domingo, 12 de octubre de 2008

Doce



Al parecer no esperaban encontrarme allí, ya que al verme sus caras de sorpresas fueron aún peores que la mía. Quise levantarme, pero dos tremendas manos bovinas se apoyaron en mis hombros, invitándome a quedarme en mi lugar. Los otros dos rodearon a la muestra gratis de Marlon Brando, que dijo con su voz aguda:

- Qué sorpresa encontrarte por acá…

- Lo mismo digo, eh… ¿Funes, verdad?

- Sí, Funes. Veo que tenés buena memoria. Yo también, me acuerdo perfectamente de todo lo que pasó aquella noche.

Tragué saliva. Los matones me impedían moverme, pero no hacían nada.

- A propósito, ¿dónde está tu compañero? Me gustaría charlar algunas cositas con él.

- Huyó. –Mentí-. Se fue con el Diccionario. Sólo me usó para que lo ayude a conseguirlo, pero jamás me explicó nada. Es un maldito traidor…

Parecía que me estaban creyendo, justo cuando la puerta del local se abrió de par en par y un señor entró muy campante diciendo:

- ¡Mi querido Valentín! ¡Ya tengo la solución!

Tardó unos segundos en darse cuenta de quienes me rodeaban. Por un instante pensé que iba a salir tan rápido como llegó. Sin embargo exclamó:

- ¿Qué pasa? ¿Celebran el Pesaj y no me invitaron?

- ¿Pesaj? No me digas que este tipo además de enano es ju… -No terminé la frase: los cuatro vacunos se pararon de golpe y rodearon a Victorio. Sorprendentemente para todos los allí presentes, él sonrió y dijo con calma:

- Tranquilos muchachos. Qué suerte que estén aquí, la verdad es que me vienen de maravillas.

A pedido del enano hebreo pero sin dar muchos detalles Victorio les explicó en qué consistía el juego de las piedras. Claro que no dijo nada acerca de cuántas eran ni dónde estaban, ni sobre las pistas, ni que ya teníamos dos con nosotros. En definitiva, sólo dijo que había averiguado que una piedra se encontraba en esa ciudad, y qué había que hacer para conseguirla.

- Cuando creí que ya estaba todo perdido, recordé lo que habías dicho vos Valentín, sobre que alguien más debería estar al tanto de todo esto. Entonces fui a visitar a un conocido que tengo por aquí, un guía turístico que hace muchos años que trabaja por la zona. Él me explicó que es cierto, los pobladores conocían la existencia de la piedra, y hacía tiempo que estaban esperando a aquellos que vinieran a reclamarla.

- ¿Esperando? ¿Para qué? ¿Atraparlos?

- No no, para ofrecerles un desafío. Hay que enfrentarlos: si ganamos nos llevamos la piedra. Si perdemos, queda acá y además debemos darles algo a cambio.

- Todo esto resulta muy extraño –opinó Funes- ¿Y a qué se juega?

- Al fútbol mi querido compañero, al fútbol.

Por suerte había llevado unos cortos en el bolso. Como ambos necesitábamos gente para formar un equipo, el trato que hicimos con el pequeño fue el siguiente: él nos aportaba a sus cuatro matones, y junto a mí reuníamos los cinco integrantes necesarios. Por supuesto que él se quedaría con la piedra y deberíamos explicarle cómo hallar las demás. A cambio, nos dejaría con vida.

El domingo realmente se prestaba para el match: lindo, cálido pero seco, aproximadamente a las cinco de la tarde estábamos todos en el campo de juego. El equipo local estaba conformado por gente del pueblo. Hombres de mediana edad y de aspecto atlético. Nosotros formábamos de la siguiente manera: el shamán en el arco, los dos vacunos principales en la defensa, y el aberdeen agnus y yo en la delantera. Victorio y Funes observaban todo desde la tribuna.

