jueves, 24 de julio de 2014

Trascendencia





Desde un punto de vista existencialista la vida no tendría sentido. Lo positivo de esta idea es que no tiene ningún sentido pre-establecido, no hay nada con lo que debamos cumplir. Para algunos esto es desconcertante: acostumbrados a actuar siguiendo reglas, no tener un camino marcado los pierde. Para otros, el no haber un sentido a priori abre las puertas a infinitas posibilidades de elección. No obstante, la libertad a veces marea y terminamos optando casi todos por lo mismo: la felicidad, el amor, el éxito, el dinero, el placer son algunas de las metas más buscadas, algunos de los faros más comunes que nos autoimplantamos para iluminar nuestros senderos.

Ahora bien, todo camino tiene su final y hay uno que, seas rey o jardinero, nos es común a todos: la muerte. La vida parece un eterno fluir de un río donde todo deviene y poco permanece. Y un sentido común y muy buscado es el poder aferrarse a algo que perdure, a algo que quede. Sabiendo inconscientemente que algún día no estaremos más en este mundo, nos afanamos en dejar una huella. Ese otro significado posible de la vida es paradójicamente el que cumplamos cuando ya no estemos: la trascendencia.

¿Qué se entiende por trascendencia? En principio, trascender es ir más allá, es despegarse del ropaje del mundo sensible y pasar a otro plano. Pero sin entrar en especulaciones metafísicas, la trascendencia a la que hago referencia no es aquella sobre a dónde vamos, sino sobre qué dejamos en este mundo. Para trascender es necesario en primer lugar ya no estar. De ahí el carácter de paradójico antes mencionado: buscar el sentido de la vida fuera de la vida. Es intentar seguir viviendo luego de haber muerto. ¿Cómo lograr esto? Una opción es a través de nuestra descendencia. Dejar hijos, nietos habitando la Tierra es una forma de seguir viviendo. Otros prefieren hacerlo por medio de sus obras: libros, música, pinturas… soportes materiales que fragmentan nuestro yo intentando conservarlo a través del tiempo. Hay quienes trascienden por sus actos: grandes y revolucionarios, o pequeños y sencillos, cotidianos, creo que la mejor manera de “ir al cielo” es que nuestra alma siga viva en el recuerdo de los demás, por lo que hicimos, por lo que dejamos marcado.

Inútil es tratar de preservar la juventud exterior, congelar el cuerpo o castigarlo con prohibiciones ascéticas. En la desesperación de no perder la vida podemos crearnos mundos perfectos pero ideales, artificiales, lo incorruptible es pura fantasía. La trascendencia es posible en la tierra, pero la verdadera es aquella que se logra sin proponérselo, simplemente viviendo una buena vida. Siendo lo que hacemos, en compañía de los otros. Si disfrutamos el camino, la meta llega sola.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Filosofía Compartida

Gente: admiro a los que continúan en la lucha diaria del blog. La verdad es que ando muy poco por acá. A los que tengan facebook, los invito a conocer mi página:

https://www.facebook.com/filosofiacompartida

¡Salud!

lunes, 12 de mayo de 2014

El contenido de los sueños

El contenido de los sueños se halla en un limbo inaccesible para nuestra conciencia. Allí nacen las imágenes y situaciones en las que nos encontramos mientras soñamos. Allí también se forjan los personajes que desafían el principio de identidad y se tejen las tramas que no le temen a la contradicción. Cuando dormimos, un portal se abre y deja pasar estas sombras incoloras que logran engañarnos con sus matices que no reflejan la luz.

Cada ser soñado tiene su instante determinado de vida, si es que así puede llamarse a la sutil subsistencia que mantienen mientras dura nuestro momento onírico. Mas, cuando estamos prontos a despertar, esa puerta se cierra, y los contenidos de los sueños deben apurarse a pasar por ella antes de que quede sellada eternamente. Cada nuevo sueño surge de una nueva puerta, todas provenientes del mismo limbo. Y cada puerta muere al despertar el sujeto consciente.

A veces un sueño puede parecernos fugaz y no comprendemos cómo llega a darse la circunstancia de apertura-sueño-cierre en su totalidad. Pero los tiempos para los habitantes de ese limbo son muy diferentes a los nuestros. Un corto episodio en nuestra mente puede representar toda una vida para el protagonista del relato soñado.

También puede suceder que un mismo sueño, que fue y volvió a través del portal, vuelva a manifestarse, esta vez en otro sujeto. No son infinitos los contenidos de los sueños, y teniendo en cuenta la cantidad innumerable de soñadores desde que el mundo es mundo, no es extraño que esto suceda.

