viernes, 31 de octubre de 2008

Treinta y Uno



- ¿Qué? ¡No puede ser! ¿Estás seguro?

- Sí, Julia, sí. Nos cagó.

- ¡Qué hijo de puta!

La cabeza me trabajaba a mil: esto no podía estar pasando, tendría que tratarse de una equivocación. Victorio no podía haberme cagado así, no después de todo lo que vivimos. No después de nuestra charla de esa mañana.

- Pensemos Valentín, ¿a dónde pudo haber ido?

- A cobrar la guita, obvio.

- ¿Vos sabés dónde está el banco?

- No, ni idea. Me acuerdo que junto con la carta había un documento bancario, pero nunca hablamos de de eso.

- ¿Y qué decía la carta?

- Yo sólo me enteré del poema, gracias al cual supimos que se trataba de nueve piedras.

- ¿Qué poema?

- Decía algo de los reyes magos, las tres marías y los mosqueteros…

De pronto la cabeza me hizo un clic.

- “En la cabeza del vigilante de la metrópolis”…

- ¿Qué decís?

- ¡Claro! ¡Todo cierra! Ya sé lo que tengo que hacer.

- ¿Qué pasa Valentín? ¿Qué sabés?

- Nada, vos quedate tranquila, no salgas del hotel Yo me encargo de esto. Ahora te dejo, ¡no tengo tiempo que peder!

Colgué sin darle demasiadas explicaciones. Le pedí a la dueña del hotel un vaso con agua y una aspirina, y la dirección de la agencia donde se alquilaban los autos. Antes de salir hice un par de llamadas más. Le dejé diez mangos sobre el mostrador.

Corrí hacia la agencia con el corazón palpitando de emoción, de pronto todo me cerraba ¡Cómo no me había dado cuenta antes! Alquilé un Palio y rápidamente salí a la ruta dos, debía apurarme si quería alcanzar a Victorio. Igual ya le llevaba una ventaja que él desconocía.

“Como los reyes, como las marías, como los mosqueteros” ¡Qué idiota fui! Si lo sabía desde un principio…

Tomé la carretera a gran velocidad y en poco más de tres horas estaba entrando en Buenos Aires. Tuve que hacer una breve parada antes de dirigirme hacia mi objetivo: la gran mole de cemento y hormigón que se erguía en el centro de la ciudad.

Paré el auto en medio de Corrientes y me dirigí hacia mi destino final. Cuando llegué noté que la reja de entrada estaba abierta: mi ex compañero de aventuras ya debía estar ahí arriba. Afuera comenzó a llover muy fuerte. Estaba tan concentrado en lo que debía hacer que en ese momento no me pareció extraño que una mujer corpulenta estuviera paseando en un carrito a su bebé a esas horas de la noche.

Subí las escaleras con calma, hasta encontrarme en la cabeza misma del gigante, el guardián de la metrópolis: el obelisco. Allí arriba encontré a quien ya esperaba ver:

- Victorio…

Se dio vuelta tranquilo, como si supiera que yo llegaría de un momento a otro.

- Valentín…

Había estado revolviendo una pila de papeles y de cajas que al parecer llevaban años guardados allí arriba. Estaba algo despeinado y le corrían gotas de sudor por los costados de su rostro, como si hubiese estado buscando algo con desesperación, sabiendo que se le acaba el tiempo.

- ¿Por qué, Victorio? ¿Por qué lo hiciste?

- ¿Cómo me descubriste?

- A decir verdad fue muy fácil, pero mi ingenuidad y mi confianza no me habían permitido verlo desde un principio. En primer lugar, debo decirte que había algo que no me cerraba mucho en la última pista. Además, parecías preocupado por saber si la había leído o no…

Un relámpago se dejó ver por las pequeñas ventanas. El fuerte trueno no tardó en hacerse oír.

- “En la cabeza del vigilante de la metrópolis”. Rosario es una ciudad muy grande, sí. Pero si hablamos de “la” metrópolis, seguramente estamos haciendo referencia a la Capital. Además, decía “en la cabeza”, y la primera piedra fue hallada debajo del monumento…

Victorio escuchaba con atención. Aunque la iluminación era escasa, me pareció ver que llevaba una sonrisa en sus labios.

- Pero lo que realmente me convenció de la verdad de mi presentimiento fue la pista inicial, la del poema: todos sabemos que los mosqueteros en realidad eran cuatro…

- ¡Bingo! ¡Excelente deducción Valentín! D´Artagnan, la pista ambigua… ¿se lo debía contar o no? Esa era la cuestión.

- Claro, y cuando leíste la última pista te diste cuenta de que sí había que contarlo: las piedras eran diez, y la última estaba aquí arriba.

- Exacto. ¿Y qué pensás hacer ahora Valentín? ¿Vas a quitarme la décima piedra? Si das un paso más, la arrojo por la ventana. No creo que te sea tan fácil encontrarla, si es que queda algún pedazo sano, claro.

Un segundo trueno, más fuerte que el anterior, resonó en las alturas.

- ¡Por favor, no seas idiota viejo! ¿A mí con esos trucos baratos? No sé qué tendrás ahí escondido, pero la décima piedra la tengo yo.

Abrí mi mano y dejé ver una roca oscura con un ave casi imperceptible grabada en un costado.

- ¿Qué? ¿Cómo puede ser? ¿Dónde la encontraste?

Por primera vez Victorio parecía impresionado de verdad. Sus ojos incrédulos se abrían grandes ante el objeto que le presentaba.

- ¿Sorprendido? Yo también tengo mis trucos, viejo zorro. Tengo una amiga que trabajaba en la Guardia Urbana, ella tiene otros contactos. La llamé antes de salir para acá, le di las indicaciones necesarias y ¡Voilá! Me entregó la piedra hace media hora.

- Me has dejado sin palabras.

- Y vos a mí, Victorio. Decime: ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste?

- No lo entenderías. Es… hice lo que tenía que hacer, era mi parte de la historia.

- ¿Qué decís?

La conversación se vio interrumpida por unos fuertes pasos que venían desde las escaleras. Al parecer los truenos anteriores no nos habían permitido darnos cuenta de que no estábamos solos allí arriba. Me escondí detrás de una columna, justo antes de que una figura enorme y otra pequeña irrumpieran en el cuarto.

- Bueno, bueno, bueno, ¡pero mirá a quién nos encontramos! –Dijo una voz aguda.

Desde mi escondite puede ver a Funes, horriblemente disfrazado de bebé y al Shamán con un floreado vestido de domingo y un brazo vendado.

- Funes, realmente estoy sorprendido. Creí que habías sido arrestado.

- ¿Arrestado, yo? ¡No sabés lo que decís, Victorio! Yo soy un pez gordo, a mí no me van a estar haciendo problemas unos simples azules. Sin embargo, el que sí me causó disgustos fue tu amigo de gris: ¡Mató a tres de mis mejores hombres! Claro que mi esbirro aquí presente se encargó de eliminarlo. ¿Qué gracioso, no? Él muriendo como un héroe para salvarte, mientras que vos no sólo le robaste a la mujer sino que siempre te cagaste en sus cosas.

- ¿Qué querés, Funes?

- Ya sabés lo que quiero, ¡las piedras! Y después tu cabeza, claro. ¡Ah, la venganza, qué belleza!

- No las tengo. El pibe me cagó, él se las llevó.

- No vas a volver a engañarme, ¿entendiste? ¿Dónde están las piedras? ¿Dónde está tu amiguito?

- ¡Acá! –Grité y salí de mi escondite, golpeando con una silla de metal al Shamán en la nuca. Mientras la bestia caía desmayada, Victorio aprovechó y le propinó un terrible puntapié en la nariz al enano.

- ¡Vamos, Victorio! Aún tenemos que arreglar cuentas nosotros, pero este no es el momento.

Bajamos lo más rápido que pudimos las escaleras. Pero Victorio aún tenía la pierna vendada y le costaba caminar. Cuando llegamos a la calle llovía a cántaros. Crucé de una corrida la 9 de Julio y lo esperé en la esquina, pero él avanzaba despacio, rengueando, y esos metros de espera se me hicieron eternos. Justo cuando estaba por alcanzar el cordón de la vereda, dos fuertes estruendos se dejaron oír en el aire. Al principio creí que eran truenos. Me di cuenta que no cuando vi los dos grandes círculos morados que se formaron en el pecho de mi amigo.