Ellos ganaron el saque, y debo reconocer que dominaron la cancha durante varios de los primeros minutos. El shamán era un buen arquero, pero pronto comenzó a dejar pasar los primeros goles. Mi compañero y yo hacíamos lo que podíamos en la delantera, pero o no nos entendíamos bien, o jugábamos a deportes diferentes, porque el esférico no lograba abrazar la red detrás de los palos.

Pasados más de los veinte iniciales, el rectángulo bipolar se inclinaba hacia su lado negativo, mientras el enano y Vic intercambiaban miradas de pánico y furia. La hinchada local vitoreaba a sus héroes y no faltaba quien reclamara ya la gran F dorada de premio, como avatar de su victoria y espina de nuestra derrota.

Pero al parecer la diosa Fortuna no quería que seamos humillados de tal manera. Así es que brindó algo de su luz sobre las arenas lúdicas, logrando que mi partener Aby empujara cual Núñez su Cabeza de Vaca sobre el balón, logrando nuestro primer gol.

El tanto había devuelto las fuerzas al equipo: los hermanos toro recuperaban cada vez más la gordita de cuero, incluso al punto de llegar a la portería rival, aunque sus postes parecían estar imantados con la misma carga que la redonda.

Sin embargo, como quien no quiere la cosa, nuestros goles comenzaron a llegar: tres más de mi compañero, y dos de uno de los defensores, dándonos un parcial triunfo. Mas el espectáculo no termina hasta que cante la gorda: y la gorda cantó, enlazada en las redes de nuestra trinchera. A cinco del final, empatábamos 6 a 6.

De pronto pasó lo inesperable: faltaban dos para el pitazo conclusivo cuando nuestros amables puneños nos cometieron una brutal falta dentro de su área penal. Nunca supe bien por qué, pero me escogieron a mí para que lo pateara.

La presión me atoraba desde la garganta hasta los pies. Demás está decir que no soy un buen jugador, y no había colaborado a engrosar el tanteador en todo el partido. Sin embargo, quiso el hado que fuera yo, tal vez por haber sido la víctima del fatal incidente, quien le proporcionara el puntapié definitivo a la maltratada bocha.

Al sonar del pip lancé el golpe: un horrible puntinazo que fue a parar… al travesaño. La parcialidad vernácula aclamó con fuerza, mientras el enano maquiavélico se remordía la F dorada y Victorio tapaba su cara con las manos. Mas el azar no había jugado aún su última carta: el rebote vino justo hacia mi rodilla izquierda que, con la inhabilidad que la caracteriza, redireccionó la esfera de cuero hacia el fondo mismo del arco rival.

La bala se estrelló contra sus redes, y un agudo sonido de duración importante nos cercioró de que el partido había finalizado.

Sin saber una palabra de latín, una frase se formó en mi confusa mente “omnes vulnerant, postuma necat”.

sábado, 11 de octubre de 2008

Once



Atravesábamos los campos de algodón a lo largo de la ruta 16. Chaco se nos presentaba caluroso y árido. Yo había tomado el volante, mientras Victorio se dedicaba a saborear un nuevo Metratón con la ventanilla abierta.

El paisaje era bastante monótono, y al parecer el aburrimiento era compartido, ya que mi compañero de viaje me propuso lo siguiente:

- ¿Jugamos a las asociaciones libres?

- ¿Qué?

- Asociaciones libres Valentín: yo digo una palabra y vos decís la primera que se te ocurra, y así…

- Bueno, pero empiece usted.

- Licántropo.

- Carl Sagan.

- Estocada.

- Parvulario.

- Alzheimer

- Kalashnikov

- ¿Y ése quién es?

- No sé, pero me pareció un nombre gracioso.

Tardamos dos o tres días en entrar en la provincia de Jujuy. Una de esas noches, al no encontrar hospedaje, dormimos en el auto. Las situaciones bizarras que estaba viviendo con Victorio me recordaban aquella canción que decía algo así como “me gustan las mujeres o al menos eso creo, pero a pesar de todo sigo siendo heterosexual”.

