lunes, 27 de octubre de 2008

Veintisiete



- ¿Y la pista?

- ¿Qué pista?

- Ay, ¿por qué nadie sabe de la pista? Piense, Cruz, cuando le dejaron quedarse con la piedra, ¿no le dieron algún papelito también?

- No, ningún papel… eso sí, me pidieron que recuerde una frase…

- ¿Cuál, Cruz? ¿Qué frase?

- “Los lobos felices que miran al cenit”.

- ¡Gracias, Cruz, gracias!

Cenamos juntos con nuestros cuatro compañeros de hotel y el señor Cruz. Aunque Abud ya no estaba enojado, se la pasaba discutiendo acerca de jugadas posibles y distintas formas en que se podría haber dado la última mano, teniendo en cuenta las cartas que teníamos. Nos invitó a hacer una revancha simbólica, sin premios ni apuestas, la noche siguiente, pero nosotros le dijimos que teníamos que partir de forma urgente, y que lo dejábamos pendiente para otro momento (otra de las cosas que aún debo, aunque temo que ésta ya no la pueda cumplir).

- ¿A dónde van?

- A Mar del Plata.

- ¿Están con auto?

- No. Mañana a la mañana iremos a la Terminal de Madryn, y ahí veremos si conseguimos micro.

- Yo tengo una propuesta para hacerles –Nos sorprendió Cruz. – Tengo un amigo que tiene un velero. Viene recorriendo desde el sur y está parando en Madryn estos días. Su idea es llegar hasta Buenos Aires, pero supongo que no tendrá problemas en dejarlos en Mar del Plata. No sé, salvo que no sean muy dispuestos a la aventura…

Victorio y yo nos miramos y sonreímos. Recordé la frase que me había dicho cuando perdimos el Farline: “Hay muchas formas de viajar”.

Partimos hacia la ciudad del sol, los alfajores y el negro Olmedo cerca del mediodía, luego de que Abud y Cruz nos hubieran alcanzado en auto hasta Puerto Madryn. Florencio, el dueño del Rubí (así se llamaba el velero), era un hombre de unos sesenta años, canoso y simpático. Le gustaba usar una gorra de capitán y cantar canciones de Sandro: Quiero llenarme de ti, Penumbras, Trigal… nuestro señor cochero parecía conocer todos los hits del astro de Banfield. Por mi parte, prefería no escucharlo: me había quedado un pequeño trauma de niño, desde una vez que había entrado en el cuarto de mis padres y los había encontrado haciendo el amor con la música del Gitano.

La brisa de mar se sentía espléndida desde la cubierta. Aunque a veces me mareaba un poco, me gustó mucho la experiencia de navegar en alta mar. Mirar el horizonte hacia la nada, pensar, o no pensar. Ya teníamos ocho de las nueve piedras y nos dirigíamos hacia el lugar donde se encontraba la última. Nuestra aventura estaba llegando a su fin. Pero había algo que me importaba más que las piedras y el dinero que con ella obtendríamos. Había una persona que tenía muchas ganas de volver a ver. Y parece que lo que uno desea, a veces, muy de vez en cuando, si uno lo quiere de verdad, se cumple.

Arribamos a La Feliz una mañana de martes. Hacía bastante que no veía ese puerto, con sus característicos barquitos pesqueros color naranja. Pero esa vez me tocó verlo desde una perspectiva diferente, casi diría “desde adentro”. Florencio aceptó nuestra invitación a almorzar mariscos allí, pero luego continúo su viaje: era un hombre de mar y se sentía mejor en él que en la tierra.

Un colectivo nos dejó en el centro, donde rápidamente ubicamos un hotel “limpio y barato” en el cual dejar las cosas. Mientras Victorio aprovechaba para echarse una siesta, yo salí a caminar. Siempre me gustó Mar del Plata, la considero mi segunda ciudad. Conozco sus calles, sus plazas y paseos. La mejor hora para disfrutarla siempre me pareció las siete de la tarde: luego de haber aprovechado el mar, era el momento justo para ponerse el saquito ramblero y salir a caminar por la peatonal San Martín, comprar churros rellenos y pasar por el súper, aún en ojotas, pensando en la cena.

No había mucha gente en la playa, estábamos aún en primavera. Pero una figura femenina, con un precipitado vestido de verano y una capelina, me llamó la atención. Estaba de pie, en la punta de una escollera, mirando la inmensidad marítima. Como quien no quiere la cosa, me acerqué a ella.

¿Me sorprendí o de alguna manera ya lo sabía cuando descubrí quién era?

- Julia…

- ¿Valentín? ¡Qué hacés acá!

Sí, parecía que el destino insistía en unirnos. Yo mantuve la excusa de seguir de vacaciones. Ella, no me acuerdo qué dijo. No nos importaba dar demasiadas explicaciones, sólo estábamos contentos de volver a encontrarnos.

Pasamos una tarde maravillosa, aún mejor que la última que nos habíamos visto, hacía tanto tiempo ya, en el Valle de la Luna. Extrañamente siempre salía algún tema de conversación, y el diálogo fluido se nutría con sonrisas, chistes tontos y pequeños roces de antebrazos. Yo le hacía dibujos en la arena, que ella distinguía como “garabato” o “mamarracho”, y cuando era su turno yo los clasificaba siguiendo la línea de Piaget.

Luego decidimos ir a un almacén, de los viejos de barrio, donde comprar galletitas de lata y una chocolatada para merendar en la playa.

Siempre creí que esas cosas eran cursis, que no pasaban en la realidad. Pero hay que tener cuidado con lo que uno dice, desea, odia o piensa. Sentados en el mirador del guardavidas, la bandera roja parecía hacer referencia a nosotros. Con un gesto suave limpié una miga de su boca. Ella sonrió. Nos besamos.

