatros se abre de golpe e ingresa una figura vestida con botas azules, traje celeste de spandex y un sombrero de capitán de navío.

-¡Santino Conde! – Exclama Rocambole al reconocerlo - ¿Qué te pasó? ¿Dónde estuviste?
-Bonito traje – Sorprende Linares.
-¿Qué pasó con el Jardinero del Orden? –Pregunta Rocambole.
-Claro, y después el ridículo soy yo. –Concluye Mastreta.

Santino luce apurado y le tiemblan las palabras:

-No van a creerlo… No hay tiempo de explicar, sólo puedo decirles que cuando salí rodando por la puerta del bar con el Jardinero del Orden, caímos en una especie de grieta y lo perdí de vista. Pasé por varios lugares extraños, y en uno de ellos una mujer disfrazada de capitán me prestó este traje para poder escapar.
-¿Una mujer que recitaba poemas? –Preguntó Johnny John, ilusionado.
-¿Escapar de quién?
-¡Hay que huir! ¡Tenemos que irnos ya de acá! Me están siguiendo, no vine solo…

Ante un fuerte estruendo la puerta del Albatros es arrancada de cuajo y una silueta enorme y bestial ingresa dejando ver un rostro horriblemente maltratado.

lunes, 9 de noviembre de 2009

17-La armonía del universo




Julia toma el botiquín y comienza a vendar las manos de K. Todos miran en busca de explicaciones. K no está seguro de lo que pasó:

-No lo entiendo, simplemente abrí la notebook y explotó.
-¿Dónde estaba guardada? –Pregunta Genaro.
-Acá en el bolso, sobre esta silla. –Responde K.

Mientras termina de vendar, Julia tiene un recuerdo repentino:

-Cuando vi que el Jardinero del Orden comenzaba a levantarse, lo hizo apoyándose en esa silla. Él debe haber preparado la trampa mientras lo creíamos desmayado.
-¿El Jardinero del Orden estuvo acá? –Pregunta el Hombre Vinchuca – Esto es peor de lo que imaginaba…

Johnny John parece ser el único consciente de lo urgente de la situación:

-Les recuerdo que nuestro universo se está destruyendo. Y al parecer este escritor representa el único modo de salvarlo…
-¿Es necesaria esa notebook? –Agrega Ángel Vergara- ¿No podrías escribir a mano? –Sin embargo, al terminar la frase se da cuenta de lo imposible de su propuesta: K ahora lleva las dos manos completamente vendadas.

La desesperación pesa como una nube de plomo sobre las almas de los habitantes del Albatros. El Hombre Vinchuca se siente incómodo e impotente: en su vida de héroe este parecía ser el reto más duro, y lo peor es que su resolución no dependía de él.

Los truenos y fuertes vientos crecen con furia cuando K impone su voz:

-No se preocupen, tengo la solución: yo no soy el único escritor aquí presente.

Sus ojos se dirigen a una sola persona. Desde un rincón, Somosa siente que todas las miradas se posan en él.

-No va a funcionar –Le replica a K.
-Claro que sí, vos podés hacerlo. He leído tus cosas y son buenas.
-Sí, y también las corregiste y criticaste…
-Vos podés hacerlo. Vos debés hacerlo, Somosa. Sos nuestra única esperanza.

Rocambole da un paso al frente y apoya una mano sobre el hombro de su amigo:

-Vamos, al fin ha llegado tu momento.

Diógenes Mastreta y Florencio Gauna comparten un gesto: ¿Funcionaría realmente el reemplazo? Por las dudas, K sugiere lo siguiente:

-Escribí vos y firmalo con mi nombre. No creo que nadie note la diferencia.
-Sólo hay un problema: mi Remington. La necesito para escribir, pero en un acto de locura la tiré por la ventana y luego a la basura.
-¡Todos dependen de una máquina! ¡Nadie es capaz de utilizar lápiz y papel!

El rapto de realidad de Linares sorprende a quienes lo habían visto actuar con su característica indiferencia. No obstante, no ayuda al problema.

Es Valentín Flores quien ahora se ilumina:

-¡Lo tengo! Ahora entiendo por qué Victorio dijo que lo que tenía para contarme sería de vital importancia para salvar nuestra existencia: el tiempo no existe. ¡Sólo hay simultaneidad!

K mira a su amigo como si éste hubiera enloquecido. Genaro Cúspide espera más detalles.

-Debemos usar la simultaneidad. Así es como Victorio consigue puros desde el otro mundo. De alguna manera, es posible viajar a través de ella.
-¿De qué estás hablando?

La pregunta de Somosa queda flotando en el aire: Valentín le toma la mano y cierra los ojos. En un instante inexistente ambos desaparecen.

No es fácil manejarse en la simultaneidad. Al mismo tiempo ambos viajeros experimentan diversas situaciones: sin querer provocan el brillo que el Dr. Thompson observaría en la puerta de su desván antes de su desliz; presencian el asesinato de un médico al salir de un hospital; escuchan la charla de dos locos acerca de los meses y sus dolores; son testigos de la oscura relación entre un árabe y su mula; y contemplan la sonrisa ecuánime de un gato muerto. Finalmente, dan con la oficina de Somosa, justo en la noche anterior a su ataque destructivo. Sobre el escritorio de metal con felpa verde descansa la Remington.

Somosa le pide privacidad a Valentín, no puede escribir si lo están mirando. Flores se retira hacia la cocina en busca de un vaso con agua.

La nada papelicia de la hoja en blanco lo intimida. ¿Por dónde comenzar? Es difícil escribir bajo presión y escaso de ideas. Somosa comienza una frase, pero se arrepiente y la tacha. Prueba con otra, todo un párrafo. No lo convence y vuelve eliminar las letras. La presión aumenta en su cabeza y las imágenes se vuelven hacia atrás en el fondo de su mente. Después de un cuarto intento, empieza a creer que nunca sería capaz de preservar la continuidad de la existencia. No había nacido para héroe y lo sabía. Si tan sólo el sonido del silencio dejara de latir en su cabeza…

De súbito, algo en su ser se enciende: cerebro y manos actúan como uno solo siguiendo una extraña melodía. Sus dedos danzan sobre el teclado, redactando líneas más por estética que por contenido. Disfruta de la tarea, y las palabras van brotando directamente, plasmándose sobre el papel sin detenerse en la estación crítica del sentido adyacente. La historia cierra redonda, pura y sin faltas. No es necesario releerla. Lo había hecho: había salvado al mundo.

