lunes, 24 de agosto de 2009

1-Principio del caos



Apura el paso sobre la vereda de baldosas frías. Da una última bocanada y tira el cigarrillo antes de entrar. Oculta su rostro bajo el ala del sombrero.

Nadie voltea cuando la figura ingresa. Santino Conde juguetea con su whisky on the rocks con la mirada perdida en el éter de azulejos. Un escalofrío sube precipitadamente por su espalda.

La silueta oscura se acerca directo a la barra. En una mesa a sus espaldas, Somosa se reencuentra con Rocambole tras su viaje y le presenta a Arrieta, un tercero en discordia para futuros proyectos irrealizables. Somosa hace hincapié en el negocio del fútbol y habla sobre un tal Miguel que habían ido a observar en sus entrenamientos de futura promesa.

Alfredo Arrieta se disculpa y se levanta para ir al baño. En el corto camino se cruza con Eugenio Echagüe e intercambian una mirada extraña. Echagüe reconoce algo familiar en Arrieta: no es el hecho de haber sido vecinos en Avellaneda, nunca antes se habían visto. Lo que Eugenio Echagüe y Alfredo Arrieta advierten entre sí es el brillo que pierde la mirada humana luego de haber quitado una vida.

El visitante toma asiento en un banco alto junto al mostrador. Busca el diario del día pero no lo encuentra. En su lugar manotea la carta y coteja las infusiones distraídamente.

K aparece unos segundos después. Mira hacia la caja para hacerle una seña a Valentín, pero se sobresalta al divisar al sujeto que increpa al dueño del Albatros. Algo en sus gestos le da la sensación de estar contemplando a su reflejo invertido.

-¿Valentín Flores, verdad?
-Ése es mi nombre, veo que ya soy famoso. ¿Qué se va a servir el señor?
-Nada de lo que está aquí me apetece, gracias. Sólo he venido a darle una advertencia.
-¿Perdón? Ah, ya sé, ¿es de la DGI, no? Mire, tengo todos los papeles en regla, se los puedo mostrar si me da un segundito.
-Eso es mucho más de lo que puedo otorgarle. Mi tiempo se acaba. Todavía no se encuentran todas las piezas en el tablero, pero las demás no tardarán en llegar…
-¿Qué? Si me está pidiendo una coima creo que no nos estamos entendiendo…
-Es urgente, caso de vida o muerte… la culpa de todo la tiene el escritor, se distrajo… hable con él, antes de que sea demasiado tarde…
-¿Qué escritor? Señor, por favor, tranquilícese… tome algo…
-No puedo, debo irme… no pierda su tiempo: hoy ya ha muerto alguien en el barrio.

Valentín no puede evitar dejar caer un vaso. El ruido harto conocido de los vidrios al explotar atrae todas las miradas. El abstruso informante aprovecha la distracción para escabullirse por donde vino.

El silencio abismal hace completamente audibles las palabras que el dueño del Albatros repite en un semitono:

-Hoy ha muerto alguien en el barrio…

Florencio Gauna vuelve a ojear rápidamente los avisos fúnebres pero no encuentra nada al respecto. Sonríe y se tranquiliza al ver quien abre la puerta:

-No se preocupen por mí, estoy bien –Afirma Genaro Cúspide acomodando el nudo de su corbata.

jueves, 20 de agosto de 2009

Especial 150ª: Reglas para crear un universo


Crear es dar vida. Existencia, en el sentido más laxo de la palabra. Hacer nacer una realidad con todo lo que ello conlleva. Y después, dejarla ser.

Crear un universo parece ser algo totalmente libre, ligado al azar de las circunstancias y a los estados de ánimo del creador. No obstante, existen ciertas reglas, implícitas o no, que todo buen orfebre que se digne de ser tal maneja de una u otra manera.