La primera jornada de nuestra estadía puneña la pasamos en Tilcara, una ciudad pequeña, rústica pero muy agradable. En la cena probé la carne de llama: realmente una delicia. Victorio prefirió un churrasco vacuno, con ensalada de achicoria y zanahoria.

- Pero hay algo que no me termina de cerrar –Dije, mientras masticaba aquellas fibras mantecosas-, ¿en qué año fue organizado todo este juego?

- Es una buena pregunta, mi estimado compañero. La fundación de Albatros data de los años 50, pero supongo que el juego se debe haber desarrollado muchos años después, cuando ya se habían perdido los objetivos originales (si es que alguna vez habían tenido alguno).

- Claro, porque si no, ¿cómo es posible que las piedras se hayan conservado escondidas en el mismo lugar desde hace tantos años? Además, lugares como las Ruinas de Wanda son mucho más recientes.

- Sí, yo también lo pensé. A lo mejor este juego fue organizado a finales de los 70, o incluso en los 80. Eso, o alguien se encargó de mantener cada piedra en su lugar, esperando que sean halladas.

- ¿Usted dice que hay más gente al tanto de todo esto?

- Seguro. Además, no te olvides de que yo no soy el único hijo de un miembro de la asociación. Participaron varias familias. Aunque sí debo ser el que más bola le dio, eso seguro.

Al día siguiente llegamos a Humahuaca. Esta ciudad es bastante más grande que la anterior, y está formada por casitas muy bellas y callecitas muy angostas. Dejamos las cosas en un Hostal y salimos a caminar. Paseamos por una feria de artesanías, mientras unos chicos jugaban en una canchita de tierra su clásico del domingo.

Nos dedicamos a recorrer museos, lugares históricos y todos aquellos sitios en los que creíamos posible encontrar la piedra, pero no tuvimos éxito. Justo cuando Vic comenzaba a desesperarse, tuvo una brillante idea y desapareció, pidiéndome que lo esperase por allí. Entré a un bar, pedí una Norte y me senté en una mesa.

Me llamó la atención un hombre con cara de Shamán que se encontraba en la puerta. Cuando lo reconocí fue demasiado tarde: un auto paró y de él bajaron dos sujetos de aspecto bovino, seguidos por un tercero con cara de aberdeen agnus.

El último en entrar fue un enano con una gran F dorada colgando al cuello.

viernes, 10 de octubre de 2008

Diez



Por la mañana temprano retomamos la ruta 12 y partimos hacia Puerto Iguazú. Había tenido un extraño sueño que incluía a un teletubbie viajando en un ovni con una muñeca inflable, pero no quise comentárselo a Victorio, que seguramente se lo atribuiría al opio que aún llevaba en lo escarlata de mis ojos.

En el camino nos detuvimos en una parada obligada: las Ruinas de San Ignacio. Las enormes construcciones que datan de las épocas jesuíticas nos recibieron como a un simple grupo de turistas más, ignorando nuestras segundas intenciones. Debo decir que fue un paseo realmente entretenido y pintoresco, con un guía que contaba las típicas historias de guías y hacía los típicos chistes de guías. De todos modos, sabíamos (o creíamos) que ese no era el lugar indicado por las pistas, pero era realmente una picardía pasar por tremendo sitio sin parar a visitarlo.

A la noche llegamos a nuestro destino. Puerto Iguazú es una ciudad chica, sin demasiadas atracciones, más allá, obviamente, del famoso parque nacional y sus benditas cataratas. Conseguimos un hotel con aire acondicionado (esta vez el viejo se tuvo que poner un poco más) porque ahí el calor es insoportable: húmedo como en Buenos Aires pero mucho más pesado, ese clima que obliga a bañarse unas tres veces por día, con agua fría.

A la mañana siguiente visitamos un parque conocido como La casa de los pájaros y una bonita galería de arte, pero nada parecía indicar que allí se encontraba lo que estábamos buscando. El resto del día lo pasamos en un bonito club con pileta, ya que el agua fría se hacía menester por eses lares.

