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lunes, 16 de noviembre de 2009

19-El bueno, el malo y el feo



El Feo de los Monoblocks respira de forma jadeante y entrecortada: ha estado atravesando diversos universos persiguiendo a Santino Conde, en busca del camino que lo llevara al Barrio.

-¿Están todos acá? ¿No me digan que llegué tarde? –Dice, arrastrando las palabras.

Mira el frasco dorado: aún está en las manos de Diógenes Mastreta. La desesperación que puede sentir en el Hombre Vinchuca le indica que aún está a tiempo de evitar el colapso:

-Parece que todavía no comieron todos del fruto prohibido…

La bestia se arroja de un salto sobre Mastreta, pero el héroe encapotado salta sobre él y lo intercepta en el aire. Ambos caen rompiendo varias mesas.

-¡Santino, rápido! ¡Bebé del frasco!

Con un movimiento ágil el Feo se quita al Hombre Vinchuca de encima y se dirige hacia un nuevo objetivo: Santino Conde. Johnny John y Rocambole se deciden a enfrentar al monstruo, pero son fácilmente quitados del medio. Valentín Flores alejan a las mujeres del peligro, dirigiéndolas hacia la cocina.

-Entren acá y no salgan por nada, ¿entendieron?
-Pero Valentín, mi amor… -Suplica Julia.
-¡Yo quiero luchar! –Se le une Mariana.
-No Mariana, ustedes dos se quedan acá, cuidando a Victoria.


Santino Conde lanza un golpe sin éxito a la mandíbula del Feo de los Monoblocks, pero ésta parece ser de acero. El villano retruca con puño cerrado. El golpe es detenido por el Hombre Vinchuca:

-Yo me encargo de él, Santino, ¡pero vos bebé el líquido!

Una vez más el héroe insecto es arrojado con fuerza. Rompe el vidrio de una de las ventanas y cae en el exterior del bar. Ahora es Somosa quien intenta detener a la bestia, pero también es eliminado con facilidad. El Feo vuelve su mirada hacia Diógenes Mastreta:

-Dame ese frasco…

Genaro Cúspide golpea a la bestia con una silla, partiéndola en su espalda. El gigante trastabilla, pero se recupera rápido y con un revés deja al inmortal fuera de combate. Florencio Gauna aprovecha la distracción para arrojarle una jarra de café caliente sobre el rostro. Eso sí parece dolerle: el grito desgarra el ambiente.

-¡No podrán detenerme! ¡Ninguno de ustedes puede!
-¡Cúspide, atento! –Grita Diógenes y le pasa el frasco por el aire. Pero el Feo intercepta el envío y toma el recipiente.
-¡Voy a destruir esto, y ya nadie podrá salvarlos!

Un brazo digno de un gigante antediluviano sostiene el líquido dorado sobre su cabeza. El Hombre Vinchuca vuelve a entrar en escena y golpea al titán por la espalda haciéndolo caer. El recipiente mágico se precipita directo hacia un final de añicos contra el suelo. Sin embargo una vez más Ángel Vergara con una fantástica palomita lo ataja un instante antes del trágico final. Algo del líquido se derrama: sólo queda para un pequeño trago.

Ángel divisa a Santino: está exactamente del otro lado del bar. Intentar un lanzamiento desde allí sería muy riesgoso. No obstante, no queda tiempo que perder.

El Feo se levanta una vez más y comienza una fiera lucha contra el Hombre Vinchuca. La capacidad del héroe de resistir los golpes lo ayuda bastante, aunque el gigante lo supera en fuerza. Sabe que pronto será derrotado.

Valentín Flores vuelve desde la cocina. Vergara aprovecha el correo del ser y le pasa el frasco:

-¡Rápido! Hay que hacer que Santino lo beba.

Flores se apura pero no es fácil caminar entre tantos muebles rotos y cuerpos tirados. El Feo noquea al Hombre Vinchuca y lo lanza contra el dueño del bar. El frasco cae sobre una mesa, donde un absorto Linares lo mira con curiosidad.

-¡No! ¡No te lo tomes! –Grita Ángel Vergara - ¡Sólo queda un trago!

Linares se lleva el frasco a la boca. De pronto Santino exclama:

-Esa copa está medio vacía: dejá que yo te la lleno.

Linares acepta el truco y le pasa el líquido a Santino Conde. El Feo avanza con dificultad y se precipita sobre él.

-¡No voy a dejar que lo bebas!

Sólo queda alguien en pie capaz de reaccionar: K se interpone en el camino de la bestita con los brazos extendidos. Un horrible crujido resuena en el aire: K mira hacia abajo y puede ver el brazo del Feo de los Monoblocks atravesando su estómago. Un hilo de sangre cae lentamente por la comisura de su boca. Cuando comienza a perder la sensibilidad y la vista se le nubla, repentinamente un nuevo brote de vitalidad corre por su cuerpo. Santino Conde apoya el frasco vacío sobre una mesa, luego de haber bebido todo su contenido.

Trece brillos dorados revolotean bajo el techo del Albatros. Trece almas se unen y conjugan en una sola presencia.

-Hola, ¿esperabas a otra persona?

La jovial voz se dirige hacia el villano.

jueves, 12 de noviembre de 2009

18-Trece almas



De pronto Somosa tiene una idea: coloca sus dedos sobre el teclado y firma:

Galán de Barrio

Valentín Flores apoya la mano en su espalda deseando que la ocurrencia haya funcionado y luego de una nueva experiencia de sucesos simultáneos ambos vuelven a divisar la mesas del Albatros. K pregunta:

-Sí Valentín, ¿qué querés decir con eso de la simultaneidad?

Ante las miradas expectantes de sus compañeros los dos viajeros se dan cuenta de que han vuelto a aparecer en el bar exactamente en el mismo instante en que desaparecieron, por lo que ninguno de los allí presentes ha notado el cambio.

-Ya lo hicimos.
-¿Qué hicieron?
-Escribí la historia –Responde Somosa – Pero como no tenía “K” en mi máquina tuve que utilizar otro nombre.
-¿Y funcionó?

La conversación se interrumpe por el grito de Mariana:

-¡Miren el cielo!

Las nubes negras comienzan a deslizarse hacia el horizonte, dejando ver un cielo celeste y limpio. Los rayos se desvanecen en el éter y la furia de los vientos trasmuta en suave brisa.

El Hombre Vinchuca mira a Ángel Vergara y le pregunta si aún lleva con él el frasco dorado. Ante el asentimiento, el encapotado se dirige al resto del grupo:

-Bien, ya ha sido solucionado lo urgente. Pero ahora hay que ir a lo importante: deben beber ese líquido cuanto antes.
-¿Por qué? –Pregunta Diógenes Mastreta - ¿Qué contiene?
-Confíen en mí, sólo bébanlo.

