lunes 9 de noviembre de 2009

17-La armonía del universo


Julia toma el botiquín y comienza a vendar las manos de K. Todos miran en busca de explicaciones. K no está seguro de lo que pasó:

-No lo entiendo, simplemente abrí la notebook y explotó.
-¿Dónde estaba guardada? –Pregunta Genaro.
-Acá en el bolso, al lado de mi silla. –Responde Mayra Zucchini.

Mientras termina de vendar, Julia tiene un recuerdo repentino:

-Cuando vi que el Jardinero del Orden comenzaba a levantarse, lo hizo apoyándose en esa silla. Él debe haber preparado la trampa mientras lo creíamos desmayado.
-¿El Jardinero del Orden estuvo acá? –Pregunta el Hombre Vinchuca – Esto es peor de lo que imaginaba…

Johnny John parece ser el único consciente de lo urgente de la situación:

-Les recuerdo que nuestro universo se está destruyendo. Y al parecer este escritor representa el único modo de salvarlo…
-¿Es necesaria esa notebook? –Agrega Ángel Vergara- ¿No podrías escribir a mano? –Sin embargo, al terminar la frase se da cuenta de lo imposible de su propuesta: K ahora lleva las dos manos completamente vendadas.

La desesperación pesa como una nube de plomo sobre las almas de los habitantes del Albatros. El Hombre Vinchuca se siente incómodo e impotente: en su vida de héroe este parecía ser el reto más duro, y lo peor es que su resolución no dependía de él.

Los truenos y fuertes vientos crecen con furia cuando K impone su voz:

-No se preocupen, tengo la solución: yo no soy el único escritor aquí presente.

Sus ojos se dirigen a una sola persona. Desde un rincón, Somosa siente que todas las miradas se posan en él.

-No va a funcionar –Le replica a K.
-Claro que sí, vos podés hacerlo. He leído tus cosas y son buenas.
-Sí, y también las corregiste y criticaste…
-Vos podés hacerlo. Vos debés hacerlo, Somosa. Sos nuestra única esperanza.

Rocambole da un paso al frente y apoya una mano sobre el hombro de su amigo:

-Vamos, al fin ha llegado tu momento.

Diógenes Mastreta y Florencio Gauna comparten un gesto: ¿Funcionaría realmente el reemplazo? Por las dudas, K sugiere lo siguiente:

-Escribí vos y firmalo con mi nombre. No creo que nadie note la diferencia.
-Sólo hay un problema: mi Remington. La necesito para escribir, pero en un acto de locura la tiré por la ventana y luego a la basura.
-¡Todos dependen de una máquina! ¡Nadie es capaz de utilizar lápiz y papel!

El rapto de realidad de Linares sorprende a quienes lo habían visto actuar con su característica indiferencia. No obstante, no ayuda al problema.

Es Valentín Flores quien ahora se ilumina:

-¡Lo tengo! Ahora entiendo por qué Victorio dijo que lo que tenía para contarme sería de vital importancia para salvar nuestra existencia: el tiempo no existe. ¡Sólo hay simultaneidad!

K mira a su amigo como si éste hubiera enloquecido. Genaro Cúspide espera más detalles.

-Debemos usar la simultaneidad. Así era como Victorio consigue puros desde el otro mundo. De alguna manera, es posible viajar a través de ella.
-¿De qué estás hablando?

La pregunta de Somosa queda flotando en el aire: Valentín le toma la mano y cierra los ojos. En un instante inexistente ambos desaparecen.

No es fácil manejarse en la simultaneidad. Al mismo tiempo ambos viajeros experimentan diversas situaciones: sin querer provocan el brillo que el Dr. Thompson observaría en la puerta de su desván antes de su desliz; presencian el asesinato de un médico al salir de un hospital; escuchan la charla de dos locos acerca de los meses y sus dolores; son testigos de la oscura relación entre un árabe y su mula; y contemplan la sonrisa ecuánime de un gato muerto. Finalmente, dan con la oficina de Somosa, justo en la noche anterior a su ataque destructivo. Sobre el escritorio de metal con felpa verde descansa la Remington.

Somosa le pide privacidad a Valentín, no puede escribir si lo están mirando. Flores se retira hacia la cocina en busca de un vaso con agua.

La nada papelicia de la hoja en blanco lo intimida. ¿Por dónde comenzar? Es difícil escribir bajo presión y escaso de ideas. Somosa comienza una frase, pero se arrepiente y la tacha. Prueba con otra, todo un párrafo. No lo convence y vuelve eliminar las letras. La presión aumenta en su cabeza y las imágenes se vuelven hacia atrás en el fondo de su mente. Después de un cuarto intento, empieza a creer que nunca sería capaz de preservar la continuidad de la existencia. No había nacido para héroe y lo sabía. Si tan sólo el sonido del silencio dejara de latir en su cabeza…

De súbito, algo en su ser se enciende: cerebro y manos actúan como uno solo siguiendo una extraña melodía. Sus dedos danzan sobre el teclado, redactando líneas más por estética que por contenido. Disfruta de la tarea, y las palabras van brotando directamente, plasmándose sobre el papel sin detenerse en la estación crítica del sentido adyacente. La historia cierra redonda, pura y sin faltas. No es necesario releerla. Lo había hecho: había salvado al mundo.

Valentín regresa y apoya el vaso vacío que Somosa encontraría al día siguiente sobre un formulario. Al contemplar el rostro del escritor comprende que la labor ha sido realizada con éxito. Sin embargo, se preocupa cuando ve que la sonrisa de Somosa deviene una mueca de espanto:

-¿Qué pasa ahora? ¿No terminaste la historia?
-¡Qué idiota soy! No puedo firmar la obra: mi máquina no tiene “K”.

jueves 5 de noviembre de 2009

16-El cielo se está cayendo


Todos rodean a Arrieta, sólo para descubrir que ya nada puede hacerse. Su cuerpo se encuentra totalmente magullado, como si hubiese sido atacado por una bestia. Somosa golpea la mesa con el puño soltando un grito de bronca, mientras Ángel Vergara va perdiendo la alegría de haber salvado el frasco dorado.

-¿Qué le pasó? –Pregunta Johnny John, absorto – ¡Qué le pasó! ¿Quién pudo hacerle esto?

El Jardinero del Kaos se agacha sobre el cuerpo y toma lo que llevaba apretado entre sus dedos, confirmando sus conjeturas:

-Una máscara… No hay dudas, es él.
-¿Quién? –Pregunta Diógenes Mastreta.
-El Feo de los Monoblocks. Maldición, es mi culpa, nunca debí haberlos imaginado.

Los cuatro navegantes miran al Jardinero con cierto remordimiento y sospechas. Éste comprende que ha llegado el momento de dar explicaciones:

-El Jardinero del Orden y el Feo de los Monoblocks, habitantes de una tierra que vibra en otra frecuencia que la nuestra, son seres que representan a nuestros opuestos, según la teoría de Fox y Sekowski.

Ante las miradas atónitas del grupo, el lord del caos decide continuar:

-Ellos son mi opuesto y el de Galán de Barrio. Por eso ustedes deben regresar ya, deben llevarse el recipiente dorado y…
-Aún no.

La nueva voz resuena desde su espalda, cansada pero a la vez poderosa. Una figura alta, vestida de negro y amarillo y envuelta en una capa se hace presente. Sus antenas no desmienten su apodo:

-El nombre es Hombre Vinchuca
-¿Un superhéroe? ¡No es de extrañar algo tan ridículo en este mundo de freaks!
-Ey, que este viene de su mundo, muchachos… -Se defiende el Jardinero ante el ataque de Mastreta. El encapotado comienza su discurso:

-Debemos volver de inmediato al Barrio, pero aún no deben beber del frasco. Antes hay que resolver un problema más urgente: la destrucción del universo.
-¿De qué estás hablando? –Increpa Johnny.
-Todo comenzó con el escritor distraído. Su papel en el mundo era no dejar de escribir. Sin embargo, una nueva criatura entró en su vida y sus ideas comenzaron a volverse más rosas… Al principio no fue grave, nadie lo notó. Pero luego tuve un sueño y supe que tenía que venir hasta acá. La primera vez llegué en medio de un funeral, y descubrí que no era el único extranjero ahí: también estaba un tal Gauna, otro de los hombres del Barrio.

Somosa sabe quién es Gauna, si no se equivoca, lo había visto un par de veces en el Albatros: es el tipo al que suelen llamar “el hombre de los velorios”.

-La forma de llegar hasta aquí fue extraña –Continúa el Hombre Vinchuca- Es más, creo que fue mi culpa que las grietas se agrandaran.
-¿Grietas? –Dice Mastreta.
-Las grietas entre universos que comenzaron a abrirse cuando el escritor se distrajo. Creo que al pasar a través de ellas hice que se aumentaran. Igual, eso no fue lo peor. Sin querer les mostré el camino a los perores enemigos: el Jardinero del Orden y el Feo de los Monoblocks. A partir de ahí ellos metieron mano y la fusión de universos se hizo inevitable. Hoy hemos llegado al punto cúlmine: si no lo evitamos, el universo del Barrio dejará de existir para siempre.

Todavía sin entender demasiado, Somosa, Arrieta, Johnny John y Ángel Vergara intercambian miradas. Comprenden que algo no nada bien. El último pregunta:

-¿Y qué podemos hacer para evitar la catástrofe?
-Tenemos que lograr que el escritor vuelva a escribir. Por eso hay que volver ya al Barrio. Yo los guiaré por una grieta que lleva directo al Albatros.

Con un amargo ademán los navegantes se despiden del Jardinero del Kaos. Somosa insiste en llevar el cuerpo de Arrieta con ellos, para poder brindarle un digno entierro.

Al llegar al Barrio descubren que la situación comienza a tornarse apocalíptica: nubes negras, fuertes vientos y algún que otro rayo perdido se hacen ver surcando el cenit. Pequeñas rajaduras color gris comienzan a engrosarse por varias partes del horizonte.

En el Albatros la situación no puede ser peor: al entrar lo primero que ven es otro muerto, Eugenio Echagüe.

-¡Arrieta! ¡No!… ¿Él también? –Se sorprende Rocambole. Hasta Linares se da cuenta de lo extremo de la situación.

Valentín echa una mirada cómplice a Genaro Cúspide, pero el gesto que éste le devuelve sólo puede indicar una cosa: sus nirvanas fisiológicos no pueden revivir a los muertos.

El Hombre Vinchuca identifica a Gauna y luego a K:

-Vos debés ser el escritor distraído. Rápido, tenés que ponerte a escribir. ¡Ahora!
-Lo intenté, pero sólo salió esto –Responde K mostrando la carta –Por eso volví hasta acá, buscando mi notebook.

K le entrega la carta a Mayra Zucchini y busca su herramienta de trabajo en el bolso que está al lado de donde ella estaba sentada. Extrae la máquina, pero al abrirla se escucha una pequeña explosión.