Otras veces sucede que algún contenido de un sueño, una imagen, un personaje o una situación, por curiosidad o por resentimiento no quiere volver al limbo originario antes de que su puerta se cierre. Sea por distracción o por interés, los contenidos que no regresen al limbo quedarán vagando por la eternidad entre nuestra realidad y la suya. No pueden manifestarse ante nuestra conciencia pero tampoco pertenecen ya a nuestro inconsciente. No obstante, alguna que otra vez y con mucho esfuerzo logran materializarse, generalmente como reflejo o un sonido, que uno no logra explicarse de dónde surgió o cómo se produjo. 

miércoles, 8 de enero de 2014

Realidad es

¿Cuántas realidades hay dentro de la realidad? Está la realidad que veo yo, la que ves vos y la que ve él. Está la realidad que sentimos y la realidad que nos cuentan. Está la realidad puertas para adentro y la realidad puertas para afuera. La realidad boca para adentro y la realidad boca para afuera. La realidad que dicen, la realidad que hacen y la realidad que piensan. Nuestra realidad, la de ustedes, la de ellos. La realidad que nos cuentan los libros, la realidad que nos muestran los medios, la realidad que nos presentan los sentidos. El otro puede captar las cosas de manera diferente, ¿pero quién puede negarme que yo siento lo que siento?  ¿Vale menos mi realidad que la tuya? Hay capas tras capas de realidad, como una máscara sobre otras máscaras. Realidades dentro de otras realidades, como una familia de muñecas rusas infinita. Realidades sobre otras realidades, aplastándolas. Realidades bajo otras realidades sometidas. Realidades enfrentadas y realidades espalda con espalda, sin verse jamás. Hay realidades impuestas, realidades creadas. Realidades originales y realidades hartamente repetidas. Hay realidades metafísicas, gnoseológicas, psicológicas, políticas. Hay realidades reales y realidades ficticias. Hay realidades rectas y realidades curvas. Realidades rígidas y realidades flexibles. Realidades infinitas y realidades únicas. Realidades opacas y realidades reflexivas como dos espejos enfrentados. Hay una realidad por cada uno de nosotros, y hay muchas realidades en cada uno de nosotros. Hay realidades conscientes y realidades inconscientes. Hay una realidad nueva cada día, montada sobre el escenario de una realidad general única, pero constantemente cambiante. “La única verdad es la realidad”. Me gusta pensar que en el fondo hay una realidad única, aunque no podamos acceder directamente a ella.

lunes, 21 de octubre de 2013

Algunas palabras sobre un posible sentido

Estoy de acuerdo con eso de que la vida no tiene un sentido preestablecido, que uno mismo debe dárselo. Me gusta pensar que ese sentido es aprender y enseñar, que es tan sólo una forma de dar y recibir, que no son acciones contrarias, si no que sus diferencias no están muy bien delimitadas.

Aprender y enseñar no se restringe al ámbito de los libros, o el sentido clásico de conocimiento. Aprender y enseñar es todo: aprender a amar, aprender a compartir, aprender a perdonar, aprender a convivir… aprender a no cometer siempre los mismos errores… lleva toda una vida. Y, de alguna manera, le da un sentido, una trama a esa serie de episodios inconexos que llamamos nuestra vida.

Sus diferencias no están bien delimitadas, por lo que prefiero hablar de aprender-enseñar así, todo junto, como un único verbo. El aprender-enseñar es básicamente una relación, y como tal, no puede constar de una única parte. Al menos dos relata deben estar en contacto para que el verbo se haga carne y se actualice. Las diversas posiciones “maestro-alumno” son sólo transicionales, intercambiables, indefinibles. ¿No aprende el maestro? ¿No enseña el alumno? Todos somos maestros-alumnos, todos podemos aprender-enseñar, que no es otra cosa que dar-recibir.

Pero para eso necesitamos el contacto con el otro. Entonces, prefiero pensar que el mensaje siempre fue el mismo: lo fundamental es relacionarse con el otro. 

jueves, 1 de agosto de 2013

Paradigmas



Cuesta entender que a veces se complican las cosas queriendo ser más simple

A veces se desordena siendo ordenado o se lastima queriendo ayudar

No se pueden guardar en cajas las fieras ni se puede enjaular el mar

La libertad no tiene reglas y el río sólo fluye por su cauce natural

Cuesta aprender a ver las cosas de un modo diferente al que traemos de raíz

Pero no es imposible aquello a lo que uno puede acostumbrarse

Dividir y conquistar es a veces sólo una falacia

Unir y crear desde cero es imposible, nada surge de la nada

Pero los senderos previos pueden bifurcarse, la varas torcerse y lo rígido quebrarse

