jueves, 30 de abril de 2009

El Síndrome del Escorpión. FINAL


-¿Qué es lo que querés, Morales? ¿A qué estás jugando?
-No es nada personal, Alfredo. Espero que lo entiendas.
-¿Nunca te importó la vida de tu amigo, no? ¿O es que ni siquiera existe?
-Osvaldo a esta altura ya debe estar muerto.
-Raúl, creo que ya es momento de que me digas toda la verdad.

Morales sintió un leve estremecimiento: era la primera vez que Arrieta lo llamaba por su nombre. Le gustó sentir el sonido del mismo pronunciado por aquella voz serena.

-Tenés razón, Alfredo… Soy corresponsal, eso es cierto, y Osvaldo sí era mi compañero. Pero lo que descubrimos en aquel camión era un cargamento de contrabando. Y, ¿sabés qué? Nos tentamos.

Mientras hablaba, balanceaba la espada de un lado a otro, cerca del pecho de su compañero. Arrieta movía lenta pero hábilmente las manos por detrás de su espalda, sobre los controles del navío.

-Claro que, lamentablemente, nos descubrieron, y a Osvaldo lo agarraron. Yo pude huir, como te dije, llevándome algo importante. No hay nada en el sobre, eso fue sólo un engaño. Lo que me robé fue esta espada., que mantuve escondida en el estuche de guitarra.

Arrieta introdujo las manos en sus bolsillos.

-¿Y pensabas negociar la entrega de tu amigo intercambiándolo por ese bonito florete?
-Estos tipos son piratas, Alfredo, no se puede negociar con ellos. Osvaldo ya debe estar durmiendo con los peces. Pero él se descuidó mucho, cuando nos estábamos yendo volvió por más y allí lo encontraron. A mí nunca llegaron a verme… aunque por las dudas me mantuve escondido toda la semana.
-Perdón por haberte hecho esperar tanto tiempo, pero mi nave necesitaba unos arreglos.
-No hay problema, camarada.
-¿Qué pensás hacer con ella? ¿Venderla en el mercado negro?
-Una vez que llegue a España veré, supongo que esto algo debe valer. Ahora, si me hacés el favor…

Morales señaló hacia afuera con la punta del metal. De esta manera sutil lo invitó a salir de la cabina, rumbo a la cubierta. Caminaba sin dejar de apuntarle, hasta que la espalda de Arrieta se chocó contra la pequeña baranda.

-¿Deshacerte de mi cuerpo en altamar? Excelente idea.
-A mí me parece algo grotesca, pero no tuve otra opción.
-No te preocupes, no te culpo. Al fin y al cabo, ¿qué son la vida y la muerte? Sólo cosas que pasan, al igual que la lluvia, una rosa que florece o una roca deslizándose por la pendiente montañosa.
-Claro, somos el milagro insignificante: nos creemos dioses frente a los protozoos aunque sólo seamos migajas dentro de un universo inconmensurable.
-Por supuesto. Además, ¿qué son el bien y el mal, más que limitadas medidas humanas? Hoy nacerán y morirán miles de personas, al mismo tiempo que árboles caerán, pájaros darán de comer a sus crías, una bola de billar empujará a otra y dos asteroides se estrellarán a millones de años luz de acá. Y todo sigue igual, como si nada hubiera pasado.

Morales sonrió y por un momento bajó la espada. Sin embargo la volvió a levantar:

-Ey, me gustan tus palabras. Creo podríamos haber sido buenos amigos de habernos conocido en otras circunstancias. Sin embargo…
-Sin embargo, sos víctima del síndrome del escorpión: no podés dejar de traicionar a quienes te ayudan.
-¿Víctima de qué?

La maniobra de ganar tiempo estaba resultando. Arrieta volvió a introducir lentamente las manos en los bolsillos. Continuó:

-Supongo que conocerás la fábula del escorpión y la tortuga…
-Mmmm… si no me equivoco, es aquella que el escorpión le pide ayuda a la tortuga para cruzar un río, ¿verdad? El quelonio se niega en un principio, aduciendo que el alacrán lo matará con su aguijón, sin embargo termina aceptando porque el primero le da su palabra de no hacerlo.
-Bien, veo que no faltaste ese día a la escuela, ¿pero podrías recordar cómo termina, mi querido truhán?
-Claro que sí: cuando se encuentran en el medio del río, el escorpión finalmente le clava su daga a la tortuga y la asesina, bajo la excusa de que “no puede contra su naturaleza”. Bonita metáfora, Alfredo. ¿Querés verlo de esa manera? De acuerdo, yo tampoco puedo con mi genio, soy un maldito traidor, ¿o no? Al fin de cuentas todo depende desde donde se lo mire.