-¡Mierda! –Exclama el escritor.
-¿Qué pasa? –Gritan Mayra y el Hombre Vinchuca al mismo tiempo.
-No voy a poder escribir. Mi notebook está rota. Y mis manos también.

K levanta los brazos lentamente, dejando ver un par de manos completamente ensangrentadas.

domingo 1 de noviembre de 2009

15-Todos para uno


El Jardinero del Orden habla cual villano de opereta frente a un atento Santino Conde:

-¿Querés saber cuál es mi plan? Fácil: reordenar todo esto. Acomodar las cosas, poner algún que otro adorno, borrar lo que está demás… como todos estos miserables sujetos, por ejemplo. En fin: tomar el control de todo.
-Interesante. ¿Y de qué podría servirte yo?
-Mi estimado, no es un tarea fácil… voy a necesitar alguien que me dé una mano. ¿Y qué mejor si se trata de una persona que conoce las cosas desde adentro? Te preguntarás qué te llevarás a cambio, lo entiendo. Bueno, por empezar podrás tener todas las mujeres que desees.
-Ja, veo que se me nota el aire de casanova.
-Tan claro como el halo de la Luna en la noche que precede a la tormenta. Una vez que yo tome todo el control de este universo, te daré tu porción de la torta. Pero antes necesito tu ayuda: para poder hacerme con todo, antes tengo que encontrar a alguien.
-¿A quién, si puede saberse?
-Al dueño de todo, claro: al Galán de Barrio.

Cada uno desde su lugar escucha atentamente el diálogo. Por un segundo mantienen la esperanza de que Santino sólo lo esté haciendo hablar para ganar tiempo. Sin embargo, aún no están seguros de poder fiarse de aquel muchacho.

-¿Galán de Barrio? ¡Qué nombre tan ridículo! El único galán que conozco por aquí es un servidor.

A medida que habla, Conde se acerca lentamente al Jardinero.

-¿Cómo que no lo conocés? ¿Me estás cargando? ¡Si él es el creador de todo este universo!
-¿De qué universo me hablás? Esto es un bar, y su dueño se llama Valentín.

El Jardinero del Orden parece ir perdiendo la calma:

-Mirá, Santino, no me tomés por estúpido. Así como puedo incluirte en mis planes también puedo sacarte del juego cuando quiera. Voy a preguntártelo por última vez: ¿Dónde está el Galán de Barrio?
-Jardinero, te vuelvo a responder: no sé de quién me estás hablando… -Conde sigue acortando la distancia, coqueteando con su bebida.
-¡Pedazo de idiota! ¿Te querés pasar de listo? Ah, un momento… un momento… ¿Será posible que no lo sepas? ¿Será que ninguno de ustedes conoce su origen? ¡Ja! ¡Esto es tan sorprendente! Incluso para mí…

Cuando está lo suficientemente cerca, Santino le dice al oído:

-Te equivocaste conmigo viejo, yo no soy el lado traicionero: soy la parte impredecible.

Dicho esto Santino vuelca su vaso de whisky sobre el pulido rostro del Jardinero del Orden. A pesar de la ceguera repentina, éste logra responder con un golpe en el estómago, empujándolo sobre la mesa de Rocambole. Santino lo mira a los ojos, dándole a entender que ha llegado su momento de actuar: Rocambole se pone al fin de pie y por primera vez en su vida actúa sin pensar, propinando un cross de derecha sobre la mejilla del duque blanco. No obstante, el Jardinero del Orden es más duro de lo que parece y logra responder el golpe con un certero puntapié en las partes nobles del fallido héroe. Mas la distracción no es en vano: Linares se levanta de un salto y estrella un vaso completamente vacío sobre la nuca del malviviente, que cae finalmente desmayado.

-A mí nadie me dice que vivo en un mundo de fantasía… -Concluye Linares acomodándose el sombrero.

Mariana se repone y ayuda a ponerse de pie a Eugenio Echagüe, cuya herida mal vendada comienza a manifestar sangre de modo preocupante. Julia entra en la cocina del bar en busca de un botiquín.

-Bien hecho compañero –Santino le da una palmada en el hombro a un Linares que vuelve a acomodarse en la mesa como si nada hubiera pasado. Luego se dirige a Rocambole- ¿Estás bien? Eso debió doler…
-Un poco… pero nada se comprara con la satisfacción de haberme dejado llevar por un impulso. Creo que hoy ha nacido un nuevo Rocambole.

No es el único ser que experimenta un cambio: Mayra Zucchini se siente extraña al reconocer que se alegra de ver al Jardinero tirado en el suelo, aunque admite que le hubiera gustado haber sido parte de la acción.

Mariana se sienta en uno de los bancos que están contra la barra y examina la fractura de Echagüe. Julia deja a Victoria en su carrito y regresa trayendo vendas y alcohol. Pero los deja caer con un grito de advertencia ante lo que sus ojos le muestran: el Jardinero del Orden se ha movido y comienza a levantarse, sosteniéndose de la silla que descansa a espaladas de Mayra.

Esta vez es Mariana la primera en reaccionar, sin embargo Echagüe la sostiene de un brazo obligándola a detenerse. Mientras Rocambole toma a Mayra Zucchini por detrás, quitándola de la escena de peligro, Eugenio Echagüe alza el cuchillo de la amazona que había quedado sobre el piso y se lo clava al Jardinero a un costado del muslo izquierdo.

El villano ahoga una exclamación, se quita el arma y con un mismo movimiento hunde el filo hasta el mango en el pecho de Eugenio Echagüe, quien cae torpemente. Julia y Mariana dejan escapar un fuerte suspiro mientras Mayra Zucchini avanza hecha una furia con un zapato en la mano y comienza a golpear con el taco el rostro del Jardinero del Orden hasta hacerlo sangrar. Con un manotazo el hombre de blanco logra sacársela de encima, pero justo cuando estaba a punto de pegarle Santino Conde toma su mano derecha desde atrás. Rocambole se apura a hacer lo mismo con la izquierda y ambos miran a un ajeno Linares, esperando que una vez más reaccione.

Sin embargo, el Jardinero sabe cómo mantenerlo en su lugar:

-Linares, ¿no pensás ayudar a tus compañeros?

El personaje de historieta no puede con su genio y retruca:

-¿Y la raíz cuadrada de 225?

-¡15! –Exclama triunfante el lord del orden soltándose de sus captores: con un revés de siniestra cachetea el rostro de Rocambole al mismo tiempo que estira la pierna contraria y empuja a Santino contra la pared.

Julia deja las lágrimas y el miedo para otra ocasión y toma una botella del mejor vino, arrojándolo con fuerza sobre el rostro del truhán. La botella roza su oreja y termina haciéndose añicos contra el fondo del bar.

-Una verdadera lástima –Comienza a decir el Jardinero- Y ahora, si me permiten…

Pero no termina la frase: Santino Conde salta sobre él y ambos caen. Ruedan varias veces hasta alcanzar la puerta. Una vez que la traspasan, ya no los vuelven a ver.

Mariana se encuentra arrodillada junto a Eugenio Echagüe, sin saber qué hacer. Se les unen Rocambole y Julia. La puerta se abre una vez más:

-¡Mi amor! ¿Qué está pasando acá? –Valentín Flores corre a abrazar a su mujer. K hace lo mismo con Mayra. Los siguen Genaro Cúspide y Florencio Gauna.

-Este hombre está muerto. –Concluye Genaro al tomar el pulso de Eugenio Echagüe.

martes 27 de octubre de 2009

14-Uno para todos


Diógenes se dispone a partir inmediatamente de regreso hacia el Albatros y así se lo hace saber a sus compañeros. Presiente que algo malo puede estar sucediendo allí, y el descubrimiento de su error con respecto a la pista más la advertencia que les acaba de dar el Jardinero del Kaos acrecientan sus deseos de volver cuanto antes.

Sin embargo, el Jardinero los detiene:

-Esperen, no se vayan aún.
-¿Qué pasa?
-Hay algo que no me cierra. El Jardinero del Orden no tiene razones para haber aparecido por el Barrio. Es más, ni siquiera estoy seguro de si él lo conocía, o si sabía cómo llegar.
-¿Y cuáles son sus sospechas?
-Creo que tal vez no esté trabajando solo.

Somosa siente un temblor que lo invade, aunque no puede estar seguro si se trata de miedo o emoción. Arrieta escucha atentamente a su lado.

-¿Tiene idea de quién podría estar ayudándolo?
-Tengo mis dudas. Tal vez sea alguien del mismo universo que ustedes…
-¿Qué quiere decir con mismo universo?

La pregunta proviene de Johnny John, pero el Jardinero del Kaos hace caso omiso y continúa con sus cavilaciones:

-Pero si mi peor intuición está en lo cierto, creo que necesitarán ayuda.

El Jardinero se dirige hacia un viejo mueble de madera. Abre un cajón en el cual pueden verse dos pequeños frascos: uno contiene un líquido azul y el otro dorado.

Diógenes Mastreta se impacienta:

-Le agradecemos profundamente su ayuda señor, pero si nos disculpa, estamos algo apurados…

El Jardinero toma el frasquito dorado y lo exhibe como si del Santo Grial mismo se tratara:

-Sé que voy a odiarme por hacer esto, ya que contradice todas mis afirmaciones. Pero creo que esta vez es necesario.

-¿Qué es eso? –Pregunta Ángel Vergara, pero el parco caótico continúa con su soliloquio:

-No volví a utilizarlo desde la muerte de Calamity –Agrega, señalando con la mirada el recipiente azul- Ay, creo que una parte de mí se fue con él…
-¿No va a decirnos de qué se trata? –Exclama Mastreta poco perseverante.
-Él me pidió que lo guardara en su última visita. Creo que ha llegado el momento de que retorne a su dueño.

El Jardinero del Kaos extiende su brazo hacia Diógenes justo cuando una mancha pequeña y lechosa se arroja sobre él, le quita el frasco dorado y vuelve a posarse sobre el hombro de una silueta que se esconde entre las sombras.

-¿Vieron? ¡Yo sabía que había un simio blanco! –Exclama Mastreta,
-Sos vos… -Agrega el Jardinero, y luego se dirige a los intrépidos aventureros- Va a ser mejor que recuperen eso.

Arrieta no lo piensa dos veces y se arroja contra la horrible figura, pero el mono sale corriendo llevando la poción en alto.

-¡Atrápenlo! – Grita Mastreta y los cuatro corren en su búsqueda.

El mono albino sale al exterior, moviéndose con gracia entre los árboles. Mastreta intenta taclearlo pero cae con dificultad y queda atrapado entre unas raíces. El siguiente en intentarlo es Somosa: toma una piedra y le apunta a la cabeza, pero antes de poder arrojarla mete su pie en el barro y comienza a hundirse lentamente.

Arrieta continúa en lucha encarnizada con un desconocido, que resulta ser bastante ágil para su robustez: le anticipa todos los golpes y responde con veracidad. Sin embargo, en un descuido de la bestia Alfredo Arrieta logra golpearlo en la cara con un atizador. El impacto, si bien no fue muy fuerte, alcanzó para quitarle la máscara que llevaba: Arrieta siente náuseas y un escalofrío al contemplar aquel rostro deforme.