La mente está dispuesta a perspectivas diferentes

No hay bien ni mal, sólo distintos modos de ver las cosas

Calor, movimiento y cambios, señal de que estamos vivos

viernes, 10 de mayo de 2013

Reflexiones ético-morales


La ética consiste en un intento sistemático de determinar reglas generales de todo accionar humano, o al menos del accionar consciente. La moral, por otra parte, es menos general y está más relacionada a las costumbres. Así, lo que es visto moralmente correcto por determinada sociedad o época puede no serlo por otra. Pero los valores éticos, si existen, deben ser universales.

“¿Qué es el bien?” “¿Cómo debemos actuar correctamente?” “¿Cuál es el camino a la felicidad o al bienestar?” Son preguntas a las que intenta dar respuesta la indagación ética. Ya Sócrates, en el siglo V antes de Cristo, afirmaba, quizás con demasiado optimismo o ingenuidad, que quien conoce el bien no puede actuar mal. No deja de ser razonable su postura: si lo que está bien, ¿por qué actuaría de otro modo? Mas, la consigna requiere saber antes de actuar, y ahí es donde queda abierta la brecha para las diferencias. Porque, ¿quién conoce lo que es el bien?

Desde comienzos de nuestra existencia hemos necesitado siempre una norma que nos indique cuál es el camino a seguir, aunque más no sea para rebelarnos contra el mismo. Distintos avatares fue vistiendo esa norma, desde trascendentes como la idea de Bien platónica o los Diez mandamientos judeo-cristianos, hasta el desarrollo de éticas más empíricas como el hedonismo de Epicuro o el más reciente utilitarismo de John Stuart Mill. Sin embargo, en el ocaso de la modernidad, ese fundamento metafísico, religioso o racional ha sido destruido con el martillo de la lapidaria frase nietzscheana: “Dios ha muerto”.

Ahora bien, la caída de una norma externa que nos indique qué está bien y qué está mal no fue tomada de buen grado por los primeros posmodernos, desatando un pesimismo decadente que, al no tener una guía de acción, negó el sentido mismo de la vida. Sin embargo, el existencialismo bien entendido nos muestra que la caída del fundamento ético no es una condena sino más bien una bendición, ya que nos quita el velo de los ojos para que podamos exclamar: “somos libres”.

Nietzsche, al negar la existencia de valores universales sagrados e intocables no abrió las puertas al anarquismo, sino que dejó en claro que después de destruir hay que construir, pero que no se puede comenzar con lo nuevo si primero no se ha derribado lo viejo. Entonces, si no hay reglas trascendentes ni eternas, debemos confeccionar nuestras propias normas, terrenales, flexibles, adaptables a cada época, cuyo pilar fundamental será siempre seguir el camino de lo vital, es decir, lo que favorece a la vida y nos hace superarnos a nosotros mismos.

Luego, de la mano de Jean Paul Sartre, debemos reconocer que, al no haber una regla ajena que nos subyugue, “estamos condenados a ser libres”. Lo que yo decida hacer depende de mí y de nadie más, por lo que no es lícito actuar de mala fe poniendo excusas que le echen la culpa de mi accionar a mi historia, mi situación actual o a cierto tipo de obediencia debida. Somos libres, cada acción nuestra depende de nuestras elecciones y por eso mismo somos responsables de lo que hacemos. Hacerse cargo de nuestros propios actos es quizás la mejor manera de comenzar a comunicarnos. Y aprender a comunicarnos es una condición necesaria para consensuar cuál es el modo en el que deseamos vivir.

Lo que esta reflexión me lleva a concluir es que todos, sin importar nuestra posición económica, política, social o religiosa, somos responsables del tipo de sociedad que queremos formar y de la calidad de vida que deseamos tener. Y la premisa más básica a seguir ya nos fue dada desde hace dos mil años: hay que actuar con el ejemplo.

Quienes nos dedicamos a la docencia, en el nivel que sea, tenemos en nuestras manos un arma mucho más poderosa que cualquier espada de la justicia (que, por otra parte, siempre llega tarde): la educación. No obstante, la buena educación trasciende las fronteras institucionales y, al igual que la caridad bien entendida, comienza por casa.

El bien, desde mi punto de vista, es una construcción humana. Y si bien el errar parece ser un atributo esencial de nuestra especie, también debería serlo el aprender de nuestros errores. Cada uno de nosotros tiene en sí la libertad y la responsabilidad de construir un mundo mejor.