Victorio se detuvo, miró hacia abajo y descubrió sus enormes heridas. Con una mano en el pecho me dijo “Ahora sí que me dieron”, y cayó hacia delante. Lo sostuve justo antes de que tocara el suelo. Del otro lado de la avenida puede ver al enano maquiavélico que avanzaba sonriendo, con el rostro cubierto de sangre, y un arma en la mano.

El que no lo vio fue el chofer del micro de dos pisos que circulaba por la avenida. Se oyó un agudo grito y un ruido de golpe seco antes de que el pequeño cuerpo quedara desparramado sobre el pavimento.

- ¡Victorio, Victorio! ¡Vamos viejo! Voy a llamar a una ambulancia.

Mirando hacia otro lado, me hizo un gesto negativo con los dedos.

- ¡Está bien, está bien, un taxi! ¡Vamos, no pierdas la conciencia! Tenemos que ir a un hospital.

Giró la cabeza lentamente y me miró. De su boca caía un hilo de sangre.

- No, Valentín, ya está. Ésta no la cuento: llegó mi hora.

-¡No Victorio, la puta madre! ¡No digas eso, tenés que pelear! ¡Tenés que ser fuerte!

- Valentín… fue un gusto conocerte… cuidá a mi hija, por favor.

- ¿Por qué, viejo, por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¡Por qué me cagaste! Si hubiéramos venido juntos hasta acá, tal vez esto no habría pasado...

Por un segundo creí que ya no volvería a escuchar su voz. Sin embargo, dijo una cosa más:

- Era una prueba, Valentín. La última… Una prueba de astucia, para saber que dejaba a Julia en buenas manos… Yo no buscaba un compañero en aquel tren, Valentín… Yo buscaba un heredero…

No dijo nada más. Cerré sus ojos vidriosos, lo abracé con fuerza y grité con toda mi furia. Nunca supe si creer esas últimas palabras. Supongo que serían una más de sus mentiras, un truco para convertir su traición en un acto de altruismo. Quién sabe, tal vez fueron ciertas… Arrojamos sus cenizas en el Paraná, cerca de su departamento de Rosario.

Tardamos un tiempo en decidir si iríamos a cobrar el dinero o no, nos parecía como algo fuera de lugar. Sin embargo Julia y yo acordamos en que ese había sido el deseo de su padre, así que finalmente nos dirigimos hacia el banco. Menuda fue nuestra sorpresa cuando nos enteramos la suma: 100.000.000… de australes. La conversión nos permitió quitarle los cuatro ceros correspondientes, quedándonos con la módica suma de diez mil pesos, una ganga. Julia vendió la propiedad que había pertenecido a su padre y junto con el dinero del juego y unos ahorros que yo tenía nos pusimos un bar en San Telmo, llamado Albatros.

Por lo menos nos permitieron quedarnos con las piedras: las diez pequeñas formaciones oscuras con una imperceptible ave grabada a un costado hoy descansan sobe una repisa, adornando nuestro hogar.

Había subido a ese tren buscando un sentido a mi vida. Lo había encontrado: me encanta perderme en los preciosos ojos de nuestra hija, Victoria.

jueves, 30 de octubre de 2008

Treinta



Como pudimos nadamos hacia la costa. Por suerte la marea había bajado, lo que nos facilitó un poco las cosas. Cuando logramos hacer pie comenzamos a caminar, y luego a correr. El mar estaba helado, pero mi sangre estaba caliente y mi corazón tocaba un solo de batería.

Llegamos a tierra firme, a la arena mojada y negra, esa donde cuando era chico buscaba almejas. Respirábamos con dificultad, pero estábamos vivos, sanos y salvos. Por la avenida se acercaban las luces de un patrullero. No había señales de Victorio.

- ¿Estás bien?

- Sí, sí… ¿Mi papá?

- No sé, no lo veo.

- ¡Mi papá, Valentín! ¡Hay que encontrar a mi papá!

Escudriñé el mar con mis ojos ardientes de sal, pero ni siquiera con un buen catalejo me hubiera sido posible encontrar a Victorio. La oscuridad de la noche complicaba las cosas.

- ¡Encontralo, Valentín! ¡Esas bestias le dispararon! Si le llegó a pasar algo…

- Tranquila, todo va a estar bien. Tu viejo es un tipo de hierro, no creo que le haya pasado nada.

Sólo lo dije para tranquilizarla, pero la verdad era que yo también estaba preocupado. Mis pupilas ya dilatas comenzaban a ver mejor en la oscuridad. Además, tenía la ayuda de dos fuentes de luz: una artificial, dada por la publicidad del muelle, y una natural, brindada por la misma luna. Esta última fue la que me permitió distinguir una sombra que se movía entre las olas.

Inmediatamente me eché a correr hacia el mar. Corrí más rápido que bajo aquel cielo tucumano, más veloz aún que cuando escapábamos de una falsa alarma en Chile. Ahora corría para salvarle la vida a un hombre.

Me tiré y comencé a nadar lo mejor que pude hacia aquel bulto en el mar. Cuando abracé a Victorio estaba muy pálido. Como pudo se sujetó de mi espalda y lo llevé hacia la costa. Recién cuando salimos del agua noté que tenía herida la pierna izquierda.

- ¡Papá!

- Victorio, ¿estás bien?

- Me dieron, esos hijos de puta me dieron…

Me quité el saco y envolví su pantorrilla, mientras Julia se sacaba su campera rompevientos y hacía un fuerte nudo sobre aquel improvisado tapón.
Desesperado comencé a correr hacia la avenida para llamar a una ambulancia, pero Victorio me detuvo.

- No, ambulancia no, no quiero a la policía. Pará un taxi y que nos lleve a un hospital. Disimulemos.

No pude decirle que no, así que entre ambos lo tomamos por los brazos y lo ayudamos a llegar hasta la calle. Un patrullero había parado cerca y dos hombres uniformados caminaban a lo largo del muelle en dirección hacia el Club.

Paramos un taxi y tuvimos que improvisar una historia: a nuestro viejo tío loco se le había dado por nadar de noche en el mar y se había quebrado la pierna cuando las olas lo habían arrastrado contra el muelle. No sé si sonó creíble, pero el taxista no preguntó nada.

Cuando entramos al hospital Victorio estaba casi desmayado, pero tratábamos de mantenerlo consciente. En cuanto nos vieron le quitaron nuestros trapos de primeros auxilios y cubrieron su herida con vendas y agua oxigenada, mientras lo llevaban hacia el quirófano. Tuvimos que decir que había sido víctima casual de un tiroteo, ahí no podíamos mentir tanto.

Julia y yo esperamos en la sala mientras lo intervenían. Un rato después salió un médico y nos anunció:

- La operación salió bien, extrajimos la bala y el hueso no está quebrado. Sin embargo ha perdido mucha sangre y necesita una transfusión, ¿alguno de ustedes es grupo cero factor RH positivo?

- Yo – Dijo Julia – Yo soy su hija y tengo su sangre, sáquenmela a mí.

Yo soy A, si no con gusto hubiera sido el donante, para evitarle tal disgusto a Julia. Aunque había algo de orgullo en sus palabras, como si de alguna manera le gustara ser ella quien salvara a su padre.

El único que durmió bien esa madrugada fue Victorio: luego de la transfusión lo llevaron a una habitación. Julia y yo nos habíamos quedado en la sala de espera, maldormidos en un banco, con la ropa aún húmeda y llena de arena.

Cuando el sol que se colaba por la ventana comenzó a ser lo suficientemente molesto nos levantamos y entramos en la habitación.

- ¡Victorio, estás bien!

- Bueno, si Sergio Denis fue y volvió, ¿por qué iba a quedarme yo del otro lado?

Sonreí aliviado. Julia estaba de pie, seria, sin decir nada.

- Valentín, debo agradecerte. En primer lugar, por salvar a mi hija. Y luego por salvarme a mí, si no me hubieras rescatado a esta altura estaría flotando entre las olas.

- De nada, viejo. Igual a la que tenés que agradecerle es a tu hija, que así tan flaquita como la vez te donó varios litros de su sangre.

Victorio la miró con un gesto tierno, pero ella lo esquivó sin decir nada.

- Bueno, ahora sí quiero que me digas, ¿cómo lo hiciste?