Johnny John y Ángel Vergara intercambian miradas al darse cuenta hacia dónde se dirige el babuino: el sonido de unas cascadas que caen al vacío se deja escuchar cerca de allí. Exhalando sus últimos alientos, logran dar con el animal. Mas éste comienza a saltar sobre las piedras que sobresalen del arroyo, hasta llegar al final de la catarata.

El tullido pega un alarido de horror al sentirse descubierto. Arrieta se compone e intenta darle frente, pero el salvaje arremete con toda su furia contra el cuerpo del navegante.

Johnny John da todo por perdido cuando el macaco color nube levanta los brazos hacia el precipicio. No obstante Ángel Vergara comprende que ha llegado el momento de demostrar lo que sabe: justo cuando el bicho arroja el frasco Vergara se lanza y lo atrapa en el aire.

-¡Estoy volando! –Grita con las extremidades extendidas, mientras su cuerpo se precipita sobre el acantilado. Unas ramas primero y el agua después amortiguan su caída.

-Eso no fue volar, sino saltar con estilo… -Concluye Diógenes una vez que todos vuelven a encontrarse dentro del castillo.

-¿Qué se supone que debemos hacer ahora con esto? –Pregunta Ángel Vergara con el trofeo en la mano, a lo que el Jardinero del Kaos responde:

-Beberlo. Deben beberlo todos.

-Me temo que eso no va a ser posible –Agrega una voz maltrecha. Recién entonces los demás se dan cuenta de que aún no estaban todos en escena: Arrieta ingresa en la habitación arrastrando los pies.

-Lo siento muchachos, hice todo lo que pude…

Esas son las últimas palabras de Alfredo Arrieta, justo antes de caer al suelo, muerto.

miércoles 21 de octubre de 2009

13-La carta en la manga


La teoría del escritor distraído ha dejado sin palabras a K. De alguna manera, es algo que siempre había temido. ¿Podría ser realmente él? ¿Cuánto hacía que no se sentaba a escribir un texto? Es verdad que últimamente ha estado algo desatento, como alienado… ¿Pero no sería injusto echarle la culpa de eso a aquella personita?

Valentín se desploma en un sillón y reflexiona: ¿K el escritor? ¿Genaro el muerto? Las pistas inconclusas del extraño que había entrado al bar comienzan a tomar sentido. Si K no había cumplido, ¿cuáles podrían ser las consecuencias? Si Genaro había muerto hoy, justo hoy… ¿Cómo había muerto? Y aún quedaba algo más, la urgencia de Victorio por comunicarse con él: ¿Qué tenía que ver su abstrusa concepción del tiempo en todo esto?

Gauna mira a K, esperando alguna reacción. De pronto éste lo increpa:

-De acuerdo, supongamos que realmente sea yo… de todos modos el mundo no se detuvo, ¿o sí?
-Parece que no… sin embargo tal vez eso sea sólo metafórico. O quizás… bueno, estoy desarrollando mi propia teoría.
-¿Qué piensa, Florencio? ¡Dígame!
-Creo que quizás el mundo no quiera detenerse…
-¿Qué? ¿Y cómo sería eso?

Florencio Gauna se pone de pie y vuelve a llenar su taza.

-Si el mundo no quisiera detenerse… y si su motor no está cumpliendo con su función… bueno, ¿qué podría hacer?
-No lo sé, Gauna. Déjese de tanto misterio y explique su idea.
-Bueno, yo creo que debería tomar su movimiento de otro lado. Debería complementar sus faltas con ayuda de otros… como hacemos todos, ¿no?

Genaro Cúspide, atento al diálogo, se arrima a la máquina y se sirve una taza de café. Le hace una seña a Valentín, pero éste rechaza la oferta. No obstante, se acerca a Cúspide:

-¿Cómo fue Genaro?
-¿Qué cosa?
-¿Cómo fue que murió? ¿Cómo fue que murió hoy?

K mira incrédulo al hombre de los velorios. Gauna hace una pausa para saborear su enésimo café del día.

-Bueno, es sólo una hipótesis… pero creo que podría explicar los extraños sucesos que hemos estado viviendo.
-¿A qué sucesos se refiere exactamente? Bueno, más allá de que acabo de enterarme de que Genaro murió hoy y ahora está acá delante de mí bebiendo café…
-Ja, no, pero eso ya era normal por acá. Yo me refiero a cosas como mi intromisión en aquel funeral lejano, la llegada del sujeto advirtiendo cosas en el bar, y esto:

Florencio extiende el brazo y le muestra a K la tapa de un diario: al parecer había muerto otra persona importante, aunque mucho no podía entender ya que estaba escrito en ruso.

-¿Cómo llegó esto a sus manos?
-Lo compré en el kiosko de siempre. Pero lo que más me llama la atención, además del idioma, es que ni siquiera el dueño del puesto sabía bien cómo había ido a parar este periódico ahí.

Genaro Cúspide se muestra sorprendido ante la pregunta. Luego comienza el relato:

-Esta mañana tuve un extraño presentimiento, como que hoy no iba a ser un día más en mi vida. Sin embargo intenté actuar del modo usual: me bañé, afeité, me ajusté la corbata y salí a caminar.
-Sí, ¿y bien?
-Imaginé que Florencio iba a estar leyendo los clasificados en el bar de siempre, su bar, así que me dirigí hacia allá para charlar un rato. Pero antes de llegar fue atacado por la espalda. Fui herido por un arma blanca, y caí, muerto.

K escucha y medita. Comienza a seducirlo la idea de un mundo desfalleciente que intenta en agónico suspiro complementarse con hálitos ajenos. De pronto fluye en él una idea:

-¡Déme una lapicera! ¡Tengo que escribir!
-¿Escribir?
-Claro, debo probar a ver qué pasa.
-Tiene razón, tal vez funcione.

Gauna toma prestada una hoja del escritorio de Genaro y se la pasa a K junto con una birome.

-¿Y ahí fue cuando hizo contacto con Victorio y le pidió que viniera a verme?

K garabatea con fuerza sobre el papel.

-Exacto, él me dijo tu nombre y que tenía algo importante que contarte.

Gauna observa atento los movimientos del escritor distraído.

-¿Pero quién fue, Genaro? ¿Quién lo mató? ¿No puedo ver nada?

K se detiene, mira al techo buscando la palabra adecuada y luego continúa.

-Bueno, sí, algo pude ver.

Gauna apura la taza y dirige una mirada inquisidora al caballero de la pluma.

-¿Qué vio, Genaro?

K termina con un lamento:

-No hay caso: quise improvisar una historia pero me salió una carta…

Gauna sonríe:

-Tal vez esa carta sea parte de la historia…

-Mi notebook, necesito mi notebook… la dejé en el bar.

-Lo que alcancé a ver fue un hombre alto, de sobretodo y sombrero, con un melifluo brillo en sus ojos.

-¡Al Albatros! ¡Hay que volver ya al Albatros!

viernes 16 de octubre de 2009

12-La casa está en orden


Las confesiones de Santino Conde y Eugenio Echagüe, las disertaciones mentales de Linares y Rocambole, los suspiros de Mayra Zucchini y las canciones de cuna de Mariana, Julia y Victoria se ven interrumpidos cuando aquel ser irrumpe nuevamente en el Albatros. No es difícil reconocerlo: porta el mismo sobretodo y sombrero que había traído en su primer paso por el bar.

-¡Tal como lo esperaba!

Las palabras del sujeto suenan maléficamente seguras. Una suerte de instinto común corre por las venas de todos los presentes, alertándoles del peligro: como una leona en apuros, Julia rodea con sus brazos a su beba, clavando una mirada desafiante sobre la macabra silueta. Mariana se planta frente a ellas, con los brazos extendidos, estableciendo una barrera de protección femenina más inquebrantable que el muro de Jericó.

Desde su mesa, Mayra Zucchini se paraliza: lamentablemente no sabe actuar bajo presión y sus piernas tiemblan al mismo tiempo que reprime sus deseos de llorar.

Por su parte, los hombres reaccionan de las maneras más diversas: Linares parece fingir como si nada extraño ocurriera, mientras que Rocambole deja pasar por su mente mil modos potenciales diferentes de hacerle frente al extraño, aunque no actualiza ninguno. Santino Conde luce relajado, y bebe un sorbo lento de su vaso de whisky. Pero Echagüe no piensa quedarse quieto: se levanta de un salto e increpa al hombre del sombrero:

-¿Otra vez usted por acá? ¿Qué es lo que desea?

Ante una sonrisa burlona como única respuesta, Echagüe se enfurece y reacciona: con una diestra bien cerrada lanza el primer golpe. Sin embargo no le es difícil al villano esquivarlo: con la gracia de un bailarín se hace a un lado, toma el brazo de Eugenio y lo dobla con tal fuerza que le parte el hueso.

Mayra, Julia y Rocambole ahogan un grito en un acto de empatía con el caído. La siguiente en avanzar es Mariana: con la furia de una amazona extrae un cuchillo corto de entre sus ropas y arremete hacia la silueta oscura. Una vez más el golpe es esquivado: tras un ágil movimiento, el cuchillo cae al piso y la mujer vuela, desplomándose sobre una mesa.

-Repito: ¡Tal como lo esperaba!

El hombre se quita el abrigo y el sombrero, dejando ver su verdadera figura: un fino duque de rubios cabellos y blanco traje a medida. Como un hijo de Lucifer, su belleza contrasta en esencia con el aura de maldad que lo rodea.

-Si no tengo más interrupciones, permítanme presentarme: soy el Jardinero del Orden. No, no hace falta que me digan sus nombres: los conozco muy bien. Los he estado estudiando.

Mayra rompe en un llanto y se toma la cara, no soporta la violencia. Julia toma aún más fuerte a la pequeña Victoria, quien también comienza a llorar. Rocambole continúa debatiendo internamente qué hacer. Linares mantiene una indeferencia ejemplar junto a un Santino que observa todo atentamente.

El Jardinero del Orden se quita la corbata y venda con ella el brazo de Echagüe.

-Disculpen las molestias, realmente odio la violencia, pero lamentablemente no me dejan más remedio. Es increíble, sabía exactamente cómo saldrían las cosas: quién se quedaría en el bar y quién se iría, todo es tan predecible… ¡Todo está en tan perfecto orden!

Santino se mueve en su asiento, pero no se levanta. El Jardinero continúa:

-Eugenio Echagüe… sabía que ibas a ser el primero en reaccionar: tu reciente episodio policial te ha dejado mal parado y cualquier ocasión sería apropiada para quedar como un héroe. Luego Mariana, la bella guerrera… tu sangre nativa de la Isla Calamidad no iba a permitirte quedarte sin hacer nada, ¿verdad?

Mariana se acomoda lentamente entre dos mesas, dando señales de vida.