El segundo día en dicha ciudad emprendimos la famosa excursión. Las cataratas nos recibieron con todo su esplendor y majestuosidad. No encuentro palabras para describirlas más que sublime en un sentido kantiano. El paseo comienza con un viaje en un bonito trencito que recorre la selva amazónica, y consta de dos paradas donde uno puede transitar los distintos circuitos que lo llevan a avistajes clásicos como la Garganta del Diablo, la triple frontera o la vista a la isla (Lo más sorprendente es ver a los pequeños pájaros negros atravesando las cascadas).

Sin embargo, de la piedra ni noticia. Lo espectacular del paisaje sirvió, en parte, para apaciguar la desilusión de volver con las manos mojadas, aunque vacías.

Mientras yo insistía en visitar Ciudad del Este y Victorio me recordaba que no estábamos allí de compras, sino buscando las piedras, un habitante de la comunidad vernácula nos enteró de que, si queríamos ver piedras, debíamos dirigirnos a las minas de Wanda, que se encontraban a unos 40 km del lugar. Como quedaba volviendo por la misma ruta hacia el sur, decidimos ir al día siguiente, ya dejado el hotel, jugándonos el todo por el nada.

Debo reconocer que la habilidad de Victorio para el habla y el engaño es excelente. Pese a que tuvimos que soportar una nueva ronda de “cosas de guías”, mi compañero ejemplar llevó la charla para donde él quiso y averiguó lo suficiente y necesario para que podamos hallar aquello que andábamos buscando.

Es cierto que la segunda piedra no fue una de las más difíciles de encontrar: efectivamente estaba escondida en aquel paseo y hacia el final del día ya estaba en nuestras manos.

La segunda pista hablaba de brújulas y cosas partidas, así que tampoco nos costó demasiado develar hacia donde debíamos dirigirnos.

jueves, 9 de octubre de 2008

Nueve



Varias cosas más se fueron develando con el correr de los días. En primer lugar, Victorio al fin había podido dilucidar el secreto de la carta: al parecer, cada piedra se encontraría junto con una pista que guiaría hacia la siguiente. No tuvo más que volver a revisar el alhajero en donde había encontrado la primera piedra para descubrir allí un compartimiento secreto, detrás de la tela del fondo, con un minúsculo papel que decía algo sobre las caídas, el agua y la oftalmología. No tardamos en darnos cuenta que estaba haciendo referencia a las cataratas.

Lo segundo en develarse fueron las largas ausencias de Victorio y en qué había estado empleando su tiempo: lo había pasado en un taller, dándole los toques finales al Cristo Calavera, como había bautizado a su Farline del 78.

Ya teníamos vehículo y destino, así que la mañana de un martes partimos hacia nuevos rumbos. Siempre me gustó salir a la ruta de madrugada, cuando aún no salió el sol, tomando mates espumosos y calientitos. La radio local hacia mezclas de pueblo, con un particular prorrateo de canciones: David Bowie, León Greco, Queen, la Sole, The Cure y desconocidas bandas de la región.

Aproximadamente a las dos de la tarde estábamos entrando en Corrientes, donde paramos en una parrilla a almorzar.

- Me encantan las achuras, ¿a usted? En especial el riñón y los chinchulines…

- A mí también, pero dejé de comerlas hace años… debo bajar el nivel de triglicéridos…

- Claro, entiendo… ¿Y cómo anda de los coprolitos?

- Joven, ¡estoy comiendo! ¿O pensás que soy propenso a la coprofagia?

- No sé, usted es tan raro…

Luego del almuerzo, el cigarrillo correspondiente y de allí de vuelta a la ruta. El viaje era tan largo que nos habíamos puesto de acuerdo en ir alternando el volante, así es que manejé ese tramo yo, mientras Victorio se echaba descansar.