El primero en reaccionar es Rocambole: siguiendo su nueva actitud de actuar sin pensar le quita el recipiente a Vergara y da un largo trago. Una sensación refrescante y llena de vida lo invade de pronto. Contagiado por el acto de su amigo, Somosa lo sigue. Ante la mirada insistente del Hombre Vinchuca, lo mismo hacen Johnny John, Ángel Vergara y Florencio Gauna. A Linares simplemente se lo arrojan en el vaso, y lo toma sin darse cuenta.

-Hay un problema: ellos dos, se supone que también deber beber. –Exclama el héroe insecto señalando los cuerpos de Arrieta y Echagüe.
-No se preocupen, yo me encargo – Afirma Genaro Cúspide. Toma el frasco y bebe un poco. Luego con los vidrios rotos de la botella que Julia le había arrojado al Jardinero del Orden comienza a cortarse las venas.

K se adelanta para impedirlo, pero Florencio lo detiene y le pide que espere. Minutos más tarde Genaro vuelve a ponerse de pie y le entrega el recipiente.

-Listo. Les mandan saludos.

K toma un trago y le pasa el líquido a Valentín Flores. Éste besa a Julia y a su beba Victoria y hace lo mismo con el frasco.

-Yo no sé si beber eso… -Desconfía Diógenes Mastreta – No nos dijiste de qué está hecho.
-Es… eh… ¡Es Grog! –Miente Mariana, siguiendo una corazonada.
-¡Haberlo dicho antes! –Mastreta empina el recipiente.

El Hombre Vinchuca comienza a hacer cuentas. Nota que algo anda mal:

-¡Doce! Se supone que eran trece los que debían beber el líquido.
-Claro –Dice Mastreta- ¡Faltás vos!
-No, yo no… Yo preexisto al Barrio.
-¡Oh! ¿Cómo pudimos olvidarlo? –Exclama Julia.
-¿A quién?

La respuesta muere antes de nacer: la puerta del Albatros se abre de golpe e ingresa una figura vestida con botas azules, traje celeste de spandex y un sombrero de capitán de navío.

-¡Santino Conde! – Exclama Rocambole al reconocerlo - ¿Qué te pasó? ¿Dónde estuviste?
-Bonito traje – Sorprende Linares.
-¿Qué pasó con el Jardinero del Orden? –Pregunta Rocambole.
-Claro, y después el ridículo soy yo. –Concluye Mastreta.

Santino luce apurado y le tiemblan las palabras:

-No van a creerlo… No hay tiempo de explicar, sólo puedo decirles que cuando salí rodando por la puerta del bar con el Jardinero del Orden, caímos en una especie de grieta y lo perdí de vista. Pasé por varios lugares extraños, y en uno de ellos una mujer disfrazada de capitán me prestó este traje para poder escapar.
-¿Una mujer que recitaba poemas? –Preguntó Johnny John, ilusionado.
-¿Escapar de quién?
-¡Hay que huir! ¡Tenemos que irnos ya de acá! Me están siguiendo, no vine solo…

Ante un fuerte estruendo la puerta del Albatros es arrancada de cuajo y una silueta enorme y bestial ingresa dejando ver un rostro horriblemente maltratado.

lunes, 9 de noviembre de 2009

17-La armonía del universo




Julia toma el botiquín y comienza a vendar las manos de K. Todos miran en busca de explicaciones. K no está seguro de lo que pasó:

-No lo entiendo, simplemente abrí la notebook y explotó.
-¿Dónde estaba guardada? –Pregunta Genaro.
-Acá en el bolso, sobre esta silla. –Responde K.

Mientras termina de vendar, Julia tiene un recuerdo repentino:

-Cuando vi que el Jardinero del Orden comenzaba a levantarse, lo hizo apoyándose en esa silla. Él debe haber preparado la trampa mientras lo creíamos desmayado.
-¿El Jardinero del Orden estuvo acá? –Pregunta el Hombre Vinchuca – Esto es peor de lo que imaginaba…

Johnny John parece ser el único consciente de lo urgente de la situación:

-Les recuerdo que nuestro universo se está destruyendo. Y al parecer este escritor representa el único modo de salvarlo…
-¿Es necesaria esa notebook? –Agrega Ángel Vergara- ¿No podrías escribir a mano? –Sin embargo, al terminar la frase se da cuenta de lo imposible de su propuesta: K ahora lleva las dos manos completamente vendadas.

La desesperación pesa como una nube de plomo sobre las almas de los habitantes del Albatros. El Hombre Vinchuca se siente incómodo e impotente: en su vida de héroe este parecía ser el reto más duro, y lo peor es que su resolución no dependía de él.

Los truenos y fuertes vientos crecen con furia cuando K impone su voz:

-No se preocupen, tengo la solución: yo no soy el único escritor aquí presente.

Sus ojos se dirigen a una sola persona. Desde un rincón, Somosa siente que todas las miradas se posan en él.

-No va a funcionar –Le replica a K.
-Claro que sí, vos podés hacerlo. He leído tus cosas y son buenas.
-Sí, y también las corregiste y criticaste…
-Vos podés hacerlo. Vos debés hacerlo, Somosa. Sos nuestra única esperanza.

Rocambole da un paso al frente y apoya una mano sobre el hombro de su amigo:

-Vamos, al fin ha llegado tu momento.

Diógenes Mastreta y Florencio Gauna comparten un gesto: ¿Funcionaría realmente el reemplazo? Por las dudas, K sugiere lo siguiente:

-Escribí vos y firmalo con mi nombre. No creo que nadie note la diferencia.
-Sólo hay un problema: mi Remington. La necesito para escribir, pero en un acto de locura la tiré por la ventana y luego a la basura.
-¡Todos dependen de una máquina! ¡Nadie es capaz de utilizar lápiz y papel!

El rapto de realidad de Linares sorprende a quienes lo habían visto actuar con su característica indiferencia. No obstante, no ayuda al problema.

Es Valentín Flores quien ahora se ilumina:

-¡Lo tengo! Ahora entiendo por qué Victorio dijo que lo que tenía para contarme sería de vital importancia para salvar nuestra existencia: el tiempo no existe. ¡Sólo hay simultaneidad!

K mira a su amigo como si éste hubiera enloquecido. Genaro Cúspide espera más detalles.

-Debemos usar la simultaneidad. Así es como Victorio consigue puros desde el otro mundo. De alguna manera, es posible viajar a través de ella.
-¿De qué estás hablando?

La pregunta de Somosa queda flotando en el aire: Valentín le toma la mano y cierra los ojos. En un instante inexistente ambos desaparecen.