Morales avanzo un paso obligando a Arrieta a apretujarse aún más contra el borde. Sin embargo el viejo marino nunca perdió la calma.

-Te estás olvidando de la parte más importante: ¿Por qué la tortuga había confiado en su compañero? Porque éste sabía que si la mataba sería un tonto, ya que él también perecería. Y eso fue lo que pasó: al morir, el reptil se hundió y el arácnido con cola se fue con él.
-Es cierto, pero no veo qué importancia puede tener eso en este momento.

Justo cuando terminó de decir estas palabras, el motor se detuvo. Morales miró hacia la cabina aturdido, aunque luego esbozó una sonrisa ante el ingenio de su rival. Arrieta sacó una mano de su bolsillo y dejó ver una pequeña y brillante llave.

-Mientras me contabas tu historia, programé el motor para que se apagara.
-Ahora entiendo, y necesito esa llavecita para volver a hacerlo funcionar, ¿verdad? Ahora te creés la tortuga… sin embargo, no veo en qué cambian las cosas: aún puedo matarte y quitarte la llave.
-Claro, siempre y cuando sepas bucear.

Dicho esto, arrojó la pieza al mar. Ahora sí Morales estaba desconcertado, esa era una jugada que no esperaba.

-¿Dónde está el truco, Alfredo? ¿Tenés otra llave, verdad?

Los ojos de Arrieta centellaron tan levemente que ni un lince lo hubiera notado.

-No, ya sé, mejor aún: hay otra manera de hacer arrancar el motor, pero sólo vos la sabés, ¿no es asÍ? Entonces vas a decirme que tengo que mantenerte con vida para poder llegar a España.
-No, Raúl, estás equivocado. No soy tan predecible: esa era la única llave y ya no se puede hacer funcionar el barco.
-Ja, no me hagas reír… ¿Y cómo pensás escaparte vos de acá? ¿Pensás nadar hasta la costa? ¡Vamos, Arrieta! Se está haciendo de noche y la corriente nos llevaría hacia el océano, no querrás morir de hambre en el medio de la nada…
-¿Por qué no? Acabamos de decirlo: vida y muerte, todo y nada, son sólo cosas que pasan…

Por primera vez Morales borró completamente su sarcástica sonrisa. Acababa de comprender que había elegido de compañero de viaje a un loco de remate.

-¿No te creerás de verdad todo eso? ¡La puta que te parió, Arrieta! ¡Sos un loco de mierda! ¡Nos vas a matar a los dos!
-Qué más da, vos lo dijiste: somos sólo el milagro insignificante…

Al oír sus propias palabras en la voz de su lunático partener Morales perdió completamente el control y le lanzó una estocada. Pero la furia hacía sus movimientos torpes y descifrables, por lo que no le costó al otro arrojar sus fuertes brazos sobre él y en una grácil maniobra quitarle la espada.

-No es nada personal, Morales. Espero que lo entiendas…

El golpe fue rápido y seco, apenas si derramó una lágrima carmesí. Arrieta llenó el estuche de rocas, las más pesadas que había podido recoger la noche anterior y que tenía especialmente preparadas debajo del piso de la cabina. Ató el tobillo de su vecino a la caja con un perfecto nudo marinero y se deshizo de ellos como quien arroja una piedra a la fuente de los deseos. Luego sacó la verdadera llave de su bolsillo y puso en marcha la vieja embarcación.

No quiso conservar la espada: no le interesaba el dinero y no quería vivir más aventuras por ahora. Así que la dejó ir con su dueño.

Esa fue la última, la que se clavó en su corazón y lo mató. La primera sólo lo había lastimado un poco.

martes, 28 de abril de 2009

El Síndrome del Escorpión. Quinta parte


Una semana le había tomado a Arrieta conseguir lo que Morales le había pedido: él contaba con su propia embarcación, aunque debía hacerle ciertos arreglos antes de zarpar. Tenía sus contactos, pero no le gustaba andar pidiendo favores.