Valentín regresa y apoya el vaso vacío que Somosa encontraría al día siguiente sobre un formulario. Al contemplar el rostro del escritor comprende que la labor ha sido realizada con éxito. Sin embargo, se preocupa cuando ve que la sonrisa de Somosa deviene una mueca de espanto:

-¿Qué pasa ahora? ¿No terminaste la historia?
-¡Qué idiota soy! No puedo firmar la obra: mi máquina no tiene “K”.

jueves, 5 de noviembre de 2009

16-El cielo se está cayendo



Todos rodean a Arrieta, sólo para descubrir que ya nada puede hacerse. Su cuerpo se encuentra totalmente magullado, como si hubiese sido atacado por una bestia. Somosa golpea la mesa con el puño soltando un grito de bronca, mientras Ángel Vergara va perdiendo la alegría de haber salvado el frasco dorado.

-¿Qué le pasó? –Pregunta Johnny John, absorto – ¡Qué le pasó! ¿Quién pudo hacerle esto?

El Jardinero del Kaos se agacha sobre el cuerpo y toma lo que llevaba apretado entre sus dedos, confirmando sus conjeturas:

-Una máscara… No hay dudas, es él.
-¿Quién? –Pregunta Diógenes Mastreta.
-El Feo de los Monoblocks. Maldición, es mi culpa, nunca debí haberlos imaginado.

Los cuatro navegantes miran al Jardinero con cierto remordimiento y sospechas. Éste comprende que ha llegado el momento de dar explicaciones:

-El Jardinero del Orden y el Feo de los Monoblocks, habitantes de una tierra que vibra en otra frecuencia que la nuestra, son seres que representan a nuestros opuestos, según la teoría de Fox y Sekowski.

Ante las miradas atónitas del grupo, el lord del caos decide continuar:

-Ellos son mi opuesto y el de Galán de Barrio. Por eso ustedes deben regresar ya, deben llevarse el recipiente dorado y…
-Aún no.

La nueva voz resuena desde su espalda, cansada pero a la vez poderosa. Una figura alta, vestida de negro y amarillo y envuelta en una capa se hace presente. Sus antenas no desmienten su apodo:

-El nombre es Hombre Vinchuca
-¿Un superhéroe? ¡No es de extrañar algo tan ridículo en este mundo de freaks!
-Ey, que este viene de su mundo, muchachos… -Se defiende el Jardinero ante el ataque de Mastreta. El encapotado comienza su discurso:

-Debemos volver de inmediato al Barrio, pero aún no deben beber del frasco. Antes hay que resolver un problema más urgente: la destrucción del universo.
-¿De qué estás hablando? –Increpa Johnny.
-Todo comenzó con el escritor distraído. Su papel en el mundo era no dejar de escribir. Sin embargo, las obligaciones de la vida lo fueron distrayendo poco a poco. Al principio no fue grave, nadie lo notó. Pero luego tuve un sueño y supe que tenía que venir hasta acá. La primera vez llegué en medio de un funeral, y descubrí que no era el único extranjero ahí: también estaba un tal Gauna, otro de los hombres del Barrio.

Somosa sabe quién es Gauna, si no se equivoca, lo había visto un par de veces en el Albatros: es el tipo al que suelen llamar “el hombre de los velorios”.

-La forma de llegar hasta aquí fue extraña –Continúa el Hombre Vinchuca- Es más, creo que fue mi culpa que las grietas se agrandaran.
-¿Grietas? –Dice Mastreta.
-Las grietas entre universos que comenzaron a abrirse cuando el escritor se distrajo. Creo que al pasar a través de ellas hice que se aumentaran. Igual, eso no fue lo peor. Sin querer les mostré el camino a los perores enemigos: el Jardinero del Orden y el Feo de los Monoblocks. A partir de ahí ellos metieron mano y la fusión de universos se hizo inevitable. Hoy hemos llegado al punto cúlmine: si no lo evitamos, el universo del Barrio dejará de existir para siempre.

Todavía sin entender demasiado, Somosa, Arrieta, Johnny John y Ángel Vergara intercambian miradas. Comprenden que algo no nada bien. El último pregunta:

-¿Y qué podemos hacer para evitar la catástrofe?
-Tenemos que lograr que el escritor vuelva a escribir. Por eso hay que volver ya al Barrio. Yo los guiaré por una grieta que lleva directo al Albatros.

Con un amargo ademán los navegantes se despiden del Jardinero del Kaos. Somosa insiste en llevar el cuerpo de Arrieta con ellos, para poder brindarle un digno entierro.

Al llegar al Barrio descubren que la situación comienza a tornarse apocalíptica: nubes negras, fuertes vientos y algún que otro rayo perdido se hacen ver surcando el cenit. Pequeñas rajaduras color gris comienzan a engrosarse por varias partes del horizonte.

En el Albatros la situación no puede ser peor: al entrar lo primero que ven es otro muerto, Eugenio Echagüe.

-¡Arrieta! ¡No!… ¿Él también? –Se sorprende Rocambole. Hasta Linares se da cuenta de lo extremo de la situación.

Valentín echa una mirada cómplice a Genaro Cúspide, pero el gesto que éste le devuelve sólo puede indicar una cosa: sus nirvanas fisiológicos no pueden revivir a los muertos.

El Hombre Vinchuca identifica a Gauna y luego a K:

-Vos debés ser el escritor distraído. Rápido, tenés que ponerte a escribir. ¡Ahora!
-Lo intenté, pero sólo salió esto –Responde K mostrando la carta –Por eso volví hasta acá, buscando mi notebook.

K le entrega la carta al Hombre Vinchuca y busca su herramienta de trabajo en el bolso que había dejado sobre una silla. Extrae la máquina, pero al abrirla se escucha una pequeña explosión.

-¡Mierda! –Exclama el escritor.
-¿Qué pasa? –Gritan Valentín y el Hombre Vinchuca al mismo tiempo.
-No voy a poder escribir. Mi notebook está rota. Y mis manos también.

K levanta los brazos lentamente, dejando ver un par de manos completamente ensangrentadas.

martes, 27 de octubre de 2009

14-Uno para todos



Diógenes se dispone a partir inmediatamente de regreso hacia el Albatros y así se lo hace saber a sus compañeros. Presiente que algo malo puede estar sucediendo allí, y el descubrimiento de su error con respecto a la pista más la advertencia que les acaba de dar el Jardinero del Kaos acrecientan sus deseos de volver cuanto antes.