-Julia, obviamente, ibas a proteger a tu bebé a toda costa, lo cual restringe demasiado tu movilidad. Y Mayra, la dulce Mayra… ¿La violencia excesiva te paraliza, no?

De pronto las lágrimas de Zucchini cesan, trasmutando su rostro de lamento en furia.

-En cuanto a ustedes tres: mi querido Rocambole, tu indecisión y tu mentecilla complicada son las causas de tu inacción. ¿Revisar todas las posibilidades antes de optar cuál seguir? ¡Eso podría tomarte un tiempo infinito! No creo que puedas vivir tanto…

Una gota grande de sudor frío corre por la sien de Rocambole, mientras sus manos se aferran con fuerza a la mesa.

-Linares, ay, no sé para qué te hablo: completamente ajeno a la realidad, como siempre, inmerso en tu mundo de fantasía… Pero el que más me interesa sos vos, Santino Conde. Vos, que te creés tanto, que no podés evitar sentirte el centro de atención, y que a la vez no te interesás demasiado por el resto de la humanidad… vos me podés servir.

Santino se levanta lentamente, dirigiéndose hacia la barra. Allí toma la botella de whisky y vuelve a llenar su vaso.

-Te escucho…
-¡Perfecto! Sabía que podría contar con vos. Sos el factor, ¿cómo decirlo? Traicionero.

Conde esboza una sonrisa.

lunes 12 de octubre de 2009

11-Galán del Kaos


Siguiendo la dirección que su única brújula le indica, Johnny John dirige a sus compañeros hacia el que parece ser el destino final de su viaje. Aunque el viento se levanta, Arrieta maneja el timón con hidalguía enfrentando toda la bravura del oleaje.

Diógenes Mastreta escruta el paisaje con un sólo pensamiento en su cabeza: encontrar al portador del nombre que había guiado su viaje. Ya no quedaban más direcciones posibles: esta vez no podía caber ningún error.

Somosa había logrado superar sus mareos iniciales, deviniendo un hombre de mar ávido de emociones, mientras que Ángel Vergara ya comienza a cansarse de tanta agua alrededor, deseando un poco más de aire libre para poder demostrar lo que realmente sabe.

La ventisca comienza a cesar y con ella el mar se calma y se oscurece. El líquido sobre el que navegan se torna pantanoso. Cuando ya no pueden avanzar más con la embarcación arrojan el ancla y saltan a tierra firme. Caminan por senderos de ébano bajo una noche sin luna, esquivando charcos de sustancias extrañas y viscosas.

Aunque todo parece nuevo ante esos cinco pares de ojos atentos, no pueden evitar la sensación de ya haber estado allí. Una enorme fortaleza se erige entre la espesura del bosque, como un castillo gris de piedra. Ángel señala una puerta lateral y sus compañeros lo siguen.

Luego de pasar por varias habitaciones por demás extrañas, moradas de las más disímiles criaturas salidas de algún extraño circo de fenómenos (entre las cuales se encontraba un perro, que Johnny John juraría que escuchó hablar), llegan al fin hacia la cámara central. Arrieta duda ante al entrada, justo cuando Somosa, juntando un coraje inusual en él, la abre de par en par sin pedir permiso.

Sentado a la cabecera de una larga mesa de marfil, un hombre alto y calvo levanta la vista de sus papeles. Envuelto en su sobretodo negro, observa a los cinco intrusos, como si los hubiera estado esperando:

-Ah, son ustedes.

Somosa y Arrieta intercambian una mirada, que luego dirigen a Diógenes. Mastreta comprende que ha llegado su turno de hablar:

-Buenas… ¿Tardes? ¿Noches? Como sea… Usted debe ser el famoso Jardinero, ¿verdad?

El hombre asiente con la cabeza. Al acercarse un poco más, Mastreta descubre que por detrás del Jardinero hay otra mesa, más pequeña, frente a la cual puede observar el oblongo respaldo de una silla de madera. Se escuchan los ruidos de una máquina de escribir siendo manipulada con violencia.

-Eh… yo soy Diógenes Mastreta y ellos son…
-Por favor, ahórrese las presentaciones, sé muy bien quiénes son. ¿Pero qué están haciendo acá, en mis tierras?
-Bueno, creo que eso tendría que explicárnoslo usted a nosotros: llegamos hasta acá siguiendo el mapa que usted nos dejó.
-¿Que yo qué? ¿Están locos? Yo no les dejé ningún mapa.
-¿Cómo que no? ¿Entonces cómo explica esto?

Diógenes saca el plano de su bolsillo y se lo muestra al Jardinero, pero éste continúa hablando sin prestarle atención:

-Primero llegó él y ahora ustedes cinco… Estas entradas y salidas sólo pueden indicar una cosa: algo está mal. Algo está muy mal.

Diógenes avanza unos pasos, dando unos golpecitos en la vieja carta de bebidas:

-Todo está muy claro, muy claro. Mire el dibujo: flores. ¡Flores! Compuestas de un modo casi imperceptible… ¡Pero nada se escapa a mi ojo avizor! Y si no me equivoco, el dueño de estas marcas está justo a sus espaldas.

Diógenes se acerca más y más al Jardinero. Johnny John lleva una mano a su cabeza, pensando que su compañero de aventuras se ha vuelto loco.

-Mis sentidos de detective no me engañan, estas flores fueron hechas con un material muy específico, un material que sólo pudo prevenir de un ser –Mastreta se acerca a la silla de madera y la hace girar de un golpe- ¡Un mono blan...! ¿Eh? ¿MARRÓN?

Un simio pardo pega un enorme alarido y sale corriendo con una navaja en la mano. Alfredo Arrieta enfurece de sólo pensar que todo este tiempo han estado confiando en un idiota que había seguido una pista falsa. Diógenes Mastreta se queda unos instantes de pie con la mandíbula desencajada. Sin embargo pronto vuelve a acometer:

-¡Cómo que marrón! ¡Tenía que ser blanco! ¡Este mapa fue hecho con cabellos de mono blanco!, fíjese si no. ¡Y las letras! Tres iniciales firman la obra: “J D C”. ¡Jardinero del Caos!

El Jardinero se pone de pie de un salto, temiendo lo peor:

-¡Idiota! Soy el Jardinero del Kaos, ¡con “K”! ¡Está en griego!

Somosa se ilumina de pronto y decide compartir su idea:

-Perdón pero se me ocurre algo: Si “Kaos” está en griego, ¿la “C” no podría ser de “Cosmos”?

-¿Jardinero del Cosmos? – Pregunta Mastreta – Eso no tiene sentido, ¿verdad? ¿Qué significa “cosmos”? ¿Mundo?

El Jardinero baja la mirada, confirmando su sospecha:

-“Cosmos” quiere decir “Orden”… Jardinero del Orden… el muy soberbio no pudo evitar firmar su obra. ¿Dónde encontraron esta nota? Puede que haya gente corriendo peligro.

El corazón de Diógenes Mastreta palpita con fuerza al recordar que el mapa había aparecido en el Albatros, donde habían quedado esperando su querida Mariana y las demás mujeres, indefensas.

miércoles 7 de octubre de 2009

10-El escritor distraído


El sonido constante y monótono se deja oír desde la habitación contigua donde Valentín Flores había entrado con Genaro Cúspide. K espera sentado en un pequeño sillón. Una mesa ratona donde descansan dos tazas llenas lo separan de Florencio Gauna. No está seguro de cuánto tiempo hace que están allí.

-Beba su café, K, que no le he puesto veneno. – Gauna esboza una sonrisa.
-¿Qué están haciendo dentro de la habitación?
-La verdad, no lo sé… tampoco estoy seguro de cuánto tiempo más tardarán, así que por ahora sólo podemos esperar. Y disfrutar de un buen café, obvio.

K mira a su compañero por un instante. Luego, tomando lentamente la taza agrega:

-En el bar, usted insistió en que viniera. Dijo que parte de lo que va a pasar podría ser mi culpa. Creo que es hora de que me dé una explicación.
-Es cierto…

Gauna da un sorbo a su bebida. La disfruta un buen rato en la boca antes de hablar:

-Cuando la gente muere se hace más buena, ¿sabe? En realidad, no es que ellos cambien, sino que cambia lo que se dice de ellos. No me tomó mucho tiempo aprenderlo.

K suspende la taza justo por debajo de su boca. Continúa expectante.

-¡No se preocupe, no he matado a nadie! Simplemente he ido a velorios. A muchos velorios, desde hace muchos años ya… Locuras de un hombre aburrido, ¿sabe? Prácticamente voy a uno cada noche, parece que la gente nunca deja de morir.
-No veo dónde entro yo en este cuento.
-Perdón, suelo irme por las ramas: costumbres de viejo. Así fue cómo conocí a Genaro, pero eso es otra historia. Lo importante es que un buen día, cuando parecía que nadie había muerto en los alrededores, leí en el diario una extraña noticia.

K da un trago largo y se quema la lengua. Disimula el dolor con un “ajá”.

-Yo siempre leo los avisos fúnebres, pero éste salió en primera plana, en un recuadro chiquito, pero en la tapa al fin: había muerto un grande, un, cómo decirle sin que me tome por fabulador… había muerto un héroe.

Florencio hace una pausa, esperando algún gesto de asombro en su interlocutor. Al no encontrarlo continúa:

-Por supuesto fui, no iba a perdérmelo. Aunque la verdad es que no sé realmente cómo llegué: el lugar era completamente extraño y ajeno a todo, como si se tratara de… de otro mundo. Sí, otro universo.

K duda antes de volver a probar aquel negro mineral. Sin embargo se atreve y empina el recipiente, sin quitarle los ojos de encima a su compañero:

-Sigo sin entender, Gauna, ¿qué tiene que ver todo esto conmigo?
-Iré al grano: decía que cuando uno muere se hace más bueno. Y la gente a su alrededor también: he hecho varios “amigos de velorio” durante todos estos años. Bueno, la cosa es que charlando con alguien en ese lugar me enteré de una teoría: la teoría del escritor que no puede dejar de escribir porque si no se detiene el mundo.

Por primera vez K se sorprende: siempre había fantaseado de alguna manera con esa idea en su cabeza. Gauna nota un signo de preocupación en aquel rostro despeinado.

-¿Se lo imagina? Ya sé, suena muy a ciencia ficción… pero si usted hubiera estado allí, seguro la habría creído. ¡Todo era tan fantástico!
-¿Quién fue? ¿Quién le contó esa historia?
-No me dijo su nombre y no le di demasiada importancia en su momento. Nunca más lo volví a ver, nunca más… hasta esta tarde.

El corazón de K se acelera tapando el bombeo que resuena desde detrás de la pared. Sus ojos piden más respuestas.

-No me di cuenta al principio, pero cuando el dueño del Albatros repitió las palabras que aquel extraño le había dicho, ahí todo me cerró. ¡K, temo que toda nuestra existencia esté en peligro!

