lunes, 22 de diciembre de 2008

Las aventuras de Rocambole. Hoy: sobre el azar y otras menudencias



Rocambole no creía en fantasmas. Sin embargo, hacía un ratito había pasado frente al espejo y le había parecido ver una sombra con forma humana.

Tampoco creía en el azar ni en el destino, por más contradictorio que ello parezca. Es que, si bien no pensaba que todo ya estaba escrito, hablar de “el” azar le parecía estar diciendo lo mismo, sólo que con otros términos. “Nada hay escrito ni nada está librado a la suerte”. Rocambole nunca había dicho eso, pero esa frase bien podría representar sus pensamientos, de alguna manera.

Tampoco creía en la influencia del medio, la familia, el barrio o el subconsciente. “Yo soy yo y punto, nada de circunstancias circunstanciales”. Eso sí lo dijo, luego de que le anularan un gol por una falta cometida en un partido de papi fútbol con sus amigos.

Su solipsismo era tal, que lo había llevado a declararle una vez a una posible futura novia “Soy demasiado yo para compartirme”.

Pero si había algo que Rocambole detestaba y descreía en su plenitud eran las cosas “probables”. Se burlaba completamente de aquellos que creían en la Ley de las Probabilidades y afirmaban que “es más probable que el próximo auto que pase no sea rojo, ya que ya circularon tres vehículos seguidos de ese color”.

Si no hay patrones que guíen los hechos, no hay probabilidades. Si hay patrones, tampoco las hay. Ergo, no existen las probabilidades. Más o menos así podría reconstruirse el argumento en el que se basaba.

Su ejemplo principal, que batía como un pesado y filoso mandoble contra los Espectros de la Probabilidad, era el siguiente: si se arroja una moneda, hay un 50% de probabilidades de que caiga cara y otro tanto de que sea ceca. Sin embargo, uno puede arrojar la moneda cien veces y que caiga siempre cara, y no hay nada lógicamente contradictorio en eso.

(Se tiene en cuenta que la moneda es “normal”, y si se quiere agregar el canto de la misma como tercera posibilidad de la caída, la teoría de nuestro amigo no se ve afectada).

Sin embargo, nuestro querido Rocambole se encontraba frente a un dilema: quería ir al cine o a bailar. Si iba al cine, no podría ver a María. Si iba a bailar, se encontraría con Pedro. Pedro saldría con María sólo si Marta los acompañaba. Aunque Marta los acompañara, Raúl no iría con ellos. No es el caso de que Rocambole quiera salir con Raúl y no ver a María. La película era linda o cara. Rocambole iría si y sólo si no era cara. Pero si Marta iba al cine, entonces Rocambole no iría.

Rocambole no sabía qué hacer. Para decidirse arrojó una moneda.

sábado, 20 de diciembre de 2008

El Masajista



El Masajista más hábil del mundo estaba contracturado. Su contractura era tal que ningún otro masajista podía arreglársela.

En su desesperado dolor, consultó a un Oráculo, quien le dijo que sólo él mismo, por ser el más diestro en su arte, podría autocalmárselo. Claro que la tarea parecía imposible.

Días lloró soportando su cruz. Pero cuando creía que todo estaba perdido, una noticia reavivó sus esperanzas: un famoso Hechicero había llegado a la comarca y se quedaría a pasar unas noches.

Al alba acudió a su morada. El Hechicero, viejo y sabio, al escuchar su problema le brindó una solución: una pomada mágica que, luego de untarla en todo su cuerpo, lo multiplicaría en dos por veinticuatro horas. El buen hombre sólo pidió a cambio una sesión de masajes.

Esa misma noche, el Masajista, luego de bañar su cuerpo en leche de cabra, se untó la pomada. Como una imagen reflejada en un espejo, su Otro Yo se desprendió de su cuerpo. El nuevo Ser era idéntico a él y poseía todas sus habilidades: ahora sí podría hacerse masajes a sí mismo.

