viernes, 31 de octubre de 2008

Treinta y Uno



- ¿Qué? ¡No puede ser! ¿Estás seguro?

- Sí, Julia, sí. Nos cagó.

- ¡Qué hijo de puta!

La cabeza me trabajaba a mil: esto no podía estar pasando, tendría que tratarse de una equivocación. Victorio no podía haberme cagado así, no después de todo lo que vivimos. No después de nuestra charla de esa mañana.

- Pensemos Valentín, ¿a dónde pudo haber ido?

- A cobrar la guita, obvio.

- ¿Vos sabés dónde está el banco?

- No, ni idea. Me acuerdo que junto con la carta había un documento bancario, pero nunca hablamos de de eso.

- ¿Y qué decía la carta?

- Yo sólo me enteré del poema, gracias al cual supimos que se trataba de nueve piedras.

- ¿Qué poema?

- Decía algo de los reyes magos, las tres marías y los mosqueteros…

De pronto la cabeza me hizo un clic.

- “En la cabeza del vigilante de la metrópolis”…

- ¿Qué decís?

- ¡Claro! ¡Todo cierra! Ya sé lo que tengo que hacer.

- ¿Qué pasa Valentín? ¿Qué sabés?

- Nada, vos quedate tranquila, no salgas del hotel Yo me encargo de esto. Ahora te dejo, ¡no tengo tiempo que peder!

Colgué sin darle demasiadas explicaciones. Le pedí a la dueña del hotel un vaso con agua y una aspirina, y la dirección de la agencia donde se alquilaban los autos. Antes de salir hice un par de llamadas más. Le dejé diez mangos sobre el mostrador.

Corrí hacia la agencia con el corazón palpitando de emoción, de pronto todo me cerraba ¡Cómo no me había dado cuenta antes! Alquilé un Palio y rápidamente salí a la ruta dos, debía apurarme si quería alcanzar a Victorio. Igual ya le llevaba una ventaja que él desconocía.

“Como los reyes, como las marías, como los mosqueteros” ¡Qué idiota fui! Si lo sabía desde un principio…

Tomé la carretera a gran velocidad y en poco más de tres horas estaba entrando en Buenos Aires. Tuve que hacer una breve parada antes de dirigirme hacia mi objetivo: la gran mole de cemento y hormigón que se erguía en el centro de la ciudad.

Paré el auto en medio de Corrientes y me dirigí hacia mi destino final. Cuando llegué noté que la reja de entrada estaba abierta: mi ex compañero de aventuras ya debía estar ahí arriba. Afuera comenzó a llover muy fuerte. Estaba tan concentrado en lo que debía hacer que en ese momento no me pareció extraño que una mujer corpulenta estuviera paseando en un carrito a su bebé a esas horas de la noche.

Subí las escaleras con calma, hasta encontrarme en la cabeza misma del gigante, el guardián de la metrópolis: el obelisco. Allí arriba encontré a quien ya esperaba ver:

- Victorio…

Se dio vuelta tranquilo, como si supiera que yo llegaría de un momento a otro.

- Valentín…

Había estado revolviendo una pila de papeles y de cajas que al parecer llevaban años guardados allí arriba. Estaba algo despeinado y le corrían gotas de sudor por los costados de su rostro, como si hubiese estado buscando algo con desesperación, sabiendo que se le acaba el tiempo.

- ¿Por qué, Victorio? ¿Por qué lo hiciste?

- ¿Cómo me descubriste?

- A decir verdad fue muy fácil, pero mi ingenuidad y mi confianza no me habían permitido verlo desde un principio. En primer lugar, debo decirte que había algo que no me cerraba mucho en la última pista. Además, parecías preocupado por saber si la había leído o no…

Un relámpago se dejó ver por las pequeñas ventanas. El fuerte trueno no tardó en hacerse oír.

- “En la cabeza del vigilante de la metrópolis”. Rosario es una ciudad muy grande, sí. Pero si hablamos de “la” metrópolis, seguramente estamos haciendo referencia a la Capital. Además, decía “en la cabeza”, y la primera piedra fue hallada debajo del monumento…

Victorio escuchaba con atención. Aunque la iluminación era escasa, me pareció ver que llevaba una sonrisa en sus labios.

- Pero lo que realmente me convenció de la verdad de mi presentimiento fue la pista inicial, la del poema: todos sabemos que los mosqueteros en realidad eran cuatro…

- ¡Bingo! ¡Excelente deducción Valentín! D´Artagnan, la pista ambigua… ¿se lo debía contar o no? Esa era la cuestión.

