Mostrando entradas con la etiqueta Santino Conde. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santino Conde. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de diciembre de 2011

Para siempre [7/7]



-¿Hace falta que caminemos de la mano?

La pregunta del Galán iba dirigida a su extraño compañero.

-Oh, perdón chico, es que me pareció divertido –Contesta Cupido, soltándolo al instante para servirse un nuevo vaso de cerveza.
-¿Y ahora qué se supone que debo hacer?
-Nada, chico, nada. Sólo pasea, bebe algo, baila… ¡A tu salud! – El diablillo del amor culmina su frase junto con su bebida.

De pronto, el Galán siente el peso de una mirada. Se da vuelta, y es ella quien lo encara:

-El mundo es un pañuelo…
-Esperemos que esté limpio –Improvisa el Galán-Mimo con una sonrisa- ¿Nos conocemos?
-Eh, no. Te debo haber confundido con alguien…
-Sin embargo…

La sensación es única, el brillo de la mirada, la paz de su rostro, el ritmo de su corazón, la calidez de su sonrisa. Si aún no se conocían, estaban destinados a hacerlo. ¿O sería el azar? Una cosa era cierta: el deseo estaba presente.

El Galán se saca un guante blanco y, como prueba de fuego, se lo pone a su dama. Así, de la mano, bailan. Y a pesar de la multitud, se sienten solos, juntos, en armonía. No hacen falta las palabras, aunque sobran: los temas varían completamente y el desmemoriado se sorprende de la fluidez con que puede habla de todas las cosas, mezclando descubrimientos con invenciones, recuerdos con aprendizaje.

Desde la barra, Cupido sonríe con picardía. Con el sentimiento de haber cumplido satisfactoriamente su tarea, se esfuma en el éter.

Mas, aún quedan dos cuestiones: cómo escapar de allí y la recuperación de la identidad de Galán de Barrio. Ambas podrían tener la misma salida. Mirando el crisantemo que adorna la belleza de su compañera, el joven pregunta:

-¿Te gustan las flores?
-Sí, pero me da lástima cortarlas…
-Entonces te voy a regalar la flor más bella que existe, que espero que nunca se corte…

Improvisando, descubre que el bombín contiene más sorpresas de las que esperaba: de allí extrae el obsequio que da razón a su frase anterior: un pequeño espejo de mano.

Al verse reflejada, Ana Behibak comprende el piropo y el Galán aprovecha la oportunidad para besarla.
Es difícil describir con palabras lo que ambos sintieron con el primer contacto de sus labios. La Singularidad, la Tangente que te quita de la Redundancia Cíclica se manifiesta cubriéndolo todo de un halo de Plenitud y todo el universo alrededor se llena de luz al encontrar la seguridad, la confianza, la paz y la armonía en la persona amada.

Cuando vuelven a abrir los ojos, Ana y el Galán se encuentran en un escenario completamente diferente: ante ellos se presentan las puertas de un bar, cuya marquesina reza “Albatros”.

Ya está solucionado el primer problema; aún queda el segundo.

Tomados de la mano, la pareja entra al café y se ubican en una mesa. El Galán se siente algo incómodo al notar las miradas que se posan sobre él:

-No lo puedo creer… ¡Volviste!

El que se acerca a saludar es Valentín Flores, el dueño del recinto. Detrás del mostrador se asoma Julia, su mujer, y por allí corretea también Victoria, la hija de ambos; desde otra mesa, Rocambole y Somosa contemplan estupefactos el regreso de su antiguo compañero, mientras que desde el fondo, whisky en mano junto a la rockola, Santino Conde no puede evitar una sonrisa.

-Yo, no sé qué decir… -El Galán se pone de pie, pero Valentín se le anticipa.
-Bueno, viejo, bienvenido. No puedo creer que seas vos. Tomá, tengo esta carta guardada a tu nombre desde hace quién sabe cuánto tiempo. Creo que acabo de perder una apuesta…

Valentín le pasa al recién llegado el sobre que el Hombre Vinchuca le había dejado a su cuidado, por si alguna vez aquél regresaba. El Galán extrae la carta y lee lo siguiente:

Atrezzos

El Galán de Barrio termina de leer y mira a su compañera:

-No me dijiste tu nombre.
-Soy Ana Behibak, ¿y vos?
-Yo… yo soy K

[FIN]

sábado, 10 de abril de 2010

La transmutación de las aves


La muerte de Ángel Vergara y la de Genaro Cúspide (la definitiva) se dieron con pocas semanas de diferencia. Florencio Gauna alcanzó a ir a los dos velorios antes de que el suyo propio se convirtiera en una gran reunión de simpáticos desconocidos.

Santino Conde se enteró de las tres a través del diario local. Las paredes del recién inaugurado Cuervo Blanco aún olían a pintura fresca mientras él saboreaba su whisky.

Conde miraba la nada mientras se perdía en sus cavilaciones. La vida, la muerte, el cambio. Crecer, devenir. ¿Qué estaba haciendo de su vida? Sin creer necesariamente en las esencias sentía no obstante que debía haber algo inmutable en las almas de los hombres. Últimamente se había vuelto más sociable, desarrollando su empatía hasta el límite de luchar por causas que no le incumbían. Lograr sentir hacer el bien sin mirar a quién, sin pedir nada a cambio, sin hacerlo notar siquiera… siempre habían sido cuentas pendientes en su vida.