En primer lugar, se establecen las coordenadas espaciotemporales. No es necesario denotarlas: la más mínima expresión, ya en el tipo y estilo de lenguaje utilizado, las develan. Una vez ubicados de esta forma, es necesario constituir ciertas leyes: qué se puede y qué no se puede hacer en esa realidad. Y no estoy haciendo referencia a lo que está permitido por las normas jurídicas, sino a las leyes metafísicas (y hasta me atrevería a decir a las lógicas).

Yendo directamente a las regularidades físicas, se debe establecer qué es lo normal y qué lo anormal: ¿Vuelan los personajes? ¿Son posibles los viajes en el tiempo? ¿Algún tipo de superpoder? Luego, si alguno de los seres de esta realidad posee alguna de dichas capacidades: ¿Es normal para los demás? ¿Todos pueden hacerlo? ¿O es algo sorprendente que suceda de esa manera? (Esto es a lo que los letrados se refieren cuando distinguen una historia maravillosa de una fantástica).

El paso siguiente es la creación de los personajes. Aunque es sabido que no hay recetas para estos: salen solos, como voces internas, como pedacitos de yo que se mutilan de nuestra cabeza y cobran vida propia. No hay caso, es imposible controlarlos: cobran voz y voto y brotan ente las espinas.

Con espacio-tiempo, reglas y personajes, las historias se crean a sí mismas, deviniendo las más verosímiles peripecias. Pero toda historia tiene sus mitos, leyendas, creencias apócrifas, ¿y cuál mejor que la de la creación del mismo universo?

Algunas tierras nacen de la nada gracias a un creador divino. Otras, a partir de un desorden ordenado por un demiurgo. Las hay paridas a partir de la Palabra, de un viento cósmico, de una explosión; algunas vieron la luz gracias a un poema, y las más agraciadas han surgido de una canción.

Aquí no hubo creatio ex nihilo: algún arquitecto de las letras intenta incesantemente alcanzar el cosmos. Sin embargo, lo que vendrá a continuación será sólo el principio del caos.

jueves, 13 de agosto de 2009

Regreso Gris


Dicen que el viajar es un placer que nos suele suceder. Somosa acaba de confirmarlo: desde la ventanilla del avión observa como la tierra le va ganando espacio al mar.

Le resulta increíble la manipulación certera que de mano del hado su vida ha sufrido. Durante toda su existencia siempre había creído que el vivir sólo tenía dos metas, reducibles a una sola: envejecer o morir. Le habían dolido las rutas no tomadas y había llorado por los no-yo que en el camino había matado.

Sin embargo sus lágrimas actuales pasadas hoy quedaban redimidas por sus estados potenciales. Siempre había creído que el mal solo podía traer más mal y así se acumulaban las asperezas. Ahora entendía por qué su amigo repetía siempre eso de que las cosas no son buenas ni malas: su locura repentina lo había llevado a su despido momentáneo; su indemnización le había hecho transitar por el mundo.

Empezó por España: desde pequeño había deseado conocer la Madre Patria. Nunca había querido ir a Disney: Europa, en cambio, lo fascinaba.

Somosa sonríe ante unas casas que comienzan a divisarse como migajas de pan mientras recuerda las pequeñas e increíblemente grandes a la vez diferencias idiomáticas: ¿Cómo podía ser que una misma lengua se había desfigurado tanto? Más allá de ligeros malentendidos gramaticales, había sabido disfrutar aquellas playas de ensueño. Casi había olvidado cuánto amaba el calor del sol acariciando la piel y caminar ligero de ropas sin pensar en nada.

La azafata le ofrece una copa. Somosa la bebe sin preguntar y disfruta cada gota de líquido carmesí besando su eternamente seca garganta. Es cierto que en cuanto pise tierra transmutará de turista a desocupado. No obstante, no le interesa: no va a dejar que un pensamiento sobre un futuro que aún no existe le opaque el disfrutar de un presente bien sentido e iluminado.