Ya era bastante tarde cuando decidimos parar en Posadas. No tenía sentido continuar manejando durante toda la noche, y la verdad era que estábamos muy cansados. Buscamos un hotel “limpio y barato”, como le gustaba decir a Victorio. Nos atendió doña Adelfa, la dueña del lugar y nos dio la única habitación disponible: sin baño y con una cama matrimonial.

Mi compañero no tardó en dormirse. Después de una ducha decidí salir a dar unas vueltas por el centro, pero a esa hora y en día de semana estaba todo cerrado. Al regresar al hotel encontré a un chico con cara de indio y flequillo de flogger fumando opio en la puerta. No suelo ser muy sociable, pero la verdad es que hacía mucho que no probaba esas cosas.

- ¿Se consigue fácil esto acá? –Pregunté, mientras daba una interesante bocanada.

- Como en todos lados, supongo… ¿hacia dónde viajan?

- A las cataratas…

Pasé el faso mientras largaba el humo. Damián, tal era el nombre del pibe, que resultó ser el hijo de Adelfa, lo volvió a encender con un fósforo.

- Claro, como todos. Nadie viene a Posadas como un fin, todos la utilizan como medio…

No supe qué contestar. Me limité a sonreír. Mientras me devolvía el cigarro, me hizo la siguiente pregunta:

- ¿Vos entendés qué pasa con la Bolsa? ¿Cuál es el quilombo?

- Ni idea…

- Porque yo estaba pensando, hay algo que no entiendo… ¿Quién se beneficia? Porque alguien se tiene que estar quedando con toda la torta…

- ¿Sabés que no lo había pensado?

Devolví el purrete. Mi amigo lo saboreó un poco antes de continuar:

- Porque con un huracán o una inundación, bueno, nadie se beneficia, son cosas naturales… pero con esta catástrofe social, si alguien pierde es porque otros ganan, ¿no? ¿A dónde va la plata si no?

- Es que no sé si hay plata, creo que son todos papelitos…

- Pero igual, no tiene sentido que todos pierdan… si fuera así, se eliminaría el problema y listo. Como si una máquina creada no cumpliera con su función ¡Pum! La eliminamos…

Le di el último soplete a la colilla malgastada. Ambos nos quedamos un rato en silencio (¿Media hora? ¿Una? ¿Diez minutos?) mirando las estrellas.

- Bueno compañero, me voy a dormir, mañana hay que seguir viajando.

- Chau amigo, que duerman bien los tres en esa camita…

-¿Tres? No, somos dos nomás.

-Ah, ¿ese que está ahí no venía con ustedes?

Algo se movió entre las sombras.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Ocho



Otra cosa que recuerdo de mi corta estadía en Rosario (y no porque allí la haya conocido, sino porque fui ahí donde realmente tomé conciencia de ella) es la existencia de los Vendedores de Felicidad.

Los Vendedores de Felicidad, o transportistas de las cosas simples, están ahí, por todas partes, sin que nos demos cuenta. Son esas personas que hacen burbujas por la calles, quizás tan sólo para decorar el día; los que caminan y caminan llevando el característico palo de los pirulines clavados; los que hacen girar una ruleta, regalando un barquillo de cucurucho como premio; los payasos pobres de los trenes, que practican la zoología con los globos; los carritos placeros que ofrecen pororó y praliné (como llaman en dicha ciudad al pochoclo y las garrapiñadas); y todos los demás miembros de esta estirpe en extinción, que al ir desapareciendo se llevan consigo los olvidados años de la inocencia.

¿Cuánto hace que no veo un molino de plástico, de esos que giran con el viento? A los floristas de esquina también podríamos incluirlos dentro de esta lista: ¿Quién no se ha puesto feliz al recibir un jazmín, o una gardenia? Yo no lo sé, nunca me han regalado flores.

Pero volviendo al tronco (ay, las ramas son inevitables), la aventura ya se me había develado en su completitud. O casi.