Al principio a Morales no le gustó demasiado la idea de tener que esperar tanto tiempo. Pero tuvo que aceptarla, ya que era su única carta de confianza en un país desconocido. Durante esos siete días no se habían visto, ni siquiera cruzado: aunque Arrieta había asistido cada jornada al bodegón de la primera estocada plástica, su nuevo compinche no había dado señales de vida.

Sin embargo, a la hora señalada del día específico de la mañana correcta, Alfredo Arrieta divisó a Raúl Morales exactamente donde habían acordado un cuarto de Luna atrás. La espada de Damocles ya se balanceaba sobre su cabeza.

El periodista aguardaba firme al pie del cañón de acero y mármol que descansaba cerca del muelle, con un estuche oscuro en la diestra. El empresario argentino devenido marinero marroquí se acercó con un gesto de sorpresa:

-¿Trajiste la guitarra?
-Siempre la llevo conmigo.
-Bien, la música nos distraerá del canto de las sirenas. Es aquél.

Señaló su nave, pequeña pero confortable para dos personas. Su compañero asintió y con un leve ademán dio a entender que bajo su saco llevaba el sobre, lo que realmente importaba.

El mar estaba tranquilo y Morales extrañamente callado. Arrieta, que no era hombre de muchas palabras, le siguió el juego. Mientras el segundo se encargaba del timón, el primero parecía meditar erguido sobre la cubierta. Así pasaron el mediodía y la tarde. Cuando Helios guiaba su carro por detrás de los valles de Poseidón, Morales pareció despertar de algún mal sueño y se dirigió hacia la cabina. Allí tomó el estuche cuadrangular.

-¿Llegó la hora de cantar? –Preguntó Arrieta con una voz ronca de tanto haberla guardado.

Su compatriota se detuvo y dijo sin mirarlo:

-Sí, mi querido amigo, la hora de cantar… aunque esta vez se tratará de un triste réquiem crepuscular.

Arrieta interrogó, sin que le temblaran las palabras:

-¿No hay una guitarra en la caja, verdad?

Morales no contestó. Al menos no con palabras: simplemente abrió el estuche y desenfundó una fina hoja de acero cual caballero andante.

domingo, 26 de abril de 2009

El Síndrome del Escorpión. Cuarta parte


El dilema de Morales

¿Milagro o insignificancia? ¿Cuál es el valor de la vida humana?

Si miramos hacia abajo, podríamos creer que se trata de un milagro: de la indefinida y bestial cantidad de átomos existentes, de neutrones, protones y electrones que se juntan (aunque no se toquen) para formar moléculas, sustancias, cosas extrañas y sin sentido, gases, líquidos, sólidos, materia inorgánica… hasta llegar a la materia orgánica, a lo que entendemos por vida (distinción que a veces se hace difícil de definir)… pasando por los minerales, los vegetales, los animales (siguiendo la ingenua clasificación aristotélica); desde los peces, los anfibios, los reptiles, los pájaros, los mamíferos… desde los monos hasta los espermatozoides de nuestro padre, de los cuales sólo uno se unió al óvulo materno para formarnos… visto desde esta perspectiva, sí, hermanos, la vida humana parece un milagro.

Parece lo más grandioso que la madre naturaleza puedo concebir. Su logro máximo. Los hijos a imagen y semejanza de Dios.

Parece una obra de arte inmensa, majestuosa, inimaginable de crear por los artistas mejores dotados del universo conocido. Aquello que el hombre nunca podría crear y que, paradójicamente, sólo él puede crear, sin temor a caer en la contradicción.

Pero, como todo, sólo es cuestión desde donde se lo mire.

Ahora miremos hacia arriba: sobre nuestras cabezas tontas giran una cantidad indefinida y bestial de estrellas… nuestro planeta es sólo una manchita azul en un pequeño sistema solar dentro de una galaxia de leche, que a su vez se encuentra en algún lugar (y nótese que esta palabra va perdiendo seguridad) de un universo que tal vez sea infinito, absoluto, relativo, subjetivo a una mente superior e inentendible o rodeado de una esfera de estrellas fijas. Si nuestro planeta es sólo la sombra de una migaja de pan reflejada en un espejo, sobre una bandeja de cristal que de tan pequeña no existe, ¿qué importancia puede tener la vida de un simple simio erguido en dos patas?