- Claro, y cuando leíste la última pista te diste cuenta de que sí había que contarlo: las piedras eran diez, y la última estaba aquí arriba.

- Exacto. ¿Y qué pensás hacer ahora Valentín? ¿Vas a quitarme la décima piedra? Si das un paso más, la arrojo por la ventana. No creo que te sea tan fácil encontrarla, si es que queda algún pedazo sano, claro.

Un segundo trueno, más fuerte que el anterior, resonó en las alturas.

- ¡Por favor, no seas idiota viejo! ¿A mí con esos trucos baratos? No sé qué tendrás ahí escondido, pero la décima piedra la tengo yo.

Abrí mi mano y dejé ver una roca oscura con un ave casi imperceptible grabada en un costado.

- ¿Qué? ¿Cómo puede ser? ¿Dónde la encontraste?

Por primera vez Victorio parecía impresionado de verdad. Sus ojos incrédulos se abrían grandes ante el objeto que le presentaba.

- ¿Sorprendido? Yo también tengo mis trucos, viejo zorro. Tengo una amiga que trabajaba en la Guardia Urbana, ella tiene otros contactos. La llamé antes de salir para acá, le di las indicaciones necesarias y ¡Voilá! Me entregó la piedra hace media hora.

- Me has dejado sin palabras.

- Y vos a mí, Victorio. Decime: ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste?

- No lo entenderías. Es… hice lo que tenía que hacer, era mi parte de la historia.

- ¿Qué decís?

La conversación se vio interrumpida por unos fuertes pasos que venían desde las escaleras. Al parecer los truenos anteriores no nos habían permitido darnos cuenta de que no estábamos solos allí arriba. Me escondí detrás de una columna, justo antes de que una figura enorme y otra pequeña irrumpieran en el cuarto.

- Bueno, bueno, bueno, ¡pero mirá a quién nos encontramos! –Dijo una voz aguda.

Desde mi escondite puede ver a Funes, horriblemente disfrazado de bebé y al Shamán con un floreado vestido de domingo y un brazo vendado.

- Funes, realmente estoy sorprendido. Creí que habías sido arrestado.

- ¿Arrestado, yo? ¡No sabés lo que decís, Victorio! Yo soy un pez gordo, a mí no me van a estar haciendo problemas unos simples azules. Sin embargo, el que sí me causó disgustos fue tu amigo de gris: ¡Mató a tres de mis mejores hombres! Claro que mi esbirro aquí presente se encargó de eliminarlo. ¿Qué gracioso, no? Él muriendo como un héroe para salvarte, mientras que vos no sólo le robaste a la mujer sino que siempre te cagaste en sus cosas.

- ¿Qué querés, Funes?

- Ya sabés lo que quiero, ¡las piedras! Y después tu cabeza, claro. ¡Ah, la venganza, qué belleza!

- No las tengo. El pibe me cagó, él se las llevó.

- No vas a volver a engañarme, ¿entendiste? ¿Dónde están las piedras? ¿Dónde está tu amiguito?

- ¡Acá! –Grité y salí de mi escondite, golpeando con una silla de metal al Shamán en la nuca. Mientras la bestia caía desmayada, Victorio aprovechó y le propinó un terrible puntapié en la nariz al enano.

- ¡Vamos, Victorio! Aún tenemos que arreglar cuentas nosotros, pero este no es el momento.

Bajamos lo más rápido que pudimos las escaleras. Pero Victorio aún tenía la pierna vendada y le costaba caminar. Cuando llegamos a la calle llovía a cántaros. Crucé de una corrida la 9 de Julio y lo esperé en la esquina, pero él avanzaba despacio, rengueando, y esos metros de espera se me hicieron eternos. Justo cuando estaba por alcanzar el cordón de la vereda, dos fuertes estruendos se dejaron oír en el aire. Al principio creí que eran truenos. Me di cuenta que no cuando vi los dos grandes círculos morados que se formaron en el pecho de mi amigo.

Victorio se detuvo, miró hacia abajo y descubrió sus enormes heridas. Con una mano en el pecho me dijo “Ahora sí que me dieron”, y cayó hacia delante. Lo sostuve justo antes de que tocara el suelo. Del otro lado de la avenida puede ver al enano maquiavélico que avanzaba sonriendo, con el rostro cubierto de sangre, y un arma en la mano.