Mientras hacía girar el vaso lentamente en su diestra sus pensamientos hacían lo suyo hacia el lado contrario. ¿Había algo de malo en promocionar los actos? ¿Por qué siempre esa necesidad de marcar lo dado, lo obvio, lo inmediato? Sin embargo… Costaba ordenar las ideas en esas neuronas adormiladas por el alcohol, pero la tesis que rondaba sus sienes era más o menos la siguiente: nombrar los hechos. No puede haber ninguna carga valorativa (ni negativa ni positiva) en el mero nombrar los hechos. Si hay una mesa verde y digo “hay una mesa verde”, eso no parece tener nada de malo. ¿Por qué, entonces, si hago un favor, si hago el bien, y luego lo expreso, “hice el bien”, esa enunciación se impregna de tinte negativo?

Hacer el bien sin decir nada. Humildad. Perfil bajo. ¿Pero cómo? ¿No era que lo importante eran los hechos, y no las palabras? Si en definitiva hice el bien, ¿qué importa que después lo diga?

Mas Santino Conde había aprendido una lección de todo esto, aunque no sabía bien cuál era. Había crecido, había evolucionado, había aprendido a darse un poco más por los demás.

La puerta del bar se abrió y entró una hermosa señorita. Santino se puso de pie de un salto, se presentó con una sonrisa y le ofreció una silla cerca de la suya.

Hay cosas que no cambian.

lunes, 16 de noviembre de 2009

19-El bueno, el malo y el feo



El Feo de los Monoblocks respira de forma jadeante y entrecortada: ha estado atravesando diversos universos persiguiendo a Santino Conde, en busca del camino que lo llevara al Barrio.

-¿Están todos acá? ¿No me digan que llegué tarde? –Dice, arrastrando las palabras.

Mira el frasco dorado: aún está en las manos de Diógenes Mastreta. La desesperación que puede sentir en el Hombre Vinchuca le indica que aún está a tiempo de evitar el colapso:

-Parece que todavía no comieron todos del fruto prohibido…

La bestia se arroja de un salto sobre Mastreta, pero el héroe encapotado salta sobre él y lo intercepta en el aire. Ambos caen rompiendo varias mesas.

-¡Santino, rápido! ¡Bebé del frasco!

Con un movimiento ágil el Feo se quita al Hombre Vinchuca de encima y se dirige hacia un nuevo objetivo: Santino Conde. Johnny John y Rocambole se deciden a enfrentar al monstruo, pero son fácilmente quitados del medio. Valentín Flores alejan a las mujeres del peligro, dirigiéndolas hacia la cocina.

-Entren acá y no salgan por nada, ¿entendieron?
-Pero Valentín, mi amor… -Suplica Julia.
-¡Yo quiero luchar! –Se le une Mariana.
-No Mariana, ustedes dos se quedan acá, cuidando a Victoria.


Santino Conde lanza un golpe sin éxito a la mandíbula del Feo de los Monoblocks, pero ésta parece ser de acero. El villano retruca con puño cerrado. El golpe es detenido por el Hombre Vinchuca:

-Yo me encargo de él, Santino, ¡pero vos bebé el líquido!

Una vez más el héroe insecto es arrojado con fuerza. Rompe el vidrio de una de las ventanas y cae en el exterior del bar. Ahora es Somosa quien intenta detener a la bestia, pero también es eliminado con facilidad. El Feo vuelve su mirada hacia Diógenes Mastreta:

-Dame ese frasco…

Genaro Cúspide golpea a la bestia con una silla, partiéndola en su espalda. El gigante trastabilla, pero se recupera rápido y con un revés deja al inmortal fuera de combate. Florencio Gauna aprovecha la distracción para arrojarle una jarra de café caliente sobre el rostro. Eso sí parece dolerle: el grito desgarra el ambiente.

-¡No podrán detenerme! ¡Ninguno de ustedes puede!
-¡Cúspide, atento! –Grita Diógenes y le pasa el frasco por el aire. Pero el Feo intercepta el envío y toma el recipiente.
-¡Voy a destruir esto, y ya nadie podrá salvarlos!

Un brazo digno de un gigante antediluviano sostiene el líquido dorado sobre su cabeza. El Hombre Vinchuca vuelve a entrar en escena y golpea al titán por la espalda haciéndolo caer. El recipiente mágico se precipita directo hacia un final de añicos contra el suelo. Sin embargo una vez más Ángel Vergara con una fantástica palomita lo ataja un instante antes del trágico final. Algo del líquido se derrama: sólo queda para un pequeño trago.

Ángel divisa a Santino: está exactamente del otro lado del bar. Intentar un lanzamiento desde allí sería muy riesgoso. No obstante, no queda tiempo que perder.

El Feo se levanta una vez más y comienza una fiera lucha contra el Hombre Vinchuca. La capacidad del héroe de resistir los golpes lo ayuda bastante, aunque el gigante lo supera en fuerza. Sabe que pronto será derrotado.

Valentín Flores vuelve desde la cocina. Vergara aprovecha el correo del ser y le pasa el frasco:

-¡Rápido! Hay que hacer que Santino lo beba.

Flores se apura pero no es fácil caminar entre tantos muebles rotos y cuerpos tirados. El Feo noquea al Hombre Vinchuca y lo lanza contra el dueño del bar. El frasco cae sobre una mesa, donde un absorto Linares lo mira con curiosidad.

-¡No! ¡No te lo tomes! –Grita Ángel Vergara - ¡Sólo queda un trago!

Linares se lleva el frasco a la boca. De pronto Santino exclama:

-Esa copa está medio vacía: dejá que yo te la lleno.

Linares acepta el truco y le pasa el líquido a Santino Conde. El Feo avanza con dificultad y se precipita sobre él.

-¡No voy a dejar que lo bebas!

