
Julia toma el botiquín y comienza a vendar las manos de K. Todos miran en busca de explicaciones. K no está seguro de lo que pasó:
-No lo entiendo, simplemente abrí la notebook y explotó.
-¿Dónde estaba guardada? –Pregunta Genaro.
-Acá en el bolso, al lado de mi silla. –Responde Mayra Zucchini.
Mientras termina de vendar, Julia tiene un recuerdo repentino:
-Cuando vi que el Jardinero del Orden comenzaba a levantarse, lo hizo apoyándose en esa silla. Él debe haber preparado la trampa mientras lo creíamos desmayado.
-¿El Jardinero del Orden estuvo acá? –Pregunta el Hombre Vinchuca – Esto es peor de lo que imaginaba…
Johnny John parece ser el único consciente de lo urgente de la situación:
-Les recuerdo que nuestro universo se está destruyendo. Y al parecer este escritor representa el único modo de salvarlo…
-¿Es necesaria esa notebook? –Agrega Ángel Vergara- ¿No podrías escribir a mano? –Sin embargo, al terminar la frase se da cuenta de lo imposible de su propuesta: K ahora lleva las dos manos completamente vendadas.
La desesperación pesa como una nube de plomo sobre las almas de los habitantes del Albatros. El Hombre Vinchuca se siente incómodo e impotente: en su vida de héroe este parecía ser el reto más duro, y lo peor es que su resolución no dependía de él.
Los truenos y fuertes vientos crecen con furia cuando K impone su voz:
-No se preocupen, tengo la solución: yo no soy el único escritor aquí presente.
Sus ojos se dirigen a una sola persona. Desde un rincón, Somosa siente que todas las miradas se posan en él.
-No va a funcionar –Le replica a K.
-Claro que sí, vos podés hacerlo. He leído tus cosas y son buenas.
-Sí, y también las corregiste y criticaste…
-Vos podés hacerlo. Vos debés hacerlo, Somosa. Sos nuestra única esperanza.
Rocambole da un paso al frente y apoya una mano sobre el hombro de su amigo:
-Vamos, al fin ha llegado tu momento.
Diógenes Mastreta y Florencio Gauna comparten un gesto: ¿Funcionaría realmente el reemplazo? Por las dudas, K sugiere lo siguiente:
-Escribí vos y firmalo con mi nombre. No creo que nadie note la diferencia.
-Sólo hay un problema: mi Remington. La necesito para escribir, pero en un acto de locura la tiré por la ventana y luego a la basura.
-¡Todos dependen de una máquina! ¡Nadie es capaz de utilizar lápiz y papel!
El rapto de realidad de Linares sorprende a quienes lo habían visto actuar con su característica indiferencia. No obstante, no ayuda al problema.
Es Valentín Flores quien ahora se ilumina:
-¡Lo tengo! Ahora entiendo por qué Victorio dijo que lo que tenía para contarme sería de vital importancia para salvar nuestra existencia: el tiempo no existe. ¡Sólo hay simultaneidad!
K mira a su amigo como si éste hubiera enloquecido. Genaro Cúspide espera más detalles.
-Debemos usar la simultaneidad. Así era como Victorio consigue puros desde el otro mundo. De alguna manera, es posible viajar a través de ella.
-¿De qué estás hablando?
La pregunta de Somosa queda flotando en el aire: Valentín le toma la mano y cierra los ojos. En un instante inexistente ambos desaparecen.
No es fácil manejarse en la simultaneidad. Al mismo tiempo ambos viajeros experimentan diversas situaciones: sin querer provocan el brillo que el Dr. Thompson observaría en la puerta de su desván antes de su desliz; presencian el asesinato de un médico al salir de un hospital; escuchan la charla de dos locos acerca de los meses y sus dolores; son testigos de la oscura relación entre un árabe y su mula; y contemplan la sonrisa ecuánime de un gato muerto. Finalmente, dan con la oficina de Somosa, justo en la noche anterior a su ataque destructivo. Sobre el escritorio de metal con felpa verde descansa la Remington.
Somosa le pide privacidad a Valentín, no puede escribir si lo están mirando. Flores se retira hacia la cocina en busca de un vaso con agua.
La nada papelicia de la hoja en blanco lo intimida. ¿Por dónde comenzar? Es difícil escribir bajo presión y escaso de ideas. Somosa comienza una frase, pero se arrepiente y la tacha. Prueba con otra, todo un párrafo. No lo convence y vuelve eliminar las letras. La presión aumenta en su cabeza y las imágenes se vuelven hacia atrás en el fondo de su mente. Después de un cuarto intento, empieza a creer que nunca sería capaz de preservar la continuidad de la existencia. No había nacido para héroe y lo sabía. Si tan sólo el sonido del silencio dejara de latir en su cabeza…
De súbito, algo en su ser se enciende: cerebro y manos actúan como uno solo siguiendo una extraña melodía. Sus dedos danzan sobre el teclado, redactando líneas más por estética que por contenido. Disfruta de la tarea, y las palabras van brotando directamente, plasmándose sobre el papel sin detenerse en la estación crítica del sentido adyacente. La historia cierra redonda, pura y sin faltas. No es necesario releerla. Lo había hecho: había salvado al mundo.
Valentín regresa y apoya el vaso vacío que Somosa encontraría al día siguiente sobre un formulario. Al contemplar el rostro del escritor comprende que la labor ha sido realizada con éxito. Sin embargo, se preocupa cuando ve que la sonrisa de Somosa deviene una mueca de espanto:
-¿Qué pasa ahora? ¿No terminaste la historia?
-¡Qué idiota soy! No puedo firmar la obra: mi máquina no tiene “K”.