- ¿Qué cosa Valentín?

- ¡Lo de la piedra! Todos vimos cuando la arrojaste, y sin embargo, sigue ahí, en el bolsillo de tu saco.

- ¿La viste?

- Sí, cuando te llevaron al quirófano me dejaron tus pertenencias. Pero no te preocupes, la dejé ahí en tu bolsillo.

- ¿Y viste la pista?

- Por suerte el mar no llegó a borrarla del todo: “En la cabeza del vigilante de la metrópolis”.

- Claro, hace referencia al Monumento a la Bandera: el vigilante, el soldado, Belgrano, el guardián de la ciudad… El juego era cíclico: no importaba por cuál piedra se empezara, cada una llevaba a la siguiente.

- Sí, eso lo entendí, pero ¿No me vas a contestar?

- Fue fácil, Valentín, ¿no te diste cuenta aún? La piedra que tiré fue la que Funes me había arrojado en la cabeza, la roca falsa de las minas de Wanda.

- Engañado dos veces con el mismo truco, ja, ya imagino su gesto de furia y humillación cuando se entere.

- A propósito, ¿qué pasó con Funes?

- No lo sé, nosotros también saltamos por la ventana. Pero supongo que lo habrá atrapado la policía: unos agentes estaban entrando en el Club mientras tomábamos el taxi.

- ¿Rodolfo? ¿Él también escapó?

- No, él no.

Se hicieron unos minutos de incómodo silencio. De pronto la miré a Julia y sentí que yo estaba de más en esa escena familiar. Así que salí a la sala, diciendo:

- Vuelvo en un rato, supongo que ustedes dos tendrán mucho de qué hablar.

Aproveché el paseo para ir a buscarle ropa limpia a Victorio y llevársela al hospital. Aproximadamente una hora después volví a entrar en la habitación. Padre e hija estaban abrazados, pero al verme se separaron, intentando disimular algo incómodos.

- Bueno Valentín, váyanse de una vez, ¡miren como están! Péguense una ducha, vístanse lindo y salgan a pasear. Supongo que esta noche no me dejarán salir de acá todavía, así que nos veremos recién mañana a la mañana y vamos a cobrar el dinero.

- ¿Necesitás algo?

- No, no se preocupen por mí. Eso sí: ni se te ocurra llevar a mi hija al cuartucho ese en el que estamos: sacá plata de mi billetera y la llevás a un hotel lindo y caro, ¿entendiste?

Sonreí algo avergonzado, mientras Julia se ponía de todos colores. Nos despedimos, acordando que al día siguiente lo pasaría a buscar por la mañana, y si le daban el alta iríamos a cobrar el dinero del juego. Justo antes de que saliera, Victorio me llamó. Julia esperó afuera, entendiendo que tal vez su padre quería que habláramos a solas.

- Valentín, quiero hacerte una pregunta. Cuando pasó todo el episodio en Chile y creíamos que ya no íbamos a encontrar esa piedra, vos dijiste que te habías arrepentido de haberme dicho que sí cuando te propuse esta aventura, ¿de verdad pensabas eso?

- No, viejo, no te preocupes. En ese momento estaba muy caliente, pero la verdad es que, más allá de que lo hayamos logrado, de todos modos nuca me hubiese arrepentido de todo esto, porque para mí fue algo muy bueno haberte conocido.

- Para mí también, Valentín. ¡Pero no nos pongamos sentimentales! Lo importante es que finalmente alcanzamos la gloria, ¿no?

- Claro que sí. Jamás dudé de que lo lograríamos.

- Bueno, dale andá, que Julia te está esperando. Nos vemos mañana.

- Sí, nos vemos mañana.

Pasamos por el cuartito de hotel sólo para retirar mis cosas, luego alquilamos una habitación con Julia en otro más lindo y caro, como nos había ordenado su padre. Después de una ducha calentita y ropa limpia, nos dormimos una buena siesta juntos. Me desperté al atardecer, y mientras ella continuaba durmiendo, pensé en Victorio y sentí lástima por que estuviera solo en esa triste habitación de hospital.

Me levanté y salí decidido a darle una sorpresa. Compré una docena de churros rellenos bañados con chocolate en la panadería La Bellle Epoque, y me dirigí hacia donde estaba internado. Sin embargo, la sorpresa me la dio él a mí, cuando vi que su cuarto estaba vacío.

Pregunté en la recepción si ya le habían dado el alta, y me dijeron que no, pero que él se había retirado bajo su propia responsabilidad. ¿Bajo su propia responsabilidad un herido de bala? Nunca deja de sorprenderme la ineficacia de los trabajadores de la salud. Me pareció extraño, pero aún pensaba que podría encontrarlo en el cuartito de hotel. Sin embargo al llegar allí tampoco estaba. La habitación estaba completamente desocupada: se había llevado todo: su ropa, su bolso. Incluso las piedras.

Cuando le pregunté a la dueña me dijo que hacía aproximadamente una hora Victorio había llegado, había tomado todas sus pertenencias y le había pagado los dos días de estadía.

- ¿No le dijo a dónde iba?

- No. Lo único que me preguntó era dónde podía alquilar un auto a esta hora.

Desesperado, llamé a Julia a la habitación de nuestro hotel:

- ¿Qué pasa, Valentín? ¿Dónde estás? Te fuiste sin decirme nada.

- Nos cagó, Julia. Se llevó las piedras. Tu viejo nos cagó.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Veintinueve



La bala se estrelló contra la pared haciendo pedazos una pictografía que incluía las imágenes de un caparazón, un calamar y un langostino espejados como en un caleidoscopio.

Los cuatro nos sorprendimos al ver que no era el arma de Rodolfo la que había disparado. Dirigimos la mirada hacia la puerta al escuchar una voz aguda que decía:

- Bueno, bueno, bueno, ¿así que festejan el Pesaj y no me invitaron?

Definitivamente tenía que haber alguna conexión entre la asociación y la colectividad judía…

La pistola humeante pertenecía a un hombre con rostro de aberdeen agnus. A su lado, Funes estaba plantado como un bonsái en la entrada. Detrás suyo lo custodiaban dos sujetos de aspecto vacuno. Supuse que el Shamán estaría vigilando la puerta desde afuera.

- ¡Funes! –Exclamó Rodolfo - ¿Qué hacés acá?

- Bueno, ahora sí que estamos todos, poné los fideos… -Agregó Victorio.

- Rodolfo… y Victorio… ¿Juntos? ¡Quién lo diría! Ja, qué par de pájaros los dos…

- ¿Qué pasó? ¿Los detuvo la aduana en Perú? –Dijo Victorio en tono burlón.

Funes frunció el entrecejo y le arrojó un objeto a la cara.

- ¡Auch! –Dijo Victorio al recibir el piedrazo en la frente- ¿Qué te pasa? ¿Estás loco o qué?

- ¿Así que creías que me ibas a engañar con ese truco tan barato, no? ¡No sabés con quién te metiste! Opa, ¿pero quién es esta señorita? ¡Bonitas piernas!

- Alejate de ella, Funes – Dije, colocándome delante de Julia.

- ¿Y vos eras Valentín, no? No me hagas reír pibe, si quiero, con un chasquido de mis dedos puedo volarte los sesos… puedo hacerte una vasectomía con un cuchillo oxidado y luego degollarte como a un chivo… o mejor aún, rociarte con nafta y entregarte al regalo de Prometeo…

Sus palabras no me asustaron: continué firme delante de ella.

- Pero a esta nena la conozco, ¿no? –Siguió el enano- Vos sos la hija de este hijo de puta. Sí, ¿cuánto hace que no te veo? ¿Diez, quince años? ¡Cómo has crecido! Si querés puedo ofrecerte un puesto de trabajo…

Las tres vacas sonrieron.

- ¡No te atrevas a tocarla! –Gruñó Victorio, por primera vez hablando en serio.

- ¡Oh, pero si habló el padre ejemplar, lo olvidaba!

- Funes, esto no tiene nada que ver con vos… -terció Rodolfo, que continuaba apuntando a Victorio.

- ¡Ah, pero yo no lo puedo creer! ¿Ustedes dos juntos? Bueno, pero al parecer no están muy bien las cosas, ¿o sí? – Señaló con la mirada el arma del hombre-de-gris – ¿Por fin te llegó tu venganza, viejo amigo?