Sin embargo, el Jardinero los detiene:

-Esperen, no se vayan aún.
-¿Qué pasa?
-Hay algo que no me cierra. El Jardinero del Orden no tiene razones para haber aparecido por el Barrio. Es más, ni siquiera estoy seguro de si él lo conocía, o si sabía cómo llegar.
-¿Y cuáles son sus sospechas?
-Creo que tal vez no esté trabajando solo.

Somosa siente un temblor que lo invade, aunque no puede estar seguro de si se trata de miedo o emoción. Arrieta escucha atentamente a su lado.

-¿Tiene idea de quién podría estar ayudándolo?
-Tengo mis dudas. Tal vez sea alguien del mismo universo que ustedes…
-¿Qué quiere decir con mismo universo?

La pregunta proviene de Johnny John, pero el Jardinero del Kaos hace caso omiso y continúa con sus cavilaciones:

-Pero si mi peor intuición está en lo cierto, creo que necesitarán ayuda.

El Jardinero se dirige hacia un viejo mueble de madera. Abre un cajón en el cual pueden verse dos pequeños frascos: uno contiene un líquido azul y el otro dorado.

Diógenes Mastreta se impacienta:

-Le agradecemos profundamente su ayuda señor, pero si nos disculpa, estamos algo apurados…

El Jardinero toma el frasquito dorado y lo exhibe como si del Santo Grial mismo se tratara:

-Sé que voy a odiarme por hacer esto, ya que contradice todas mis afirmaciones. Pero creo que esta vez es necesario.

-¿Qué es eso? –Pregunta Ángel Vergara, pero el parco caótico continúa con su soliloquio:

-No volví a utilizarlo desde la muerte de Calamity –Agrega, señalando con la mirada el recipiente azul- Ay, creo que una parte de mí se fue con él…
-¿No va a decirnos de qué se trata? –Exclama Mastreta poco perseverante.
-Él me pidió que lo guardara en su última visita. Creo que ha llegado el momento de que retorne a su dueño.

El Jardinero del Kaos extiende su brazo hacia Diógenes justo cuando una mancha pequeña y lechosa se arroja sobre él, le quita el frasco dorado y vuelve a posarse sobre el hombro de una silueta que se esconde entre las sombras.

-¿Vieron? ¡Yo sabía que había un simio blanco! –Exclama Mastreta,
-Sos vos… -Agrega el Jardinero, y luego se dirige a los intrépidos aventureros- Va a ser mejor que recuperen eso.

Arrieta no lo piensa dos veces y se arroja contra la horrible figura, pero el mono sale corriendo llevando la poción en alto.

-¡Atrápenlo! – Grita Mastreta y los cuatro corren en su búsqueda.

El mono albino sale al exterior, moviéndose con gracia entre los árboles. Mastreta intenta taclearlo pero cae con dificultad y queda atrapado entre unas raíces. El siguiente en intentarlo es Somosa: toma una piedra y le apunta a la cabeza, pero antes de poder arrojarla mete su pie en el barro y comienza a hundirse lentamente.

Arrieta continúa en lucha encarnizada con un desconocido, que resulta ser bastante ágil para su robustez: le anticipa todos los golpes y responde con veracidad. Sin embargo, en un descuido de la bestia Alfredo Arrieta logra golpearlo en la cara con un atizador. El impacto, si bien no fue muy fuerte, alcanzó para quitarle la máscara que llevaba: Arrieta siente náuseas y un escalofrío al contemplar aquel rostro deforme.

Johnny John y Ángel Vergara intercambian miradas al darse cuenta hacia dónde se dirige el babuino: el sonido de unas cascadas que caen al vacío se deja escuchar cerca de allí. Exhalando sus últimos alientos, logran dar con el animal. Mas éste comienza a saltar sobre las piedras que sobresalen del arroyo, hasta llegar al final de la catarata.

El tullido pega un alarido de horror al sentirse descubierto. Arrieta se compone e intenta darle frente, pero el salvaje arremete con toda su furia contra el cuerpo del navegante.

Johnny John da todo por perdido cuando el macaco color nube levanta los brazos hacia el precipicio. No obstante Ángel Vergara comprende que ha llegado el momento de demostrar lo que sabe: justo cuando el bicho arroja el frasco Vergara se lanza y lo atrapa en el aire.

-¡Estoy volando! –Grita con las extremidades extendidas, mientras su cuerpo se precipita sobre el acantilado. Unas ramas primero y el agua después amortiguan su caída.

-Eso no fue volar, sino caer con estilo… -Concluye Diógenes una vez que todos vuelven a encontrarse dentro del castillo.

-¿Qué se supone que debemos hacer ahora con esto? –Pregunta Ángel Vergara con el trofeo en la mano, a lo que el Jardinero del Kaos responde:

-Beberlo. Deben beberlo todos.

-Me temo que eso no va a ser posible –Agrega una voz maltrecha. Recién entonces los demás se dan cuenta de que aún no estaban todos en escena: Arrieta ingresa en la habitación arrastrando los pies.

-Lo siento muchachos, hice todo lo que pude…

Esas son las últimas palabras de Alfredo Arrieta, justo antes de caer al suelo, muerto.

lunes, 12 de octubre de 2009

11-Galán del Kaos



Siguiendo la dirección que su única brújula le indica, Johnny John dirige a sus compañeros hacia el que parece ser el destino final de su viaje. Aunque el viento se levanta, Arrieta maneja el timón con hidalguía enfrentando toda la bravura del oleaje.

Diógenes Mastreta escruta el paisaje con un sólo pensamiento en su cabeza: encontrar al portador del nombre que había guiado su viaje. Ya no quedaban más direcciones posibles: esta vez no podía caber ningún error.

Somosa había logrado superar sus mareos iniciales, deviniendo un hombre de mar ávido de emociones, mientras que Ángel Vergara ya comienza a cansarse de tanta agua alrededor, deseando un poco más de aire libre para poder demostrar lo que realmente sabe.

La ventisca comienza a cesar y con ella el mar se calma y se oscurece. El líquido sobre el que navegan se torna pantanoso. Cuando ya no pueden avanzar más con la embarcación arrojan el ancla y saltan a tierra firme. Caminan por senderos de ébano bajo una noche sin luna, esquivando charcos de sustancias extrañas y viscosas.

