Ingreso por un recoveco lúgubre y tosco, digno de las mazmorras de un titán antediluviano. Los túneles me conducen entre grietas azules y estalactitas que se burlan de Damocles sobre mi cabeza. Pese a eso avanzo a paso firme y sin mirar atrás, con la tranquilidad de vadear un terreno conocido y tantas veces recorrido.
Poco a poco los colores se van haciendo notar: primero un rojo fuerte, de sangre coagulada, me señala el lugar donde el cuerpo de la dama quedó destrozado luego del accidente ferroviario. Sí, realmente a veces el amor es estúpido. Al salir de allí casi resbalo en el barro donde una moneda había quedado clavada de canto. Pero conozco el sitio y continúo la marcha, esquivando corazones sin nombre que parecen imposibles.
Desde el dintel de una puerta, la cabeza cercenada de una doncella me sigue con la mirada, en busca del beso perfecto. Un enano deforme pasa a mi lado y me ofrece una copa. Le agradezco en francés y paso a la habitación contigua, no sin echarle medio ojo a las golfas baratas que me tientan desde un rincón.
Un mono coquetea con una máquina de escribir, manipulándola como si de una navaja se tratara. Me limpio unas gotas borravinas que caen sobre mi manga, justo cuando escucho los gritos desesperados de una mujer pariendo y partiendo. El cuarto no tarda en llenarse de demonios, unos a caballo y otros de pie, que se detienen a admirar al recién nacido. Beso la frente de la Bestia y prosigo mi camino.
Luego de lo que parece ser el fin de mundo, suena un tema del Rey mientras se escuchan murmullos viciosos en tiempo real. Algo huele a nazi y un poco podrido mientras se quema una cena de ensueño porcino. El simio apaga las velas de un grito justo cuando ingreso en un nuevo corredor.
La sala ahora se llena de vivos colores y lo que parecía una tragedia se ilumina con risas de fondo. Una Cofradía cae para dar vida a una Legión, y entre capas y espadas se abren nuevas historias, otras se pierden, y las últimas desaparecen sólo para volver en tiempo de resolución. Diviso por una claraboya como un conejo observa absorto la Luna, cuando un hombre de máscara y pantimedias me abre la última puerta con gesto gentil y se esfuma como si nunca hubiera estado allí.
Me recibe un póster de dos héroes americanos, uno azul, el otro dorado, mientras Johnny Cash regala al aire una canción. Sentado en la cabecera de una larga mesa de marfil me espera él, acariciando un gato de peluche. Su maliciosa calva perfectamente afeitada me regala una sonrisa, deviniendo su rostro en el de un aniñado ser interior. Sobre la mesa descansan una botella de fernet y otra de hesperidina.
Las horas pasan sin sentirse y los temas varían desde música, cine, proyectos a futuro e historietas de ocasión. Luego de una larga pausa de esas que sólo se dan entre personas que de tanto conocerse no necesitan hablar para decir, me pongo de pie, y colocándome mis guantes blancos sonrío al partir:
-Feliz aniversario, mi estimado Jardinero. El próximo encuentro toca en mi barrio.
Poco a poco los colores se van haciendo notar: primero un rojo fuerte, de sangre coagulada, me señala el lugar donde el cuerpo de la dama quedó destrozado luego del accidente ferroviario. Sí, realmente a veces el amor es estúpido. Al salir de allí casi resbalo en el barro donde una moneda había quedado clavada de canto. Pero conozco el sitio y continúo la marcha, esquivando corazones sin nombre que parecen imposibles.
Desde el dintel de una puerta, la cabeza cercenada de una doncella me sigue con la mirada, en busca del beso perfecto. Un enano deforme pasa a mi lado y me ofrece una copa. Le agradezco en francés y paso a la habitación contigua, no sin echarle medio ojo a las golfas baratas que me tientan desde un rincón.
Un mono coquetea con una máquina de escribir, manipulándola como si de una navaja se tratara. Me limpio unas gotas borravinas que caen sobre mi manga, justo cuando escucho los gritos desesperados de una mujer pariendo y partiendo. El cuarto no tarda en llenarse de demonios, unos a caballo y otros de pie, que se detienen a admirar al recién nacido. Beso la frente de la Bestia y prosigo mi camino.
Luego de lo que parece ser el fin de mundo, suena un tema del Rey mientras se escuchan murmullos viciosos en tiempo real. Algo huele a nazi y un poco podrido mientras se quema una cena de ensueño porcino. El simio apaga las velas de un grito justo cuando ingreso en un nuevo corredor.
La sala ahora se llena de vivos colores y lo que parecía una tragedia se ilumina con risas de fondo. Una Cofradía cae para dar vida a una Legión, y entre capas y espadas se abren nuevas historias, otras se pierden, y las últimas desaparecen sólo para volver en tiempo de resolución. Diviso por una claraboya como un conejo observa absorto la Luna, cuando un hombre de máscara y pantimedias me abre la última puerta con gesto gentil y se esfuma como si nunca hubiera estado allí.
Me recibe un póster de dos héroes americanos, uno azul, el otro dorado, mientras Johnny Cash regala al aire una canción. Sentado en la cabecera de una larga mesa de marfil me espera él, acariciando un gato de peluche. Su maliciosa calva perfectamente afeitada me regala una sonrisa, deviniendo su rostro en el de un aniñado ser interior. Sobre la mesa descansan una botella de fernet y otra de hesperidina.
Las horas pasan sin sentirse y los temas varían desde música, cine, proyectos a futuro e historietas de ocasión. Luego de una larga pausa de esas que sólo se dan entre personas que de tanto conocerse no necesitan hablar para decir, me pongo de pie, y colocándome mis guantes blancos sonrío al partir:
-Feliz aniversario, mi estimado Jardinero. El próximo encuentro toca en mi barrio.