Podemos ser todo y podemos ser nada. Somos lo máximo y lo mínimo. Los extremos que se tocan. Somos la luz que se convierte en calor y luego se enfría. Somos la expansión y la contracción.

Somos el milagro insignificante: un punto sin dimensiones, un instante sin duración brillando entre el ser y la nada.

viernes, 24 de abril de 2009

El Síndrome del Escorpión. Tercera parte


Morales estiró el brazo y pinchó el último cubo de queso con su espadita de plástico. Arrieta utilizaba la propia para sacarse un pequeño trozo de jamón entre los dientes.

-¿Y qué pasó después?
-Cuando terminamos la nota, el camarógrafo y yo abandonamos la zona y nos dirigimos hacia el hotel. Sin embargo, nunca llegamos a destino: encontramos algo en el camino.

Todo este clima de misterio le molestaba bastante a Arrieta. ¿A dónde quería llegar este hombre con su historia? No había ido hasta Marruecos para toparse con el mismo pesado charlatán que podía cruzarse en Buenos Aires en la cola del banco.

-¿Qué encontraron?
-Un camión. Un inmenso camión todo forrado en lona negra, que no tenía por qué estar ahí. No es que sea un experto en las actividades de la Embajada, pero su presencia me sonaba muy extraña.

Arrieta al fin logró extraer la partícula de jamón. La miró un segundo clavada en el plástico antes de volver a comérsela.

-Entonces, como siguiendo un extraño impulso, esa suerte de instinto que tenemos los periodistas cuando olemos una buena nota, abandonamos el autobús y preparamos nuestro equipo.

Morales levantó el jarro y bebió un largo trago de cerveza. Se había arremangado la camisa por el calor, dejando ver en su antebrazo izquierdo la cola de un escorpión tatuado a la vieja usanza.

-¿Pensaban hacerle un reportaje al conductor del camión? “Hola., ¿lleva algo extraño ahí atrás, algo ilegal?”.
-Por supuesto que no. En realidad no teníamos nada preparado aún: sólo queríamos mirar más de cerca la situación. Nos escondimos detrás de unos arbustos y… esa fue la última vez que vi a mi compañero.
-¿Lo mataron?
-Unos tipos nos encontraron, nos preguntaron qué estábamos haciendo ahí… Osvaldo, mi camarógrafo, no entendía nada del idioma, se asustó y salió corriendo. Lo agarraron. Yo pude escapar. Lo último que vi era que lo subían al camión.

De pronto Arrieta sintió que la historia iba tomando un giro interesante. Por lo menos era lo más interesante que había escuchado desde que se encontraba en ese país.

-¿Cuándo fue todo eso?
-Anoche.
-¿Y no denunciaste su desaparición?
-No. No quiero a la policía en esto. Tengo un plan mejor.
-¿Y por qué me contás todo esto a mí?
-Decime, Alfredo, ¿vos trabajás en el puerto, no?

La media sonrisa se Arrieta se deshizo. ¿Este sujeto lo había estado investigando?

-¿De dónde sacaste eso?
-Tus manos te delatan… esos callos son de hacer nudos y acarrear bolsas. Tu piel está afectada por la sal del aire marino, ¿cuánto hace que estás acá? ¿Tres, cuatro años? Y no quería ser tan directo pero… tenés un poco de olor a pescado.
-Veo que sos detective en serio… ¿Qué querés, Morales?
-Necesito un barco. Leí en el diario que un buque zarpó esta mañana hacia España. Había una foto. El camión negro estaba arriba de la nave.

Arrieta reparó en el estuche oscuro, rectangular, de más de un metro de largo que se encontraba apoyado donde había visto a Morales por primera vez.

-¿Qué llevás en esa caja?
-Una guitarra.
-¿Y pensás negociar el rescate tocándoles una vidalita?
-Ja, no. Tengo algo mucho mejor que eso.

Morales metió una mano en su bolsillo y extrajo un pequeño paquete.

-Dije que yo escapé, pero no lo hice con las manos vacías.

Arrieta miró lo que Morales le mostraba. ¿Qué habría ahí adentro? ¿Pensaba negociar la entrega de su compañero por el contenido de ese paquete?