No es fácil manejarse en la simultaneidad. Al mismo tiempo ambos viajeros experimentan diversas situaciones: sin querer provocan el brillo que el Dr. Thompson observaría en la puerta de su desván antes de su desliz; presencian el asesinato de un médico al salir de un hospital; escuchan la charla de dos locos acerca de los meses y sus dolores; son testigos de la oscura relación entre un árabe y su mula; y contemplan la sonrisa ecuánime de un gato muerto. Finalmente, dan con la oficina de Somosa, justo en la noche anterior a su ataque destructivo. Sobre el escritorio de metal con felpa verde descansa la Remington.

Somosa le pide privacidad a Valentín, no puede escribir si lo están mirando. Flores se retira hacia la cocina en busca de un vaso con agua.

La nada papelicia de la hoja en blanco lo intimida. ¿Por dónde comenzar? Es difícil escribir bajo presión y escaso de ideas. Somosa comienza una frase, pero se arrepiente y la tacha. Prueba con otra, todo un párrafo. No lo convence y vuelve eliminar las letras. La presión aumenta en su cabeza y las imágenes se vuelven hacia atrás en el fondo de su mente. Después de un cuarto intento, empieza a creer que nunca sería capaz de preservar la continuidad de la existencia. No había nacido para héroe y lo sabía. Si tan sólo el sonido del silencio dejara de latir en su cabeza…

De súbito, algo en su ser se enciende: cerebro y manos actúan como uno solo siguiendo una extraña melodía. Sus dedos danzan sobre el teclado, redactando líneas más por estética que por contenido. Disfruta de la tarea, y las palabras van brotando directamente, plasmándose sobre el papel sin detenerse en la estación crítica del sentido adyacente. La historia cierra redonda, pura y sin faltas. No es necesario releerla. Lo había hecho: había salvado al mundo.

Valentín regresa y apoya el vaso vacío que Somosa encontraría al día siguiente sobre un formulario. Al contemplar el rostro del escritor comprende que la labor ha sido realizada con éxito. Sin embargo, se preocupa cuando ve que la sonrisa de Somosa deviene una mueca de espanto:

-¿Qué pasa ahora? ¿No terminaste la historia?
-¡Qué idiota soy! No puedo firmar la obra: mi máquina no tiene “K”.

jueves, 5 de noviembre de 2009

16-El cielo se está cayendo



Todos rodean a Arrieta, sólo para descubrir que ya nada puede hacerse. Su cuerpo se encuentra totalmente magullado, como si hubiese sido atacado por una bestia. Somosa golpea la mesa con el puño soltando un grito de bronca, mientras Ángel Vergara va perdiendo la alegría de haber salvado el frasco dorado.

-¿Qué le pasó? –Pregunta Johnny John, absorto – ¡Qué le pasó! ¿Quién pudo hacerle esto?

El Jardinero del Kaos se agacha sobre el cuerpo y toma lo que llevaba apretado entre sus dedos, confirmando sus conjeturas:

-Una máscara… No hay dudas, es él.
-¿Quién? –Pregunta Diógenes Mastreta.
-El Feo de los Monoblocks. Maldición, es mi culpa, nunca debí haberlos imaginado.

Los cuatro navegantes miran al Jardinero con cierto remordimiento y sospechas. Éste comprende que ha llegado el momento de dar explicaciones:

-El Jardinero del Orden y el Feo de los Monoblocks, habitantes de una tierra que vibra en otra frecuencia que la nuestra, son seres que representan a nuestros opuestos, según la teoría de Fox y Sekowski.

Ante las miradas atónitas del grupo, el lord del caos decide continuar:

-Ellos son mi opuesto y el de Galán de Barrio. Por eso ustedes deben regresar ya, deben llevarse el recipiente dorado y…
-Aún no.

La nueva voz resuena desde su espalda, cansada pero a la vez poderosa. Una figura alta, vestida de negro y amarillo y envuelta en una capa se hace presente. Sus antenas no desmienten su apodo:

-El nombre es Hombre Vinchuca
-¿Un superhéroe? ¡No es de extrañar algo tan ridículo en este mundo de freaks!
-Ey, que este viene de su mundo, muchachos… -Se defiende el Jardinero ante el ataque de Mastreta. El encapotado comienza su discurso:

-Debemos volver de inmediato al Barrio, pero aún no deben beber del frasco. Antes hay que resolver un problema más urgente: la destrucción del universo.
-¿De qué estás hablando? –Increpa Johnny.
-Todo comenzó con el escritor distraído. Su papel en el mundo era no dejar de escribir. Sin embargo, las obligaciones de la vida lo fueron distrayendo poco a poco. Al principio no fue grave, nadie lo notó. Pero luego tuve un sueño y supe que tenía que venir hasta acá. La primera vez llegué en medio de un funeral, y descubrí que no era el único extranjero ahí: también estaba un tal Gauna, otro de los hombres del Barrio.

Somosa sabe quién es Gauna, si no se equivoca, lo había visto un par de veces en el Albatros: es el tipo al que suelen llamar “el hombre de los velorios”.

-La forma de llegar hasta aquí fue extraña –Continúa el Hombre Vinchuca- Es más, creo que fue mi culpa que las grietas se agrandaran.
-¿Grietas? –Dice Mastreta.
-Las grietas entre universos que comenzaron a abrirse cuando el escritor se distrajo. Creo que al pasar a través de ellas hice que se aumentaran. Igual, eso no fue lo peor. Sin querer les mostré el camino a los perores enemigos: el Jardinero del Orden y el Feo de los Monoblocks. A partir de ahí ellos metieron mano y la fusión de universos se hizo inevitable. Hoy hemos llegado al punto cúlmine: si no lo evitamos, el universo del Barrio dejará de existir para siempre.

Todavía sin entender demasiado, Somosa, Arrieta, Johnny John y Ángel Vergara intercambian miradas. Comprenden que algo no nada bien. El último pregunta:

-¿Y qué podemos hacer para evitar la catástrofe?
-Tenemos que lograr que el escritor vuelva a escribir. Por eso hay que volver ya al Barrio. Yo los guiaré por una grieta que lleva directo al Albatros.

Con un amargo ademán los navegantes se despiden del Jardinero del Kaos. Somosa insiste en llevar el cuerpo de Arrieta con ellos, para poder brindarle un digno entierro.

Al llegar al Barrio descubren que la situación comienza a tornarse apocalíptica: nubes negras, fuertes vientos y algún que otro rayo perdido se hacen ver surcando el cenit. Pequeñas rajaduras color gris comienzan a engrosarse por varias partes del horizonte.

En el Albatros la situación no puede ser peor: al entrar lo primero que ven es otro muerto, Eugenio Echagüe.

-¡Arrieta! ¡No!… ¿Él también? –Se sorprende Rocambole. Hasta Linares se da cuenta de lo extremo de la situación.