Tomé la piedra que Victorio me pasó. La sopesé bajo mi diestra y la examiné por todos sus escorzos. No sé qué era. No era amatista, ni cuarzo, ni onix. Obsidiana tal vez, aunque debo reconocer que la geología no es lo mío.

- ¿Dónde encontró esto? ¿Estaba en lo de Funes también?

- Sí y no. Estaba en lo de Funes, claro, porque estaba en mi bolsillo. Pero no la encontré ahí: hace años que la tengo. La hallé aquí, en Rosario.

- ¿En esta casa?

- No. Bajo el Monumento de la Bandera funciona un museo. Yo tenía acceso a él por ciertos conocidos. Un día, investigando fuera del horario de atención al público, algo me llamó la atención: entre las supuestas pertenencias de Belgrano, había una pequeña cajita, un alhajero tal vez, que se destacaba entre los demás. No era muy notorio, pero una persona fanática de los museos y con un ojo avisado como el mío podía darse cuenta: esa caja no tenía la misma edad que las demás.

- ¿Y ahí estaba la piedra?

-Sí, claro. Y no sé por qué, pero la tomé.

-O sea que la robó…

- Años más tarde, revisando papeles que habían pertenecido a mi padre, sospeché de la existencia de otras piedras. Seguí investigando por mi cuenta, preguntando cosas… Así fue como me enteré del juego, las bases, el premio… Luego vino la muerte del Abuelo, sus últimas palabras y la carta, que no sé cómo fue a parar a la familia Funes. En cuanto me enteré, fui a buscarla. El resto ya lo sabés.

- Pero hay algo que no entiendo: si Funes tuvo la carta durante todo este tiempo, ¿por qué no salió él a buscar las piedras?

- Funes es un idiota, como ya te habrás dado cuenta. Seguramente ni siquiera leyó la carta. A él lo único que le importa es su negocio y sus nenas. Si se llevó el Diccionario del funeral del Abuelo (o como haya sido que terminó en sus pequeñas manos) habrá sido sólo como una especie de premio, para burlarse de los que sí estábamos interesados en develar el misterio de Albatros. Además, la carta está en clave, así que de haberla leído seguramente no la habría entendido…

- Bien, entonces ya sabemos que son nueve piedras, y ya tenemos una. ¿Cómo saber por dónde seguir? ¿Dónde están las demás?

- No lo sé, pensé que la carta lo diría. Volveré a leerla con más detenimiento, estoy seguro de que el secreto debe estar ahí.

Pasamos varios días en Rosario. Mientras Victorio releía la carta e investigaba el Diccionario (que, a pedido suyo, yo había vuelto a armar), aproveché para relajarme un poco y pasear por la ciudad. Volví a disfrutar del Parque España y del Urquiza, y hasta una tarde fui a la Isla… pero Victorio seguía sin novedades. Por momentos desaparecía largo tiempo, no sé qué hacía. Tampoco le preguntaba.

Una noche, no recuerdo si era viernes o sábado, me dieron ganas de ir a bailar. Así que me empilché (yo seguía abusando del dinero de mi compañero), me tomé un taxi y fui a un boliche de La Florida.

Grata fue mi sorpresa cuando, a la hora de las gordas, me encontré a una cara que me sonaba familiar. Al principio no la reconocí sin el casco, pero sí, era ella, la chica de la librería. Me acerqué a la barra y me ubiqué estratégicamente a su lado. Noté que tenía unos ojos verdes intensos, una tez muy blanca y una boca roja como fruta de estación.

¿Cómo iniciar la charla? El encare a priori siempre fue mi karma. Necesitaba al menos un fernet, y lo tomé bastante rápido. Inútil era mi jugueteo exhibiendo mi encendedor: ella nunca me pidió fuego. Sólo quedaba decir “hola” o huir… Sin embargo, por esas cosas extrañas de la vida, fue ella quien me habló:

- ¿Vos no sos de acá, no?

- Eh, no no. Soy “porteño”, ¿tanto se nota?