De pronto el sonido cesa. Unos segundos después la puerta se abre y las figuras de Genaro Cúspide y Valentín Flores entran en escena. Las miradas de dos viejos amigos se cruzan:

-K, Genaro es el muerto del barrio.
-Valentín, yo soy el escritor distraído.

lunes 5 de octubre de 2009

9-Todos mis galanes


Mientras el Oso de Mar termina de darle los últimos ajustes al barco explica que se encuentra paseando por ahí junto con Manuel Palmas con la intención de distraerlo, ya que el pobre aún no ha podido recuperarse de la pérdida de su mono.

Johnny John arroja la segunda brújula por la borda. Sólo le quedan dos: ¿Cuál deberá seguir en esta ocasión?

Diógenes le agradece a su viejo amigo por la ayuda y se prepara para partir. Somosa y Arrieta se acomodan en la nave. Ángel Vergara suspira sintiendo las últimas gotas deslizándose sobre su rostro. Pronto deja de llover.

Mientras avanzan el río vuelve a ensancharse y los vestigios de unos nubarrones negros se deshacen en el éter. Johnny se decide por la que lleva en la siniestra por ser el lado del corazón y le hace señas a Arrieta para que vire hacia ese lado. El agua comienza a volverse más clara y tranquila, desembocando en una amplía playa. Un clima de fiesta y juventud se deja sentir en aumento a medida que se van acercando a tierra firme. ¿Sería ese el lugar indicado?

Deciden detenerse y desembarcar en la bahía. Los recibe una arena blanca y suave. Caminan sin rumbo fijo sobre aquel lugar paradisíaco. De pronto descubren que no están solos: la mirada de Somosa se posa sobre las curvas de una señorita que pasa en traje de baño. Luego el reverso de otras dos distrae el andar de Vergara y hace escapar un silbido de los labios de Johnny John:

-Este lugar es un sueño: está lleno de mujeres hermosas.
-No nos dejemos desconcentrar, mis marineros: no debemos olvidar nuestra misión.
-¿Y cuál es nuestra misión, si se puede saber, mi capitán? – El sarcasmo de la última palabra de Arrieta fue suavizado por el paso de otra flamante damisela.
-Bueno, no estoy muy seguro aún, pero tengo mis conjeturas… creo que estoy a punto de descifrar el mapa, sólo debería poder comprobar mi hipótesis.

Johnny John no puede evitar caer en la vulgaridad y se acerca a una blonda diciéndole algo al oído. La mujer se da vuelta, lo mira enojado y le estampa un cabezazo en la nariz. Luego sigue su camino.

-No te recomendaría meterte con María Cabezazo – Dice una joven voz.
-¿María qué? – Pregunta Ángel Vergara.
-María Cabe…
-Deja, ya entendí – Interrumpe Johnny con las manos sobre su nariz sangrante.

Mientras aquel se incorpora ayudado por Somosa, Mastreta increpa:

-Buenas tarde jovenzuelos, ¿podrían decirnos dónde estamos?
-¡Pero eso es obvio! ¡En la playa!
-Sí, claro, pero lo que yo quería saber es…
-¿Y ustedes quiénes son? ¿De dónde salieron? ¿Hay una fiesta de disfraces por acá? – Interrumpe otra voz.
-Para, Diego, dejalo hablar, nos estaba diciendo algo.
-Richard, no te metas, quizás hay una fiesta cerca…
-Si hubiera una fiesta escucharíamos la música.
-¿Y si tuviera paredes aislantes?
-Diego, no hay paredes que aíslen completamente el sonido, eso pasa en las películas.
-¿Y si nos quieren afanar, eh? Por eso pregunto, tendrían que presentarse primero.
-¡Pero si fue Patricio el que les habló! Además es realmente poco probable que nos quisieran robar… de hecho si ese fuera su objetivo ya lo hubieran hecho.
-¿Por qué tenés que razonarlo tanto todo?

Los navegantes siguen la discusión como si de un partido de tenis se tratara. Cuando parece que tanto intercambio de palabras sin sentido va volverse eterno, el tercero en discordia toma la palabra:

-Disculpen a mis amigos, cuando se trenzan así no paran más. Yo soy Patricio y ellos son Diego y Richard.

Diógenes devuelve el saludo haciendo las presentaciones correspondientes. Después de contar algo acerca de su viaje pero sin dar demasiado detalles, se acerca a Richard mostrándole el mapa:

-Al principio estaba seguro de que esto era un camino. Sin embargo, luego de pasar por un extraño cementerio me di cuenta de que a sus lápidas les faltaba algo. Volvé a mirar el mapa, si se lo mira desde este ángulo, ¿qué se ve?
-A ver… parecen flores.
-Correcto, varias flores. Y acá hay tres letras, ¿las ves? La primera es una “J”, ¿se te ocurre algo?
-Flores, una jota… ¿Un jardín?
-Eso mismo pensé yo. Y no hay jardín sin su jardinero.
-Puede ser… ¿Y las otras dos letras?
-Bueno, luego del cementerio fuimos a parar a una bella ciudad, y en la plaza central nos encontramos con una pareja que huía de algo…
-Ajá, ¿y?
-Al preguntarles por un Jardinero se sorprendieron por la pregunta y me contestaron que eso era un caos… entonces pensé… ¿No podría ser un Jardinero del Caos?

Patricio intercambia palabras con Somosa mientras Diego y Ángel parecen comenzar una nueva discusión de esas que se dan entre el hombre de acción terrenal y el que divaga por las estrellas. Aunque finge indeferencia, Alfredo Arrieta desvía sus ojos por un instante rozando las líneas de una veterana que camina como una reina.

Richard afirma nunca haber oído nombrar a tal criatura. Se acerca a sus amigos, pero a ellos tampoco les suena el nombre. De súbito Patricio exclama:

-Se me ocurre que tal vez alguien lo pueda conocer…

Patricio hace señas hacia un cuarto joven, que se encuentra tomando sol cerca de allí, junto a una linda morena y una colorada con pecas. El muchacho, que responde al nombre de Pablo, se despide momentáneamente de las chicas y se uno al grupo de conversación.

-¿Jardinero del Caos? ¡Claro que lo conozco! Me encantan sus historias, muy entretenidas por cierto. Para llegar a él tienen que ir hacia allá.

Johnny John mira hacia donde señala Pablo y ve que es exactamente la dirección que indica la cuarta brújula, la que lleva en su diestra. Mientras arroja la otra al agua reconoce que a veces no es bueno dejarse llevar por el corazón.

domingo 27 de septiembre de 2009

8-El secreto de K


Mayra Zucchini suspira desde su mesa del Albatros. No puede quitar de su mente la imagen de K, ni borrar la huella de su perfume.

Detrás de la barra, Julia intenta hacer dormir a la pequeña Victoria, mientras Mariana le canta suaves arrullos de cuna aprendidos en su tierra natal. La beba mantiene los ojos bien abiertos, sin llanto, mas con la actitud expectante de la calma que precede al huracán.

Desde un rincón, Rocambole debate internamente como en un tema The Clash si debería irse o si hizo bien en quedarse. La idea de la aventura en barco parecía realmente emocionante, rodeados de extraños personajes que por alguna más extraña razón parecían estar destinados todos a cumplir un papel. Por otra parte, la partida del dueño del bar con el escritor y los otros dos hombres denotaba cierto misterio que estimulaba su vena detectivesca. Claro que, cuando había decidido tirar una moneda para ver qué camino seguir, ambos grupos ya se habían esfumado.

El más despreocupado de todos los seres que convergen esa tarde en el Albatros es Linares: en su afán de ver el vaso siempre medio vacío y pedir que se lo llenen ya se había bajado tres fernets. Ahora va por el cuarto, con el sombrero levemente inclinado hacia delante y las gafas montando a media asta de su nariz como un jinete sobre un gordo caballo.

Santino Conde, quien se había ofrecido gentilmente a cuidar de las damiselas, medita en silencio con el codo derecho sobre el respaldo de la silla y un vaso vacío en la mano izquierda. Al parecer, no hay mucho para hacer: no le convencen ni el neurótico obsesivo que habla solo mientras juguetea con una moneda ni el borracho que nunca termina su trago. Con ambos había intentado charlar sin éxito: el primero era bastante rebuscado en su forma de hablar y el segundo sólo contestaba preguntas con más preguntas.

Santino relojea el ambiente. Las damas están descartadas: la morocha de pelo corto era la mujer del dueño y además tenía una beba; la morena de ojos café había venido con el payaso disfrazado de pirata, y era mejor no darle motivos para volver a intercambiar palabras con él. Y la rubia del flequillo… sin dudas era la más hermosa, pero también estaba acompañada. Y si sus ojos no lo habían engañado, ya era demasiado tarde para intentar actuar.

Sin embargo, aún queda alguien con quien no había experimentado. Conde se levanta y se dirige a su mesa:

-Santino Conde.
-Hola, yo Eugenio Echagüe.
-Y decime, Eugenio, ¿me parece a mí o nosotros somos los únicos cuerdos en este lugar?
-Qué se yo… hace rato que se me hizo difusa la diferencia entre la locura y la cordura.
-¿Por qué te quedaste acá?
-¿La verdad? Porque no confío en nadie.
-Interesante punto. ¿Por alguna razón en especial?
-¿Y porqué debería contestártelo? Mirá, he traicionado, he sido traicionado… he dado un vuelco a mi vida de un día para el otro y finalmente caí acá, en este lugar.
-¿Vos también tenés esa sensación de que algo importante está por pasar, y que el hecho de haber llegado hasta este café no fue casualidad? Como si tuviéramos un rol en esta historia.
-¿No será mucho? Yo sólo quiero tener una vida normal, nadas más.
-Eugenio, vos ocultás algo…

Desde su mesa, Mayra Zucchini vuelve a suspirar. No puede dejar de recordar las últimas palabras de K antes de salir:

-Mayra – había dicho K volviendo a la mesa – Tengo que ir con Valentín, esos dos tipos que están ahí tienen que mostrarle algo y por alguna razón siento que debo estar ahí.
-Pero K, justo ahora…
-Sí, ya lo sé, pero será solamente un ratito. Acá vas a estar bien, te lo prometo.
-Es que dijiste que querías pasar tu cumpleaños conmigo – La carita de Mayra se tornaba la de una nena pequeña cuando hacía un reproche- Además, ibas a contarme algo.
-Tenés razón. Bueno, entonces antes de irme voy a contarte un secreto.

K se acercó al oído de Mayra Zucchini. Pero justo antes de llegar a él desvió su boca y le dio el primer beso.

Mayra aún puede sentir el cosquilleo en sus labios.

miércoles 23 de septiembre de 2009

7-...Y la vida eterna...


El ruido del motor se repite como un mantra que con estoica constancia transporta y detiene. Un fresco escalofrío sube desde mis pies hasta mi cuello, erizando los cabellos de mi nuca. La sensación es inconmensurable, pero de querer establecer un parangón debería hacerlo con una mezcla de miedo, adrenalina, excitación y regresión a la infancia.