-¿Qué decís Alfredo? ¿Me vas a ayudar a salvar una vida?

miércoles, 22 de abril de 2009

El Síndrome del Escorpión. Segunda parte


El Diario de Arrieta

Siempre supe que soy un insensible.

No, miento: no siempre lo supe, no siempre me sentí así. Hubo un momento, quién sabe cuántos años ha, en donde creí ser una persona muy sensible. Un ser conectado con el flujo de sentimientos del universo, capaz de llorar por el dolor de incontables almas ajenas.

Eso fue hace mucho.

Ahora, cuando me pongo a pensar, me pregunto: ¿Cuándo fue la última vez que derramé lágrimas por la desgracia de un tercero? ¿Cuándo la última en alegrarme por la felicidad de otro?

Poco a poco me fui convirtiendo en lo que ahora soy: un ente no sintiente.

Es triste. O no. Realmente no. No creo en los valores. El mundo está compuesto tan sólo por cosas que pasan. Bien, mal, correcto, incorrecto… todas escalas humanas tan subjetivas como la belleza y la fealdad.

Es eso. Abrazo un relativismo extremo. Una alienación que me aleja del universo latiente de los seres con corazón de carne.

¿Es malo el león cuando mata al venado? Sería absurdo decir eso. ¿Entonces por qué es mala una persona que asesina a otra? Para la naturaleza no lo es. Para ella es lo mismo un ser que mata a un hermano que una piedra que cae rodando por una montaña. En el mundo sólo hay eso: cosas que pasan. Al fin y al cabo, vivir no es más que respirar.

Claro que los humanos se unen y crean leyes. Entonces el homicidio es malo en sociedad. Sólo ahí, en ese contexto. Sin embargo, ni siquiera las sociedades se ponen de acuerdo: lo que aquí está mal, allí está bien. Lo que para determinada cultura es una atrocidad para otra es algo normal.

Por lo tanto, el bien y el mal sólo dependen de un conjunto de normas contingentes que bien podrían haber sido otras completamente diferentes. O ni si quiera haber existido.

Entonces, habiendo comprendido esto, ¿quién puede criticarme para mal por haberme alejado del mundo? ¿Por no sentir nada por los demás? Mi enajenación está justificada: sólo soy una roca más que se desliza por el patio de lo que existe.

lunes, 20 de abril de 2009

El Síndrome del Escorpión. Primera parte



La última espada se clavó en su corazón y lo mató. La primera sólo lo lastimó un poco.

Una semana atrás, Alfredo Arrieta disfrutaba de una taza de café en un sucio bodegón. Raúl Morales lo observaba desde una esquina, por encima de su diario. Por un momento sus miradas se cruzaron. Luego cada uno siguió en lo suyo.

Minutos más tarde, Morales se levantó, dejó los clasificados sobre la barra y se sentó en la mesa de Arrieta.

-¿Argentino, verdad?
-¿Cómo te diste cuenta?
-Fácil: la forma de agarrar la taza, el azúcar en el café, esos zapatos sólo se consiguen en Once… y tenés un escudito de Boca colgando del cuello.
-Genial, Sherlock… ¿y eso te da derecho a sentarte en mi mesa?
-Bueno, “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, ¿no?
-Nunca fui peronista, pero es verdad que estando tan lejos del hogar oír esas cosas lo emocionan a uno.

Morales sonrió. Esa jugada le había salido bien, se estaba ganando su confianza.

-¿De dónde sos?
-De Avellaneda… ¿vos?
-Parque Patricios, porteño de ley. ¿Y cuánto hace que estás acá?

Arrieta lo miró a los ojos. No le gustaba que lo interroguen. A decir verdad, ese estaba siendo el diálogo más extenso que había tenido desde que estaba allí.

-Un tiempo…
-Claro, lo suficiente como para extrañar las cosas más triviales. Yo soy corresponsal, estaba haciendo unas notas por acá, hasta que algo le pasó a mi equipo de trabajo… ¿tenés un minuto? Te cuento la historia.

Arrieta consultó su reloj sólo por inercia: sabía que tenía todo el tiempo del mundo.

-Dale, pero hacela corta. Me aburren los detalles.
-No te preocupes… che, ¿pedimos una picada? Dicen que el fiambre de acá es excelente. No creo que sepan lo que es una “picada”, pero sólo basta con pedir algo de pan, jamón, queso y aceitunas, nosotros podemos cortarlo.