- Sí, jaja. La forma en que pediste le fernet, el codo en la barra… ¿Y qué te trajo por la ciudad más linda de Argentina?

¿Las chicas lindas como vos? No, eso no tenía sentido… Dijo “linda”, tendría que haber pensado algún juego de palabras al respecto, pero no se me ocurrió ninguno…

- Nada, vacaciones… - Mentí.

- ¿Estudias? ¿Trabajás? Jaja, muy típico lo mío.

- Sí, estudio psicología. No trabajo, vivo con mis viejos…

Dios, estaba quedando como un idiota…

- Pero contame de vos, no quiero parecer un ególatra… ¿Qué hacés de tu vida?

- Estudio teatro y trabajo de administrativa en una empresa… muy aburrido, como podrás imaginar… ¿Y hasta cuando te pensás quedar?

- No sé, unos días más supongo, hasta que termine unos… asuntos… nada de importancia.

Intentando cambiar de tema miré su mano. Llevaba un anillo plateado con las iniciales JS.

- ¿Juana?

- Julia.

Julia, obvio. ¿Dónde viste una chica que se llame Juana? Debería haber dicho Jacinta, al menos hubiera quedado gracioso…

- ¿Vos?

- Valentín.

- Bueno, Valentín, ha sido un gusto conocerte, pero ya es tarde, y mañana tengo cosas que hacer…

(¿Por qué siempre me pasa lo mismo?).

- Sí, bueno, no te preocupes. Te acompaño si querés.

- No, gracias, me están esperando. Gracias igual.

- Ah, entiendo. Bueno, ¿te volveré a ver?

Una sonrisa fue toda su respuesta. No tardó en desaparecer entre la gente. Esa parecía ser sólo una noche más.

Apoyé el codo en la barra y le hice señas al barman.

- Un fernet.

martes, 7 de octubre de 2008

Siete



No sé si era por el fernet, por la adrenalina o por los golpes, pero la cabeza me daba vueltas como si recién me hubiera bajado del “super-ocho-volante” del Parque de la Ciudad. Hacía mucho que no tenía un anoche de jarana, y menos con tanto saltimbanqui de por medio.

No sé cuánto tiempo corrimos, pero lo suficiente como para alcanzar un taxi y no ser alcanzados. Obviamente, abandonamos la ciudad esa misma noche.

La siguiente estadía fue Rosario, un lugar realmente hermoso. Con todas las comodidades de una gran ciudad, y con la tranquilidad que el Paraná te regala a las siete de la tarde. ¿Por qué fuimos ahí? Victorio tenía una modesta propiedad, un departamentito en la calle Tucumán algo abandonado, pero con la comodidad suficiente como para quedarnos unos días y poder planear el siguiente paso.

Victorio siempre tenía secretos y cosas que hacer antes de contarme los detalles y resolver mis dudas, y la verdad es que a lo largo del viaje me fui acostumbrando a sus mañas, así que aproveché esa tardecita para recorrer la ciudad.

Hacía mucho que no visitaba esos lares: la última vez, de vacaciones con amigos, había sido tan divertida como trágica. Recuerdo que habíamos inventado un trago: jugo de melocotón, licor de melón, vodka y morfina, que la conseguía uno que estudiaba medicina. Le llamábamos “Vaya con Dios”, y la noche que lo probamos uno de los nuestros casi cumple con la máxima. Nunca más lo volvimos a hacer. Es más, nunca más los volví a ver.

Sobre Córdoba hay una librería-café que siempre me gustó: no recuerdo su nombre, pero me llamaba la atención el hecho de poder agarrar cualquier libro y leerlo mientras se disfruta de su infusión favorita. Fui a ese lugar.

Tomé al azar un libro de psicología y lo abrí en un capítulo titulado: Trastorno Obsesivo Compulsivo. Pero justo cuando iba a comenzar a leer su definición, la puerta del local se abrió y una figura que entró llamó poderosamente mi atención. Dicen que las rosarinas son las más lindas, yo no sé si es verdad, pero ésta era realmente muy bella: figura estilizada, cabello corto, oscuro, llevaba botas arriba del jean y un casco en la mano. Entró, intercambió unas palabras con el mozo de turno y volvió a salir a paso firme.