Desde Cádiz había cruzado el Mediterráneo, hacia el continente negro. Allí se enamoró del paisaje, ambiente y costumbres. Somosa devuelve la copa y susurra pensamientos encontrados: ¡Somos tan etnocentristas! Creemos que Dios es compatriota y que a todo el mundo le pasan las mismas cosas, cuando en realidad hay tantas realidades diferentes como líneas rectas atravesando un punto.

El avión se acerca a destino, aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires. ¿De qué va a vivir ahora? No lo sabe, no le importa, no se preocupa. Guarda aún unos billetes y más esperanzas. Y no vuelve solo: en este viaje de iniciación a la buena vida ha conocido a un nuevo socio, alguien que como él había huido alguna vez de su vida para reencontrase con sí mismo, y que ya había resuelto que era hora de volver. Algún nuevo proyecto surgiría con este extraño personaje.

Aterriza el aeroplano, se abren sus puertas y Somosa baja la escalera seguido de Alfredo Arrieta.

viernes, 7 de agosto de 2009

Sueño y preludio


Alejandro Vargas se encuentra en un lugar desconocido. Mira sus manos, lleva puestos unos viejos guantes negros. El ardor del aire y las gotas que recorren su frente le indican que lleva puesta una máscara.

Avanza unos pasos, el traje está húmedo y pesado, la capa se arrastra por la ceniza mortecina. Todo huele a muerte y a azufre. El cielo arde y con él la tierra misma. Camina por lo que parece haber sido una ciudad muy bella. Ahora sólo puede ver el esqueleto de sus escombros, entre estatuas decapitadas que bailan sin moverse.

Pequeños faunos corretean con sus pinchos en mano. Salen de férreos túneles a granel, entontando estrofas olvidadas. Un niño vomita un río de lava, del cual brotan manos descarnadas apuntando hacia un cenit de eterna oscuridad.

La luna se hace sol y ambos astros compiten por el reino del universo conocido. El cuerpo le duele a la vez que no lo siente, y su garganta sabe a desierto en plena tormenta de arena. Se arrodilla, se arrastra, clama por agua.

Cuatro bestias batallan contra siete ángeles con trompeta. De pronto un hombre irrumpe sobre una mula, que ante los ojos de de Alejandro trasmuta en cabra de siete cuernos. El hombre se eleva, llega hasta una cima inalcanzable dejando sonar una carcajada caricaturesca.

Vargas se pone de pie, recibe de la mula-cabra un pergamino y rompe los sellos que lo contienen. De pronto el papel deviene serpiente y el encapotado la arroja. Bajo sus pies, un libro en blanco se incinera sin dejar rastros.

Levanta la vista: el hombre viste corona y cetro. ¿Quién es? ¿Destino? ¿Acaso es posible su regreso? ¿O tal vez sea Justicia que ha perecido una vez más bajo los designios del mal?

Alejandro Vargas despierta. Su cuerpo está completamente sudado a pesar de ser la hora más fría que precede al alba. Quizás fue sólo un sueño. Pero algo le dice que podría tratarse de un preludio hacia una nueva historia.

Se levanta, toma el traje amarillo y negro y vuelve a ser el héroe que es desde hace trece años. El Hombre Vinchuca abandona el barrio: sabe que en este momento su presencia es requerida en otro lado.
.................
[Mi queridísimo amigo el Jardinero del Kaos ya ha parado de pechito la pequeña bomba que le tiré y continuó la historia aquí]

lunes, 27 de julio de 2009

Cosas de Linares








miércoles, 22 de julio de 2009

Las aventuras de Rocambole. Hoy: sobre los caminos y el camino


Rocambole siempre había creído la teoría del caminito: eso de que la vida es una línea recta de predeterminaciones. Desde lo más banal y cotidiano, había profetizado al vivir como el pararse en una cinta transportadora que lo va llevando a uno desde el jardín de infantes, pasando por las estaciones primarias, secundarias y tal vez universitarias, trabajo, jubilación y muerte.