Sólo queda alguien en pie capaz de reaccionar: K se interpone en el camino de la bestita con los brazos extendidos. Un horrible crujido resuena en el aire: K mira hacia abajo y puede ver el brazo del Feo de los Monoblocks atravesando su estómago. Un hilo de sangre cae lentamente por la comisura de su boca. Cuando comienza a perder la sensibilidad y la vista se le nubla, repentinamente un nuevo brote de vitalidad corre por su cuerpo. Santino Conde apoya el frasco vacío sobre una mesa, luego de haber bebido todo su contenido.

Trece brillos dorados revolotean bajo el techo del Albatros. Trece almas se unen y conjugan en una sola presencia.

-Hola, ¿esperabas a otra persona?

La jovial voz se dirige hacia el villano.

jueves, 12 de noviembre de 2009

18-Trece almas



De pronto Somosa tiene una idea: coloca sus dedos sobre el teclado y firma:

Galán de Barrio

Valentín Flores apoya la mano en su espalda deseando que la ocurrencia haya funcionado y luego de una nueva experiencia de sucesos simultáneos ambos vuelven a divisar la mesas del Albatros. K pregunta:

-Sí Valentín, ¿qué querés decir con eso de la simultaneidad?

Ante las miradas expectantes de sus compañeros los dos viajeros se dan cuenta de que han vuelto a aparecer en el bar exactamente en el mismo instante en que desaparecieron, por lo que ninguno de los allí presentes ha notado el cambio.

-Ya lo hicimos.
-¿Qué hicieron?
-Escribí la historia –Responde Somosa – Pero como no tenía “K” en mi máquina tuve que utilizar otro nombre.
-¿Y funcionó?

La conversación se interrumpe por el grito de Mariana:

-¡Miren el cielo!

Las nubes negras comienzan a deslizarse hacia el horizonte, dejando ver un cielo celeste y limpio. Los rayos se desvanecen en el éter y la furia de los vientos trasmuta en suave brisa.

El Hombre Vinchuca mira a Ángel Vergara y le pregunta si aún lleva con él el frasco dorado. Ante el asentimiento, el encapotado se dirige al resto del grupo:

-Bien, ya ha sido solucionado lo urgente. Pero ahora hay que ir a lo importante: deben beber ese líquido cuanto antes.
-¿Por qué? –Pregunta Diógenes Mastreta - ¿Qué contiene?
-Confíen en mí, sólo bébanlo.

El primero en reaccionar es Rocambole: siguiendo su nueva actitud de actuar sin pensar le quita el recipiente a Vergara y da un largo trago. Una sensación refrescante y llena de vida lo invade de pronto. Contagiado por el acto de su amigo, Somosa lo sigue. Ante la mirada insistente del Hombre Vinchuca, lo mismo hacen Johnny John, Ángel Vergara y Florencio Gauna. A Linares simplemente se lo arrojan en el vaso, y lo toma sin darse cuenta.

-Hay un problema: ellos dos, se supone que también deber beber. –Exclama el héroe insecto señalando los cuerpos de Arrieta y Echagüe.
-No se preocupen, yo me encargo – Afirma Genaro Cúspide. Toma el frasco y bebe un poco. Luego con los vidrios rotos de la botella que Julia le había arrojado al Jardinero del Orden comienza a cortarse las venas.

K se adelanta para impedirlo, pero Florencio lo detiene y le pide que espere. Minutos más tarde Genaro vuelve a ponerse de pie y le entrega el recipiente.

-Listo. Les mandan saludos.

K toma un trago y le pasa el líquido a Valentín Flores. Éste besa a Julia y a su beba Victoria y hace lo mismo con el frasco.

-Yo no sé si beber eso… -Desconfía Diógenes Mastreta – No nos dijiste de qué está hecho.
-Es… eh… ¡Es Grog! –Miente Mariana, siguiendo una corazonada.
-¡Haberlo dicho antes! –Mastreta empina el recipiente.

El Hombre Vinchuca comienza a hacer cuentas. Nota que algo anda mal:

-¡Doce! Se supone que eran trece los que debían beber el líquido.
-Claro –Dice Mastreta- ¡Faltás vos!
-No, yo no… Yo preexisto al Barrio.
-¡Oh! ¿Cómo pudimos olvidarlo? –Exclama Julia.
-¿A quién?

La respuesta muere antes de nacer: la puerta del Albatros se abre de golpe e ingresa una figura vestida con botas azules, traje celeste de spandex y un sombrero de capitán de navío.

-¡Santino Conde! – Exclama Rocambole al reconocerlo - ¿Qué te pasó? ¿Dónde estuviste?
-Bonito traje – Sorprende Linares.
-¿Qué pasó con el Jardinero del Orden? –Pregunta Rocambole.
-Claro, y después el ridículo soy yo. –Concluye Mastreta.

Santino luce apurado y le tiemblan las palabras:

-No van a creerlo… No hay tiempo de explicar, sólo puedo decirles que cuando salí rodando por la puerta del bar con el Jardinero del Orden, caímos en una especie de grieta y lo perdí de vista. Pasé por varios lugares extraños, y en uno de ellos una mujer disfrazada de capitán me prestó este traje para poder escapar.
-¿Una mujer que recitaba poemas? –Preguntó Johnny John, ilusionado.
-¿Escapar de quién?
-¡Hay que huir! ¡Tenemos que irnos ya de acá! Me están siguiendo, no vine solo…

Ante un fuerte estruendo la puerta del Albatros es arrancada de cuajo y una silueta enorme y bestial ingresa dejando ver un rostro horriblemente maltratado.

domingo, 1 de noviembre de 2009

15-Todos para uno


El Jardinero del Orden habla cual villano de opereta frente a un atento Santino Conde:

-¿Querés saber cuál es mi plan? Fácil: reordenar todo esto. Acomodar las cosas, poner algún que otro adorno, borrar lo que está demás… como todos estos miserables sujetos, por ejemplo. En fin: tomar el control de todo.
-Interesante. ¿Y de qué podría servirte yo?
-Mi estimado, no es un tarea fácil… voy a necesitar alguien que me dé una mano. ¿Y qué mejor si se trata de una persona que conoce las cosas desde adentro? Te preguntarás qué te llevarás a cambio, lo entiendo. Bueno, por empezar podrás tener todas las mujeres que desees.
-Ja, veo que se me nota el aire de casanova.
-Tan claro como el halo de la Luna en la noche que precede a la tormenta. Una vez que yo tome todo el control de este universo, te daré tu porción de la torta. Pero antes necesito tu ayuda: para poder hacerme con todo, antes tengo que encontrar a alguien.
-¿A quién, si puede saberse?
-Al dueño de todo, claro: a Galán de Barrio.

Cada uno desde su lugar escucha atentamente el diálogo. Por un segundo mantienen la esperanza de que Santino sólo lo esté haciendo hablar para ganar tiempo. Sin embargo, aún no están seguros de poder fiarse de aquel muchacho.

-¿Galán de Barrio? ¡Qué nombre tan ridículo! El único galán que conozco por aquí es un servidor.

A medida que habla, Conde se acerca lentamente al Jardinero.

-¿Cómo que no lo conocés? ¿Me estás cargando? ¡Si él es el creador de todo este universo!
-¿De qué universo me hablás? Esto es un bar, y su dueño se llama Valentín.

El Jardinero del Orden parece ir perdiendo la calma:

-Mirá, Santino, no me tomés por estúpido. Así como puedo incluirte en mis planes también puedo sacarte del juego cuando quiera. Voy a preguntártelo por última vez: ¿Dónde está Galán de Barrio?
-Jardinero, te vuelvo a responder: no sé de quién me estás hablando… -Conde sigue acortando la distancia, coqueteando con su bebida.
-¡Pedazo de idiota! ¿Te querés pasar de listo? Ah, un momento… un momento… ¿Será posible que no lo sepas? ¿Será que ninguno de ustedes conoce su origen? ¡Ja! ¡Esto es tan sorprendente! Incluso para mí…

Cuando está lo suficientemente cerca, Santino le dice al oído:

-Te equivocaste conmigo viejo, yo no soy el lado traicionero: soy la parte impredecible.

Dicho esto Santino vuelca su vaso de whisky sobre el pulido rostro del Jardinero del Orden. A pesar de la ceguera repentina, éste logra responder con un golpe en el estómago, empujándolo sobre la mesa de Rocambole. Santino lo mira a los ojos, dándole a entender que ha llegado su momento de actuar: Rocambole se pone al fin de pie y por primera vez en su vida actúa sin pensar, propinando un cross de derecha sobre la mejilla del duque blanco. No obstante, el Jardinero del Orden es más duro de lo que parece y logra responder el golpe con un certero puntapié en las partes nobles del fallido héroe. Mas la distracción no es en vano: Linares se levanta de un salto y estrella un vaso completamente vacío sobre la nuca del malviviente, que cae finalmente desmayado.

-A mí nadie me dice que vivo en un mundo de fantasía… -Concluye Linares acomodándose el sombrero.

Mariana se repone y ayuda a ponerse de pie a Eugenio Echagüe, cuya herida mal vendada comienza a manifestar sangre de modo preocupante. Julia entra en la cocina del bar en busca de un botiquín.

-Bien hecho compañero –Santino le da una palmada en el hombro a un Linares que vuelve a acomodarse en la mesa como si nada hubiera pasado. Luego se dirige a Rocambole- ¿Estás bien? Eso debió doler…
-Un poco… pero nada se comprara con la satisfacción de haberme dejado llevar por un impulso. Creo que hoy ha nacido un nuevo Rocambole.

Mariana se sienta en uno de los bancos que están contra la barra y examina la fractura de Echagüe. Julia deja a Victoria en su carrito y regresa trayendo vendas y alcohol. Pero los deja caer con un grito de advertencia ante lo que sus ojos le muestran: el Jardinero del Orden se ha movido y comienza a levantarse, apoyándose en una silla.

Esta vez es Mariana la primera en reaccionar, sin embargo Echagüe la sostiene de un brazo obligándola a detenerse. Eugenio Echagüe alza el cuchillo de la amazona que había quedado sobre el piso y se lo clava al Jardinero a un costado del muslo izquierdo.

El villano ahoga una exclamación, se quita el arma y con un mismo movimiento hunde el filo hasta el mango en el pecho de Echagüe, quien cae torpemente. Mariana deja escapar un fuerte suspiro mientras Julia avanza hecha una furia con un zapato en la mano y comienza a golpear con el taco el rostro del Jardinero del Orden hasta hacerlo sangrar. Con un manotazo el hombre de blanco logra sacársela de encima, pero justo cuando estaba a punto de pegarle Santino Conde toma su mano derecha desde atrás. Rocambole se apura a hacer lo mismo con la izquierda y ambos miran a un ajeno Linares, esperando que una vez más reaccione.

Sin embargo, el Jardinero sabe cómo mantenerlo en su lugar:

-Linares, ¿no pensás ayudar a tus compañeros?

El personaje de historieta no puede con su genio y retruca:

-¿Y la raíz cuadrada de 225?