El que no lo vio fue el chofer del micro de dos pisos que circulaba por la avenida. Se oyó un agudo grito y un ruido de golpe seco antes de que el pequeño cuerpo quedara desparramado sobre el pavimento.

- ¡Victorio, Victorio! ¡Vamos viejo! Voy a llamar a una ambulancia.

Mirando hacia otro lado, me hizo un gesto negativo con los dedos.

- ¡Está bien, está bien, un taxi! ¡Vamos, no pierdas la conciencia! Tenemos que ir a un hospital.

Giró la cabeza lentamente y me miró. De su boca caía un hilo de sangre.

- No, Valentín, ya está. Ésta no la cuento: llegó mi hora.

-¡No Victorio, la puta madre! ¡No digas eso, tenés que pelear! ¡Tenés que ser fuerte!

- Valentín… fue un gusto conocerte… cuidá a mi hija, por favor.

- ¿Por qué, viejo, por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¡Por qué me cagaste! Si hubiéramos venido juntos hasta acá, tal vez esto no habría pasado...

Por un segundo creí que ya no volvería a escuchar su voz. Sin embargo, dijo una cosa más:

- Era una prueba, Valentín. La última… Una prueba de astucia, para saber que dejaba a Julia en buenas manos… Yo no buscaba un compañero en aquel tren, Valentín… Yo buscaba un heredero…

No dijo nada más. Cerré sus ojos vidriosos, lo abracé con fuerza y grité con toda mi furia. Nunca supe si creer esas últimas palabras. Supongo que serían una más de sus mentiras, un truco para convertir su traición en un acto de altruismo. Quién sabe, tal vez fueron ciertas… Arrojamos sus cenizas en el Paraná, cerca de su departamento de Rosario.

Tardamos un tiempo en decidir si iríamos a cobrar el dinero o no, nos parecía como algo fuera de lugar. Sin embargo Julia y yo acordamos en que ese había sido el deseo de su padre, así que finalmente nos dirigimos hacia el banco. Menuda fue nuestra sorpresa cuando nos enteramos la suma: 100.000.000… de australes. La conversión nos permitió quitarle los cuatro ceros correspondientes, quedándonos con la módica suma de diez mil pesos, una ganga. Julia vendió la propiedad que había pertenecido a su padre y junto con el dinero del juego y unos ahorros que yo tenía nos pusimos un bar en San Telmo, llamado Albatros.

Por lo menos nos permitieron quedarnos con las piedras: las diez pequeñas formaciones oscuras con una imperceptible ave grabada a un costado hoy descansan sobe una repisa, adornando nuestro hogar.

Había subido a ese tren buscando un sentido a mi vida. Lo había encontrado: me encanta perderme en los preciosos ojos de nuestra hija, Victoria.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

PRIMEROOOOOOOOOOOOOOOO!

Te felicito. Medio kitsch el final, no sé si es intencional. Pero sos un capo y no espero menos de mis amigos.

Te dejo la primera palabra de tu próxima obra maestra:

SOPA.

Nos diste un gustazo enorme en este octubre pequeño.
Sin más palabras. El primero en terminar...

El Niño Bidimensional

El Jardinero del Kaos dijo...

Es obvio es el lema de unicef: "los Niños primero".
me alegro de ser el segundo, me cerró por todos lados, tan hollywoodense como no esperaba, la muerte del enano es lo mejor del año!!!

sos el mejor!!!

estamos en noviembre y el pescado sin vender...

no lo voy a hacer, eso era lo que te habia prometido, si llegabas al 31 yo en noviembre hacia lo mismo.
no tengo tu talento.

en esta si me animo, un pico!!!

giselita dijo...

Tercera, pero no menos importante...jeje.
Me crees si te digo que llore con el final???
La verdad que tu talento es increible!!!
Te admiro mucho!!
Besos, y que se repita...

Duquesa de Katmandu dijo...

Ma gustan los finales felices, así que valió la pena que pueda mirarse en los ojos preciosos de la pequeña...
Muy bien diez por el esfuerzo denodado de escribir todos los días, claro.

beso

Paula Daiana dijo...

"Era una prueba, Valentín. La última… Una prueba de astucia, para saber que dejaba a Julia en buenas manos… Yo no buscaba un compañero en aquel tren, Valentín… Yo buscaba un heredero…" no se por qué, pero yo le creí.

La verdad galán aplausos para su historia. Me gustó mucho y le puso encanto a los ratos mañaneros y nocturnos en las que me hacía un tiempito para leerla.