Con el tiempo y menos pesimista, desechó la senda automática, aunque no había podido filtrar la estructura de su pensadero. Todavía, quizás sin darse cuenta, creía que, si bien las vías se bifurcan, hay un patrón general que las guía: uno primero debe recibirse, luego asegurarse en el trabajo, irse de la casa de los padres, juntarse con alguien, casarse y tener hijos. En ese orden.

En un primer momento había tomado el hecho de que despidieran a su amigo del trabajo como un acontecimiento malo, y la idea del viaje de aquél como una locura. Sin embargo, si bien lo extraña en el café, ahora entiende que fue una decisión correcta y está convencido plenamente de dos ideas: los hechos no son malos ni buenos, sólo cosas que pasan; y el ser prevalece y precede siempre al deber ser.

Rocambole toma el martillo de Zaratustra y derriba todas las arcaicas ideas construidas alguna vez. Rompe estructuras medievales y castillos de prohibiciones internas e inhibiciones mentales enmohecidas. Por una vez quiere dejar que la pasión retruque a la razón y la maneje.

¿Por qué no alquilar algo ya, en lugar de esperar al trabajo seguro que le permita el crédito para comprar la casa? ¿Por qué no tener hijos cuando lo desea el alma en lugar de cuando lo permita el bolsillo? ¿Por qué no empezar a vivir la vida mientras todavía se es joven? ¿Por qué no enrocar el plan por el carpe diem?

Rocambole ahora cree que no hay un camino del deber: hay millones de senderos potenciales, actualizables con cada latido de nuestro corazón.

jueves, 16 de julio de 2009

Secuestro y muerte en Avellaneda


¿Qué tienen en común? Nada. Tal vez sólo el hecho de no confiar mucho en la gente. O quizás de hacerlo demasiado.

Darío Solanas espera nervioso en su viejo auto. No quiere tocar bocina para no llamar la atención, simplemente espera. Respira y sale vapor, es una mañana fría en Avellaneda.

Eugenio Echagüe se levanta y prepara su desayuno: medialunas de ayer calentadas en el microondas y café con leche. Otro día más de oficina.

Darío comienza a ponerse inquieto: su colega, quien tenía que hacerle la segunda, viene algo retrasado. O no viene. ¿Lo dejaría plantado una vez más?

Eugenio se ajusta el nudo de la corbata, el mismo que aprieta y afloja cada día. Mira sus zapatos: los lustró la noche anterior, pueden aguantar una semana más. Mientras se lava los dientes baila en su mente un pensamiento que no es capaz de olvidar: en ese momento podría estar amaneciendo con ella, si su compañero de trabajo no lo hubiera traicionado.

Solanas maldice a su cofrade: se promete no volver a confiar en él. Decide de todos modos resolver el trámite sólo, porque no quiere dejarlo pasar de ese día. Pone en marcha el motor y acelera con fuerza.

Echagüe es un hombre común. Clase media, empleado administrativo, no le sobra ni la pasa mal. Tiene sus ahorros, pero los guarda para comprarse el auto, está cansado del tren y el subte. Cierra con llave la puerta de su casa, se da vuelta y escucha una terrible frenada.

Darío Solanas identifica al sujeto: joven, traje azul a rayas, maletín de cuero. Se baja del vehículo, lo amenaza con el arma y lo obliga a subir. Es temprano aún, no hay un alma en la calle. De todos modos luego de unas cuadras detiene el coche, golpea a la víctima y lo ata de pies y manos. También le venda los ojos.

Eugenio Echagüe se despierta con dolor de cabeza. No sabe dónde está, tiene la vista tapada. En la boca un sabor metálico le avisa que por ahí corrió sangre. Intenta moverse, pero se da cuenta de que está atado. Sin embargo aún puede hablar: pregunta dónde está, pero lo calla una voz agitada y nada tranquila.

