sábado, 10 de mayo de 2008

Sólo soy una empanada triste

El viaje era simple: tres estaciones de tren, un colectivo. El tren iba lleno como siempre, no importaba la hora. Los asientos sucios como el piso, rotos como los vagones. Llegó la primera estación. Bajaron dos personas, subieron siete. Las conté. En la segunda no bajó nadie, subieron tres y un vendedor se cambió de vagón. En la tercera no hubo movimientos más que el mío. Tres cuadras hasta la parada del 167, colectivo que nunca había tomado. Desconocía la combinación de sus colores.

Tardó un poco, pero mi buena vista me permitió distinguir el número a cierta distancia. Era verde y rojo, colores antagónicos. Bajé en la Avenida San Martín (todos los pueblos tienen una avenida con ese nombre). Busqué el papel en mi bolsillo: Cardenales 547, 2º B. Faltaban dos calles y una escalera, que subí al trote.

Agitado, golpeé la puerta. El hombre salió en pijama a rayas, típico. Antes del “Hola” me extendió un cigarrillo, que fumé con ganas, ya estaba prendido. No era tabaco. No pregunté qué era. Me senté en un sillón, me quité los zapatos a pedido del aquel hombre, Rufus, como se hacía llamar, aunque su nombre era Roberto.

No sé cuánto tiempo estuve allí. La vida pasaba como un tren que no quería tomar. Y la frase trillada era seguida por otra también trillada que la acusaba de ser un lugar común. No sé si Roberto era un “buen tipo”, sólo sé que no hizo preguntas, y yo tampoco tenía ganas de responder. El intercambio fue rápido, pero pedí permiso para quedarme un rato más en su sillón.
La ventana tenía una linda vista. Las nubes formaban animales antediluvianos. El humo se mezclaba con ellas, casi tapándolas. “Con un dedo podés tapar el sol”, nos había dicho mi abuelo. “Sí, y con un alfiler te podés cortar las venas” contestó mi hermano. Al mes se suicidó.

Me levanto justo antes de quedarme dormido. Me pongo los zapatos, mientras busco a mi anfitrión con la mirada. Está sentando, tomando mate. Voy hacia la puerta, Roberto saluda sin voltear.

Espero el 167. Rojo y verde. Colores antagónicos. Vuelvo pensando en la organización, en los días grises, en el cigarro de Rufus-Roberto. El tren es como una caja negra que contiene a una docena de tipos como yo. Sólo soy una empanada triste.
[Archivo 2007]

8 comentarios:

Anónimo dijo...

muuy groso, muy fino.
yo le pondría "contestó mi difunto hermano" en lugar de "contestó mi hno. al mes se suicidó". La segunda es como redundante al pedo.

Anónimo dijo...

UN BUEN DIA LLEGARA EL MOMENTO EN QUE DEBERAS APRETAR UN BOTON LUMINOSO... se abriran las puertas y tendras un siento comodo, el olor será sintetico pero limpio, reciclado. A flore, a lavanda a javon en polvo o suavisante para ropa... todo chuavechito!
Saluks
thor

Andrés Aloy dijo...

Altísimo relato.

Muy bueno, y no lo digo porque sos un amigazo, eh.

No, en serio, muy bueno, JuanP.

Felicitaciones por tu inauguración.

Abrazo

magaragonese dijo...

Me gusta. De veras!. Besitos.

giselita dijo...

Maravilloso!!! Quiero mucho más...
Tu admiradora number one.

Anónimo dijo...

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*Buen comienzo!! Yo tambien me siento a veces una empanada triste...la Pregunta es: ¿Re-lleno de que-sos?
Saludos Edu

newaverock dijo...

buen relato! las parte de los trenes me hizo acordar a mis mañanas frias saliendo desde el sur camino a constitucion (un tremendo garron)

Dib dijo...

Hola loco, paso dejo un saludo y te digo q lei el texto, muy cope che.
;)
Me gusta lo que haces wacho, suerte!