Valentín echa una mirada cómplice a Genaro Cúspide, pero el gesto que éste le devuelve sólo puede indicar una cosa: sus nirvanas fisiológicos no pueden revivir a los muertos.

El Hombre Vinchuca identifica a Gauna y luego a K:

-Vos debés ser el escritor distraído. Rápido, tenés que ponerte a escribir. ¡Ahora!
-Lo intenté, pero sólo salió esto –Responde K mostrando la carta –Por eso volví hasta acá, buscando mi notebook.

K le entrega la carta al Hombre Vinchuca y busca su herramienta de trabajo en el bolso que había dejado sobre una silla. Extrae la máquina, pero al abrirla se escucha una pequeña explosión.

-¡Mierda! –Exclama el escritor.
-¿Qué pasa? –Gritan Valentín y el Hombre Vinchuca al mismo tiempo.
-No voy a poder escribir. Mi notebook está rota. Y mis manos también.

K levanta los brazos lentamente, dejando ver un par de manos completamente ensangrentadas.

domingo, 1 de noviembre de 2009

15-Todos para uno


El Jardinero del Orden habla cual villano de opereta frente a un atento Santino Conde:

-¿Querés saber cuál es mi plan? Fácil: reordenar todo esto. Acomodar las cosas, poner algún que otro adorno, borrar lo que está demás… como todos estos miserables sujetos, por ejemplo. En fin: tomar el control de todo.
-Interesante. ¿Y de qué podría servirte yo?
-Mi estimado, no es un tarea fácil… voy a necesitar alguien que me dé una mano. ¿Y qué mejor si se trata de una persona que conoce las cosas desde adentro? Te preguntarás qué te llevarás a cambio, lo entiendo. Bueno, por empezar podrás tener todas las mujeres que desees.
-Ja, veo que se me nota el aire de casanova.
-Tan claro como el halo de la Luna en la noche que precede a la tormenta. Una vez que yo tome todo el control de este universo, te daré tu porción de la torta. Pero antes necesito tu ayuda: para poder hacerme con todo, antes tengo que encontrar a alguien.
-¿A quién, si puede saberse?
-Al dueño de todo, claro: a Galán de Barrio.

Cada uno desde su lugar escucha atentamente el diálogo. Por un segundo mantienen la esperanza de que Santino sólo lo esté haciendo hablar para ganar tiempo. Sin embargo, aún no están seguros de poder fiarse de aquel muchacho.

-¿Galán de Barrio? ¡Qué nombre tan ridículo! El único galán que conozco por aquí es un servidor.

A medida que habla, Conde se acerca lentamente al Jardinero.

-¿Cómo que no lo conocés? ¿Me estás cargando? ¡Si él es el creador de todo este universo!
-¿De qué universo me hablás? Esto es un bar, y su dueño se llama Valentín.

El Jardinero del Orden parece ir perdiendo la calma:

-Mirá, Santino, no me tomés por estúpido. Así como puedo incluirte en mis planes también puedo sacarte del juego cuando quiera. Voy a preguntártelo por última vez: ¿Dónde está Galán de Barrio?
-Jardinero, te vuelvo a responder: no sé de quién me estás hablando… -Conde sigue acortando la distancia, coqueteando con su bebida.
-¡Pedazo de idiota! ¿Te querés pasar de listo? Ah, un momento… un momento… ¿Será posible que no lo sepas? ¿Será que ninguno de ustedes conoce su origen? ¡Ja! ¡Esto es tan sorprendente! Incluso para mí…

Cuando está lo suficientemente cerca, Santino le dice al oído:

-Te equivocaste conmigo viejo, yo no soy el lado traicionero: soy la parte impredecible.

Dicho esto Santino vuelca su vaso de whisky sobre el pulido rostro del Jardinero del Orden. A pesar de la ceguera repentina, éste logra responder con un golpe en el estómago, empujándolo sobre la mesa de Rocambole. Santino lo mira a los ojos, dándole a entender que ha llegado su momento de actuar: Rocambole se pone al fin de pie y por primera vez en su vida actúa sin pensar, propinando un cross de derecha sobre la mejilla del duque blanco. No obstante, el Jardinero del Orden es más duro de lo que parece y logra responder el golpe con un certero puntapié en las partes nobles del fallido héroe. Mas la distracción no es en vano: Linares se levanta de un salto y estrella un vaso completamente vacío sobre la nuca del malviviente, que cae finalmente desmayado.

-A mí nadie me dice que vivo en un mundo de fantasía… -Concluye Linares acomodándose el sombrero.

Mariana se repone y ayuda a ponerse de pie a Eugenio Echagüe, cuya herida mal vendada comienza a manifestar sangre de modo preocupante. Julia entra en la cocina del bar en busca de un botiquín.

-Bien hecho compañero –Santino le da una palmada en el hombro a un Linares que vuelve a acomodarse en la mesa como si nada hubiera pasado. Luego se dirige a Rocambole- ¿Estás bien? Eso debió doler…
-Un poco… pero nada se comprara con la satisfacción de haberme dejado llevar por un impulso. Creo que hoy ha nacido un nuevo Rocambole.

Mariana se sienta en uno de los bancos que están contra la barra y examina la fractura de Echagüe. Julia deja a Victoria en su carrito y regresa trayendo vendas y alcohol. Pero los deja caer con un grito de advertencia ante lo que sus ojos le muestran: el Jardinero del Orden se ha movido y comienza a levantarse, apoyándose en una silla.

Esta vez es Mariana la primera en reaccionar, sin embargo Echagüe la sostiene de un brazo obligándola a detenerse. Eugenio Echagüe alza el cuchillo de la amazona que había quedado sobre el piso y se lo clava al Jardinero a un costado del muslo izquierdo.

El villano ahoga una exclamación, se quita el arma y con un mismo movimiento hunde el filo hasta el mango en el pecho de Echagüe, quien cae torpemente. Mariana deja escapar un fuerte suspiro mientras Julia avanza hecha una furia con un zapato en la mano y comienza a golpear con el taco el rostro del Jardinero del Orden hasta hacerlo sangrar. Con un manotazo el hombre de blanco logra sacársela de encima, pero justo cuando estaba a punto de pegarle Santino Conde toma su mano derecha desde atrás. Rocambole se apura a hacer lo mismo con la izquierda y ambos miran a un ajeno Linares, esperando que una vez más reaccione.

Sin embargo, el Jardinero sabe cómo mantenerlo en su lugar:

-Linares, ¿no pensás ayudar a tus compañeros?

El personaje de historieta no puede con su genio y retruca:

-¿Y la raíz cuadrada de 225?