- ¿De qué hablás? – Dijo Victorio- ¿De qué tendría que vengarse? Si vos no sabés nada de qué se trata todo esto…

- Oh, sí que lo sé, lo sé muy bien… Y no lo digo por todo este asuntito de las piedras, sino por algo que viene desde hace más de treinta años…

- ¿De qué está hablando este tipo, Rodolfo? –Gritó Julia- ¿Hay algo más que no me contaste de tu relación con mi padre?

Rodolfo y Victorio se miraron de reojo. La voz aguda continuó:

- ¿Cómo, la nena no sabe nada? Más que con tu padre, creo que nuestro amigo de gris debería contarte qué hacía con tu madre, ¿no Rodi? Jaja, ¡la culpa de todo la tiene Yoko Ono! Jaja. Bueno, en este caso la tuvo Justina. Ay, las mujeres, siempre separando a los amigos… por eso las odio.

Julia miraba aturdida a su padre y al hombre-de-gris buscando respuestas, pero ninguno decía nada. Finalmente Victorio rompió el silencio:

- ¡Basta, Funes, eso no tiene nada que ver con nada! No es para sacar viejos trapos al sol para lo que viniste acá, ¿verdad? Vos lo que querés es esto. –Dijo, y sacó la novena piedra del bolsillo.

Funes sonrió:

- Sí, es cierto, vine por esa y por las demás. Primero te voy a robar el tesoro, y cuando me asegure de cobrarlo, ¿adiviná qué? Sí sí, muy bien: te voy a matar.

- Vos no te vas a llevar nada, yo estoy detrás de todo esto desde mucho antes que ustedes dos.

Rodolfo apuntó ahora a la gran cabeza de Funes. Inmediatamente, el aberdeen agnus levantó su arma apuntando hacia el hombre-de-gris, al mismo tiempo que los otros dos bovinos metían las manos en los bolsillos de sus sacos.

- ¡Ey ustedes! No se olviden que lo que quieren es esto –Victorio levantó la mano mostrando la piedra- Sin ésta no hay dinero, claro. Así que si no bajan sus armas ya, la voy a tirar al mar…

- No harías eso Victorio…

- ¿Querés probarme, Funes?

- ¿Pero no podríamos llegar a un arreglo? ¿Repartir el dinero? –Intentó mediar Rodolfo.

- ¡No seas ridículo! Esa piedra me la llevo yo, junto con todas las demás.

Yo miraba la escena sin saber qué hacer. En verdad ya no me importaba cómo se resolviera toda esa situación, lo único que se me ocurría era proteger a Julia.

- Si no bajan las armas, la voy a tirar…

- ¡Basta Victorio! Muchachos, quítensela.

Los dos sujetos de aspecto vacuno dieron un paso, sin embargo Victorio exclamó:

- Ok, como quieran…

Arrojó la piedra con todas sus fuerzas contra una ventana que daba al mar. El vidrio se hizo añicos y todos nos cubrimos la cara. Victorio, aprovechando el desconcierto general, saltó por la ventana, terminando de romperla.

Al ver lo sucedido Funes se puso a gritar como un loco:

- ¡Mierda! ¡No puede ser que siempre se escape de la misma manera! ¡Fístula! ¡Firualais! ¡Atrápenlo, que no se escape!

Los bovinos se acercaron a la ventana sacando sus armas y comenzaron a disparar contra las olas.

De pronto el hombre-de-gris hizo algo que nos sorprendió a todos:

- ¡No lo maten, bestias! –Gritó, y les disparó a los dos custodios dos certeros tiros en sus testas. Ambos cayeron, dejando una mancha de sangre negruzca sobre el piso de madera.

Julia comenzó a gritar como una histérica. Me arrojé sobre ella y caímos al suelo. Cuando levanté la mirada vi que el cabeza de aberdeen agnus apuntaba a Rodolfo y disparaba dos veces: la primera le erró, pero la segunda fue directo a su estómago.

Rodolfo se tambaleó y se arrodilló en el suelo. Aby estaba listo para dar el golpe definitivo, pero el hombre-de-gris se levantó y le encajó dos balazos en el pecho. El bovino cayó con un golpe seco, muy cerca de donde estábamos.

“Vamos, Julia, tenemos que irnos de acá” le dije al oído. La puerta se abrió de golpe y entró el Shamán con un arma en la mano. Al ver la escena se paralizó por unos segundos. Funes gritaba órdenes escondido debajo de la mesa:

- ¡Idiota! ¿Por qué tardaste tanto?

Llevé a Julia gateando hacia la ventana rota, cubriéndole suavemente los ojos para que no viera a los cuerpos de los dos custodios que yacían junto al marco.

Lo último que llegué a ver fue al hombre-de-gris con una mano en su estómago sangrante y la otra apuntando con su pistola al Shamán que, de pie, hacía lo mismo hacia la cabeza de Rodolfo.

Cuando saltamos hacia el mar me pareció escuchar al menos tres disparos más y el llanto de unas sirenas.

martes, 28 de octubre de 2008

Veintiocho



Me disculpé con la señora y la despedí con un beso en la mejilla (mirándola bien, no le quedaba tan mal el vestido ajustado rojo). Victorio me llevó hacia la puerta del Casino casi de la mano. Una vez afuera, comenzó a caminar más despacio, mientras me decía en voz baja:

- Está en el Club de Pescadores.

- ¿Cómo sabés? ¿Te lo dijo tu amigo?

- Sí. Bah, no exactamente. Me equivoqué sobre él: no sabe nada de las piedras ni del juego. Sin embargo, dijo algo acerca de un objeto que está guardado en el Club desde hace varios años. Estoy seguro que tiene que ser la piedra.

- O sea que estamos siguiendo tan sólo una corazonada…

- Sí, pero nunca me fallaron. ¿O qué te creés que fue lo que me impulsó a proponerte ser mi compañero de aventuras?

- Buen punto. ¿Y cómo se supone que vamos a entrar?

- Me dio una llave.

-¡Impresionante! ¿Qué le prometiste a cambio?

- Que mañana ibas a llevar al cine a su esposa…

Mientras caminábamos vi la hora en la vidriera de un negocio. Siempre me sorprendió de las tiendas de la costa que estuvieran abiertas hasta tan tarde. Porque si uno quería comprar de noche unos anteojos de sol o un protector solar factor 20 para poder utilizarlos temprano a la mañana siguiente, bueno, podría llegar a entenderse… ¿Pero para qué iba a estar abierta una verdulería a las doce de la noche?

¡Las doce de la noche!

- ¡Esperá Victorio!

- ¿Qué pasa?

- Tengo que hacer algo, ya vengo…

- ¿Justo ahora?

- Sí, me tomará sólo unos minutos… Pero mejor vos andá, esperame en el Club, en un ratito te alcanzo.

- Bueno, pero no tardes demasiado.

Me dirigí hacia la rambla y luego bajé a la playa. Ahí estaba Julia, más hermosa que nunca. Se sorprendió al verme vestido de traje.

- ¡Ey, no hacía falta tanta pinta! Yo me vine así nomás.

-No seas tonta, ¡estás preciosa!

- Bueno, ¿y qué se supone que vamos a hacer, galán? ¿Me vas a invitar a tomar algo? ¿O sólo vamos a caminar por la playa?

- Ambas dos, pero podemos empezar con la caminata.

Paseamos un rato por la arena, de la mano. Luego nos besamos bajo la pálida luz de la luna. En el fondo, el gigantesco anuncio de Quilmes me recordaba que mi amigo me estaba esperando y no quería fallarle.

- Julia, ¿te acordás que a la tarde te dije que tenía algo que contarte? Algo acerca del viaje…

Su sonrisa se congeló por un instante. Dudó un poco antes de decir:

- No, no me acordaba. ¿Es importante? ¿Por qué mejor no lo dejamos para mañana?

- No, no puedo. Te lo quiero decir ahora. Además, hay alguien que me está esperado…

- ¿Qué? ¿Estás con alguien? Si era eso me lo hubieras dicho desde un principio y no nos veíamos más…

- No, pará, no pienses cualquiera. Acompañame, quiero que conozcas a alguien.

- ¿A quién?

- Es un amigo, no te preocupes. Vení, y de paso te cuento de qué se trata todo esto.

- Valentín, me estás asustando. ¿Pasa algo?

- ¿Confías en mí?

- Sí…

- Bueno, dale, vamos.