Valentín pierde conciencia del momento y del lugar. La pipeta de vidrio se diluye en sus manos, todo su cuerpo tiembla suave y tenaz, en un vals adormilado y febril.

Abre los ojos: ya no está acostado sino de pie, en un lugar que no conoce. Camina buscando algún indicio, pero sólo ve luces y sombras, nubes y vapor acaramelado. Mezcla de recuerdos, aromas de comidas y visiones borrosas que no alcanza a explicar, pero que de alguna manera sabe que ya las vivió, o que las vivirá.

De pronto un fuerte sabor dulzón en el aire le marca el camino hacia algo hartamente conocido, mientras una catarata de reminiscencia lo ataca sin piedad: sería capaz de reconocer el olor de un Metratón a veinte leguas de distancia.

Alrededor de una mesa cuatro sujetos juegan a las cartas. A tres de ellos no los conoce: Raúl Morales, Darío Solanas y Capitán. Al cuarto lo juna tanto que no puede evitar derramar dos saladas al verlo:

-¡Victorio!

Victorio Santana da un sorbo a su habano y esboza una amplia sonrisa. Con una seña avisa a sus compañeros que pronto retomará el juego y se acerca a saludar a un viejo amigo.

-Valentín, te estaba esperando.

El abrazo dura un tiempo inacabable, si eso existiera.

-¡Victorio! No entiendo, ¿dónde estamos? ¿Estás vivo? ¿Estoy muerto?
-¡Mi querido Valentín! Ya hablaremos sobre eso, ¡pero contame de tu vida, che! ¿Así que se pusieron un bar con Julia? ¿Lo llamaste Albatros, como la organización? ¡Jaja, sos un hijo de puta!
-Sí, qué se yo, me pareció original… ¿Pero cómo sabés eso? ¿Acaso desde acá se puede ver todo lo que pasa?
-Ja, no no, quedate tranquilo. Es que hay un hombre que pasa seguido por esta zona, Genaro se llama. Él va y vuelve, no sé, es extraño… La cosa es que nos hicimos amigos, me contó de un bar que frecuentaba, que era nuevo y lo atendía un chico joven. Como yo tengo algo de calle me parecía raro no conocerlo. Y cuando me dijo el nombre del lugar…
-Bueno, eso no es lo único nuevo que lleva un nombre viejo.
-¿No? ¿Qué más hiciste? ¿Un trago que se llama Funes? Jaja. Debería servirse en un vasito pequeño…
-Ja, no, no es eso. Tuvimos una hija, tenés una nieta. Se llama Victoria.

Los ojos de Victorio se humedecen por instante, no esperaba tal golpe bajo. Es la primera vez que Valentín lo ve realmente emocionado.

-¿Esa no la sabías, eh? Se ve que no te contó todo este Genaro… A propósito, fue él quien me mandó acá, me dijo que alguien quería hablar conmigo, y supongo que ese alguien sos vos…

Victorio se repone de golpe, adquiriendo su natural aire de simpatía y superioridad.

-Valentín, presiento que un gran acontecimiento está sucediendo en el barrio y hay algo que debés saber para poder sobrepasarlo.
-¿Me vas a enseñar a superar a la muerte? ¿De eso se trata?
-No, no… mi querido yerno: la muerte no existe.
-¿Cómo que no? ¿Qué querés decir?
-La muerte no existe, porque el tiempo no existe: sólo existe la simultaneidad.

Aunque ambos caminan mientras conversan, es como si estuvieran siempre en el mismo lugar. Al mejor estilo peripatético, Victorio continúa con su explicación:

-El tiempo, Valentín, tal como lo comprendemos y utilizamos, no existe. Todo lo que hay, lo que existe, es una sublime simultaneidad. Un instante eterno donde todo se da, por decirlo de alguna manera, al mismo tiempo. Claro que expresarlo así suena contradictorio, ya que si hay tiempo hay sucesión, una cosa tras de otra. Y la eternidad es lo contrario: todo junto, en simultáneo.

El rostro de Valentín denota su esfuerzo por tratar de comprender lo que su compañero de viajes le dice. Sigue Victorio:

-El tiempo, la sucesión, la seguidilla de hechos uno tras de otro, es sólo la manera que nuestra mente tiene de ordenar las cosas para poder captarlas e intentar comprenderlas: ordenamos en filitas los hechos para poder interpretarlos, porque no podemos hacerlo de otro modo. Y el lenguaje, nuestra herramienta para poder ordenar las sensaciones y el pensamiento, también necesita de este orden, tanto para reflexionar como para comunicarnos con los demás. Pero en realidad, en la esencia del ser, todo ya se dio. O, para ser más preciso, se da, en un presente eterno.

-Creo que entiendo lo que querés decir, pero me cuesta un poco interiorizarlo.
-Pensá en algún momento hermoso que quieras recordar.

La primera imagen que pasa por la mente de Valentín es cuando vio a Julia por primera vez, en aquella librería de Rosario. Se sonroja al dudar si Victorio podría ver sus pensamientos.

-¿Listo? Bueno, esa imagen que para vos es un recuerdo, en realidad sigue latente, siempre presente, acá, en la simultaneidad. Siempre podés volver a ellos, ¿de dónde creés que saqué este habano si no? Acá no se consiguen… Y lo mismo pasa con las cosas de lo que entendemos como “futuro”, en realidad ya todo está dado, sólo que nuestra limitada mente humana debe dividirlo en pasado, presente y futuro para poder comprender lo que sucede.

-Me parece que veo el punto, aunque todavía no sé cómo aplicarlo…
- Valentín, el tiempo no existe. Y ése es el secreto de la vida eterna. Sólo tenés que buscar y dejarte llevar.
-Pero, decime… ¿No era que no querías nada de filosofía en esta historia?
-Bueno, esa era otra historia…

Los tres hombres que esperan en la mesa parecen algo disgustados. El de saco azul de capitán le hace señas a Victorio con una mano sin manga para que vuelva al juego.

-Bueno, creo que mis nuevos amigos se están impacientando y van a matarme si no retomo la partida. A matarme, jaja, qué gracioso.
-Esperá, viejo, ¡no me dejes solo de nuevo! ¿Nos volveremos a ver?
-¡Claro, jovenzuelo! ¿No entendiste nada? ¡Siempre, siempre nos estamos viendo!

La silueta de Victorio se pierde en un fundido a negro. Valentín despierta con un sabor acre en la boca. Aún puede sentir el aroma del habano flotando en el aire.

viernes 18 de septiembre de 2009

6-Los Apuntes del Galán


Avanza el barco hacia la dirección señalada. Sin embargo, con tres brújulas dispares se le hace difícil a Johnny John seguir la pista marítima. Sin mencionar que la charla con la poetiza lo ha dejado anonadado.

Diógenes Mastreta intercambia miradas entre el mapa y el horizonte, intentando decidir cuál de los dos resulta más confuso, mientras que Ángel Vergara garabatea en su Diario: “Un día más en el mar; si tuviera alas, ya habría echado a volar”.

De pronto el paisaje comienza a cambiar una vez más: el mar parece trasmutar en río y todo adquiere un aire más campestre y cotidiano. La tranquilidad de un pueblo se abre ante los visitantes, que, llevados por un impulso inexplicable, deciden arrojar el ancla y descender a tierra firme.

El pueblo sereno se va descubriendo como no tan pueblo ni tan sereno una vez que los cinco caminantes se van acercando a su centro: una plaza pintoresca corona el lugar, con su respectiva iglesia y municipalidad. Las avenidas corren anchas a su alrededor, y el ruido de una ciudad se hace sentir. No obstante, los lugareños se sorprenden y dudan si se han adelantado los carnavales al ver tales pintas andantes.

Somosa y Arrieta se sumergen en un déjà vu: algo de todo ello les recuerda al potrero del barrio donde habían visto jugar a Miguel. Intercambian miradas sin decir nada, y luego las dirigen hacia su capitán, como buscando respuestas. Diógenes no sabe qué decir. Pero justo cuando iba a expresar su silencio aparece ante ellos un joven apresurado acompañado de una pulposa mujer.

-Discúlpeme, buen hombre, ¿podría decirnos dónde estamos?
-[Desconcertado como Adán en el día de la madre] ¿Cómo dónde estamos? ¡En la plaza, en el centro!
-Sí, bueno, eso puedo verlo… ¿Pero en el medio de qué?
-[Entrecortado por el apuro] –No sé ustedes, pero yo estoy en el medio de un bonito quilombo…
-¿Qué le sucede, hombre? Si podemos ayudarlo…
-[Más apurado que colectivero en última vuelta] Mire, su disfraz de pirata es muy intimidante, pero tengo a toda la mafia de Moyano encima… y si no me apuro, me hace puré el soquete…
-[Más nerviosa que testigo falso] Vamos, Betito, que si nos ven juntos nos matan.
-[Resignado] Tenés razón, Macu… Muchachos, a una dama no se la hace esperar, así que si me disculpan...
-Perdón, pero al menos dígame una cosa: ¿Conoce por aquí algún Jardinero?
-[Perdido como turco en la neblina] ¿Jardinero? ¡Pero qué me dice, hombre! ¿No ve que esto es un caos? ¡Adiós!

La turbada dupla desaparece por una esquina. Johnny, Ángel, Somosa y Arrieta se miran desconcertados. Sin embargo, el rostro de Mastreta se ilumina con una sonrisa:

-¡Creo que tengo una nueva pista! ¡Vamos!

Mientras se dirigen de nuevo hacia el lugar donde habían desembarcado, unas gotas comienzan a caer sobre sus cabezas. Somosa cree ver sentados bajo un árbol de la plaza las efigies de cuatro sabios discutiendo. Juraría que se trataban de Galileo, Copérnico, Belgrano y el mismísimo Jesús, si eso no fuera imposible.

Por su parte, Arrieta se sorprende al contemplar la figura de una joven pareja que, lejos de huir de aquel llanto divino, se abrazan con fuerza como disfrutando del roce de cada gota deslizándose sobre su piel.

Al llegar de nuevo a la nave, Johnny Johnn es el primero en notarlo, por lo tanto deviene mensajero de las malas:

-Diógenes, tenemos un problema: no creo que podamos zarpar, el barco está averiado.

Ángel suspira, pensando en que la lluvia cada vez más frondosa impediría incluso el más raudo vuelo. Sus cavilaciones se ven interrumpidas por una voz nueva para todos, menos para uno:

-¡Mastreta, tanto tiempo! ¿Problemas con el barco? Creo que yo puedo solucionarlo…

lunes 14 de septiembre de 2009

5-El muerto que parla


Avanzan los cuatro hombres a paso desparejo, pero logrando una armonía sinuosa que recuerda a los cilindros metálicos con puntitos de las cajitas de música.

A K no le hace ninguna gracia haber dejado a Mayra en el bar, aunque Valentín le asegurara que ahí estará bien, que las demás mujeres le harán compañía y que además quedarán custodiadas. Eso último es tal vez lo que más le incomoda.