-¡15! –Exclama triunfante el lord del orden soltándose de sus captores: con un revés de siniestra cachetea el rostro de Rocambole al mismo tiempo que estira la pierna contraria y empuja a Santino contra la pared.

Mariana toma una botella del mejor vino, arrojándolo con fuerza sobre el rostro del truhán. La botella roza su oreja y termina haciéndose añicos contra el fondo del bar.

-Una verdadera lástima –Comienza a decir el Jardinero- Y ahora, si me permiten…

Pero no termina la frase: Santino Conde salta sobre él y ambos caen. Ruedan varias veces hasta alcanzar la puerta. Una vez que la traspasan, ya no los vuelven a ver.

La puerta se abre una vez más:

-¡Mi amor! ¿Qué está pasando acá? –Valentín Flores corre a abrazar a su mujer. Lo siguen K, Genaro Cúspide y Florencio Gauna.

-Este hombre está muerto. –Concluye Genaro al tomar el pulso de Eugenio Echagüe.

miércoles, 21 de octubre de 2009

13-La carta en la manga



La teoría del escritor distraído ha dejado sin palabras a K. De alguna manera, es algo que siempre había temido. ¿Podría ser realmente él? ¿Cuánto hacía que no se sentaba a escribir un texto? Es verdad que últimamente ha estado algo desatento, como alienado…


Valentín se desploma en un sillón y reflexiona: ¿K el escritor? ¿Genaro el muerto? Las pistas inconclusas del extraño que había entrado al bar comienzan a tomar sentido. Si K no había cumplido, ¿cuáles podrían ser las consecuencias? Si Genaro había muerto hoy, justo hoy… ¿Cómo había muerto? Y aún quedaba algo más, la urgencia de Victorio por comunicarse con él: ¿Qué tenía que ver su abstrusa concepción del tiempo en todo esto?

Gauna mira a K, esperando alguna reacción. De pronto éste lo increpa:

-De acuerdo, supongamos que realmente sea yo… de todos modos el mundo no se detuvo, ¿o sí?
-Parece que no… sin embargo tal vez eso sea sólo metafórico. O quizás… bueno, estoy desarrollando mi propia teoría.
-¿Qué piensa, Florencio? ¡Dígame!
-Creo que quizás el mundo no quiera detenerse…
-¿Qué? ¿Y cómo sería eso?

Florencio Gauna se pone de pie y vuelve a llenar su taza.

-Si el mundo no quisiera detenerse… y si su motor no está cumpliendo con su función… bueno, ¿qué podría hacer?
-No lo sé, Gauna. Déjese de tanto misterio y explique su idea.
-Bueno, yo creo que debería tomar su movimiento de otro lado. Debería complementar sus faltas con ayuda de otros… como hacemos todos, ¿no?

Genaro Cúspide, atento al diálogo, se arrima a la máquina y se sirve una taza de café. Le hace una seña a Valentín, pero éste rechaza la oferta. No obstante, se acerca a Cúspide:

-¿Cómo fue Genaro?
-¿Qué cosa?
-¿Cómo fue que murió? ¿Cómo fue que murió hoy?

K mira incrédulo al hombre de los velorios. Gauna hace una pausa para saborear su enésimo café del día.

-Bueno, es sólo una hipótesis… pero creo que podría explicar los extraños sucesos que hemos estado viviendo.
-¿A qué sucesos se refiere exactamente? Bueno, más allá de que acabo de enterarme de que Genaro murió hoy y ahora está acá delante de mí bebiendo café…
-Ja, no, pero eso ya era normal por acá. Yo me refiero a cosas como mi intromisión en aquel funeral lejano, la llegada del sujeto advirtiendo cosas en el bar, y esto:

Florencio extiende el brazo y le muestra a K la tapa de un diario: al parecer había muerto otra persona importante, aunque mucho no podía entender ya que estaba escrito en ruso.

-¿Cómo llegó esto a sus manos?
-Lo compré en el kiosko de siempre. Pero lo que más me llama la atención, además del idioma, es que ni siquiera el dueño del puesto sabía bien cómo había ido a parar este periódico ahí.

Genaro Cúspide se muestra sorprendido ante la pregunta. Luego comienza el relato:

-Esta mañana tuve un extraño presentimiento, como que hoy no iba a ser un día más en mi vida. Sin embargo intenté actuar del modo usual: me bañé, me afeité, me ajusté la corbata y salí a caminar.
-Sí, ¿y bien?
-Imaginé que Florencio iba a estar leyendo los clasificados en el bar de siempre, su bar, así que me dirigí hacia allá para charlar un rato. Pero antes de llegar fue atacado por la espalda. Fui herido por un arma blanca, y caí, muerto.

K escucha y medita. Comienza a seducirlo la idea de un mundo desfalleciente que intenta en agónico suspiro complementarse con hálitos ajenos. De pronto fluye en él una idea:

-¡Déme una lapicera! ¡Tengo que escribir!
-¿Escribir?
-Claro, debo probar a ver qué pasa.
-Tiene razón, tal vez funcione.

Gauna toma prestada una hoja del escritorio de Genaro y se la pasa a K junto con una birome.

-¿Y ahí fue cuando hizo contacto con Victorio y le pidió que viniera a verme?

K garabatea con fuerza sobre el papel.

-Exacto, él me dijo tu nombre y que tenía algo importante que contarte.

Gauna observa atento los movimientos del escritor distraído.

-¿Pero quién fue, Genaro? ¿Quién lo mató? ¿No puedo ver nada?

K se detiene, mira al techo buscando la palabra adecuada y luego continúa.

-Bueno, sí, algo pude ver.

Gauna apura la taza y dirige una mirada inquisidora al caballero de la pluma.

-¿Qué vio, Genaro?

K termina con un lamento:

-No hay caso: quise improvisar una historia pero me salió una carta…

Gauna sonríe:

-Tal vez esa carta sea parte de la historia…

-Mi notebook, necesito mi notebook… la dejé en el bar.

-Lo que alcancé a ver fue un hombre alto, de sobretodo y sombrero, con un melifluo brillo en sus ojos.

-¡Al Albatros! ¡Hay que volver ya al Albatros!

miércoles, 7 de octubre de 2009

10-El escritor distraído


El sonido constante y monótono se deja oír desde la habitación contigua donde Valentín Flores había entrado con Genaro Cúspide. K espera sentado en un pequeño sillón. Una mesa ratona donde descansan dos tazas llenas lo separan de Florencio Gauna. No está seguro de cuánto tiempo hace que están allí.

-Beba su café, K, que no le he puesto veneno. – Gauna esboza una sonrisa.
-¿Qué están haciendo dentro de la habitación?
-La verdad, no lo sé… tampoco estoy seguro de cuánto tiempo más tardarán, así que por ahora sólo podemos esperar. Y disfrutar de un buen café, obvio.