Aunque todo parece nuevo ante esos cinco pares de ojos atentos, no pueden evitar la sensación de ya haber estado allí. Una enorme fortaleza se erige entre la espesura del bosque, como un castillo gris de piedra. Ángel señala una puerta lateral y sus compañeros lo siguen.

Luego de pasar por varias habitaciones por demás extrañas, moradas de las más disímiles criaturas salidas de algún extraño circo de fenómenos (entre las cuales se encontraba un perro, que Johnny John juraría que escuchó hablar), llegan al fin hacia la cámara central. Arrieta duda ante al entrada, justo cuando Somosa, juntando un coraje inusual en él, la abre de par en par sin pedir permiso.

Sentado a la cabecera de una larga mesa de marfil, un hombre alto y calvo levanta la vista de sus papeles. Envuelto en su sobretodo negro, observa a los cinco intrusos, como si los hubiera estado esperando:

-Ah, son ustedes.

Somosa y Arrieta intercambian una mirada, que luego dirigen a Diógenes. Mastreta comprende que ha llegado su turno de hablar:

-Buenas… ¿Tardes? ¿Noches? Como sea… Usted debe ser el famoso Jardinero, ¿verdad?

El hombre asiente con la cabeza. Al acercarse un poco más, Mastreta descubre que por detrás del Jardinero hay otra mesa, más pequeña, frente a la cual puede observar el oblongo respaldo de una silla de madera. Se escuchan los ruidos de una máquina de escribir siendo manipulada con violencia.

-Eh… yo soy Diógenes Mastreta y ellos son…
-Por favor, ahórrese las presentaciones, sé muy bien quiénes son. ¿Pero qué están haciendo acá, en mis tierras?
-Bueno, creo que eso tendría que explicárnoslo usted a nosotros: llegamos hasta acá siguiendo el mapa que usted nos dejó.
-¿Que yo qué? ¿Están locos? Yo no les dejé ningún mapa.
-¿Cómo que no? ¿Entonces cómo explica esto?

Diógenes saca el plano de su bolsillo y se lo muestra al Jardinero, pero éste continúa hablando sin prestarle atención:

-Primero llegó él y ahora ustedes cinco… Estas entradas y salidas sólo pueden indicar una cosa: algo está mal. Algo está muy mal.

Diógenes avanza unos pasos, dando unos golpecitos en la vieja carta de bebidas:

-Todo está muy claro, muy claro. Mire el dibujo: flores. ¡Flores! Compuestas de un modo casi imperceptible… ¡Pero nada se escapa a mi ojo avizor! Y si no me equivoco, el dueño de estas marcas está justo a sus espaldas.

Diógenes se acerca más y más al Jardinero. Johnny John lleva una mano a su cabeza, pensando que su compañero de aventuras se ha vuelto loco.

-Mis sentidos de detective no me engañan, estas flores fueron hechas con un material muy específico, un material que sólo pudo prevenir de un ser –Mastreta se acerca a la silla de madera y la hace girar de un golpe- ¡Un mono blan...! ¿Eh? ¿MARRÓN?

Un simio pardo pega un enorme alarido y sale corriendo con una navaja en la mano. Alfredo Arrieta enfurece de sólo pensar que todo este tiempo han estado confiando en un idiota que había seguido una pista falsa. Diógenes Mastreta se queda unos instantes de pie con la mandíbula desencajada. Sin embargo pronto vuelve a acometer:

-¡Cómo que marrón! ¡Tenía que ser blanco! ¡Este mapa fue hecho con cabellos de mono blanco!, fíjese si no. ¡Y las letras! Tres iniciales firman la obra: “J D C”. ¡Jardinero del Caos!

El Jardinero se pone de pie de un salto, temiendo lo peor:

-¡Idiota! Soy el Jardinero del Kaos, ¡con “K”! ¡Está en griego!

Somosa se ilumina de pronto y decide compartir su idea:

-Perdón pero se me ocurre algo: Si “Kaos” está en griego, ¿la “C” no podría ser de “Cosmos”?

-¿Jardinero del Cosmos? – Pregunta Mastreta – Eso no tiene sentido, ¿verdad? ¿Qué significa “cosmos”? ¿Mundo?

El Jardinero baja la mirada, confirmando su sospecha:

-“Cosmos” quiere decir “Orden”… Jardinero del Orden… el muy soberbio no pudo evitar firmar su obra. ¿Dónde encontraron esta nota? Puede que haya gente corriendo peligro.

El corazón de Diógenes Mastreta palpita con fuerza al recordar que el mapa había aparecido en el Albatros, donde habían quedado esperando su querida Mariana junto con Julia y Victoria, indefensas.

lunes, 5 de octubre de 2009

9-Todos mis galanes


Mientras el Oso de Mar termina de darle los últimos ajustes al barco explica que se encuentra paseando por ahí junto con Manuel Palmas con la intención de distraerlo, ya que el pobre aún no ha podido recuperarse de la pérdida de su mono.

Johnny John arroja la segunda brújula por la borda. Sólo le quedan dos: ¿Cuál deberá seguir en esta ocasión?

Diógenes le agradece a su viejo amigo por la ayuda y se prepara para partir. Somosa y Arrieta se acomodan en la nave. Ángel Vergara suspira sintiendo las últimas gotas deslizándose sobre su rostro. Pronto deja de llover.

Mientras avanzan el río vuelve a ensancharse y los vestigios de unos nubarrones negros se deshacen en el éter. Johnny se decide por la que lleva en la siniestra por ser el lado del corazón y le hace señas a Arrieta para que vire hacia ese lado. El agua comienza a volverse más clara y tranquila, desembocando en una amplía playa. Un clima de fiesta y juventud se deja sentir en aumento a medida que se van acercando a tierra firme. ¿Sería ese el lugar indicado?

Deciden detenerse y desembarcar en la bahía. Los recibe una arena blanca y suave. Caminan sin rumbo fijo sobre aquel lugar paradisíaco. De pronto descubren que no están solos: la mirada de Somosa se posa sobre las curvas de una señorita que pasa en traje de baño. Luego el reverso de otras dos distrae el andar de Vergara y hace escapar un silbido de los labios de Johnny John:

-Este lugar es un sueño: está lleno de mujeres hermosas.
-No nos dejemos desconcentrar, mis marineros: no debemos olvidar nuestra misión.
-¿Y cuál es nuestra misión, si se puede saber, mi capitán? – El sarcasmo de la última palabra de Arrieta fue suavizado por el paso de otra flamante damisela.
-Bueno, no estoy muy seguro aún, pero tengo mis conjeturas… creo que estoy a punto de descifrar el mapa, sólo debería poder comprobar mi hipótesis.