-¡15! –Exclama triunfante el lord del orden soltándose de sus captores: con un revés de siniestra cachetea el rostro de Rocambole al mismo tiempo que estira la pierna contraria y empuja a Santino contra la pared.

Mariana toma una botella del mejor vino, arrojándolo con fuerza sobre el rostro del truhán. La botella roza su oreja y termina haciéndose añicos contra el fondo del bar.

-Una verdadera lástima –Comienza a decir el Jardinero- Y ahora, si me permiten…

Pero no termina la frase: Santino Conde salta sobre él y ambos caen. Ruedan varias veces hasta alcanzar la puerta. Una vez que la traspasan, ya no los vuelven a ver.

La puerta se abre una vez más:

-¡Mi amor! ¿Qué está pasando acá? –Valentín Flores corre a abrazar a su mujer. Lo siguen K, Genaro Cúspide y Florencio Gauna.

-Este hombre está muerto. –Concluye Genaro al tomar el pulso de Eugenio Echagüe.

viernes, 16 de octubre de 2009

12-La casa está en orden


Las confesiones de Santino Conde y Eugenio Echagüe, las disertaciones mentales de Linares y Rocambole y las canciones de cuna de Mariana, Julia y Victoria se ven interrumpidos cuando aquel ser irrumpe nuevamente en el Albatros. No es difícil reconocerlo: porta el mismo sobretodo y sombrero que había traído en su primer paso por el bar.

-¡Tal como lo esperaba!

Las palabras del sujeto suenan maléficamente seguras. Una suerte de instinto común corre por las venas de todos los presentes, alertándoles del peligro: como una leona en apuros, Julia rodea con sus brazos a su beba, clavando una mirada desafiante sobre la macabra silueta. Mariana se planta frente a ellas, con los brazos extendidos, estableciendo una barrera de protección femenina más inquebrantable que el muro de Jericó.

Por su parte, los hombres reaccionan de las maneras más diversas: Linares parece fingir como si nada extraño ocurriera, mientras que Rocambole deja pasar por su mente mil modos potenciales diferentes de hacerle frente al extraño, aunque no actualiza ninguno. Santino Conde luce relajado, y bebe un sorbo lento de su vaso de whisky. Pero Echagüe no piensa quedarse quieto: se levanta de un salto e increpa al hombre del sombrero:

-¿Otra vez usted por acá? ¿Qué es lo que desea?

Ante una sonrisa burlona como única respuesta, Echagüe se enfurece y reacciona: con una diestra bien cerrada lanza el primer golpe. Sin embargo no le es difícil al villano esquivarlo: con la gracia de un bailarín se hace a un lado, toma el brazo de Eugenio y lo dobla con tal fuerza que le parte el hueso.

Julia y Rocambole ahogan un grito en un acto de empatía con el caído. La siguiente en avanzar es Mariana: con la furia de una amazona extrae un cuchillo corto de entre sus ropas y arremete hacia la silueta oscura. Una vez más el golpe es esquivado: tras un ágil movimiento, el cuchillo cae al piso y la mujer vuela, desplomándose sobre una mesa.

-Repito: ¡Tal como lo esperaba!

El hombre se quita el abrigo y el sombrero, dejando ver su verdadera figura: un fino duque de rubios cabellos y blanco traje a medida. Como un hijo de Lucifer, su belleza contrasta en esencia con el aura de maldad que lo rodea.

-Si no tengo más interrupciones, permítanme presentarme: soy el Jardinero del Orden. No, no hace falta que me digan sus nombres: los conozco muy bien. Los he estado estudiando.

Julia toma aún más fuerte a la pequeña Victoria, quien comienza a llorar. Rocambole continúa debatiendo internamente qué hacer. Linares mantiene una indeferencia ejemplar junto a un Santino que observa todo atentamente.

El Jardinero del Orden se quita la corbata y venda con ella el brazo de Echagüe.

-Disculpen las molestias, realmente odio la violencia, pero lamentablemente no me dejan más remedio. Es increíble, sabía exactamente cómo saldrían las cosas: quién se quedaría en el bar y quién se iría, todo es tan predecible… ¡Todo está en tan perfecto orden!

Santino se mueve en su asiento, pero no se levanta. El Jardinero continúa:

-Eugenio Echagüe… sabía que ibas a ser el primero en reaccionar: tu reciente episodio policial te ha dejado mal parado y cualquier ocasión sería apropiada para quedar como un héroe. Luego Mariana, la bella guerrera… tu sangre nativa de la Isla Calamidad no iba a permitirte quedarte sin hacer nada, ¿verdad?

Mariana se acomoda lentamente entre dos mesas, dando señales de vida.

-Julia, obviamente, ibas a proteger a tu bebé a toda costa, lo cual restringe demasiado tu movilidad. Y en cuanto a ustedes tres: mi querido Rocambole, tu indecisión y tu mentecilla complicada son las causas de tu inacción. ¿Revisar todas las posibilidades antes de optar cuál seguir? ¡Eso podría tomarte un tiempo infinito! No creo que puedas vivir tanto…

Una gota grande de sudor frío corre por la sien de Rocambole, mientras sus manos se aferran con fuerza a la mesa.

-Linares, ay, no sé para qué te hablo: completamente ajeno a la realidad, como siempre, inmerso en tu mundo de fantasía… Pero el que más me interesa sos vos, Santino Conde. Vos, que te creés tanto, que no podés evitar sentirte el centro de atención, y que a la vez no te interesás demasiado por el resto de la humanidad… vos me podés servir.

Santino se levanta lentamente, dirigiéndose hacia la barra. Allí toma la botella de whisky y vuelve a llenar su vaso.

-Te escucho…
-¡Perfecto! Sabía que podría contar con vos. Sos el factor, ¿cómo decirlo? Traicionero.