K mira a su compañero por un instante. Luego, tomando lentamente la taza agrega:

-En el bar, usted insistió en que viniera. Dijo que parte de lo que va a pasar podría ser mi culpa. Creo que es hora de que me dé una explicación.
-Es cierto…

Gauna da un sorbo a su bebida. La disfruta un buen rato en la boca antes de hablar:

-Cuando la gente muere se hace más buena, ¿sabe? En realidad, no es que ellos cambien, sino que cambia lo que se dice de ellos. No me tomó mucho tiempo aprenderlo.

K suspende la taza justo por debajo de su boca. Continúa expectante.

-¡No se preocupe, no he matado a nadie! Simplemente he ido a velorios. A muchos velorios, desde hace muchos años ya… Locuras de un hombre aburrido, ¿sabe? Prácticamente voy a uno cada noche, parece que la gente nunca deja de morir.
-No veo dónde entro yo en este cuento.
-Perdón, suelo irme por las ramas: costumbres de viejo. Así fue cómo conocí a Genaro, pero eso es otra historia. Lo importante es que un buen día, cuando parecía que nadie había muerto en los alrededores, leí en el diario una extraña noticia.

K da un trago largo y se quema la lengua. Disimula el dolor con un “ajá”.

-Yo siempre leo los avisos fúnebres, pero éste salió en primera plana, en un recuadro chiquito, pero en la tapa al fin: había muerto un grande, un, cómo decirle sin que me tome por fabulador… había muerto un héroe.

Florencio hace una pausa, esperando algún gesto de asombro en su interlocutor. Al no encontrarlo continúa:

-Por supuesto fui, no iba a perdérmelo. Aunque la verdad es que no sé realmente cómo llegué: el lugar era completamente extraño y ajeno a todo, como si se tratara de… de otro mundo. Sí, otro universo.

K duda antes de volver a probar aquel negro mineral. Sin embargo se atreve y empina el recipiente, sin quitarle los ojos de encima a su compañero:

-Sigo sin entender, Gauna, ¿qué tiene que ver todo esto conmigo?
-Iré al grano: decía que cuando uno muere se hace más bueno. Y la gente a su alrededor también: he hecho varios “amigos de velorio” durante todos estos años. Bueno, la cosa es que charlando con alguien en ese lugar me enteré de una teoría: la teoría del escritor que no puede dejar de escribir porque si no se detiene el mundo.

Por primera vez K se sorprende: siempre había fantaseado de alguna manera con esa idea en su cabeza. Gauna nota un signo de preocupación en aquel rostro despeinado.

-¿Se lo imagina? Ya sé, suena muy a ciencia ficción… pero si usted hubiera estado allí, seguro la habría creído. ¡Todo era tan fantástico!
-¿Quién fue? ¿Quién le contó esa historia?
-No me dijo su nombre y no le di demasiada importancia en su momento. Nunca más lo volví a ver, nunca más… hasta esta tarde.

El corazón de K se acelera tapando el bombeo que resuena desde detrás de la pared. Sus ojos piden más respuestas.

-No me di cuenta al principio, pero cuando el dueño del Albatros repitió las palabras que aquel extraño le había dicho, ahí todo me cerró. ¡K, temo que toda nuestra existencia esté en peligro!

De pronto el sonido cesa. Unos segundos después la puerta se abre y las figuras de Genaro Cúspide y Valentín Flores entran en escena. Las miradas de dos viejos amigos se cruzan:

-K, Genaro es el muerto del barrio.
-Valentín, yo soy el escritor distraído.

lunes, 14 de septiembre de 2009

5-El muerto que parla


Avanzan los cuatro hombres a paso desparejo, pero logrando una armonía sinuosa que recuerda a los cilindros metálicos con puntitos de las cajitas de música.

Valentín Flores va unos pasos por delante de su amigo K. No sabe bien a dónde lo están llevando, pero de alguna manera siente que gran parte de sus dudas se resolverán allí, donde sea que eso sea. ¿Quién es este tal Genaro Cúspide? ¿Y el hombre que lo acompaña? Se llama Florencio, lo ubica porque va todos los días al Albatros: pide un café bien negro y el diario. Más de una vez lo había sorprendido leyendo los avisos fúnebres.

Florencio Gauna camina pensativo. ¿Realmente Genaro está dispuesto a compartir su secreto? Él lo conoce desde hace años y estuvo presente en todos sus velorios. Sin embargo, no sabe cómo lo hace: cómo Cúspide siempre logra superar a la muerte.

Genaro Cúspide lidera la caravana. Aunque está a punto de revelar el secreto de su vida, no se arrepiente: es consciente de que lo que tiene que contar puede ser de vital importancia, para todos. Además, es un favor que le debe a un viejo amigo: él pidió verlo, y él lo tendrá.

Los cuatro caballeros ingresan en un departamento cálido y confortable. Ante la seña del anfitrión, Valentín lo acompaña a la habitación siguiente. Si tiene que compartir su secreto, va a hacerlo solamente con él.

-Valentín: ¿El hombre que entró al bar afirmó que ya había habido una muerte en el barrio, verdad?
-Así es, esas fueron sus palabras.
-Bien, te dije que yo podía explicar eso: yo soy el muerto.
-Mire, Genaro, si me trajo hasta acá sólo para hacerme una joda, debo decirle que no estoy de humor…
-No, Valentín, no se trata de ningún tipo de broma de mal gusto. Sentate ahí, por favor, y dejame que te cuente.

Genaro le señala un sillón a Valentín y éste accede a su pedido. Luego voltea por un instante, revuelve unas cosas y finalmente pone ante él un extraño aparato.

-¿Qué es eso? ¿Un nebulizador?
-Así es, pero no cualquier nebulizador: ha llegado la hora de que pruebes una nebulización trascendental.

Mientras habla Genaro toma la pipeta de vidrio e introduce unas gotas de un líquido claro como el agua.

-¿Nebulización trascendental?
-Vas a experimentar lo que muy pocos han vivido: un nirvana fisiológico. Una solución temporal para un problema eterno.
-Claro, una solución… fisiológica, ¿no?
-Ja, esa fue buena. Lo estás tomando con humor, eso una buena señal. - Afirma Genaro mientras le acerca la mascarilla a la cara.

viernes, 4 de septiembre de 2009

3-Las piezas se acomodan


-¡Por el espíritu de Herman Toothrot! – Exclama Diógenes Mastreta. - ¿Alguno de ustedes ha visto por aquí a un mono blanco?

