
Ella tenía quince años, una pollera corta y dos piernas que incitaban al pecado. La edad justa, dirían algunos.
Nos conocimos en un parque un día soleado. Yo paseaba con mi familia, divirtiéndome con los niños. Ella caminaba sola, dibujando líneas sinuosas con los pies. Tal vez el reflejo de sus curvas recién florecidas.
Cuando la vi no pude evitar sentirme atraído. La diferencia de edad era importante, pero a mí no me importaba.
No tardamos en establecer una relación amistosa: cada día nos volvíamos a encontrar en el mismo lugar, ya los dos solos, y poco a poco fueron llegando los primeros acercamientos. Ella acariciaba mi cabello, yo me perdía en sus ojos de señorita.
Fuimos compañeros de juegos, de aventuras, los dos contra el mundo. Me contaba sus secretos y yo la miraba con gesto de asombro y alegría. Las risas iluminaban nuestras tardes de verano. Por ese entonces la admiraba como a una diosa griega.
Sin embargo, pronto comencé a darme cuenta de que ella no sentía lo mismo. A mi bailarina de cristal sí le pesaban los años que nos separaban y no veía en mí más que el hermano que nunca tuvo, el confidente, el aliado de las cosquillas en la panza.
Pero nunca una pareja.
Yo le decía que si bien ahora era notoria, la distancia se iba a ir achicando con el correr del tiempo, hasta hacerse imperceptible. Ella hablaba de etapas distintas que no había que quemar, de revoluciones a destiempo tanto físicas como mentales, de acné, situaciones de colegio secundario y otras cosas que yo no entendería.
El final no tardó en llegar.
No obstante, me permitió un regalo de despedida. Un único y suave choque de labios que quedará para siempre guardado en mi corazón. El roce cálido, los pétalos de su boca, su aroma de primavera.
Una inocencia se perdió junto con el sol aquel atardecer. Una infancia devino adultez con sensaciones nuevas en lugares inexplorados. Un alma maduró con la fuerza de un huracán y la desilusión de la vida.
Yo tenía siete años. Y una nena de quince me había hecho sentir el amor, el deseo y el dolor en un solo beso de adiós.
Nos conocimos en un parque un día soleado. Yo paseaba con mi familia, divirtiéndome con los niños. Ella caminaba sola, dibujando líneas sinuosas con los pies. Tal vez el reflejo de sus curvas recién florecidas.
Cuando la vi no pude evitar sentirme atraído. La diferencia de edad era importante, pero a mí no me importaba.
No tardamos en establecer una relación amistosa: cada día nos volvíamos a encontrar en el mismo lugar, ya los dos solos, y poco a poco fueron llegando los primeros acercamientos. Ella acariciaba mi cabello, yo me perdía en sus ojos de señorita.
Fuimos compañeros de juegos, de aventuras, los dos contra el mundo. Me contaba sus secretos y yo la miraba con gesto de asombro y alegría. Las risas iluminaban nuestras tardes de verano. Por ese entonces la admiraba como a una diosa griega.
Sin embargo, pronto comencé a darme cuenta de que ella no sentía lo mismo. A mi bailarina de cristal sí le pesaban los años que nos separaban y no veía en mí más que el hermano que nunca tuvo, el confidente, el aliado de las cosquillas en la panza.
Pero nunca una pareja.
Yo le decía que si bien ahora era notoria, la distancia se iba a ir achicando con el correr del tiempo, hasta hacerse imperceptible. Ella hablaba de etapas distintas que no había que quemar, de revoluciones a destiempo tanto físicas como mentales, de acné, situaciones de colegio secundario y otras cosas que yo no entendería.
El final no tardó en llegar.
No obstante, me permitió un regalo de despedida. Un único y suave choque de labios que quedará para siempre guardado en mi corazón. El roce cálido, los pétalos de su boca, su aroma de primavera.
Una inocencia se perdió junto con el sol aquel atardecer. Una infancia devino adultez con sensaciones nuevas en lugares inexplorados. Un alma maduró con la fuerza de un huracán y la desilusión de la vida.
Yo tenía siete años. Y una nena de quince me había hecho sentir el amor, el deseo y el dolor en un solo beso de adiós.