Conde esboza una sonrisa.

domingo, 27 de septiembre de 2009

8-El que espera desespera




Detrás de la barra, Julia intenta hacer dormir a la pequeña Victoria, mientras Mariana le canta suaves arrullos de cuna aprendidos en su tierra natal. La beba mantiene los ojos bien abiertos, sin llanto, mas con la actitud expectante de la calma que precede al huracán.

Desde un rincón, Rocambole debate internamente como en un tema The Clash si debería irse o si hizo bien en quedarse. La idea de la aventura en barco parecía realmente emocionante, rodeados de extraños personajes que por alguna más extraña razón parecían estar destinados todos a cumplir un papel. Por otra parte, la partida del dueño del bar con el escritor y los otros dos hombres denotaba cierto misterio que estimulaba su vena detectivesca. Claro que, cuando había decidido tirar una moneda para ver qué camino seguir, ambos grupos ya se habían esfumado.

El más despreocupado de todos los seres que convergen esa tarde en el Albatros es Linares: en su afán de ver el vaso siempre medio vacío y pedir que se lo llenen ya se había bajado tres fernets. Ahora va por el cuarto, con el sombrero levemente inclinado hacia delante y las gafas montando a media asta de su nariz como un jinete sobre un gordo caballo.

Santino Conde, quien se había ofrecido gentilmente a cuidar de las damiselas, medita en silencio con el codo derecho sobre el respaldo de la silla y un vaso vacío en la mano izquierda. Al parecer, no hay mucho para hacer: no le convencen ni el neurótico obsesivo que habla solo mientras juguetea con una moneda ni el borracho que nunca termina su trago. Con ambos había intentado charlar sin éxito: el primero era bastante rebuscado en su forma de hablar y el segundo sólo contestaba preguntas con más preguntas.

Santino relojea el ambiente. Las damas están descartadas: la morocha de pelo corto era la mujer del dueño y además tenía una beba; la morena de ojos café había venido con el payaso disfrazado de pirata, y era mejor no darle motivos para volver a intercambiar palabras con él.

Sin embargo, aún queda alguien con quien no había experimentado. Conde se levanta y se dirige a su mesa:

-Santino Conde.
-Hola, yo Eugenio Echagüe.
-Y decime, Eugenio, ¿me parece a mí o nosotros somos los únicos cuerdos en este lugar?
-Qué se yo… hace rato que se me hizo difusa la diferencia entre la locura y la cordura.
-¿Por qué te quedaste acá?
-¿La verdad? Porque no confío en nadie.
-Interesante punto. ¿Por alguna razón en especial?
-¿Y porqué debería contestártelo? Mirá, he traicionado, he sido traicionado… he dado un vuelco a mi vida de un día para el otro y finalmente caí acá, en este lugar.
-¿Vos también tenés esa sensación de que algo importante está por pasar, y que el hecho de haber llegado hasta este café no fue casualidad? Como si tuviéramos un rol en esta historia.
-¿No será mucho? Yo sólo quiero tener una vida normal, nadas más.
-Eugenio, vos ocultás algo…

viernes, 4 de septiembre de 2009

3-Las piezas se acomodan


-¡Por el espíritu de Herman Toothrot! – Exclama Diógenes Mastreta. - ¿Alguno de ustedes ha visto por aquí a un mono blanco?

En un ambiente alterado y silente como el actual, los nervios se tensan y los gestos exagerados se captan el doble. Diógenes examina la carta de bebidas con cuidado, mientras mira atento hacia las mesas. El mal genio de Santino Conde fue el primero en reaccionar:

-¿De qué hablás, pirata borracho? ¿De qué manicomio te escapaste?
-Acá el único ebrio sos vos, mi estimado amarillo: tu aliento a whisky barato es más fuerte que el de un cerdo descompuesto… Sin embargo, nadie ha respondido mi pregunta.
-¿A quién le dijiste cerdo?

Conde se levanta de la mesa. Eugenio Echagüe piensa en salir disimuladamente: si se surgen problemas en el bar es probable que llegue la policía, y no quiere más líos con ellos desde el incidente de sus zapatos. Sin embargo es Valentín Flores quien toma la palabra:

-Ey, ey, tranquilos muchachos, nadie quiso ofender a nadie, ¿verdad? Dígame, señor… eh…
-Diógenes Mastreta.

Santino vuelve a sentarse lentamente, sin quitarle la vista de encima a tan extraño personaje. Arrieta no puede evitar una sonrisa al oír su nombre.

-Diógenes… Yo soy Valentín, el dueño del bar. ¿Por qué su pregunta sobre el mono?
-¿Quién ha tocado esta carta por última vez?

Valentín hace memoria: el extraño que le había dado la información a medias había estado mirándola antes de hablar con él. Genaro Cúspide se acerca a ellos para oír la conversación.

-Fue un hombre… vestía un sobretodo y un sombrero, no pude ver bien su rostro… dijo algo acerca de un escritor que se distrajo y sobre un muerto en el barrio…

-Creo que yo puedo explicar eso. Valentín Flores, ¿verdad? Yo soy Genaro Cúspide. Necesito decirte algo…

K mira con atención: no puede evitar pensar que cuando hablan de un escritor se refieren a él.

Por su parte, Rocambole sigue los movimientos de las conversaciones intentando captar algo de lo que se habla. Su mente rebuscada y deductiva le dice que todas las fichas se estaban acomodando sobre el tablero. No se equivoca al esperar que las palabras del corsario resuelvan parte del asunto:

-Mis queridos camaradas, he aquí un desafío: en esta carta de bebidas alguien ha dibujado un mapa… ¿Por qué no se ve a simple viste? Fácil: para confeccionarlo ha utilizado cabellos de simio blanco.