Darío se mueve nervioso por la habitación oscura. Revuelve papeles, se para, se sienta y relojea cada dos segundos el teléfono. Finalmente se decide a llamar. No es grata la sorpresa.

Eugenio escucha que marcan un número, luego una charla casi inaudible y finalmente un golpe fuerte y seco. Recién entonces comprende su situación: está secuestrado. Seguramente estarían contactando a su familia para pedir rescate. Aunque no había nadie en su casa, y él había escuchado una conversación.

Darío le pregunta el nombre al sujeto que yace a sus pies. Eugenio contesta su gracia.

Solanas putea, da vueltas por la habitación y golpea la mesa. En la otra mano porta el arma. Echagüe va comprendiendo cada vez mejor su situación. Le dice a su captor que al parecer se equivocó de persona.

A Darío no le gusta tanta confianza repentina: se para de un salto y apunta a Eugenio a la cabeza, no sea cosa que se confundan los papeles y se olvide quién era el secuestrador y quién el secuestrado.

Aunque Eugenio no puede ver, interpreta el gesto. Sabe que a partir de ahora debe cuidar muy bien sus palabras. Sólo ellas pueden salvarlo.

Solanas afirma que el que se equivocó no fue él, sino su compañero: aquel que le había marcado mal la casa y le había fallado en el momento indicado.

Echagüe le responde que comprende perfectamente la situación, ya que él también había sido traicionado esa misma mañana.

La repentina comprensión calma un poco los ánimos de Darío Solanas: se sienta y apoya el arma sobre la mesa. Eugenio Echagüe interpreta el gesto una vez más y se prepara para actuar.

Darío confiesa que ya no sabe en quién confiar, si sus propios amigos lo traicionan. Eugenio le cuenta que ese día le habían dado el día libre, para que pudiera visitar a su hijo que sólo ve una vez al mes, pero que su mejor compañero se hizo pasar por enfermo y por eso él tuvo que ir a trabajar.

Solanas se va relajando poco a poco, siente una extraña simpatía por ese extraño que le habla desde el piso. Enciende un cigarrillo y estira las piernas. Echagüe comprende y sonríe para sus adentros. La traición era cierta, el hijo no.

Darío va aflojando. Abre un paquete y le ofrece un cigarrillo al maniatado. Echagüe duda, luego acepta pero pide que le afloje un poco las cuerdas, para poder fumarlo. Darío se rehúsa. Eugenio entiende que no va a ser tan fácil.

El tiempo pasa y la conversación fluye. La confianza entre esos dos desconocidos aumenta considerablemente. Uno es feliz al ser escuchado y comprendido. El otro habla muy bien y miente mejor. El primero cree ir haciéndose un amigo. El segundo se convence de ir deshaciéndose de un enemigo.

Finalmente, Eugenio Echagüe da en el clavo. Milagrosamente, Darío Solanas accede. El raptor nunca antes se sintió tan cómodo ni se mostró tan inseguro. El raptado nunca antes se sintió tan incómodo ni se mostró tan seguro. A fuerza de charlas, Echagüe se gana la confianza de Solanas. A paso de puchos y palabras, Solanas aprende que no debe confiar en nadie.

Se hacen dos promesas esa tarde: Darío promete que apenas pueda arreglar el asunto no le dará mayores problemas a Eugenio. Eugenio promete que si Darío lo libera no tomará represalias contra él. Ninguna de las dos se cumple.

Eugenio Echagüe pide permiso para ir al baño. Darío Solanas concede y afloja las cuerdas de sus manos.

Los movimientos son rápidos: Echagüe manotea el arma y dispara al bulto que apenas divisa. Termina de sacarse la venda de los ojos y descubre que dio en el objetivo. Solanas se retuerce en el piso mientras su estómago chorrea sangre. Estira su mano y roza el calzado de su asesino.

Echagüe planea a la perfección lo que le dirá a la policía. Lo que no sabe es que Solanas dejó marcadas con sangre sus huellas digitales en sus zapatos.