Rocambole no creía en fantasmas. Sin embargo, hacía un ratito había pasado frente al espejo y le había parecido ver una sombra con forma humana.
Tampoco creía en el azar ni en el destino, por más contradictorio que ello parezca. Es que, si bien no pensaba que todo ya estaba escrito, hablar de “el” azar le parecía estar diciendo lo mismo, sólo que con otros términos. “Nada hay escrito ni nada está librado a la suerte”. Rocambole nunca había dicho eso, pero esa frase bien podría representar sus pensamientos, de alguna manera.
Tampoco creía en la influencia del medio, la familia, el barrio o el subconsciente. “Yo soy yo y punto, nada de circunstancias circunstanciales”. Eso sí lo dijo, luego de que le anularan un gol por una falta cometida en un partido de papi fútbol con sus amigos.
Su solipsismo era tal, que lo había llevado a declararle una vez a una posible futura novia “Soy demasiado yo para compartirme”.
Pero si había algo que Rocambole detestaba y descreía en su plenitud eran las cosas “probables”. Se burlaba completamente de aquellos que creían en la Ley de las Probabilidades y afirmaban que “es más probable que el próximo auto que pase no sea rojo, ya que ya circularon tres vehículos seguidos de ese color”.
Si no hay patrones que guíen los hechos, no hay probabilidades. Si hay patrones, tampoco las hay. Ergo, no existen las probabilidades. Más o menos así podría reconstruirse el argumento en el que se basaba.
Su ejemplo principal, que batía como un pesado y filoso mandoble contra los Espectros de la Probabilidad, era el siguiente: si se arroja una moneda, hay un 50% de probabilidades de que caiga cara y otro tanto de que sea ceca. Sin embargo, uno puede arrojar la moneda cien veces y que caiga siempre cara, y no hay nada lógicamente contradictorio en eso.
(Se tiene en cuenta que la moneda es “normal”, y si se quiere agregar el canto de la misma como tercera posibilidad de la caída, la teoría de nuestro amigo no se ve afectada).
Sin embargo, nuestro querido Rocambole se encontraba frente a un dilema: quería ir al cine o a bailar. Si iba al cine, no podría ver a María. Si iba a bailar, se encontraría con Pedro. Pedro saldría con María sólo si Marta los acompañaba. Aunque Marta los acompañara, Raúl no iría con ellos. No es el caso de que Rocambole quiera salir con Raúl y no ver a María. La película era linda o cara. Rocambole iría si y sólo si no era cara. Pero si Marta iba al cine, entonces Rocambole no iría.
Rocambole no sabía qué hacer. Para decidirse arrojó una moneda.
Tampoco creía en el azar ni en el destino, por más contradictorio que ello parezca. Es que, si bien no pensaba que todo ya estaba escrito, hablar de “el” azar le parecía estar diciendo lo mismo, sólo que con otros términos. “Nada hay escrito ni nada está librado a la suerte”. Rocambole nunca había dicho eso, pero esa frase bien podría representar sus pensamientos, de alguna manera.
Tampoco creía en la influencia del medio, la familia, el barrio o el subconsciente. “Yo soy yo y punto, nada de circunstancias circunstanciales”. Eso sí lo dijo, luego de que le anularan un gol por una falta cometida en un partido de papi fútbol con sus amigos.
Su solipsismo era tal, que lo había llevado a declararle una vez a una posible futura novia “Soy demasiado yo para compartirme”.
Pero si había algo que Rocambole detestaba y descreía en su plenitud eran las cosas “probables”. Se burlaba completamente de aquellos que creían en la Ley de las Probabilidades y afirmaban que “es más probable que el próximo auto que pase no sea rojo, ya que ya circularon tres vehículos seguidos de ese color”.
Si no hay patrones que guíen los hechos, no hay probabilidades. Si hay patrones, tampoco las hay. Ergo, no existen las probabilidades. Más o menos así podría reconstruirse el argumento en el que se basaba.
Su ejemplo principal, que batía como un pesado y filoso mandoble contra los Espectros de la Probabilidad, era el siguiente: si se arroja una moneda, hay un 50% de probabilidades de que caiga cara y otro tanto de que sea ceca. Sin embargo, uno puede arrojar la moneda cien veces y que caiga siempre cara, y no hay nada lógicamente contradictorio en eso.
(Se tiene en cuenta que la moneda es “normal”, y si se quiere agregar el canto de la misma como tercera posibilidad de la caída, la teoría de nuestro amigo no se ve afectada).
Sin embargo, nuestro querido Rocambole se encontraba frente a un dilema: quería ir al cine o a bailar. Si iba al cine, no podría ver a María. Si iba a bailar, se encontraría con Pedro. Pedro saldría con María sólo si Marta los acompañaba. Aunque Marta los acompañara, Raúl no iría con ellos. No es el caso de que Rocambole quiera salir con Raúl y no ver a María. La película era linda o cara. Rocambole iría si y sólo si no era cara. Pero si Marta iba al cine, entonces Rocambole no iría.
Rocambole no sabía qué hacer. Para decidirse arrojó una moneda.