-No lo entiendo, simplemente abrí la notebook y explotó.
-¿Dónde estaba guardada? –Pregunta Genaro.
-Acá en el bolso, al lado de mi silla. –Responde Mayra Zucchini.
Mientras termina de vendar, Julia tiene un recuerdo repentino:
-Cuando vi que el Jardinero del Orden comenzaba a levantarse, lo hizo apoyándose en esa silla. Él debe haber preparado la trampa mientras lo creíamos desmayado.
-¿El Jardinero del Orden estuvo acá? –Pregunta el Hombre Vinchuca – Esto es peor de lo que imaginaba…
Johnny John parece ser el único consciente de lo urgente de la situación:
-Les recuerdo que nuestro universo se está destruyendo. Y al parecer este escritor representa el único modo de salvarlo…
-¿Es necesaria esa notebook? –Agrega Ángel Vergara- ¿No podrías escribir a mano? –Sin embargo, al terminar la frase se da cuenta de lo imposible de su propuesta: K ahora lleva las dos manos completamente vendadas.
La desesperación pesa como una nube de plomo sobre las almas de los habitantes del Albatros. El Hombre Vinchuca se siente incómodo e impotente: en su vida de héroe este parecía ser el reto más duro, y lo peor es que su resolución no dependía de él.
Los truenos y fuertes vientos crecen con furia cuando K impone su voz:
-No se preocupen, tengo la solución: yo no soy el único escritor aquí presente.
Sus ojos se dirigen a una sola persona. Desde un rincón, Somosa siente que todas las miradas se posan en él.
-No va a funcionar –Le replica a K.
-Claro que sí, vos podés hacerlo. He leído tus cosas y son buenas.
-Sí, y también las corregiste y criticaste…
-Vos podés hacerlo. Vos debés hacerlo, Somosa. Sos nuestra única esperanza.
Rocambole da un paso al frente y apoya una mano sobre el hombro de su amigo:
-Vamos, al fin ha llegado tu momento.
Diógenes Mastreta y Florencio Gauna comparten un gesto: ¿Funcionaría realmente el reemplazo? Por las dudas, K sugiere lo siguiente:
-Escribí vos y firmalo con mi nombre. No creo que nadie note la diferencia.
-Sólo hay un problema: mi Remington. La necesito para escribir, pero en un acto de locura la tiré por la ventana y luego a la basura.
-¡Todos dependen de una máquina! ¡Nadie es capaz de utilizar lápiz y papel!
El rapto de realidad de Linares sorprende a quienes lo habían visto actuar con su característica indiferencia. No obstante, no ayuda al problema.
Es Valentín Flores quien ahora se ilumina:
-¡Lo tengo! Ahora entiendo por qué Victorio dijo que lo que tenía para contarme sería de vital importancia para salvar nuestra existencia: el tiempo no existe. ¡Sólo hay simultaneidad!
K mira a su amigo como si éste hubiera enloquecido. Genaro Cúspide espera más detalles.
-Debemos usar la simultaneidad. Así era como Victorio consigue puros desde el otro mundo. De alguna manera, es posible viajar a través de ella.
-¿De qué estás hablando?
La pregunta de Somosa queda flotando en el aire: Valentín le toma la mano y cierra los ojos. En un instante inexistente ambos desaparecen.
No es fácil manejarse en la simultaneidad. Al mismo tiempo ambos viajeros experimentan diversas situaciones: sin querer provocan el brillo que el Dr. Thompson observaría en la puerta de su desván antes de su desliz; presencian el asesinato de un médico al salir de un hospital; escuchan la charla de dos locos acerca de los meses y sus dolores; son testigos de la oscura relación entre un árabe y su mula; y contemplan la sonrisa ecuánime de un gato muerto. Finalmente, dan con la oficina de Somosa, justo en la noche anterior a su ataque destructivo. Sobre el escritorio de metal con felpa verde descansa la Remington.
Somosa le pide privacidad a Valentín, no puede escribir si lo están mirando. Flores se retira hacia la cocina en busca de un vaso con agua.
La nada papelicia de la hoja en blanco lo intimida. ¿Por dónde comenzar? Es difícil escribir bajo presión y escaso de ideas. Somosa comienza una frase, pero se arrepiente y la tacha. Prueba con otra, todo un párrafo. No lo convence y vuelve eliminar las letras. La presión aumenta en su cabeza y las imágenes se vuelven hacia atrás en el fondo de su mente. Después de un cuarto intento, empieza a creer que nunca sería capaz de preservar la continuidad de la existencia. No había nacido para héroe y lo sabía. Si tan sólo el sonido del silencio dejara de latir en su cabeza…
De súbito, algo en su ser se enciende: cerebro y manos actúan como uno solo siguiendo una extraña melodía. Sus dedos danzan sobre el teclado, redactando líneas más por estética que por contenido. Disfruta de la tarea, y las palabras van brotando directamente, plasmándose sobre el papel sin detenerse en la estación crítica del sentido adyacente. La historia cierra redonda, pura y sin faltas. No es necesario releerla. Lo había hecho: había salvado al mundo.
Valentín regresa y apoya el vaso vacío que Somosa encontraría al día siguiente sobre un formulario. Al contemplar el rostro del escritor comprende que la labor ha sido realizada con éxito. Sin embargo, se preocupa cuando ve que la sonrisa de Somosa deviene una mueca de espanto:
-¿Qué pasa ahora? ¿No terminaste la historia?
-¡Qué idiota soy! No puedo firmar la obra: mi máquina no tiene “K”.



