Luego de varias horas de sesión, su contractura al fin se había ido. El Masajista se sentía como nuevo. Pero justo cuando pensaba retirarse a descansar, su Otro Yo lo detuvo:

- ¿A dónde vas? No podés irte todavía...
- ¿Por qué no? ¡Si ya estoy curado!
- Vos sí, pero yo no... no te olvides que yo soy igual a vos: tengo tus mismas habilidades, pero también tus mismos dolores...
- ¡Y a mí qué me importa eso! Ya cumpliste con tu deber: luego del crepúsculo habrás desaparecido...
- Sí, pero volveré a ser Uno con vos... Y si no me sacás ahora la contractura vos a mí, cuando nos unamos volverán tus dolores.
- Pero con la contractura tan grande que tenés, si te hago masajes... ¡Me volveré a contracturar de todas maneras!
- Tal vez. Pero bueno, mi querido amigo, las soluciones nunca son definitivas...

El Masajista meditó un instante cuál sería la mejor solución. Parecía estar atrapado en un camino sin salida. Sin embargo halló una: sin vacilar tomó un garrote y asesinó de un fuerte golpe en la cabeza a su Otro Yo. Luego se echó a descansar, esperando que el cuerpo desapareciera.

Lástima que el Hechicero había olvidado advertirle que el conjuro no lo multiplicaba, sino que lo dividía. Desde entonces el Masajista vaga por el mundo, sin dolor físico ya, pero con un profundo vacío interior. Camina como medio hombre, buscando inconscientemente en cada persona su Otra Mitad.


[Archivo 2006]


miércoles, 17 de diciembre de 2008

Profesor de Enseñanza Media y Superior en Filosofía





Título otorgado por la Universidad de Buenos Aires

Buena ocasión para fumar el habano


domingo, 14 de diciembre de 2008

La Gran Mentira




Durante siglos los filósofos ortodoxos, continentales y poco flexibles nos han engañado con la gran mentira del ser individual. Lustros poco lustrosos y cadavéricos viajes alrededor del sol han pasado engañándonos, haciéndonos creer la inefable idea del Uno, basada en el principio de individuación y sus nefastas consecuencias.

Nos han mentido, como poetas metafísicos adoradores esclavos de aquel personaje inicuo al que llaman “sujeto”. El “Yo” de estos aldeanos de la ciencia ha dominado los paradigmas etareos desde el comienzo de los tiempos, siendo así que hoy en día cualquier hijo de cristiano y demás religiones o ateos también creen que son uno y sólo uno.

Pero ya es hora de que aquellos que como un servidor pretenden develar la verdad de la milanesa (de carne, de la buena, nada de falacias de soja) expresemos la auténtica relación del ser, del devenir de las subjetividades múltiples y eternas: somos.

Todos somos el ser y el ser es lo que es, es decir, que no existe el yo, no existe el sujeto, el hombre-en-sí ni ninguna de esas quimeras áticas. No, rechacemos los galimatías del ente y reconozcamos que en la verdad existe la multiplicidad. Que estamos atravesados todos por todos, con todos y en todo. Que no hay Uno, no yo, no vos, no él. Que el ello, lo neutro, es lo único que podríamos considerar como la unidad, pero entendida desde la generalidad, desde el constante fluir de personalidades rotas que se funden en una única armonía preestablecida del ser.

El lenguaje, titánica arma y fuente de todos los males, con la que el hombre desde sus inicios se encargó de etiquetarlo todo para intentar medirlo o hacerlo medible con su limitada razón. Si logramos despojarnos de él, y de su terrible caballito de batalla, el Nombre Propio, lograremos al fin unir nuestras almas como corresponde, ya que nunca debieron estar separadas.

Nada se sujetos, nada de mitos platónicos de cuerpos divididos que buscan su otra mitad. ¿No os dais cuenta que vuestra otra mitad está allí, y que siempre lo estuvo? Es el mundo, es el ser, somos todos. No hay otro porque no hay uno, ya que en definitiva todos seríamos “lo otro de lo otro” y así ad infinitum.

Por eso, nada de individualidades posesivas de cuerpos que son sólo cáscaras desechables de almas que siempre estuvieron unidas, y que sólo la gran mentira del ser sujeto y sujetado las había separado.

Rechacemos también, por tanto, la segunda gran mentira, ya que pierde toda su razón y fortaleza al ser descubierta la primera. Estoy hablando, claro está, de la extraña al ser idea de la monogamia. Si no hay momo, no hay stereo, y sin uno no hay dos.