En un ambiente alterado y silente como el actual, los nervios se tensan y los gestos exagerados se captan el doble. Diógenes examina la carta de bebidas con cuidado, mientras mira atento hacia las mesas. El mal genio de Santino Conde fue el primero en reaccionar:

-¿De qué hablás, pirata borracho? ¿De qué manicomio te escapaste?
-Acá el único ebrio sos vos, mi estimado amarillo: tu aliento a whisky barato es más fuerte que el de un cerdo descompuesto… Sin embargo, nadie ha respondido mi pregunta.
-¿A quién le dijiste cerdo?

Conde se levanta de la mesa. Eugenio Echagüe piensa en salir disimuladamente: si se surgen problemas en el bar es probable que llegue la policía, y no quiere más líos con ellos desde el incidente de sus zapatos. Sin embargo es Valentín Flores quien toma la palabra:

-Ey, ey, tranquilos muchachos, nadie quiso ofender a nadie, ¿verdad? Dígame, señor… eh…
-Diógenes Mastreta.

Santino vuelve a sentarse lentamente, sin quitarle la vista de encima a tan extraño personaje. Arrieta no puede evitar una sonrisa al oír su nombre.

-Diógenes… Yo soy Valentín, el dueño del bar. ¿Por qué su pregunta sobre el mono?
-¿Quién ha tocado esta carta por última vez?

Valentín hace memoria: el extraño que le había dado la información a medias había estado mirándola antes de hablar con él. Genaro Cúspide se acerca a ellos para oír la conversación.

-Fue un hombre… vestía un sobretodo y un sombrero, no pude ver bien su rostro… dijo algo acerca de un escritor que se distrajo y sobre un muerto en el barrio…

-Creo que yo puedo explicar eso. Valentín Flores, ¿verdad? Yo soy Genaro Cúspide. Necesito decirte algo…

K mira con atención: no puede evitar pensar que cuando hablan de un escritor se refieren a él.

Por su parte, Rocambole sigue los movimientos de las conversaciones intentando captar algo de lo que se habla. Su mente rebuscada y deductiva le dice que todas las fichas se estaban acomodando sobre el tablero. No se equivoca al esperar que las palabras del corsario resuelvan parte del asunto:

-Mis queridos camaradas, he aquí un desafío: en esta carta de bebidas alguien ha dibujado un mapa… ¿Por qué no se ve a simple viste? Fácil: para confeccionarlo ha utilizado cabellos de simio blanco.

Linares se siente dibujado: no le gustan las aventuras y comienza a arrepentirse de haber entrado a ese bar. Recuerda que una vez se propuso conquistar el mundo: por un pequeño desliz casi termina conquistando a Edmundo. Los errores de imprenta pueden ser fatales.

Sigue Mastreta:

-Yo tengo un pequeño barco, sólo necesito una valiente tripulación: ¿Alguien de los presentes tiene experiencia en altamar?

Somosa no puede creer lo que está escuchando: de una vida de aburrido oficinista de pronto se ha convertido en viajero trotamundos y ahora podría llegar a ser un… ¿Aventurero? Golpea el hombro de Arrieta: él trabajaba en el puerto de Marruecos, es un experto navegador… Sus ojos piden lo que sus labios callan y esperan.

-Yo sé navegar. –Accede finalmente Alfredo Arrieta ante los ruegos de su compañero de mesa. – Pero realmente no creo que nada de esto tenga sentido.

K y Valentín no le quitan la mirada de encima a Genaro esperando sus explicaciones. Florencio Gauna se les une en la barra. Al fin Cúspide abre la boca:

-Valentín, tenés que acompañarme, él necesita verte. Me dijo que lo que tiene que decirte puede ser crucial para la continuidad de la existencia.
-¿De qué existencia estás hablando? – K interrumpe.
-De toda la existencia. Al menos de toda la nuestra…

-¡Perfecto! Ya tengo mi contramaestre… Ahora lo que necesitaría es una brújula… Diantres, ¿por qué nunca llevo una encima? – Al escucharlo Mariana tuerce los ojos.
-Yo tengo una… - Agrega Johnny John levantando tímidamente la mano- Y creo que esta vez funciona.

-Valentín, esto no me gusta nada.
-Tranquilo señor K, usted también es de gran importancia. De hecho, me atrevería a decir que es el principal culpable.
-¿Quién quiere hablarme? – Increpa el dueño del Albatros.

Ángel Vergara mira atento la situación. Comprende que ha llegado el momento de su prueba:

-Yo también voy con ustedes. Tengo cierta habilidad que podría serles útil.
-¿Y de que don se trata, muchacho?
-Bueno yo… puedo anotar lo que pase cada día en mi diario – No se atreve a contar su convicción acerca de que puede volar, lo mejor será que lo vean directamente en escena cuando fuera necesario.
-¡Perfecto! Siempre es bueno que alguien escriba las bitácoras. ¡Ya podemos partir!

-Y nosotros también. Vamos. -Agrega Genaro Cúspide y Florencio Gauna asiente a su lado.

Valentín mira a Julia, su mujer, y su beba Victoria. ¿Debería acompañar a estos dos extraños?

-No se preocupen por las damas, yo me ofrezco para quedarme a cuidarlas… -Santino Conde se acerca y vuelve a llenar su vaso con una botella de whisky que toma del mostrador.

lunes, 31 de agosto de 2009

2-Cuatro ases


Desde el Norte viene piloteando por las calles Ángel Vergara, añorando el viejo sueño de volar. Busca un buen lugar para sentarse a escribir su diario. De pronto ve un cartel que parece iluminarlo: “Albatros”. ¿Qué más indicado para su causa que un bar con nombre de ave?

Todas las miradas se centran en el nuevo sujeto, temiendo encontrarse una vez más con aquella figura extraña. Se tranquilizan al comprobar que sólo se trata de un joven con un cuaderno en la mano.

Florencio Gauna estrecha la mano de Genaro Cúspide, son viejos conocidos de tertulias funerarias. Le pregunta acerca de su último viaje y Cúspide le responde que tiene algo que decir, pero que aún no es el momento. Que de alguna manera se dará cuenta cuándo lo será.

Desde el Sur avanza Johnny John buscando su norte. A su arsenal de brújulas maltrechas ha sumado una que parece ser la correcta. La punta de metal imantado señala hacia el bar de la esquina. Entra sin dudar.

Nuevamente la atención se centra en la puerta del café. K se acerca a Valentín, indagando acerca de las palabras del extraño. Julia, la mujer del dueño, se asoma desde la cocina con la pequeña Victoria en brazos.

Desde el Oeste, Linares camina por la calle empedrada. Si bien siempre se toma todo a pecho, ahora prefiere beberlo con soda. Cansado de seguir todo al pie de la letra esta vez decide ceder a la letra del pie: una “A” de una vieja tapa de agua parece ser una señal. Levanta la vista y acomodando sus lentes sabe a dónde tiene que ir.