Johnny John no puede evitar caer en la vulgaridad y se acerca a una blonda diciéndole algo al oído. La mujer se da vuelta, lo mira enojado y le estampa un cabezazo en la nariz. Luego sigue su camino.

-No te recomendaría meterte con María Cabezazo – Dice una joven voz.
-¿María qué? – Pregunta Ángel Vergara.
-María Cabe…
-Deja, ya entendí – Interrumpe Johnny con las manos sobre su nariz sangrante.

Mientras aquel se incorpora ayudado por Somosa, Mastreta increpa:

-Buenas tarde jovenzuelos, ¿podrían decirnos dónde estamos?
-¡Pero eso es obvio! ¡En la playa!
-Sí, claro, pero lo que yo quería saber es…
-¿Y ustedes quiénes son? ¿De dónde salieron? ¿Hay una fiesta de disfraces por acá? – Interrumpe otra voz.
-Para, Diego, dejalo hablar, nos estaba diciendo algo.
-Richard, no te metas, quizás hay una fiesta cerca…
-Si hubiera una fiesta escucharíamos la música.
-¿Y si tuviera paredes aislantes?
-Diego, no hay paredes que aíslen completamente el sonido, eso pasa en las películas.
-¿Y si nos quieren afanar, eh? Por eso pregunto, tendrían que presentarse primero.
-¡Pero si fue Patricio el que les habló! Además es realmente poco probable que nos quisieran robar… de hecho si ese fuera su objetivo ya lo hubieran hecho.
-¿Por qué tenés que razonarlo tanto todo?

Los navegantes siguen la discusión como si de un partido de tenis se tratara. Cuando parece que tanto intercambio de palabras sin sentido va volverse eterno, el tercero en discordia toma la palabra:

-Disculpen a mis amigos, cuando se trenzan así no paran más. Yo soy Patricio y ellos son Diego y Richard.

Diógenes devuelve el saludo haciendo las presentaciones correspondientes. Después de contar algo acerca de su viaje pero sin dar demasiado detalles, se acerca a Richard mostrándole el mapa:

-Al principio estaba seguro de que esto era un camino. Sin embargo, luego de pasar por un extraño cementerio me di cuenta de que a sus lápidas les faltaba algo. Volvé a mirar el mapa, si se lo mira desde este ángulo, ¿qué se ve?
-A ver… parecen flores.
-Correcto, varias flores. Y acá hay tres letras, ¿las ves? La primera es una “J”, ¿se te ocurre algo?
-Flores, una jota… ¿Un jardín?
-Eso mismo pensé yo. Y no hay jardín sin su jardinero.
-Puede ser… ¿Y las otras dos letras?
-Bueno, luego del cementerio fuimos a parar a una bella ciudad, y en la plaza central nos encontramos con una pareja que huía de algo…
-Ajá, ¿y?
-Al preguntarles por un Jardinero se sorprendieron por la pregunta y me contestaron que eso era un caos… entonces pensé… ¿No podría ser un Jardinero del Caos?

Patricio intercambia palabras con Somosa mientras Diego y Ángel parecen comenzar una nueva discusión de esas que se dan entre el hombre de acción terrenal y el que divaga por las estrellas. Aunque finge indeferencia, Alfredo Arrieta desvía sus ojos por un instante rozando las líneas de una veterana que camina como una reina.

Richard afirma nunca haber oído nombrar a tal criatura. Se acerca a sus amigos, pero a ellos tampoco les suena el nombre. De súbito Patricio exclama:

-Se me ocurre que tal vez alguien lo pueda conocer…

Patricio hace señas hacia un cuarto joven, que se encuentra tomando sol cerca de allí, junto a una linda morena y una colorada con pecas. El muchacho, que responde al nombre de Pablo, se despide momentáneamente de las chicas y se uno al grupo de conversación.

-¿Jardinero del Caos? ¡Claro que lo conozco! Me encantan sus historias, muy entretenidas por cierto. Para llegar a él tienen que ir hacia allá.

Johnny John mira hacia donde señala Pablo y ve que es exactamente la dirección que indica la cuarta brújula, la que lleva en su diestra. Mientras arroja la otra al agua reconoce que a veces no es bueno dejarse llevar por el corazón.

viernes, 18 de septiembre de 2009

6-Los Apuntes del Galán


Avanza el barco hacia la dirección señalada. Sin embargo, con tres brújulas dispares se le hace difícil a Johnny John seguir la pista marítima. Sin mencionar que la charla con la poetiza lo ha dejado anonadado.

Diógenes Mastreta intercambia miradas entre el mapa y el horizonte, intentando decidir cuál de los dos resulta más confuso, mientras que Ángel Vergara garabatea en su Diario: “Un día más en el mar; si tuviera alas, ya habría echado a volar”.

De pronto el paisaje comienza a cambiar una vez más: el mar parece trasmutar en río y todo adquiere un aire más campestre y cotidiano. La tranquilidad de un pueblo se abre ante los visitantes, que, llevados por un impulso inexplicable, deciden arrojar el ancla y descender a tierra firme.

El pueblo sereno se va descubriendo como no tan pueblo ni tan sereno una vez que los cinco caminantes se van acercando a su centro: una plaza pintoresca corona el lugar, con su respectiva iglesia y municipalidad. Las avenidas corren anchas a su alrededor, y el ruido de una ciudad se hace sentir. No obstante, los lugareños se sorprenden y dudan si se han adelantado los carnavales al ver tales pintas andantes.

Somosa y Arrieta se sumergen en un déjà vu: algo de todo ello les recuerda al potrero del barrio donde habían visto jugar a Miguel. Intercambian miradas sin decir nada, y luego las dirigen hacia su capitán, como buscando respuestas. Diógenes no sabe qué decir. Pero justo cuando iba a expresar su silencio aparece ante ellos un joven apresurado acompañado de una pulposa mujer.