Así es que, hermanos míos, todos con todos. Abrid vuestras batas de la culpa y arrojadla muy lejos de la verdadera esencia del ser. Uníos, y disfrutad, que la vida se acaba y volvemos todos al mismo lugar. Listo calisto, sanseacabó y chau pinela.






- Nah, ¿todo esto para justificar la piratería y el descontrol? Qué hijo de puta…

- Vos no entendés nada.




miércoles, 10 de diciembre de 2008

Péndulo



“Prolijamente afeitado, la cabeza totalmente calva, me ducho. Agua tibia, jabón espumoso que chorrea por mi cuerpo, me baño y me masturbo. Me limpio y me ensucio a la vez.

Lo hago parado, como un soldado griego de guardia en la campiña. Lo hago sin vergüenza, como un payaso pobre de pueblo. Me lavo y me embarro.

Mi vida siempre fue así, una de cal y una arena, pureza y mediocridad. Pero no por el destino. No por alguna fuerza superior, la sociedad, mis padres, lo hábitos del lugar donde me crié ni mi subconsciente. La culpa es mía, toda mía.

Me baño y me masturbo. Me limpio y me ensucio. Regalo y robo. Beso y mato. Hago bien y hago mal. Agradezco y pido perdón.

Estoy condenado al péndulo. Yo soy el péndulo, yo las bolas de metal que van y vuelven, yo la hamaca vacía, yo el imán que no se decide hacia dónde ir. O que sí se decide, pero luego se arrepiente y vuelve.

Aterrado ante la monotonía, prefiero mil veces el vaivén. Total, las emociones verdaderas se encuentran siempre en los extremos. Qué me vienen a mí con el punto medio…

La prudencia, la mesura, el autocontrol, la represión, virtudes vulgares y vanas.

Verdad, mentira, vanidad, humildad. Prefiero ignorar, prefiero gozar, prefiero reír, llorar, matar, morir…

Que seguir siempre igual”.

La carta fue hallada junto al cuerpo, que aún olía a perfume de flores. Estaba completamente limpio, salvo el imberbe rostro bañado en sangre, que había brotado del perfecto círculo en la sien, justo debajo de la brillante planicie cabelluda.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Carpe Diem



Sí, sí, dos más dos son cuatro, nadie lo puede negar. ¿Pero quién puede saber lo que le pasará mañana? ¿Quién lo que sucederá al segundo siguiente? ¿Qué es más emocionante: el orden o el caos?

Salió del departamento caminando ligero. Le encantaba provocar con su pollera corta. Sus piernas largas le daban gracia a una senda maltrecha y regalaban una tierna imagen a las baldosas. El departamento no era suyo. No hace falta dar nombres.

Cruzó la avenida como en un cruce de canciones, sintiendo la mirada de los transeúntes hombres clavándosele por detrás, al ritmo de los cortejos camioneros que desbordaban tonterías sin sentido y erotismo de mal gusto.

Sonrió ante la mirada atónita de un anciano que sintió un extraño pulso en su miembro, luego de tantos años, al verla pasar. Ella notó el leve movimiento pélvico del señor.

Le encantaba excitar púberes y adolescentes. Humedecía su herida de sólo pensar que los niños se tocarían recordándola, inventando fantasías. Ahora fue ella quien sintió el leve latido allí abajo.

El escote generoso favorecía sus no grandes pero firmes dotes. La ausencia de corpiño delineaba sus cónicos pezones. No se sorprendió al notar que también algunas mujeres la miraban. Le gustó ser admirada por sus pares. Ser deseada por ellas. Fantaseó cosas incorrectas, reprimidas, vulgares y encantadoras.

Antes de llegar a destino, decidió pasar por la obra en construcción: le faltaba la mirada de ellos, sus queridos soldados del amor, vestidos de overol y opaco casco amarillo.

Cuando sintió los gritos tardó en notar que no se trataba de piropos. No de las clásicas groserías tiernas que a ella tanto le gustaban. Eran gritos de alarma, exclamaciones de advertencia de un obrero desesperado ante su error inoportuno.

Una maza se dejó caer desde un andamio. Acostumbrada a romper ladrillos y asistida por la energía potencial que le otorgaban los nueve pisos de altura, no le costó partir aquella bella y blanda cabeza.

Sus piernas, abiertas hacia las nubes, yacieron sobre la vereda, regalando la imagen de su bella flor completamente depilada.