La llevé medio a la rastra la poca distancia que nos separaba del muelle. Ella insistía en que no le parecía una buena idea, pero como yo no pensaba desistir, finalmente me siguió, aunque no muy convencida. Caminaba tan entusiasmado que nunca noté que una figura nos seguía.

Subimos al muelle y comenzamos a caminar hacia el Club de Pescadores. Cuando nos topamos con la primera reja noté que estaba sin llave: Victorio ya debía estar allí dentro. Seguimos avanzando hasta llegar a la edificación, donde una puerta de acceso estaba entreabierta.

- Valentín, ¿estás seguro de lo que estás haciendo?

- Nunca estuve más seguro en mi vida.

Entramos. En el interior todo estaba oscuro y silencioso. Había una gran mesa y alrededor unas cuantas sillas. Contra las paredes, grandes vitrinas conteniendo trofeos de pesca y miles de fotografías. En un rincón, algunas cañas descansaban de manera caprichosa.

De pronto me pareció percibir un movimiento en el fondo del lugar. Una voz conocida preguntó:

- ¿Valentín, sos vos?

- Sí, soy yo viejo. ¿La encontraste?

- Sí, la tengo en mi mano –Dijo Victorio mientras se acercaba- ¿Por qué tardaste tanto?

Al ver a Julia se detuvo en seco. Sin embargo, dijo con calma:

- Ah, estás con ella, ya veo.

Me sorprendió la forma natural en que lo tomó. Dije:

- Sí, de esto te quería hablar, Victorio…

- Julia, ¿qué hacés acá? –Preguntó mi compañero.

No pude evitar el gesto de sorpresa:

- ¿Cómo, ustedes se conocen?

- Bueno, yo…

Había comenzado a decir ella, cuando un fuerte golpe la interrumpió: era la puerta de entrada. Una figura vestida de gris irrumpió en la habitación:

- ¿Qué pasó? ¿Festejan el Pesaj y no me invitaron?

¿Qué era algún tipo de dicho de Albatros eso? El hombre-de-gris abrió su piloto y sacó una pistola.

- Así te quería agarrar, chiquita. ¿Con que pensando en traicionarme, eh? ¿Querías quedarte todo el dinero para vos sola, no?

- Yo… ¡Yo te seguí llamando, pero nunca me atendiste! Por eso pensé que vos me habías dejado afuera de todo esto.

- ¡Te hubiera atendido si el tonto de tu noviecito no hubiera arrojado al lago el celular que le di!

- ¿Qué pasa acá? –Pregunté aturdido- ¿Todos se conocen? ¿Alguien quiere explicarme algo?

- Y vos, Valentín, ¡sos un estúpido! –Siguió diciendo- Te ofrecí un trato y lo rechazaste. Te di una pista ¡Y no la investigaste!

- ¡Sabat! Sí, Sabat, ¿pero qué iba a saber yo que el apellido de Julia me llevaría a algún lado?

- No hablaba de Julia cuando te dije ese apellido, sino de su padre –Dijo, y apuntó con el arma a Victorio, quien sacó lentamente las manos de sus bolsillos.

- ¿Qué? ¿Su padre? ¿Victorio?

- Sí, Victorio Sabat, ¿cómo te dijo que se llamaba? ¡Suficiente con que te haya dado su nombre de pila! Victorio Sabat es el farsante más grande de la historia, es un traidor. ¿Qué te contó de su vida? ¿Qué sabés de él, Valentín?

En ese momento me di cuenta que no sabía nada de su vida antes de conocernos. También recordé que Funes había dicho algo de su hija la noche que escapamos de Tucumán, pero yo nunca le había preguntado.

- ¿Te cuento la verdadera historia, Valentín? ¿Te cuento cómo fue expulsado de la organización, cómo abandonó a su única hija sin pasarle jamás un centavo? ¿Te cuento cómo traicionó hasta a su mejor amigo?

Julia temblaba de pies a cabeza y parecía a punto de llorar. Victorio no decía nada, mientras su ex compañero le apuntaba y seguía hablando:

- No sé qué te habrá contado este tipo, Valentín, pero yo encontré la primera piedra. Hace años, la descubrí en un museo de Rosario y comencé a investigar. Luego de la muerte del Abuelo supe lo de la carta, y le conté todo a Victorio para que me ayudase a rescatarla. Sin embargo, como ves, él me traicionó, y lo mismo va a hacer con vos, yo te lo advertí. Me robó la piedra, hizo una acusación falsa contra mí, y me metió en un asunto del cual yo no tenía nada que ver. Pasé un tiempo detenido. Sin embargo, al no tener pruebas suficientes me largaron, y así fue cómo comencé a planear mi venganza.

- ¿Y Julia qué tiene que ver en todo esto? –Pregunté, no queriendo escuchar la respuesta. No podía imaginar que ella era tan sólo una cómplice más. Que todo lo que habíamos vivido esa tarde era sólo una mentira.

- Busqué su ayuda porque sabía que ella tenía tantos deseos de vengarse de su padre como yo. El plan era mantenerse cerca, seguirle los pasos, dejar que él hiciera todo el trabajo sucio, para luego arrebatarle todas las piedras, como él había hecho en un principio conmigo. Me pareció que vos eras un buen pibe Valentín, y que sólo eras una víctima más de sus engaños, por eso quise contarte la verdad. Pero no me diste la oportunidad. Ahora ya es demasiado tarde.

Por primera vez en mucho tiempo Victorio volvió a hablar.

- Clap, clap, clap. Muy bien Rodolfo, excelente plan. ¡Tu inteligencia me sorprende día a día! –Dijo en tono sarcástico- ¿Y qué pensás hacer ahora? ¿Robarnos las piedras y matarnos a todos?

- ¡No me provoques! ¡No sabés de lo que soy capaz!

- Y vos Valentín, ¿así que no lo habías visto nunca más, no? ¿Nunca habías hablado con él? Y ahora resulta que no sólo lo conocías sino que también te había dado ¿Un celular? Veo que te estás modernizando, Rodi. Todo bien Valentín, no te guardo rencor.

- ¡Basta Victorio! –Dijo Rodolfo, temblando. Se lo notaba bastante nervioso, y le temblaba levemente la mano que sostenía el arma.

- Tené cuidado con eso, que podés lastimar a alguien.

- ¡Basta te dije! ¡No me provoques!

- Por favor Rodolfo, ¿a quién querés engañar? Si vos no serías capaz de mat…

BANG



lunes, 27 de octubre de 2008

Veintisiete



- ¿Y la pista?

- ¿Qué pista?

- Ay, ¿por qué nadie sabe de la pista? Piense, Cruz, cuando le dejaron quedarse con la piedra, ¿no le dieron algún papelito también?

- No, ningún papel… eso sí, me pidieron que recuerde una frase…

- ¿Cuál, Cruz? ¿Qué frase?

- “Los lobos felices que miran al cenit”.

- ¡Gracias, Cruz, gracias!

Cenamos juntos con nuestros cuatro compañeros de hotel y el señor Cruz. Aunque Abud ya no estaba enojado, se la pasaba discutiendo acerca de jugadas posibles y distintas formas en que se podría haber dado la última mano, teniendo en cuenta las cartas que teníamos. Nos invitó a hacer una revancha simbólica, sin premios ni apuestas, la noche siguiente, pero nosotros le dijimos que teníamos que partir de forma urgente, y que lo dejábamos pendiente para otro momento (otra de las cosas que aún debo, aunque temo que ésta ya no la pueda cumplir).

- ¿A dónde van?

- A Mar del Plata.

- ¿Están con auto?

- No. Mañana a la mañana iremos a la Terminal de Madryn, y ahí veremos si conseguimos micro.

- Yo tengo una propuesta para hacerles –Nos sorprendió Cruz. – Tengo un amigo que tiene un velero. Viene recorriendo desde el sur y está parando en Madryn estos días. Su idea es llegar hasta Buenos Aires, pero supongo que no tendrá problemas en dejarlos en Mar del Plata. No sé, salvo que no sean muy dispuestos a la aventura…

Victorio y yo nos miramos y sonreímos. Recordé la frase que me había dicho cuando perdimos el Farline: “Hay muchas formas de viajar”.