-Discúlpeme, buen hombre, ¿podría decirnos dónde estamos?
-[Desconcertado como Adán en el día de la madre] ¿Cómo dónde estamos? ¡En la plaza, en el centro!
-Sí, bueno, eso puedo verlo… ¿Pero en el medio de qué?
-[Entrecortado por el apuro] –No sé ustedes, pero yo estoy en el medio de un bonito quilombo…
-¿Qué le sucede, hombre? Si podemos ayudarlo…
-[Más apurado que colectivero en última vuelta] Mire, su disfraz de pirata es muy intimidante, pero tengo a toda la mafia de Moyano encima… y si no me apuro, me hace puré el soquete…
-[Más nerviosa que testigo falso] Vamos, Betito, que si nos ven juntos nos matan.
-[Resignado] Tenés razón, Macu… Muchachos, a una dama no se la hace esperar, así que si me disculpan...
-Perdón, pero al menos dígame una cosa: ¿Conoce por aquí algún Jardinero?
-[Perdido como turco en la neblina] ¿Jardinero? ¡Pero qué me dice, hombre! ¿No ve que esto es un caos? ¡Adiós!

La turbada dupla desaparece por una esquina. Johnny, Ángel, Somosa y Arrieta se miran desconcertados. Sin embargo, el rostro de Mastreta se ilumina con una sonrisa:

-¡Creo que tengo una nueva pista! ¡Vamos!

Mientras se dirigen de nuevo hacia el lugar donde habían desembarcado, unas gotas comienzan a caer sobre sus cabezas. Somosa cree ver sentados bajo un árbol de la plaza las efigies de cuatro sabios discutiendo. Juraría que se trataban de Galileo, Copérnico, Belgrano y el mismísimo Jesús, si eso no fuera imposible.

Por su parte, Arrieta se sorprende al contemplar la figura de una joven pareja que, lejos de huir de aquel llanto divino, se abrazan con fuerza como disfrutando del roce de cada gota deslizándose sobre su piel.

Al llegar de nuevo a la nave, Johnny Johnn es el primero en notarlo, por lo tanto deviene mensajero de las malas:

-Diógenes, tenemos un problema: no creo que podamos zarpar, el barco está averiado.

Ángel suspira, pensando en que la lluvia cada vez más frondosa impediría incluso el más raudo vuelo. Sus cavilaciones se ven interrumpidas por una voz nueva para todos, menos para uno:

-¡Mastreta, tanto tiempo! ¿Problemas con el barco? Creo que yo puedo solucionarlo…

miércoles, 9 de septiembre de 2009

4-Los últimos galanes


La brisa marina se deja sentir en el rostro. Arrieta, timón en mano, vuelve a experimentar el salitre aroma en sus fosas nasales. El Río de la Plata no huele igual al Mediterráneo, pero hay algo que comparten los siete mares: la paz ondulante y salada.

Ángel Vergara toma notas en su diario: la prueba final deberá ser postergada o evaluada in situ. No conoce el destino pero eso no lo abruma: admira el volar de las gaviotas y por unos instantes se hace uno con ellas.

Desde la proa de la pequeña embarcación Johnny John alinea sus cuatro brújulas, intentando descifrar cuál es la que funciona: Noto, Bóreas, Céfiro y Euro lo atraen con finos cortejos, pero él no se decide por ninguno. Y sin embargo se mueve.

Somosa de pie contra la barandilla, cambia su mirada gris por un gesto verdáceo. Se arrepiente de ser aventurero: nunca había pensado que el mar podría marearlo tanto. Detrás de él, Diógenes estudia minuciosamente la carta de bebidas. Siente que hay detalles que se le escapan ¿Qué querrían decir esas letras al final del mapa?

Un grito lo saca de sus cavilaciones: “¡A babor! ¡Virar a babor!” Johnny John sigue una corazonada. La nave gira bruscamente y de pronto el día se hace noche. El agua marina deviene un gran charco negro y las nubes bajan hasta convertirse en niebla.

Avanzan lentamente por el lago oscuro. A lo lejos comienza a divisarse tierra firme. Poco a poco comienzan a surgir de ella lo que parecen ser personas de pie observando rígidas desde el ébano absoluto. A medida que las pupilas se van adaptando a la ausencia de luz, descubren que las siluetas en realidad no eran hombres, sino lápidas.

Arrieta conduce incrédulo entre aquella brea líquida: no puede negar que algo de toda esa situación fantástica lo atrae. Diógenes revisa una vez más el mapa y se dirige hacia el hombre de las brújulas, para asegurarse de que no haya confundido el rumbo. Ángel Vergara abandona la escritura y observa absorto el paisaje, mientras Somosa se irgue en toda su altura al sentir aquel penetrante perfume.

Una bella dama de arios cabellos increpa a la tropa:

Viajeros lejanos,
de porte tan serio,
¿qué buscan, ufanos,
en mi cementerio?


Diógenes es el primero en contestar:

-Discúlpenos, oh hermosa diosa de los mares, queríamos saber si nos podría ayudar a encontrar algo que buscamos.

La dama continúa en silencio.

Mastreta vuelve a intentarlo:

-Le decía, eh, señora… si podría ayudarnos… mire, es que estamos siguiendo este mapa, y…
La dama, silente, frunce el ceño. Justo cuando amenaza con irse, Johnny John lo comprende:

-Diógenes, creo que yo hablo su idioma. Dejame intentarlo:

Dama agraciada y elocuente,
a usted nada se le escapa.
Ya que es tan inteligente,
¿podría ayudarnos con este mapa?


Joven agudo y atrevido,
¿por qué debería de ayudarte?
Si vos solo te has perdido,
vos solo podés escaparte.


Dama fría y escurridiza,
presiento que es mujer amable.
Por favor, llevamos prisa:
y mi brújula no es fiable.


Tu insistencia, al parecer,
no tiene límite, ya lo creo.
Pero yo veo lo que quiero ver,
y lo que no quiero, no lo veo.


Mi querida, haga una excepción,
por este pobre viajero:
que me indique una dirección
es lo único que quiero.


Muy bien, dame el plano,
voy a ayudarte, mi adorado.
Supongo que no en vano
el Hado hasta mí te ha guiado.


Johnny Johnn sonríe y le pide el mapa a su compañero. Mastreta se lo pasa y el poeta se lo entrega a la dama. La blonda lo mira con atención y finalmente recita:

Me temo que has perdido el rato,
joven austero, lo siento.
Desconozco tal garabato,
y si te digo, te miento.


La desilusión se hizo presente en el rostro de los cinco marineros. Sin embargo, Diógenes Mastreta se vio súbitamente iluminado y susurró cual Cyrano unas palabras al oído de su amigo.