Linares se siente dibujado: no le gustan las aventuras y comienza a arrepentirse de haber entrado a ese bar. Recuerda que una vez se propuso conquistar el mundo: por un pequeño desliz casi termina conquistando a Edmundo. Los errores de imprenta pueden ser fatales.

Sigue Mastreta:

-Yo tengo un pequeño barco, sólo necesito una valiente tripulación: ¿Alguien de los presentes tiene experiencia en altamar?

Somosa no puede creer lo que está escuchando: de una vida de aburrido oficinista de pronto se ha convertido en viajero trotamundos y ahora podría llegar a ser un… ¿Aventurero? Golpea el hombro de Arrieta: él trabajaba en el puerto de Marruecos, es un experto navegador… Sus ojos piden lo que sus labios callan y esperan.

-Yo sé navegar. –Accede finalmente Alfredo Arrieta ante los ruegos de su compañero de mesa. – Pero realmente no creo que nada de esto tenga sentido.

K y Valentín no le quitan la mirada de encima a Genaro esperando sus explicaciones. Florencio Gauna se les une en la barra. Al fin Cúspide abre la boca:

-Valentín, tenés que acompañarme, él necesita verte. Me dijo que lo que tiene que decirte puede ser crucial para la continuidad de la existencia.
-¿De qué existencia estás hablando? – K interrumpe.
-De toda la existencia. Al menos de toda la nuestra…

-¡Perfecto! Ya tengo mi contramaestre… Ahora lo que necesitaría es una brújula… Diantres, ¿por qué nunca llevo una encima? – Al escucharlo Mariana tuerce los ojos.
-Yo tengo una… - Agrega Johnny John levantando tímidamente la mano- Y creo que esta vez funciona.

-Valentín, esto no me gusta nada.
-Tranquilo señor K, usted también es de gran importancia. De hecho, me atrevería a decir que es el principal culpable.
-¿Quién quiere hablarme? – Increpa el dueño del Albatros.

Ángel Vergara mira atento la situación. Comprende que ha llegado el momento de su prueba:

-Yo también voy con ustedes. Tengo cierta habilidad que podría serles útil.
-¿Y de que don se trata, muchacho?
-Bueno yo… puedo anotar lo que pase cada día en mi diario – No se atreve a contar su convicción acerca de que puede volar, lo mejor será que lo vean directamente en escena cuando fuera necesario.
-¡Perfecto! Siempre es bueno que alguien escriba las bitácoras. ¡Ya podemos partir!

-Y nosotros también. Vamos. -Agrega Genaro Cúspide y Florencio Gauna asiente a su lado.

Valentín mira a Julia, su mujer, y su beba Victoria. ¿Debería acompañar a estos dos extraños?

-No se preocupen por las damas, yo me ofrezco para quedarme a cuidarlas… -Santino Conde se acerca y vuelve a llenar su vaso con una botella de whisky que toma del mostrador.

lunes, 31 de agosto de 2009

2-Cuatro ases


Desde el Norte viene piloteando por las calles Ángel Vergara, añorando el viejo sueño de volar. Busca un buen lugar para sentarse a escribir su diario. De pronto ve un cartel que parece iluminarlo: “Albatros”. ¿Qué más indicado para su causa que un bar con nombre de ave?

Todas las miradas se centran en el nuevo sujeto, temiendo encontrarse una vez más con aquella figura extraña. Se tranquilizan al comprobar que sólo se trata de un joven con un cuaderno en la mano.

Florencio Gauna estrecha la mano de Genaro Cúspide, son viejos conocidos de tertulias funerarias. Le pregunta acerca de su último viaje y Cúspide le responde que tiene algo que decir, pero que aún no es el momento. Que de alguna manera se dará cuenta cuándo lo será.

Desde el Sur avanza Johnny John buscando su norte. A su arsenal de brújulas maltrechas ha sumado una que parece ser la correcta. La punta de metal imantado señala hacia el bar de la esquina. Entra sin dudar.

Nuevamente la atención se centra en la puerta del café. K se acerca a Valentín, indagando acerca de las palabras del extraño. Julia, la mujer del dueño, se asoma desde la cocina con la pequeña Victoria en brazos.

Desde el Oeste, Linares camina por la calle empedrada. Si bien siempre se toma todo a pecho, ahora prefiere beberlo con soda. Cansado de seguir todo al pie de la letra esta vez decide ceder a la letra del pie: una “A” de una vieja tapa de agua parece ser una señal. Levanta la vista y acomodando sus lentes sabe a dónde tiene que ir.

Arrieta regresa del baño y se sienta en la mesa que comparte con Somosa y Rocambole. Se burla mentalmente del pequeño personaje que acaba de entrar: algo en sus gafas y sombrero lo confunden con un inquieto palurdo. Rocambole clasifica mentalmente a los allí presentes, intentando colocar a cada uno en una categoría. Somosa siente que por ahora sólo debe esperar.

Desde el Este llega una pequeña embarcación por el Río de la Plata. Bajan de ella dos personas bastante peculiares. Circulan por las calles disfrutando de los paisajes que la ciudad les regala. Como si del destino se tratara, se dirigen hacia un punto en especial.

-¡Bueno, no será el bar Donde pero es lo más pintoresco que veo por aquí!

Diógenes Mastreta abre la puerta de un golpe. Lo sigue Mariana.