Valentín Flores va unos pasos por delante de su amigo. No sabe bien a dónde lo están llevando, pero de alguna manera siente que gran parte de sus dudas se resolverán allí, donde sea que eso sea. ¿Quién es este tal Genaro Cúspide? ¿Y el hombre que lo acompaña? Se llama Florencio, lo ubica porque va todos los días al Albatros: pide un café bien negro y el diario. Más de una vez lo había sorprendido leyendo los avisos fúnebres.

Florencio Gauna camina pensativo. ¿Realmente Genaro está dispuesto a compartir su secreto? Él lo conoce desde hace años y estuvo presente en todos sus velorios. Sin embargo, no sabe cómo lo hace: cómo Cúspide siempre logra superar a la muerte.

Genaro Cúspide lidera la caravana. Aunque está a punto de revelar el secreto de su vida, no se arrepiente: es consciente de que lo que tiene que contar puede ser de vital importancia, para todos. Además, es un favor que le debe a un viejo amigo: él pidió verlo, y él lo tendrá.

Los cuatro caballeros ingresan en un departamento cálido y confortable. Ante la seña del anfitrión, Valentín lo acompaña a la habitación siguiente. Si tiene que compartir su secreto, va a hacerlo solamente con él.

-Valentín: ¿El hombre que entró al bar afirmó que ya había habido una muerte en el barrio, verdad?
-Así es, esas fueron sus palabras.
-Bien, te dije que yo podía explicar eso: yo soy el muerto.
-Mire, Genaro, si me trajo hasta acá sólo para hacerme una joda, debo decirle que no estoy de humor…
-No, Valentín, no se trata de ningún tipo de broma de mal gusto. Sentate ahí, por favor, y dejame que te cuente.

Genaro le señala un sillón a Valentín y éste accede a su pedido. Luego voltea por un instante, revuelve unas cosas y finalmente pone ante él un extraño aparato.

-¿Qué es eso? ¿Un nebulizador?
-Así es, pero no cualquier nebulizador: ha llegado la hora de que pruebes una nebulización trascendental.

Mientras habla Genaro toma la pipeta de vidrio e introduce unas gotas de un líquido claro como el agua.

-¿Nebulización trascendental?
-Vas a experimentar lo que muy pocos han vivido: un nirvana fisiológico. Una solución temporal para un problema eterno.
-Claro, una solución… fisiológica, ¿no?
-Ja, esa fue buena. Lo estás tomando con humor, eso una buena señal. - Afirma Genaro mientras le acerca la mascarilla a la cara.

miércoles 9 de septiembre de 2009

4-Los últimos galanes


La brisa marina se deja sentir en el rostro. Arrieta, timón en mano, vuelve a experimentar el salitre aroma en sus fosas nasales. El Río de la Plata no huele igual al Mediterráneo, pero hay algo que comparten los siete mares: la paz ondulante y salada.

Ángel Vergara toma notas en su diario: la prueba final deberá ser postergada o evaluada in situ. No conoce el destino pero eso no lo abruma: admira el volar de las gaviotas y por unos instantes se hace uno con ellas.

Desde la proa de la pequeña embarcación Johnny John alinea sus cuatro brújulas, intentando descifrar cuál es la que funciona: Noto, Bóreas, Céfiro y Euro lo atraen con finos cortejos, pero él no se decide por ninguno. Y sin embargo se mueve.

Somosa de pie contra la barandilla, cambia su mirada gris por un gesto verdáceo. Se arrepiente de ser aventurero: nunca había pensado que el mar podría marearlo tanto. Detrás de él, Diógenes estudia minuciosamente la carta de bebidas. Siente que hay detalles que se le escapan ¿Qué querrían decir esas letras al final del mapa?

Un grito lo saca de sus cavilaciones: “¡A babor! ¡Virar a babor!” Johnny John sigue una corazonada. La nave gira bruscamente y de pronto el día se hace noche. El agua marina deviene un gran charco negro y las nubes bajan hasta convertirse en niebla.

Avanzan lentamente por el lago oscuro. A lo lejos comienza a divisarse tierra firme. Poco a poco comienzan a surgir de ella lo que parecen ser personas de pie observando rígidas desde el ébano absoluto. A medida que las pupilas se van adaptando a la ausencia de luz, descubren que las siluetas en realidad no eran hombres, sino lápidas.

Arrieta conduce incrédulo entre aquella brea líquida: no puede negar que algo de toda esa situación fantástica lo atrae. Diógenes revisa una vez más el mapa y se dirige hacia el hombre de las brújulas, para asegurarse de que no haya confundido el rumbo. Ángel Vergara abandona la escritura y observa absorto el paisaje, mientras Somosa se irgue en toda su altura al sentir aquel penetrante perfume.

Una bella dama de arios cabellos increpa a la tropa:

Viajeros lejanos,
de porte tan serio,
¿qué buscan, ufanos,
en mi cementerio?


Diógenes es el primero en contestar:

-Discúlpenos, oh hermosa diosa de los mares, queríamos saber si nos podría ayudar a encontrar algo que buscamos.

La dama continúa en silencio.

Mastreta vuelve a intentarlo:

-Le decía, eh, señora… si podría ayudarnos… mire, es que estamos siguiendo este mapa, y…
La dama, silente, frunce el ceño. Justo cuando amenaza con irse, Johnny John lo comprende:

-Diógenes, creo que yo hablo su idioma. Dejame intentarlo:

Dama agraciada y elocuente,
a usted nada se le escapa.
Ya que es tan inteligente,
¿podría ayudarnos con este mapa?


Joven agudo y atrevido,
¿por qué debería de ayudarte?
Si vos solo te has perdido,
vos solo podés escaparte.


Dama fría y escurridiza,
presiento que es mujer amable.
Por favor, llevamos prisa:
y mi brújula no es fiable.


Tu insistencia, al parecer,
no tiene límite, ya lo creo.
Pero yo veo lo que quiero ver,
y lo que no quiero, no lo veo.


Mi querida, haga una excepción,
por este pobre viajero:
que me indique una dirección
es lo único que quiero.


Muy bien, dame el plano,
voy a ayudarte, mi adorado.
Supongo que no en vano
el Hado hasta mí te ha guiado.


Johnny Johnn sonríe y le pide el mapa a su compañero. Mastreta se lo pasa y el poeta se lo entrega a la dama. La blonda lo mira con atención y finalmente recita:

Me temo que has perdido el rato,
joven austero, lo siento.
Desconozco tal garabato,
y si te digo, te miento.


La desilusión se hizo presente en el rostro de los cinco marineros. Sin embargo, Diógenes Mastreta se vio súbitamente iluminado y susurró cual Cyrano unas palabras al oído de su amigo.

Johnny John juega su última carta:

Agradezco su ayuda,
como un fiel Cancerbero.
Sólo me queda una duda:
¿Conoce a un tal…


El trueno provocado por la ira de la dama resuena al oír aquel nombre prohibido. Ella se aleja furiosa, no sin antes señalar el camino con un gesto lapidario.

Mientras la embarcación avanza las nieblas se disipan. El héroe perdido arroja una de sus brújulas al mar.

viernes 4 de septiembre de 2009

3-Las piezas se acomodan


-¡Por el espíritu de Herman Toothrot! – Exclama Diógenes Mastreta. - ¿Alguno de ustedes ha visto por aquí a un mono blanco?

En un ambiente alterado y silente como el actual, los nervios se tensan y los gestos exagerados se captan el doble. Diógenes examina la carta de bebidas con cuidado, mientras mira atento hacia las mesas. El mal genio de Santino Conde fue el primero en reaccionar:

-¿De qué hablás, pirata borracho? ¿De qué manicomio te escapaste?
-Acá el único ebrio sos vos, mi estimado amarillo: tu aliento a whisky barato es más fuerte que el de un cerdo descompuesto… Sin embargo, nadie ha respondido mi pregunta.
-¿A quién le dijiste cerdo?

Conde se levanta de la mesa. Eugenio Echagüe piensa en salir disimuladamente: si se surgen problemas en el bar es probable que llegue la policía, y no quiere más líos con ellos desde el incidente de sus zapatos. Sin embargo es Valentín Flores quien toma la palabra:

-Ey, ey, tranquilos muchachos, nadie quiso ofender a nadie, ¿verdad? Dígame, señor… eh…
-Diógenes Mastreta.

Santino vuelve a sentarse lentamente, sin quitarle la vista de encima a tan extraño personaje. Arrieta no puede evitar una sonrisa al oír su nombre.

-Diógenes… Yo soy Valentín, el dueño del bar. ¿Por qué su pregunta sobre el mono?
-¿Quién ha tocado esta carta por última vez?

Valentín hace memoria: el extraño que le había dado la información a medias había estado mirándola antes de hablar con él. Genaro Cúspide se acerca a ellos para oír la conversación.

-Fue un hombre… vestía un sobretodo y un sombrero, no pude ver bien su rostro… dijo algo acerca de un escritor que se distrajo y sobre un muerto en el barrio…

-Creo que yo puedo explicar eso. Valentín Flores, ¿verdad? Yo soy Genaro Cúspide. Necesito decirte algo…

K mira con atención: no puede evitar pensar que cuando hablan de un escritor se refieren a él.

Por su parte, Rocambole sigue los movimientos de las conversaciones intentando captar algo de lo que se habla. Su mente rebuscada y deductiva le dice que todas las fichas se estaban acomodando sobre el tablero. No se equivoca al esperar que las palabras del corsario resuelvan parte del asunto:

-Mis queridos camaradas, he aquí un desafío: en esta carta de bebidas alguien ha dibujado un mapa… ¿Por qué no se ve a simple viste? Fácil: para confeccionarlo ha utilizado cabellos de simio blanco.

Linares se siente dibujado: no le gustan las aventuras y comienza a arrepentirse de haber entrado a ese bar. Recuerda que una vez se propuso conquistar el mundo: por un pequeño desliz casi termina conquistando a Edmundo. Los errores de imprenta pueden ser fatales.

Sigue Mastreta:

-Yo tengo un pequeño barco, sólo necesito una valiente tripulación: ¿Alguien de los presentes tiene experiencia en altamar?

Somosa no puede creer lo que está escuchando: de una vida de aburrido oficinista de pronto se ha convertido en viajero trotamundos y ahora podría llegar a ser un… ¿Aventurero? Golpea el hombro de Arrieta: él trabajaba en el puerto de Marruecos, es un experto navegador… Sus ojos piden lo que sus labios callan y esperan.

-Yo sé navegar. –Accede finalmente Alfredo Arrieta ante los ruegos de su compañero de mesa. – Pero realmente no creo que nada de esto tenga sentido.