El trabajador negligente recordó la clásica frase de Horacio que había aprendido gracias a una película.

martes, 2 de diciembre de 2008

La Parábola de los Siete Maderos





Acabada la cena, el Maestro se dirigió a sus discípulos diciéndoles: “Síganme”. Una vez en la orilla del mar se sentó en la piedra más alta y, tras extraer un pequeño trozo de carne de pescado que había quedado atorado entre sus muelas, ayudado por una astilla de madera, dijo: “voy a contarles la Parábola de los Siete Maderos”:

Hace mucho tiempo, en las regiones cercanas a Canapé, vivía un anciano muy adinerado llamado Ascalías. Había dedicado toda su vida al trabajo, logrando acumular varios siclos de plata y especias. Un día, mientras tomaba su baño matutino en leche de cabra, tuvo una visión que le reveló que su muerte estaba próxima. Así es que, sin perder más tiempo, se levantó y reunió a sus ocho hijos para repartir sus bienes en vida. Josefías, el menor, al ver a su padre desnudo y cubierto de leche murió al instante. El episodio, si bien fue triste, facilitó las cosas ya que el Reino estaba divido en siete prados, aunque no eran todos iguales, sino que variaban según su tamaño y calidad de sus tierras.

El modo en que se repartirían los terrenos preocupaba tanto al padre como a los siete hermanos, por lo que Sodomías, el mayor, propuso que se repartieran por orden de edad, correspondiéndole a él por ser el primogénito el mejor campo, y así sucesivamente para el resto de sus hermanos. Los demás protestaron al unísono: Meloj, ahora el menor, reclamaba que la repartija se diera en forma inversa (es decir, de menor a mayor), mientras que Rebulón alegaba ser el más inteligente, Áster decía ser el más fuerte, Nesulaj el más justo, Felonías el más capaz, y Gádor el que más amaba a su padre.

El viejo Ascalías, al no lograr un consenso, se retiró a meditar. Al día siguiente despertó con una idea brillante: sometería a sus hijos a una prueba. El ganador se quedaría con el mejor terreno, y también con la responsabilidad de elegir la forma de repartir el resto de los campos entre sus hermanos. Así es que, al amanecer, entregó a cada uno de sus hijos un madero, con la misión de que construyesen con él un regalo para su padre. Tenían tiempo hasta la mañana siguiente, por lo que Ascalías dedicó su día a descansar, ya que un fuerte dolor en su boca no lo dejaba tranquilo.

Al alba del segundo día después de haber tenido la visión, el anciano reunió a sus hijos nuevamente y les dijo: “Y bien, qué me habéis traído”. Sodomías comenzó diciendo: “Yo, padre, te he traído un pequeño barco, para que puedas recorrer con él los mares y conocer los más bellos lugares”. Luego dijo Rebulón: “Yo te he construido este trono, para que reines más cómodo sentado en él”. Áster exclamó: “Padre, con el madero que me has dado he creado un arma poderosa, para que puedas defenderte de tus enemigos”. Meloj dijo: “Yo hice este mueble para ti, así podrás guardar tus objetos más preciados”. Felonías: “Te he traído este barril, repleto del más dulce vino”. Y Nesulaj: “Yo te traje esta cama, para que podáis dormir tranquilo”.

Todos los regalos eran grandes y hermosos, y los hermanos se enorgullecían enseñándoselos a su padre. Sin embargo Gádor parecía haber venido con las manos vacías. Cuando todos comenzaron a pensar que no había traído ningún presente a su padre, el joven exclamó: “Padre, mientras mis hermanos estaban ocupados construyéndote hermosos regalos, yo me preocupé por el dolor que aqueja a tu boca desde hace tiempo, así que no tuve tiempo de fabricarte un gran obsequio. Sin embargo, pensando en tu desgracia, se me ocurrió que esto podría serte más útil”. Extendió su mano y entregó a su padre una pequeña y fina pieza de madera. El anciano la introdujo en su boca, extrayendo con su ayuda un gran trozo de carne de cordero que llevaba días atascado entre sus dientes, aliviando de esa manera su dolor.

Ascalías miró a su hijo con orgullo y con amor y le dijo: “Muchas gracias, pero me quedo con el barco”.


----------------------------------

Esta parábola, publicada originalmente en la revista Mitin, forma parte de mi novela Placebo (2005)