No puedo describir lo que sentí. Fue algo muy extraño para tratarse de una persona casi desconocida. Sin embargo, todas las historias comienzan de algún modo. Y esta parecía haber tenido un excelente “había una vez”.

Octubre siempre fue un mes de elecciones. Y esta vez había tomado una importante: decidí contarle la verdad acerca del viaje. La aventura ya estaba por terminar, sólo bastaba encontrar la última pieza del rompecabezas y luego ir a cobrar el dinero. Victorio podía quedarse con su mitad, y yo con la mía podía hacer lo que quiera. Incluso compartirla.

- Julia, tengo algo que contarte…

- ¿Sos gay?

- No, jaja. Se trata de este viaje…

Me miró con un gesto curioso. Pero luego consultó su reloj.

- ¡Uy, no! ¡Es re tarde!

- ¿Tenías algo que hacer?

- ¡Sí! Bueno, no muy importante… ¡Pero me tengo que ir!

- Esperá, no me dejes así, no quiero volver a perderte. ¿Nos vemos más tarde?

- Eh… Sí, claro.

- Listo, te paso a buscar. ¿En qué hotel estás?

- Mejor nos vemos acá en la playa, ¿sí?

- Como quieras. ¿A las doce está bien?

- Listo, nos vemos a las doce.

Nos besamos una vez más. Me quedé mirando su silueta hasta que se perdió entre las calles.

Cuando regresé a la habitación ya era de noche. Victorio no estaba, pero en su lugar había una nota que decía: “Estuve investigando. Te espero en el Casino, a las nueve en punto. Vestite bien. Buscame entre las primeras mesas”.

Tenía poco tiempo para bañarme y arreglarme, pero como me sentía de maravillas me tomé todo con calma. Incluso me afeité y peiné un poco mi cabello, cosa que nunca hacía. Últimamente salía a la calle como un “zafarrancho”, como diría mi vieja. Pero ahora sí tenía motivos para preocuparme un poco más por mi aspecto.

Nueve menos cinco estaba entrando al Casino. Encontré a Victorio vestido de smoking jugando en la mesa siete. Al verme me hizo señas de que me acercara. Junto a él se encontraba un hombre de mediana edad, junto con una señora que parecía ser su esposa.

- ¡Valentín! Vení, te presento a Eusebio, un viejo amigo. Ella es Marga, su señora.

Saludé lo más cortésmente que pude. Esta parejita parecía ser “gente bien”.

- Si me disculpan, enseguida vuelvo, debo responder a una llamada –se excusó Victorio y me hizo señas de que lo siguiera. Entramos en uno de los baños.

- Este tipo es uno de los dueños del Club de Pescadores. Su familia también perteneció a Albatros y estoy seguro de que sabe algo. Pero no sé si está custodiando la piedra o si también las está buscando. Tengo que sacarle información.

- Bien, ¿y yo qué hago?

- Tu papel es distraer a la mujer. Él no va a hablar con ella adelante.

- ¿Qué? ¿Estás loco? ¿Y qué se supone que debo hacer?

- No sé, vos sabrás. Invitala a tomar algo, a bailar… parece que es una de esas típicas relaciones en la que la rutina y el aburrimiento están sobre la pasión. Así que dale un gustito a la señora…

- Qué gracioso.

- A propósito, ¿qué estuviste haciendo toda la tarde?

- Cosas mías. Ya te contaré.

Volvimos a la mesa. Mientras los hombres hacían sus apuestas, me animé e invité a la señora a tomar algo. El marido sonrió, como si le estuvieran sacando un peso de encima, y la arengó para que vaya conmigo. Pese a todos mis pronósticos, la mujer resultó ser bastante copada. Luego de la segunda copa comenzamos a entrar en confianza. De pronto comenzó a sonar Paris ante ti, del Gitano.

- ¡Ay, me encanta Sandro! ¿Bailamos?

No pude negarme. Mientras la tomaba de la cintura pensé “Ay Victorio, me debés una…”.

En eso, como si de una invocación se tratara, apareció mi amigo como una tromba.

- Vamos Valentín, ya tengo lo que quería.

4 comentarios:

Freakazoid dijo...

Me agradó la foto.Jaja

Muy chida.

Aún no se me ocurren las palabras...Ando sin inspiración..
En fin..Ya saldrán..

Duquesa de Katmandu dijo...

Bueno, ya falta poco.
Qué lindo estar en Mar del Plata en alpargatas...

Tiro el anzuelo desde la escollera, a ver si pescás:

anteojos de sol
protector solar factor 20

Beso,

El Jardinero del Kaos dijo...

Esa foto no podia faltar...es tu fetiche, para los que no, recomiendo leer la prestigiosa publicacion "Mar del Plata" a cargo de Galan y A. Dib en los dibujos (como te promociono eh)

ya queda menos...me imagino que estas persuadiendo a ya sabes quien..

lo habitual:

-Bonsai
-La culpa de todo la tiene Yoko Ono.
-vasectomia
-prometeo

P.D: volvera el aberdeen angus?,

abrazo sudado!!!

Paula Daiana dijo...

Arranqué el post pensando en que la foto se llevaba la entrada 27 pero no, la verdad, admiro esa sencillez con la que retratás momentos (y no es un cumplido): "no puedo describir lo que sentí. Fue algo muy extraño para tratarse de una persona casi desconocida. Sin embargo, todas las historias comienzan de algún modo. Y esta parecía haber tenido un excelente “había una vez”...