Partimos hacia la ciudad del sol, los alfajores y el negro Olmedo cerca del mediodía, luego de que Abud y Cruz nos hubieran alcanzado en auto hasta Puerto Madryn. Florencio, el dueño del Rubí (así se llamaba el velero), era un hombre de unos sesenta años, canoso y simpático. Le gustaba usar una gorra de capitán y cantar canciones de Sandro: Quiero llenarme de ti, Penumbras, Trigal… nuestro señor cochero parecía conocer todos los hits del astro de Banfield. Por mi parte, prefería no escucharlo: me había quedado un pequeño trauma de niño, desde una vez que había entrado en el cuarto de mis padres y los había encontrado haciendo el amor con la música del Gitano.

La brisa de mar se sentía espléndida desde la cubierta. Aunque a veces me mareaba un poco, me gustó mucho la experiencia de navegar en alta mar. Mirar el horizonte hacia la nada, pensar, o no pensar. Ya teníamos ocho de las nueve piedras y nos dirigíamos hacia el lugar donde se encontraba la última. Nuestra aventura estaba llegando a su fin. Pero había algo que me importaba más que las piedras y el dinero que con ella obtendríamos. Había una persona que tenía muchas ganas de volver a ver. Y parece que lo que uno desea, a veces, muy de vez en cuando, si uno lo quiere de verdad, se cumple.

Arribamos a La Feliz una mañana de martes. Hacía bastante que no veía ese puerto, con sus característicos barquitos pesqueros color naranja. Pero esa vez me tocó verlo desde una perspectiva diferente, casi diría “desde adentro”. Florencio aceptó nuestra invitación a almorzar mariscos allí, pero luego continúo su viaje: era un hombre de mar y se sentía mejor en él que en la tierra.

Un colectivo nos dejó en el centro, donde rápidamente ubicamos un hotel “limpio y barato” en el cual dejar las cosas. Mientras Victorio aprovechaba para echarse una siesta, yo salí a caminar. Siempre me gustó Mar del Plata, la considero mi segunda ciudad. Conozco sus calles, sus plazas y paseos. La mejor hora para disfrutarla siempre me pareció las siete de la tarde: luego de haber aprovechado el mar, era el momento justo para ponerse el saquito ramblero y salir a caminar por la peatonal San Martín, comprar churros rellenos y pasar por el súper, aún en ojotas, pensando en la cena.

No había mucha gente en la playa, estábamos aún en primavera. Pero una figura femenina, con un precipitado vestido de verano y una capelina, me llamó la atención. Estaba de pie, en la punta de una escollera, mirando la inmensidad marítima. Como quien no quiere la cosa, me acerqué a ella.

¿Me sorprendí o de alguna manera ya lo sabía cuando descubrí quién era?

- Julia…

- ¿Valentín? ¡Qué hacés acá!

Sí, parecía que el destino insistía en unirnos. Yo mantuve la excusa de seguir de vacaciones. Ella, no me acuerdo qué dijo. No nos importaba dar demasiadas explicaciones, sólo estábamos contentos de volver a encontrarnos.

Pasamos una tarde maravillosa, aún mejor que la última que nos habíamos visto, hacía tanto tiempo ya, en el Valle de la Luna. Extrañamente siempre salía algún tema de conversación, y el diálogo fluido se nutría con sonrisas, chistes tontos y pequeños roces de antebrazos. Yo le hacía dibujos en la arena, que ella distinguía como “garabato” o “mamarracho”, y cuando era su turno yo los clasificaba siguiendo la línea de Piaget.

Luego decidimos ir a un almacén, de los viejos de barrio, donde comprar galletitas de lata y una chocolatada para merendar en la playa.

Siempre creí que esas cosas eran cursis, que no pasaban en la realidad. Pero hay que tener cuidado con lo que uno dice, desea, odia o piensa. Sentados en el mirador del guardavidas, la bandera roja parecía hacer referencia a nosotros. Con un gesto suave limpié una miga de su boca. Ella sonrió. Nos besamos.

No puedo describir lo que sentí. Fue algo muy extraño para tratarse de una persona casi desconocida. Sin embargo, todas las historias comienzan de algún modo. Y esta parecía haber tenido un excelente “había una vez”.

Octubre siempre fue un mes de elecciones. Y esta vez había tomado una importante: decidí contarle la verdad acerca del viaje. La aventura ya estaba por terminar, sólo bastaba encontrar la última pieza del rompecabezas y luego ir a cobrar el dinero. Victorio podía quedarse con su mitad, y yo con la mía podía hacer lo que quiera. Incluso compartirla.

- Julia, tengo algo que contarte…

- ¿Sos gay?

- No, jaja. Se trata de este viaje…

Me miró con un gesto curioso. Pero luego consultó su reloj.

- ¡Uy, no! ¡Es re tarde!

- ¿Tenías algo que hacer?

- ¡Sí! Bueno, no muy importante… ¡Pero me tengo que ir!

- Esperá, no me dejes así, no quiero volver a perderte. ¿Nos vemos más tarde?

- Eh… Sí, claro.

- Listo, te paso a buscar. ¿En qué hotel estás?

- Mejor nos vemos acá en la playa, ¿sí?

- Como quieras. ¿A las doce está bien?

- Listo, nos vemos a las doce.

Nos besamos una vez más. Me quedé mirando su silueta hasta que se perdió entre las calles.

Cuando regresé a la habitación ya era de noche. Victorio no estaba, pero en su lugar había una nota que decía: “Estuve investigando. Te espero en el Casino, a las nueve en punto. Vestite bien. Buscame entre las primeras mesas”.

Tenía poco tiempo para bañarme y arreglarme, pero como me sentía de maravillas me tomé todo con calma. Incluso me afeité y peiné un poco mi cabello, cosa que nunca hacía. Últimamente salía a la calle como un “zafarrancho”, como diría mi vieja. Pero ahora sí tenía motivos para preocuparme un poco más por mi aspecto.

Nueve menos cinco estaba entrando al Casino. Encontré a Victorio vestido de smoking jugando en la mesa siete. Al verme me hizo señas de que me acercara. Junto a él se encontraba un hombre de mediana edad, junto con una señora que parecía ser su esposa.

- ¡Valentín! Vení, te presento a Eusebio, un viejo amigo. Ella es Marga, su señora.

Saludé lo más cortésmente que pude. Esta parejita parecía ser “gente bien”.

- Si me disculpan, enseguida vuelvo, debo responder a una llamada –se excusó Victorio y me hizo señas de que lo siguiera. Entramos en uno de los baños.

- Este tipo es uno de los dueños del Club de Pescadores. Su familia también perteneció a Albatros y estoy seguro de que sabe algo. Pero no sé si está custodiando la piedra o si también las está buscando. Tengo que sacarle información.

- Bien, ¿y yo qué hago?

- Tu papel es distraer a la mujer. Él no va a hablar con ella adelante.

- ¿Qué? ¿Estás loco? ¿Y qué se supone que debo hacer?

- No sé, vos sabrás. Invitala a tomar algo, a bailar… parece que es una de esas típicas relaciones en la que la rutina y el aburrimiento están sobre la pasión. Así que dale un gustito a la señora…

- Qué gracioso.

- A propósito, ¿qué estuviste haciendo toda la tarde?

- Cosas mías. Ya te contaré.

Volvimos a la mesa. Mientras los hombres hacían sus apuestas, me animé e invité a la señora a tomar algo. El marido sonrió, como si le estuvieran sacando un peso de encima, y la arengó para que vaya conmigo. Pese a todos mis pronósticos, la mujer resultó ser bastante copada. Luego de la segunda copa comenzamos a entrar en confianza. De pronto comenzó a sonar Paris ante ti, del Gitano.

- ¡Ay, me encanta Sandro! ¿Bailamos?

No pude negarme. Mientras la tomaba de la cintura pensé “Ay Victorio, me debés una…”.

En eso, como si de una invocación se tratara, apareció mi amigo como una tromba.

- Vamos Valentín, ya tengo lo que quería.

domingo, 26 de octubre de 2008

Veintiseis



Todo era tan bello y perfecto. La felicidad, ¡oh, sublime sentimiento humano! Alcanzable a la luz de los días.

Ella danzaba con su belleza de Casiopea. Yo giraba a su alrededor como un toponauta amorfo. No teníamos pies ni cabeza, sólo éramos paz, felicidad y amor.

La luna se reflejaba en su piel. Todo en ella era perfecto: la gracia de su cabello, su sonrisa, sus labios de zarzamora….