Arrieta regresa del baño y se sienta en la mesa que comparte con Somosa y Rocambole. Se burla mentalmente del pequeño personaje que acaba de entrar: algo en sus gafas y sombrero lo confunden con un inquieto palurdo. Rocambole clasifica mentalmente a los allí presentes, intentando colocar a cada uno en una categoría. Somosa siente que por ahora sólo debe esperar.

Desde el Este llega una pequeña embarcación por el Río de la Plata. Bajan de ella dos personas bastante peculiares. Circulan por las calles disfrutando de los paisajes que la ciudad les regala. Como si del destino se tratara, se dirigen hacia un punto en especial.

-¡Bueno, no será el bar Donde pero es lo más pintoresco que veo por aquí!

Diógenes Mastreta abre la puerta de un golpe. Lo sigue Mariana.

Eugenio Echagüe no puede evitar una sonrisa al ver el disfraz de pirata que trae aquel sujeto. Santino Conde pasea sus ojos por las curvas de la morena de ojos café y se pregunta por qué las chicas lindas siempre aparecen acompañadas.

En ese momento trece almas brillan al unísono, siendo de alguna manera todos conscientes de tal efecto. Diógenes se acerca a la barra, toma la carta y nota algo extraño en ella. Genaro mira a Florencio y sabe que es el momento de decir lo que sabe.

lunes, 24 de agosto de 2009

1-Principio del caos



Apura el paso sobre la vereda de baldosas frías. Da una última bocanada y tira el cigarrillo antes de entrar. Oculta su rostro bajo el ala del sombrero.

Nadie voltea cuando la figura ingresa. Santino Conde juguetea con su whisky on the rocks con la mirada perdida en el éter de azulejos. Un escalofrío sube precipitadamente por su espalda.

La silueta oscura se acerca directo a la barra. En una mesa a sus espaldas, Somosa se reencuentra con Rocambole tras su viaje y le presenta a Arrieta, un tercero en discordia para futuros proyectos irrealizables. Somosa hace hincapié en el negocio del fútbol y habla sobre un tal Miguel que habían ido a observar en sus entrenamientos de futura promesa.

Alfredo Arrieta se disculpa y se levanta para ir al baño. En el corto camino se cruza con Eugenio Echagüe e intercambian una mirada extraña. Echagüe reconoce algo familiar en Arrieta: no es el hecho de haber sido vecinos en Avellaneda, nunca antes se habían visto. Lo que Eugenio Echagüe y Alfredo Arrieta advierten entre sí es el brillo que pierde la mirada humana luego de haber quitado una vida.

El visitante toma asiento en un banco alto junto al mostrador. Busca el diario del día pero no lo encuentra. En su lugar manotea la carta y coteja las infusiones distraídamente.

K aparece unos segundos después. Mira hacia la caja para hacerle una seña a Valentín, pero se sobresalta al divisar al sujeto que increpa al dueño del Albatros. Algo en sus gestos le da la sensación de estar contemplando a su reflejo invertido.

-¿Valentín Flores, verdad?
-Ése es mi nombre, veo que ya soy famoso. ¿Qué se va a servir el señor?
-Nada de lo que está aquí me apetece, gracias. Sólo he venido a darle una advertencia.
-¿Perdón? Ah, ya sé, ¿es de la DGI, no? Mire, tengo todos los papeles en regla, se los puedo mostrar si me da un segundito.
-Eso es mucho más de lo que puedo otorgarle. Mi tiempo se acaba. Todavía no se encuentran todas las piezas en el tablero, pero las demás no tardarán en llegar…
-¿Qué? Si me está pidiendo una coima creo que no nos estamos entendiendo…
-Es urgente, caso de vida o muerte… la culpa de todo la tiene el escritor, se distrajo… hable con él, antes de que sea demasiado tarde…
-¿Qué escritor? Señor, por favor, tranquilícese… tome algo…
-No puedo, debo irme… no pierda su tiempo: hoy ya ha muerto alguien en el barrio.

Valentín no puede evitar dejar caer un vaso. El ruido harto conocido de los vidrios al explotar atrae todas las miradas. El abstruso informante aprovecha la distracción para escabullirse por donde vino.

El silencio abismal hace completamente audibles las palabras que el dueño del Albatros repite en un semitono:

-Hoy ha muerto alguien en el barrio…

Florencio Gauna vuelve a ojear rápidamente los avisos fúnebres pero no encuentra nada al respecto. Sonríe y se tranquiliza al ver quien abre la puerta:

-No se preocupen por mí, estoy bien –Afirma Genaro Cúspide acomodando el nudo de su corbata.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Las muchas muertes de Genaro Cúspide


Genaro Cúspide murió por primera vez cuando tenía tan sólo cinco años. Fue lo que se dice una muerte súbita, sin dolor. Al menos sin dolor físico: su alma de niño se partió al ver como su padre le pegaba a su madre. El pequeño se acostó en su cama y lloró en silencio hasta morir.

Su segunda muerte fue de adolescente: su primera novia, el amor de su vida, lo dejó sin motivo ni razón. Su corazón padeció un triple infarto por causa del sufrimiento y el odio que no dejaban circular la sangre.

Una noche de borrachera con amigos, pasadas las veinte primaveras, decidió conducir algo más raudo de lo debido. La velocidad se juntó con la adrenalina y las carcajadas en masa, justo antes de salir volando por el parabrisas luego de estrellarse contra un camión. Esa fue la tercera.

Luego, su vida entró en una etapa gris: de fracaso en fracaso, los estudios no brillaban y los empleos le daban la espalda. En ese entonces no estaba seguro de cuándo era y cuándo no: sentía que moría un poquito cada día.

De pronto su suerte comenzó a cambiar: terminó su carrera, consiguió un trabajo favorable y junto con él, conoció el verdadero amor. A partir de allí se sucedieron unas muertes rápidas y emocionantes: se incineró en su cumpleaños con el fuego de tanta visita, se ahogó de amor al darle el primer beso a su princesa, y finalmente murió aplastado de nervios en el altar al verla de blanco.

Pero quizás la muerte más linda fue cuando nació su primer hijo: la emoción fue tal que de las sonrisas pasó a las lágrimas, sus pies se desprendieron del suelo y flotó tan alto que perdió la cabeza.

Muchos años después, cuando su madre partió a mejor vida, Genaro se acercó demasiado al precipicio y cayó al vacío intentando seguirla.

Sin embargo, cuando fue su hijo quien comenzó a experimentar sus propias muertes, él supo que debía estar cerca suyo para guiarlo en esto de la ida y vuelta al otro mundo, cosa nada fácil de realizar.

Finalmente, Genaro Cúspide murió de viejo. Sólo una persona conocía su secreto, ya que había estado presente en todos sus velorios.