Arrieta sabía que era una oferta tentadora: aunque hacía años que se encontraba allí, nunca se le había ocurrido algo como eso.

El mozo pareció no comprender bien el pedido. Sin embargo, volvió trayendo un gran trozo de jamón, un queso redondo y dos hogazas de pan fresco. Morales comenzó a cortar el embutido en rodajas, mientras Arrieta hacia lo suyo con el gruyere. Acompañaban la escena con una cerveza.

-Bueno amigo, es lo que hay. Ah, y no creas que no vine preparado:

Morales metió la mano en su pequeño bolso y sacó unas espaditas de plástico del tamaño de escarbadientes.

-Siempre las llevo a donde voy, es lo más práctico para comer este tipo de cosas. Oh, perdón, no me presenté aún: Raúl Morales.
-Alfredo Arrieta.

Se estrecharon la mano.

-¡Ay!

Esa fue la primera espada. Sólo lo lastimó un poco.

sábado, 18 de abril de 2009

Letras de Sábado



“Su cabeza amaneció rodeada de espinas, como si del Cristo mismo se tratara. Claro que el Mesías murió en la cruz, y no decapitado”.

- ¿K?

K cerró de golpe la tapa de su vieja notebook.

- Somosa…
- Perdón, estabas escribiendo…
- Ya terminaba, sentate.

Para variar, llovía en el bar Albatros. Afuera, por supuesto. Adentro reinaba un clima de sábado a la tarde: vasos que chocaban, cucharitas que se apoyaban contra los platitos, y el sordo y monótono sonido de mil voces que hablan a la vez.

- ¿Querés pedir un café?
- No, no, ya me iba. Me quedo un rato nada más. ¿Leíste lo que te mandé?

K sabía que se vendría la pregunta. Se alegró de que su compañero no estirara más la charla con vuelos innecesarios y vaya directo al grano.

- Sí, lo leí.
- ¿Y? ¿Qué te pareció?
- ¿Te soy sincero?
- Por favor, odio la hipocresía.

K levantó lentamente la tapa de su máquina. Guardó lo que estaba escribiendo y abrió otro archivo.

-Mirá, tenés buenas ideas, pero hay cosas que debés mejorar.
- ¿Por ejemplo?
- No sé, algunos detalles. Te cito: “Luego de decir eso nos dirigimos a su casa. Subimos al auto y partimos. Al llegar notamos que la casa estaba construida con ladrillos de barro”, ¿notas algo?
- Sí, ahora que lo leés en voz alta…
- “Casa... casa”, repetís la palabra. Pensá en algún sinónimo, ¡tenemos tantos en nuestro rico idioma! Y cuando se te acaben, usá una metáfora. Para eso se inventaron.
- Bien, ¿algo más?
- Cuidá los tiempos verbales. Si empezás narrando en pasado, debe estar todo en pasado. Si está en presente, siempre presente… Ah, y el narrador… tenés que identificar bien al narrador, ¿quién es? ¿Un personaje? ¿Un omnisciente?
- Gracias, lo tendré en cuenta.
- De nada. Pero como te digo, son sólo algunos detalles, se te ocurren cosas buenas.

K bajó la vista e hizo como si revisara algo más del escrito. Somosa jugueteó con un sobrecito de azúcar.

- Te agradezco la sinceridad. No se ve mucho hoy en día. La mayoría de la gente con quien comparto mis escritos sólo dicen “¡Qué bueno!” “¡Me encantó!” O cosas por el estilo… a veces dudo de si realmente los leyeron.
- Sí, eso pasa mucho. Hay que saber distinguir los comentarios sinceros de los que sólo aparecen para que uno después les devuelva el halago. Pasa que a veces cuesta decir la verdad. Más cuando puede herir un poco.

Somosa saludó y se retiró con una extraña sonrisa: era de esos tipos raros que le gustan caminar debajo de la lluvia. K volvió a su historia:

“Tomó un sorbo, miró a su amigo y le preguntó:

- ¿Qué pasó con tu padre? ¿Sigue robando?
- No, lo atraparon. Lo condenaron a diez años de prisión y pena de muerte.
- Oh.
- Igual le redujeron la condena por buen comportamiento: en cinco años lo mataron…”.