Johnny John juega su última carta:

Agradezco su ayuda,
como un fiel Cancerbero.
Sólo me queda una duda:
¿Conoce a un tal…


El trueno provocado por la ira de la dama resuena al oír aquel nombre prohibido. Ella se aleja furiosa, no sin antes señalar el camino con un gesto lapidario.

Mientras la embarcación avanza las nieblas se disipan. El héroe perdido arroja una de sus brújulas al mar.

viernes, 4 de septiembre de 2009

3-Las piezas se acomodan


-¡Por el espíritu de Herman Toothrot! – Exclama Diógenes Mastreta. - ¿Alguno de ustedes ha visto por aquí a un mono blanco?

En un ambiente alterado y silente como el actual, los nervios se tensan y los gestos exagerados se captan el doble. Diógenes examina la carta de bebidas con cuidado, mientras mira atento hacia las mesas. El mal genio de Santino Conde fue el primero en reaccionar:

-¿De qué hablás, pirata borracho? ¿De qué manicomio te escapaste?
-Acá el único ebrio sos vos, mi estimado amarillo: tu aliento a whisky barato es más fuerte que el de un cerdo descompuesto… Sin embargo, nadie ha respondido mi pregunta.
-¿A quién le dijiste cerdo?

Conde se levanta de la mesa. Eugenio Echagüe piensa en salir disimuladamente: si se surgen problemas en el bar es probable que llegue la policía, y no quiere más líos con ellos desde el incidente de sus zapatos. Sin embargo es Valentín Flores quien toma la palabra:

-Ey, ey, tranquilos muchachos, nadie quiso ofender a nadie, ¿verdad? Dígame, señor… eh…
-Diógenes Mastreta.

Santino vuelve a sentarse lentamente, sin quitarle la vista de encima a tan extraño personaje. Arrieta no puede evitar una sonrisa al oír su nombre.

-Diógenes… Yo soy Valentín, el dueño del bar. ¿Por qué su pregunta sobre el mono?
-¿Quién ha tocado esta carta por última vez?

Valentín hace memoria: el extraño que le había dado la información a medias había estado mirándola antes de hablar con él. Genaro Cúspide se acerca a ellos para oír la conversación.

-Fue un hombre… vestía un sobretodo y un sombrero, no pude ver bien su rostro… dijo algo acerca de un escritor que se distrajo y sobre un muerto en el barrio…

-Creo que yo puedo explicar eso. Valentín Flores, ¿verdad? Yo soy Genaro Cúspide. Necesito decirte algo…

K mira con atención: no puede evitar pensar que cuando hablan de un escritor se refieren a él.

Por su parte, Rocambole sigue los movimientos de las conversaciones intentando captar algo de lo que se habla. Su mente rebuscada y deductiva le dice que todas las fichas se estaban acomodando sobre el tablero. No se equivoca al esperar que las palabras del corsario resuelvan parte del asunto:

-Mis queridos camaradas, he aquí un desafío: en esta carta de bebidas alguien ha dibujado un mapa… ¿Por qué no se ve a simple viste? Fácil: para confeccionarlo ha utilizado cabellos de simio blanco.

Linares se siente dibujado: no le gustan las aventuras y comienza a arrepentirse de haber entrado a ese bar. Recuerda que una vez se propuso conquistar el mundo: por un pequeño desliz casi termina conquistando a Edmundo. Los errores de imprenta pueden ser fatales.

Sigue Mastreta:

-Yo tengo un pequeño barco, sólo necesito una valiente tripulación: ¿Alguien de los presentes tiene experiencia en altamar?

Somosa no puede creer lo que está escuchando: de una vida de aburrido oficinista de pronto se ha convertido en viajero trotamundos y ahora podría llegar a ser un… ¿Aventurero? Golpea el hombro de Arrieta: él trabajaba en el puerto de Marruecos, es un experto navegador… Sus ojos piden lo que sus labios callan y esperan.

-Yo sé navegar. –Accede finalmente Alfredo Arrieta ante los ruegos de su compañero de mesa. – Pero realmente no creo que nada de esto tenga sentido.

K y Valentín no le quitan la mirada de encima a Genaro esperando sus explicaciones. Florencio Gauna se les une en la barra. Al fin Cúspide abre la boca:

-Valentín, tenés que acompañarme, él necesita verte. Me dijo que lo que tiene que decirte puede ser crucial para la continuidad de la existencia.
-¿De qué existencia estás hablando? – K interrumpe.
-De toda la existencia. Al menos de toda la nuestra…

-¡Perfecto! Ya tengo mi contramaestre… Ahora lo que necesitaría es una brújula… Diantres, ¿por qué nunca llevo una encima? – Al escucharlo Mariana tuerce los ojos.
-Yo tengo una… - Agrega Johnny John levantando tímidamente la mano- Y creo que esta vez funciona.

-Valentín, esto no me gusta nada.
-Tranquilo señor K, usted también es de gran importancia. De hecho, me atrevería a decir que es el principal culpable.
-¿Quién quiere hablarme? – Increpa el dueño del Albatros.

Ángel Vergara mira atento la situación. Comprende que ha llegado el momento de su prueba:

-Yo también voy con ustedes. Tengo cierta habilidad que podría serles útil.
-¿Y de que don se trata, muchacho?
-Bueno yo… puedo anotar lo que pase cada día en mi diario – No se atreve a contar su convicción acerca de que puede volar, lo mejor será que lo vean directamente en escena cuando fuera necesario.
-¡Perfecto! Siempre es bueno que alguien escriba las bitácoras. ¡Ya podemos partir!

-Y nosotros también. Vamos. -Agrega Genaro Cúspide y Florencio Gauna asiente a su lado.

Valentín mira a Julia, su mujer, y su beba Victoria. ¿Debería acompañar a estos dos extraños?

-No se preocupen por las damas, yo me ofrezco para quedarme a cuidarlas… -Santino Conde se acerca y vuelve a llenar su vaso con una botella de whisky que toma del mostrador.

lunes, 31 de agosto de 2009

2-Cuatro ases


Desde el Norte viene piloteando por las calles Ángel Vergara, añorando el viejo sueño de volar. Busca un buen lugar para sentarse a escribir su diario. De pronto ve un cartel que parece iluminarlo: “Albatros”. ¿Qué más indicado para su causa que un bar con nombre de ave?