K y Valentín no le quitan la mirada de encima a Genaro esperando sus explicaciones. Florencio Gauna se les une en la barra. Al fin Cúspide abre la boca:

-Valentín, tenés que acompañarte, él necesita verte. Me dijo que lo que tiene que decirte puede ser crucial para la continuidad de la existencia.
-¿De qué existencia estás hablando? – K interrumpe.
-De toda la existencia. Al menos de toda la nuestra…

-¡Perfecto! Ya tengo mi contramaestre… Ahora lo que necesitaría es una brújula… Diantres, ¿por qué nunca llevo una encima? – Al escucharlo Mariana tuerce los ojos.
-Yo tengo una… - Agrega Johnny John levantando tímidamente la mano- Y creo que esta vez funciona.

-Valentín, esto no me gusta nada.
-Tranquilo señor K, usted también es de gran importancia. De hecho, me atrevería a decir que es el principal culpable.
-¿Quién quiere hablarme? – Increpa el dueño del Albatros.

Ángel Vergara mira atento la situación. Comprende que ha llegado el momento de su prueba:

-Yo también voy con ustedes. Tengo cierta habilidad que podría serles útil.
-¿Y de que don se trata, muchacho?
-Bueno yo… puedo anotar lo que pase cada día en mi diario – No se atreve a contar su convicción acerca de que puede volar, lo mejor será que lo vean directamente en escena cuando fuera necesario.
-¡Perfecto! Siempre es bueno que alguien escriba las bitácoras. ¡Ya podemos partir!

-Y nosotros también. Vamos. -Agrega Genaro Cúspide y Florencio Gauna asiente a su lado.

K mira a Mayra Zucchini, quien a la vez le dirige un gesto de interrogación desde la mesa, ¿qué debe hacer? Valentín hace lo mismo con Julia, su mujer, y su beba Victoria. ¿Debería acompañar a estos dos extraños?

-No se preocupen por su damas, yo me ofrezco para quedarme a cuidarlas… -Santino Conde se acerca y vuelve a llenar su vaso con una botella de whisky que toma del mostrador.

lunes 31 de agosto de 2009

2-Cuatro ases


Desde el Norte viene piloteando por las calles Ángel Vergara, añorando el viejo sueño de volar. Busca un buen lugar para sentarse a escribir su diario. De pronto ve un cartel que parece iluminarlo: “Albatros”. ¿Qué más indicado para su causa que un bar con nombre de ave?

Todas las miradas se centran en el nuevo sujeto, temiendo encontrarse una vez más con aquella figura extraña. Se tranquilizan al comprobar que sólo se trata de un joven con un cuaderno en la mano.

Florencio Gauna estrecha la mano de Genaro Cúspide, son viejos conocidos de tertulias funerarias. Le pregunta acerca de su último viaje y Cúspide le responde que tiene algo que decir, pero que aún no es el momento. Que de alguna manera se dará cuenta cuándo lo será.

Desde el Sur avanza Johnny John buscando su norte. A su arsenal de brújulas maltrechas ha sumado una que parece ser la correcta. La punta de metal imantado señala hacia el bar de la esquina. Entra sin dudar.

Nuevamente la atención se centra en la puerta del café. K pide perdón a Mayra Zucchini y se acerca a Valentín, indagando acerca de las palabras del extraño. Julia, la mujer del dueño, se asoma desde la cocina con la pequeña Victoria en brazos.

Desde el Oeste, Linares camina por la calle empedrada. Si bien siempre se toma todo a pecho, ahora prefiere beberlo con soda. Cansado de seguir todo al pie de la letra esta vez decide ceder a la letra del pie: una “A” de una vieja tapa de agua parece ser una señal. Levanta la vista y acomodando sus lentes sabe a dónde tiene que ir.

Arrieta regresa del baño y se sienta en la mesa que comparte con Somosa y Rocambole. Se burla mentalmente del pequeño personaje que acaba de entrar: algo en sus gafas y sombrero lo confunden con un inquieto palurdo. Rocambole clasifica mentalmente a los allí presentes, intentando colocar a cada uno en una categoría. Somosa siente que por ahora sólo debe esperar.

Desde el Este llega una pequeña embarcación por el Río de la Plata. Bajan de ella dos personas bastante peculiares. Circulan por las calles disfrutando de los paisajes que la ciudad les regala. Como si del destino se tratara, se dirigen hacia un punto en especial.

-¡Bueno, no será el bar Donde pero es lo más pintoresco que veo por aquí!

Diógenes Mastreta abre la puerta de un golpe. Lo sigue Mariana.

Eugenio Echagüe no puede evitar una sonrisa al ver el disfraz de pirata que trae aquel sujeto. Santino Conde pasea sus ojos por las curvas de la morena de ojos café y se pregunta por qué las chicas lindas siempre aparecen acompañadas.

En ese momento trece almas brillan al unísono, siendo de alguna manera todos conscientes de tal efecto. Diógenes se acerca a la barra, toma la carta y nota algo extraño en ella. Genaro mira a Florencio y sabe que es el momento de decir lo que sabe.

lunes 24 de agosto de 2009

1-Principio del caos


Apura el paso sobre la vereda de baldosas frías. Da una última bocanada y tira el cigarrillo antes de entrar. Oculta su rostro bajo el ala del sombrero.

Nadie voltea cuando la figura ingresa. Santino Conde juguetea con su whisky on the rocks con la mirada perdida en el éter de azulejos. Un escalofrío sube precipitadamente por su espalda.

La silueta oscura se acerca directo a la barra. En una mesa a sus espaldas, Somosa se reencuentra con Rocambole tras su viaje y le presenta a Arrieta, un tercero en discordia para futuros proyectos irrealizables. Somosa hace hincapié en el negocio del fútbol y habla sobre un tal Miguel que habían ido a observar en sus entrenamientos de futura promesa.

Alfredo Arrieta se disculpa y se levanta para ir al baño. En el corto camino se cruza con Eugenio Echagüe e intercambian una mirada extraña. Echagüe reconoce algo familiar en Arrieta: no es el hecho de haber sido vecinos en Avellaneda, nunca antes se habían visto. Lo que Eugenio Echagüe y Alfredo Arrieta advierten entre sí es el brillo que pierde la mirada humana luego de haber quitado una vida.

El visitante ajeno toma asiento en un banco alto junto al mostrador. Busca el diario del día pero no lo encuentra. En su lugar manotea la carta y coteja las infusiones distraídamente.

Santino Conde relojea con intenciones non sanctas a la señorita que acaba de sentarse sola en el rincón opuesto al que él se encuentra. Amaga a ponerse de pie para acercarse a habarle justo cuando se da cuenta de que la mujer venía acompañada.

K aparece unos segundos después que Mayra Zucchini y se acomoda a su lado. Se pierde por unos instantes en la belleza de su compañera, hasta que ella lo hace reaccionar con una sonrisa. K desea profundamente besar esos labios perfectos pero aún no ha encontrado la oportunidad justa. Mira hacia la caja para hacerle una seña a Valentín, pero se sobresalta al divisar al sujeto que increpa al dueño del Albatros. Algo en sus gestos le da la sensación de estar contemplando a su reflejo invertido.

-¿Valentín Flores, verdad?
-Ése es mi nombre, veo que ya soy famoso. ¿Qué se va a servir el señor?
-Nada de lo que está aquí me apetece, gracias. Sólo he venido a darle una advertencia.
-¿Perdón? Ah, ya sé, ¿es de la DGI, no? Mire, tengo todos los papeles en regla, se los puedo mostrar si me da un segundito.
-Eso es mucho más de lo que puedo otorgarle. Mi tiempo se acaba. Todavía no se encuentran todas las piezas en el tablero, pero las demás no tardarán en llegar…
-¿Qué? Si me está pidiendo una coima creo que no nos estamos entendiendo…
-Es urgente, caso de vida o muerte… la culpa de todo la tiene el escritor, se distrajo… hable con él, antes de que sea demasiado tarde…
-¿Qué escritor? Señor, por favor, tranquilícese… tome algo…
-No puedo, debo irme… no pierda su tiempo: hoy ya ha muerto alguien en el barrio.

Valentín no puede evitar dejar caer un vaso. El ruido harto conocido de los vidrios al explotar atrae todas las miradas. El abstruso informante aprovecha la distracción para escabullirse por donde vino.

El silencio abismal hace completamente audibles las palabras que el dueño del Albatros repite en un semitono:

-Hoy ha muerto alguien en el barrio…

Florencio Gauna vuelve a ojear rápidamente los avisos fúnebres de la jornada pero no encuentra nada al respecto. Sonríe y se tranquiliza al ver quien abre la puerta:

-No se preocupen por mí, estoy bien –Afirma Genaro Cúspide acomodando el nudo de su corbata.

jueves 20 de agosto de 2009

Especial 150ª: Reglas para crear un universo


Crear es dar vida. Existencia, en el sentido más laxo de la palabra. Hacer nacer una realidad con todo lo que ello conlleva. Y después, dejarla ser.

Crear un universo parece ser algo totalmente libre, ligado al azar de las circunstancias y a los estados de ánimo del creador. No obstante, existen ciertas reglas, implícitas o no, que todo buen orfebre que se digne de ser tal maneja de una u otra manera.

En primer lugar, se establecen las coordenadas espaciotemporales. No es necesario denotarlas: la más mínima expresión, ya en el tipo y estilo de lenguaje utilizado, las develan. Una vez ubicados de esta forma, es necesario constituir ciertas leyes: qué se puede y qué no se puede hacer en esa realidad. Y no estoy haciendo referencia a lo que está permitido por las normas jurídicas, sino a las leyes metafísicas (y hasta me atrevería a decir a las lógicas).

Yendo directamente a las regularidades físicas, se debe establecer qué es lo normal y qué lo anormal: ¿Vuelan los personajes? ¿Son posibles los viajes en el tiempo? ¿Algún tipo de superpoder? Luego, si alguno de los seres de esta realidad posee alguna de dichas capacidades: ¿Es normal para los demás? ¿Todos pueden hacerlo? ¿O es algo sorprendente que suceda de esa manera? (Esto es a lo que los letrados se refieren cuando distinguen una historia maravillosa de una fantástica).

El paso siguiente es la creación de los personajes. Aunque es sabido que no hay recetas para estos: salen solos, como voces internas, como pedacitos de yo que se mutilan de nuestra cabeza y cobran vida propia. No hay caso, es imposible controlarlos: cobran voz y voto y brotan ente las espinas.

Con espacio-tiempo, reglas y personajes, las historias se crean a sí mismas, deviniendo las más verosímiles peripecias. Pero toda historia tiene sus mitos, leyendas, creencias apócrifas, ¿y cuál mejor que la de la creación del mismo universo?

Algunas tierras nacen de la nada gracias a un creador divino. Otras, a partir de un desorden ordenado por un demiurgo. Las hay paridas a partir de la Palabra, de un viento cósmico, de una explosión; algunas vieron la luz gracias a un poema, y las más agraciadas han surgido de una canción.

Aquí no hubo creatio ex nihilo: algún arquitecto de las letras intenta incesantemente alcanzar el cosmos. Sin embargo, lo que vendrá a continuación será sólo el principio del caos.