Quería quedarme allí para siempre. No quería que me despertaran…

- Valentín. ¡Eh, Valentín! Dale que la combi nos espera.

Partimos hacia la excursión en Caleta Valdés. En un recorrido a través de toda la Península, vimos pingüinos, lobos y elefantes marinos y las tan esperadas ballenas. Sin embargo, mi mente se había quedado colgada en otra cosa. Ya no me importaban las piedras, sólo quería volver a ver a una persona. Una mujer que en dos días me había hecho sentir cosas que otras no habían logrado en mil.

- No puede ser LA piedra.

- ¿Qué?

- El premio del campeonato, no puede ser la piedra que buscamos. Sería demasiada casualidad.

- Ah, claro. No, no creo que sea.

- Pensá, si hay alguien custodiándola, no la pondría de premio en un concurso que puede ganar cualquiera, ¿no? Además, ¿desde cuándo se sabe que está este torneo? Nuestros compañeros de hotel dijeron que se venían preparando desde antes… Los organizadores lo armaron cuando nosotros no estábamos.

- Sí, salvo que nos estuvieran esperando.

- ¿Cómo?

- Acordate cómo nos descubrió Álvarez. Tal vez haya otras personas escuchando noticias. No sé, quizás calcularon el tiempo que tardaríamos en llegar hasta acá, y organizaron el torneo justo para cuando estemos.

- Valentín, vos ves mucho cine.

- Y vos con esa frase me hacés acordar a una película…

Regresamos al hotel por la tarde. En el hall un televisor encendido anunciaba que “…continúan buscando pistas acerca de la bandera robada en la base chilena… Por el momento lo único que se halló cerca del lugar de los hechos fue un habano consumido por la mitad…”.

- ¿Oíste Victorio? ¿Y si nos descubren por tu habano?

- ¿Cómo? No, es imposible.

- No sé, por tu saliva… ¿no pueden hacer un ADN? ¿Y tus huellas?

- A lo sumo probarán que estuve por ahí, fumando, en algún momento… la verdad es que no me preocupa demasiado, ahora tenemos que pensar en otras cosas.

Pasamos el resto de la tarde planeando diversas estrategias y nuevas señas para participar del torneo. Aún no sabíamos si el premio era el que esperábamos, pero debíamos estar preparados por las dudas.

Al atardecer fuimos para el bar y nos anotamos. Allí nos encontramos con nuestro amigo Abud, que charlaba con un señor de gafas negras junto a una pequeña vitrina.

- ¡Hola! Acerquensé muchachos. Les presento a Cruz, mi hermano.

Luego de las presentaciones correspondientes vino lo más interesante:

- Bueno, ahora sí puedo asegurarles cuál será el premio. Mi hermano es muy reservado, y no quería mostrarlo hasta último momento, ¡es que él es escultor!

Mientras dijo eso se corrió hacia un lado y dejó ver una pequeña estatuilla de piedra oscura, con forma de una mano sosteniendo tres cartas de truco.

Al principio me desilusioné al ver que no era lo que estábamos buscando, pero Victorio se había dado cuanta de algo.

- Es preciosa, ¿de qué está hecha?

- Oh, gracias. Es una especie algo extraña de obsidiana, tratada con monóxido de carbono y sulfato de cobre. Una creación propia, debo decir.

Recién en ese momento caí que el material con el que estaba hecho el premio era igual que el de las piedras de Albatros.

- Interesante. Y, seré curioso, ¿es el primer premio que le encargan que haga para una competencia? Digo, porque su arte es impresiónate…

- Jaja, ¡qué pregunta extraña! ¿No, hermano? –Dijo Abud- ¿Es el primero, no?

El hombre de gafas sonrió orgulloso.

- No, no es el primero. Hace muchos años me pidieron que haga una serie de premios para un juego del cual no me dieron muchos detalles. Sólo sé que me pagaron muy bien, pero jamás supe qué hicieron con ellos. Salvo con uno, que me permitieron quedármelo.

- ¡Ey, eso no lo sabía! ¿Por qué nunca me lo contaste?

- La única condición que me dieron era que no dijera nada. Que algún día alguien vendría preguntando por él.

- ¿Y dónde está?

- Lo tuviste siempre con vos, ¿te acordás que te encargué que lo cuidarás mucho cuando te lo di? –Dijo Cruz señalando a su hermano.

- ¿No me digas que es esto? –Abud se desprendió un botón de la camisa.

Poco a poco extrajo una cadena plateada, de la cual colgaba una pequeña piedra oscura, con un ave apenas imperceptible grabada en uno de sus lados.

A las nueve comenzó el torneo: dieciséis parejas competirían en una serie de eliminatorias que comenzaban con los Octavos de final. Nos aseguramos de anotarnos en llaves diferentes que las de nuestros cuatro extraños compañeros, para no tener que encontrarnos con ellos hasta las etapas finales.

A la primera pareja la vencimos bastante fácil: dos chicos bastaron para dejarlas fuera del juego. Pero en los Cuartos de final nos tocó jugar con dos chicas bastante pulposas, que si bien no jugaban demasiado, sí lograban distraer mi atención libidinosa, y Victorio tuvo que golpearme varias veces la pierna por debajo de la mesa para que me concentrara en el juego. Perdimos el segundo chico por estas razones, pero en el grande las hicimos dormir afuera (una lástima, hubiese preferido que durmieran conmigo).

El primer reto en serio se nos presentó en la Semifinal: nos enfrentamos nada menos que a Diógenes y el Cubano. Por suerte el entrenamiento visual de la noche anterior nos había permitido adelantarnos a varias de sus jugadas, lo que nos concedió finalmente el primer chico. Sin embargo, nuestros rivales cambiaron rápidamente de estrategia, y no pudimos usar dos veces el mismo truco. El segundo chico lo perdimos, con apenas siete buenas. Tuvimos que poner todo nuestro esfuerzo y utilizar las técnicas y señales no estándar que habíamos inventado para poder ganar ese grande, con un ajustado final quince a once.

Los organizadores del torneo decidieron hacer una pausa consumista antes de que se jugara la final, que, por supuesto, nos había tocado contra Abud y el Padre de la Nena.

- Valentín, este es nuestro momento de actuar.

- ¿Qué hacemos? ¿Les tiro algo en la bebida? Perdón, era un chiste.

- Tenemos que convencer a Abud de que nos entregue esa piedra…

- Dejame a mí, creo que sé cómo.

Me acerqué a nuestro falso actor con dos vasos y una sonrisa:

- ¿Un trago antes de la gran final, compañero?

- Gracias, ¿fernet?

- Obviamente. No te lo tomes a mal, pero quería hacerte una propuesta.

Abud me miró torciendo una ceja.

- A mi compañero le ha gustado mucho el colgante ese que tenés ahí… y dentro de poco es su cumpleaños. Mirá, yo sé que ganar este torneo es muy importante para vos, y la verdad es que nosotros lo hacemos como un hobbie… No sé, tal vez, si te parece…

- Esperá, dejame ver si te entendí bien… ¿Vos querés proponerme dejarte ganar a cambio de mi colgante?

- Bueno, yo no sé si decirlo así, pero…

- No, claro que no. ¡Jamás haría algo así! Yo te dije que hacía esto por el honor, ¿qué honor tendría una final arreglada? No, olvidate.

Me sentí bastante estúpido. Rápidamente cambié de estrategia:

- Ok, ¿así que te interesa tanto el honor? Bien, hagámoslo por el honor entonces: apostemos.

- ¿Apostar? ¿Qué?

- Si yo gano, además del trofeo me quedo con tu piedra, Y si ganás vos, te dejo mi reloj –Dije, señalando a mi viejo y querido Cronopios. Valía la pena intentarlo.

- Mmmm. No lo sé…

- Ah, perdón, no sabía que estaba jugando con cobardes… -Dije, tirando mi última carta.

- ¿Cobardes? Jaja, ¡no sabés con quién hablás, chiquito! Yo juego, apuesto y gano desde mucho tiempo antes de que vos aprendieras el Veo Veo.

- Bien, ¿quedamos así entonces?

- Quedamos así.

Nos estrechamos las manos.