Eugenio Echagüe no puede evitar una sonrisa al ver el disfraz de pirata que trae aquel sujeto. Santino Conde pasea sus ojos por las curvas de la morena de ojos café y se pregunta por qué las chicas lindas siempre aparecen acompañadas.

En ese momento trece almas brillan al unísono, siendo de alguna manera todos conscientes de tal efecto. Diógenes se acerca a la barra, toma la carta y nota algo extraño en ella. Genaro mira a Florencio y sabe que es el momento de decir lo que sabe.

lunes, 24 de agosto de 2009

1-Principio del caos



Apura el paso sobre la vereda de baldosas frías. Da una última bocanada y tira el cigarrillo antes de entrar. Oculta su rostro bajo el ala del sombrero.

Nadie voltea cuando la figura ingresa. Santino Conde juguetea con su whisky on the rocks con la mirada perdida en el éter de azulejos. Un escalofrío sube precipitadamente por su espalda.

La silueta oscura se acerca directo a la barra. En una mesa a sus espaldas, Somosa se reencuentra con Rocambole tras su viaje y le presenta a Arrieta, un tercero en discordia para futuros proyectos irrealizables. Somosa hace hincapié en el negocio del fútbol y habla sobre un tal Miguel que habían ido a observar en sus entrenamientos de futura promesa.

Alfredo Arrieta se disculpa y se levanta para ir al baño. En el corto camino se cruza con Eugenio Echagüe e intercambian una mirada extraña. Echagüe reconoce algo familiar en Arrieta: no es el hecho de haber sido vecinos en Avellaneda, nunca antes se habían visto. Lo que Eugenio Echagüe y Alfredo Arrieta advierten entre sí es el brillo que pierde la mirada humana luego de haber quitado una vida.

El visitante toma asiento en un banco alto junto al mostrador. Busca el diario del día pero no lo encuentra. En su lugar manotea la carta y coteja las infusiones distraídamente.

K aparece unos segundos después. Mira hacia la caja para hacerle una seña a Valentín, pero se sobresalta al divisar al sujeto que increpa al dueño del Albatros. Algo en sus gestos le da la sensación de estar contemplando a su reflejo invertido.

-¿Valentín Flores, verdad?
-Ése es mi nombre, veo que ya soy famoso. ¿Qué se va a servir el señor?
-Nada de lo que está aquí me apetece, gracias. Sólo he venido a darle una advertencia.
-¿Perdón? Ah, ya sé, ¿es de la DGI, no? Mire, tengo todos los papeles en regla, se los puedo mostrar si me da un segundito.
-Eso es mucho más de lo que puedo otorgarle. Mi tiempo se acaba. Todavía no se encuentran todas las piezas en el tablero, pero las demás no tardarán en llegar…
-¿Qué? Si me está pidiendo una coima creo que no nos estamos entendiendo…
-Es urgente, caso de vida o muerte… la culpa de todo la tiene el escritor, se distrajo… hable con él, antes de que sea demasiado tarde…
-¿Qué escritor? Señor, por favor, tranquilícese… tome algo…
-No puedo, debo irme… no pierda su tiempo: hoy ya ha muerto alguien en el barrio.

Valentín no puede evitar dejar caer un vaso. El ruido harto conocido de los vidrios al explotar atrae todas las miradas. El abstruso informante aprovecha la distracción para escabullirse por donde vino.

El silencio abismal hace completamente audibles las palabras que el dueño del Albatros repite en un semitono:

-Hoy ha muerto alguien en el barrio…

Florencio Gauna vuelve a ojear rápidamente los avisos fúnebres pero no encuentra nada al respecto. Sonríe y se tranquiliza al ver quien abre la puerta:

-No se preocupen por mí, estoy bien –Afirma Genaro Cúspide acomodando el nudo de su corbata.

martes, 2 de junio de 2009

Algunas referencias sobre Santino Conde


Porta el cigarrillo a medio consumir, ladeado sobre su boca izquierda. Eso le da un aire de intelectual comedido facineroso, con ciertos tintes anarquistas.

Siempre viste colores pardos y no le importa no estar a la moda. Sonríe con delicadeza y en contadas ocasiones, al salir el sol, por ejemplo, o cuando alguien hace un chiste de mal gusto.

Si habla con una mujer muestra una sexualidad muy fuerte: se acerca a ella más de lo debido, dando la sensación de estar rozándole el miembro sobre la cara a medida que pronuncia cada palabra.

Odia la comida china. Prefiere una buena parillada o una lasagna. Cuando pide pizza es el primero en sacarle el cosito tríptico de plástico del medio y chuparle cada una de sus patitas. Sin embargo, deja todas las aceitunas.

Se baña todos los días, aun si hace frío. En caso contrario, su pelo se convierte en una maraña de grasa despeinada, aunque varonil. En situaciones extremas ha llegado a bañarse dos veces en un mismo día.

En las fiestas siempre pide el centro de la torta o la porción del postre que trae la frutilla. Es egocéntrico y no lo niega: sabe que le gusta llamar la atención.

Solía ser celoso, pero lo superó rápidamente. Le cuesta ser feliz o sufrir por los demás. Compartir es un verbo que pese a las enseñanzas del jardín recién ahora está aprendiendo a aplicar.

Tiene poca tolerancia ante las faltas de ortografía ajenas. Pero reconoce que a veces duda antes de escribir alguna palabra. Culpa al Word de su escasez de memoria.

Odia los conflictos y trata de evitarlos. Suele memorizar todo lo que le va a decir a alguien antes de tener una conversación seria. Mas siempre termina diciendo menos de la mitad de lo que había planeado.

Pese a todo, ha cambiado mucho en estos últimos años. Crecer es un verbo apasionante en todos sus sentidos.