Todas las miradas se centran en el nuevo sujeto, temiendo encontrarse una vez más con aquella figura extraña. Se tranquilizan al comprobar que sólo se trata de un joven con un cuaderno en la mano.

Florencio Gauna estrecha la mano de Genaro Cúspide, son viejos conocidos de tertulias funerarias. Le pregunta acerca de su último viaje y Cúspide le responde que tiene algo que decir, pero que aún no es el momento. Que de alguna manera se dará cuenta cuándo lo será.

Desde el Sur avanza Johnny John buscando su norte. A su arsenal de brújulas maltrechas ha sumado una que parece ser la correcta. La punta de metal imantado señala hacia el bar de la esquina. Entra sin dudar.

Nuevamente la atención se centra en la puerta del café. K se acerca a Valentín, indagando acerca de las palabras del extraño. Julia, la mujer del dueño, se asoma desde la cocina con la pequeña Victoria en brazos.

Desde el Oeste, Linares camina por la calle empedrada. Si bien siempre se toma todo a pecho, ahora prefiere beberlo con soda. Cansado de seguir todo al pie de la letra esta vez decide ceder a la letra del pie: una “A” de una vieja tapa de agua parece ser una señal. Levanta la vista y acomodando sus lentes sabe a dónde tiene que ir.

Arrieta regresa del baño y se sienta en la mesa que comparte con Somosa y Rocambole. Se burla mentalmente del pequeño personaje que acaba de entrar: algo en sus gafas y sombrero lo confunden con un inquieto palurdo. Rocambole clasifica mentalmente a los allí presentes, intentando colocar a cada uno en una categoría. Somosa siente que por ahora sólo debe esperar.

Desde el Este llega una pequeña embarcación por el Río de la Plata. Bajan de ella dos personas bastante peculiares. Circulan por las calles disfrutando de los paisajes que la ciudad les regala. Como si del destino se tratara, se dirigen hacia un punto en especial.

-¡Bueno, no será el bar Donde pero es lo más pintoresco que veo por aquí!

Diógenes Mastreta abre la puerta de un golpe. Lo sigue Mariana.

Eugenio Echagüe no puede evitar una sonrisa al ver el disfraz de pirata que trae aquel sujeto. Santino Conde pasea sus ojos por las curvas de la morena de ojos café y se pregunta por qué las chicas lindas siempre aparecen acompañadas.

En ese momento trece almas brillan al unísono, siendo de alguna manera todos conscientes de tal efecto. Diógenes se acerca a la barra, toma la carta y nota algo extraño en ella. Genaro mira a Florencio y sabe que es el momento de decir lo que sabe.

martes, 12 de mayo de 2009

Fragmentos del Diario de Ángel Vergara


Lunes 2

Sé que puedo volar. No puedo demostrarlo, no puedo justificarlo, es simplemente un sentimiento. Pero es el más fuerte que tuve en toda mi vida. Yo, Ángel Vergara, puedo volar.


Jueves 5

Hoy tuve otra vez el mismo sueño: vuelo. Aunque esta vez (igual que las anteriores) fue más real, demasiado. Es como una Mamushka de sueños, pero cada uno que sucede al otro no es más pequeño, sino menos fantástico. Es más vívido, más sentido, más carnal. Puedo volar.


Martes 10

Hoy estuve todo el día concentrando la energía de mi cuerpo, canalizándola para lograr mi objetivo. Sé que puedo, pero aún no he encontrado el momento. Deberé seguir intentando.


Sábado 21

Hace diez días que continúo insistiendo. Jamás me daré por vencido. Me siento en el piso, cruzo las piernas, cada pie arriba de su contraria, cierro los ojos y me concentro. Por ahora nada.


Martes 24

Otra vez el mismo sueño. Obviamente, en esta ocasión estaba seguro (igual que en las anteriores) de que no estaba soñando. ¡Es tan real! No es el típico vuelo por los cielos, con los brazos estirados al estilo Superman. No, nada de eso: no hay nubes, edificios ni pájaros a mi alrededor. Es simplemente como un salto, un salto con esfuerzo. Puedo sentir el esfuerzo de volar, cansa tanto como caminar. Pero salto y me mantengo en el aire, o simplemente subo, en línea recta hacia arriba, pero no demasiado. Lo suficiente como para alcanzar lo que quiero o sortear algún obstáculo.


Jueves 2

¿Es mi imaginación o esta mañana mientras meditaba levité unos milímetros?


Domingo 5

Cada vez es más real: siento el aire correrse en dirección a la tierra por debajo de mis pies. Cada vez que lo sueño, recuerdo los sueños anteriores y estoy convencido de que ése es real. Debe ser una premonición.


Miércoles 15

¿Necesitaré impulso? ¿Un motivo? ¿Un alma en pena deslizándose en caída libre por el éter, que me motive a soltar mis poderes y volar a salvarla?


Viernes 24

No lo soporto más: debo hacer una prueba. Sé que puedo volar, pero fallo en cada intento. Debo ponerme en una situación desesperada, que obligue a mi cuerpo a reaccionar, que me obligue a soltar mis facultades ocultas, mis capacidades aún dormidas.


Jueves 30

Lo tengo: ya ubiqué el lugar perfecto. Ya imaginé la situación ideal. La prueba será la semana que viene.


Miércoles 6

Mañana será la prueba definitiva. Estoy tan nervioso que no puedo dormir. Al menos ya no tendré ese maldito sueño. Mañana probaré que puedo volar. No necesito espectadores, sólo quiero demostrármelo a mí mismo. No puedo permitirme pensar en fallar, ese es un lujo de los perdedores. Mañana voy a volar, lo sé. Mi vuelo será real o no será.


Diario del domingo 10 de mayo:

Ángel Vergara falleció la noche del jueves 7 del corriente. Su cuerpo fue hallado al día siguiente. Al parecer, resbaló de la cima de un acantilado y cayó 500 metros al vacío. No hubo testigos del hecho. La hipótesis de suicidio fue descartada por los familiares y amigos de la víctima. Sin embargo, algo llamaba la atención en la posición de su cuerpo: tenía los brazos estirados hacia adelante, como queriendo alcanzar algo. Según la declaración de uno de los aldeanos que halló el cadáver “Parecía como si de pronto se hubiese caído en pleno vuelo”.

Sus restos fueron velados a cajón cerrado el mismo viernes por la noche. Se rumorea que un señor extraño, con un periódico bajo el brazo, estaba presente tomando café y conversando con los allegados al difunto.