Es difícil describir la tensión que había en esa mesa. Sólo Abud y yo sabíamos del trato, pero los otros dos sospechaban algo, y el aire podía cortarse con una navaja. Cada carta, cada seña, cada tanto anotado hasta formar el clásico cuadradito con la banda cruzada era vivido, transpirado, olido, sentido, saboreado, sufrido…

Perdimos el primer chico quince a trece. Ganamos el segundo por la misma cantidad. El grande nos estaba costando demasiado. Íbamos doce a cuatro, ambos aún en las malas. Abud había entrado en confianza, y hacía chistes como mirar la hora en mi reloj “para ir acostumbrándose”.

Sin embargo, empezábamos a levantarnos. Sumamos varios tantos seguidos, casi hasta alcanzarlos. Entramos juntos en las buenas. Sudando cada jugada, llegamos a un no apto para cardíacos catorce a catorce de los grandes. Abud ya no sonreía.

Última ronda, yo era mano. Miré mis cartas despacio, asomándolas desde arriba una detrás de la otra: Rey de oros; Dos de oros; Siete de oros. Jugábamos sin flor, como los machos.

Lo miré a Victorio, me hizo señas de no tener nada. Puse el siete.

El Padre de la Nena miró a su compañero, y luego tiró un seis de copas. Todo parecía indicar que la carta para la primera estaba en manos de Abud, que se mostraba muy confiado. Temí por mi siete.

Victorio me miró, preguntándome implícitamente por el tanto. Ahí fue cuando comenzó mi terrible duda: ¿Debía confiar en mis 29? El Pederasta había arrojado un seis… Sin embargo, tal vez lo dejaran pasar e irían directo al Truco. A Victorio le quedaba un tres, según interpreté su seña. Si cantaba el tanto podríamos ganar… Pero tal vez el seis de mi rival venía acompañado de un siete… Si no lo cantaba, podríamos perder en el Truco, ¿Zafaría mi siete la primera y nos defenderíamos con el tres de Victorio?

Sentía toda la responsabilidad en mí.

Tragando saliva, lo miré a Vic y le dije: “cantá”.

- ¡Falta envido!

La pseudoconfianza de Abud se vio desmoronada. Dudó, lo miró a su compañero. Sin embargo sabía que había una sola respuesta que podía dar si quería continuar jugando.

- Quiero.

- Veintinueve.

- Son buenas… -Dijo el Padre de la Nena.

Victorio y yo lo miramos a Abud. Éste se paró y exclamó:

- ¡Qué hijo de puta!

Y tiró los dos anchos y un tres sobre la mesa.

Antes de retirarse, se quitó el collar y me entregó la octava piedra.

sábado, 25 de octubre de 2008

Veinticinco



Después de casi dos días de vuelo y de varias paradas llegamos por fin a la ciudad de Puerto Madryn. Allí nos despedimos de Rosendo, un sujeto realmente increíble. “Son bienvenidos en casa cada vez que lo deseen”, fueron sus últimas palabras. Aún le debo una visita.

Según habíamos interpretado la pista, la siguiente piedra estaba en un pueblo cercano, dentro de la Península Valdés, llamado Puerto Pirámides. Claro que no había forma de aterrizar allí, por eso nuestro nuevo amigo nos había dejado en la ciudad más cercana.

Caminamos por el centro buscando dónde parar, pero parecía imposible encontrar algún hospedaje disponible, ya que habíamos llegado justo en tiempo de las ballenas. Resignados, comenzamos a caminar siguiendo la línea de la costa para llegar a los dos campings locales y probar suerte allí. Gran alegría nos causó divisar al tehuelche: la estatua del indio nos indicaba que al fin faltaba poco para llegar a los campamentos. En el primero que preguntamos quedaba un lugar, y allí nos plantamos. Por suerte, como yo había salido de casa sin rumbo demasiado fijo, había incluido una carpa en mi mochila.

El sitio era agradable, familiar. Lo único malo era la parejita de vecinos de la carpa de al lado, que no sólo no nos saludaban cuando nos veían, sino que además se la pasaban discutiendo.

Lo primero que hice luego de acomodar las cosas fue darme una ducha: no soportaba más mi menesteroso aspecto luego de tanto viaje. Después, ya más frescos, volvimos al centro, pero esta vez en colectivo. Aunque sabíamos que allí no estaba la piedra, decidimos pasar todo el día en la ciudad y conocerla. Visitamos un pequeño museo y caminamos por el largo muelle jugando a adivinar los nombres de los países cuyas banderas flanqueaban la pasarela (pero esa vez no ayudamos a robar ninguna).

Fue uno de los pocos días de relax que tuvimos en toda nuestra larga aventura. Por la noche, una cervecita en un bar en la playa, mirando las estrellas, en esos banquitos cool cuadrados con almohadones. Volvimos caminando al camping, pero por la playa.

Por la mañana partimos en una camioneta hacia la Península Valdés. Una vez en Puerto Pirámides conseguimos lugar en una hostería, un poco cara teniendo en cuenta que debíamos compartir la habitación con diez sujetos más, pero muy bonita.

Pirámides es un pueblo muy chico: una sola calle asfaltada, un solo bar, algunas hosterías y otros hoteles muy caros, la preciosa playa y, por supuesto, las infaltables casas de excursiones. Compramos una para el día siguiente: obviamente que si estábamos allí no nos íbamos a perder las ballenas.

Es cierto que no nos encontrábamos de vacaciones, si no que teníamos un objetivo que cumplir. Pero la sencillez de la ciudad nos desorientaba y no sabíamos por dónde comenzar a buscar. Eso hizo que el primer día sea una tarde de playa, y un descanso nocturno en el hotel, para recuperar fuerzas para la siguiente jornada.

Sin embargo, al entrar a la hostería cuatro personajes nos llamaron la atención. Luego de observarlos un rato ya los habíamos bautizado. Alrededor de una mesa cuadrada, jugaban un partido de truco Diógenes (por su barba, ojotas con medias y aspecto despreocupado y desprolijo), el Cubano (un pseudo latino ladrón, que intentaba mantenerse dando clases de mambo o cocinando), Miguel Abud (realmente se parecía al actor) y El Padre de la Nena (un cincuentón medio pendeviejo de aspecto pederasta, que había viajado con su púber hija y una ídem amiguita).

El extraño y ambiguo mosaico que formaban los cuatro jugando tenía ese no-sé-qué de los franceses que hacía que no pudiera quitarles la vista de encima. El juego era ágil, dinámico, como si un metrónomo bien calibrado dictaminara el momento justo de cada jugada, de cada frase, de cada poroto sobre la mesa.

Yo los observaba desde la barra, y junto con Victorio que hacía lo suyo reclinado sobre una columna exactamente del otro lado, lográbamos el apoyo periférico necesario para ir aprendiendo sus estrategias y observar sus jugadas.

En ese momento no sabía por qué, pero tenía la sensación de que era importante que observáramos ese juego. Por supuesto, al terminar su ronda no tardaron en invitarnos a participar. Así es que, tirando reyes, nos tocó jugar separados: Victorio con el Cubano y Abud, y yo con Diógenes y el Pederasta.

Luego de dos chicos muy peleados, la suerte quiso que el grande quedara para mi equipo. Al terminar el juego llegó el momento de las cervezas y las charlas, donde nos enteramos un poco de la vida de cada uno.

Justo cuando estábamos a punto de irnos a dormir (mi compañero ya hacía rato que había exclamado cual estertor su bostezo definitivo), llegó lo más importante de todo ese intercambio de palabras: nos enteramos de que la noche siguiente iba a realizarse un campeonato de truco en el bar local, motivo por el cual los cuatro excéntricos venían practicando desde hacía varios días.

- ¿Cuál es el premio muchachos? –Pregunté - ¿Dinero? ¿Excursiones gratis? ¿Una ballena?

- Jaja, no, nada de eso joven –Me respondió Diógenes- El premio es simbólico. Lo que a nosotros nos importa es el prestigio.

- Claro, lo hacemos por la fama –Siguió Abud- Yo quiero convertirme en el Cervantes del truco.

- Complicado para Cervantes Saavedra jugar al truco con una mano… -Agregó el Padre de la Nena.

- Bueno, nada importante entonces…

- No, claro que no. Puede ser cualquier cosa, ¿vos te acordás qué era? –Preguntó el Cubano mirando a Diógenes.

- Mmmm… si no me equivoco creo que es un adorno…No, me parece que es una estatuilla, o una piedra.