No puedo explicar bien por qué, pero salí tras ella. Disimulando, haciéndome el que veía las revistas de los puestos callejeros, o alguna vidriera, la seguí hasta la esquina. Sin embargo, allí se subió a un cuatriciclo, se puso el casco y se fue sin decir adiós. Algo me decía que ésa no sería la última vez que la vería.

Volví al departamento caminando por Mitre, fumando, pensado. De pronto tuve la sensación de ser yo el perseguido. Me di vuelta rápidamente, pero no noté nada extraño. Continué unos pasos más, hasta tener la misma sensación. Pero esta vez no me detuve: me propuse seguir avanzando, hasta poder sorprender al perseguidor, si es que había alguno. Así es que media cuadra más adelante me detuve en seco y miré hacia atrás rápidamente. La calle estaba desierta. Sólo había un hombre, vestido de gris.

Al verme, dobló velozmente la esquina y no lo volví a ver. En ese instante no podía estar seguro de si era el mismo que había conocido en el tren aquella primera noche. Pero por el momento no me importó demasiado.

Cuando subí las escaleras de mármol, Victorio ya se encontraba allí.

- ¿Querés un mate? Esta medio frío ya.

Acepté, pensando si debía contarle el nuevo episodio del hombre-de-gris. Pero, al igual que en el primer encuentro, decidí que lo mejor sería callar por ahora. Yo también podía tener mis secretos.

- Bueno, Victorio, ya lo esperé demasiado. Creo que llegó la parte en que usted me cuenta de qué se trata todo esto.

Victorio dio un largo chupón al mate antes de comenzar a hablar.

- Sí, Valentín, ya es hora de que conozcas la historia. Hace muchos años existió una organización secreta en este país: un grupo de jóvenes que se había reunido ya no se sabe bien con qué fin original: si estaban contra los nazis, contra los comunistas, o si sólo lo hacían para divertirse. Sí sí, no te rías, esto pasó de verdad, en este país de cuarta. Se llamaban el grupo Albatros…

- Y ese tal Abuelo pertenecía a esa asociación, ¿no?

- Claro, el Abuelo era el jefe. Y como fue el último en morir, le tocaba a él develar el secreto.

- ¿Qué secreto?

- La organización en sí no sirvió para nada, no hicieron nada útil durante su existencia. Pero como eran jóvenes y tenían dinero de sobra, decidieron inventar un juego.

- ¿Un juego?

- Sí, una aventura, un juego bastante alocado, pero en esa época se estilaban esas cosas. Hasta donde pude averiguar, hay ciertas piedras escondidas en diversos sitios del país. Pero dónde y cuantas son, eso no lo sé. Para eso necesito la carta.

Todo eso me resultaba una gran fábula, pero por alguna razón seguí escuchándolo y preguntando:

- ¿Pero cómo entra usted en esta historia?

- Mi padre era miembro de la asociación. Él murió antes que el Abuelo, claro. La familia de Funes también estaba ahí, y había más gente. Me temo que no debemos ser los únicos que estamos detrás de estas pistas, mi amigo.

-¿Y para qué sirven esas piedras? ¿Son valiosas o qué?

- Por lo que sé, las piedras en sí no tiene mucho valor. Lo importante es que aquel que las reúna todas puede presentarse en un banco específico, donde le será entregada una inmensa suma de dinero, depositada allí desde hace años.

- La verdad que no entiendo nada, qué quiere que le diga. No veo por qué alguien inventaría una cosa como ésta…

- Supongo que por lo mismo que vos te subiste a aquel tren, Valentín: para escapar de la rutina, para darle un sentido a la vida.

-¿Y quién le asegura que esto es así? ¿Qué pasa si reunimos las piedras y después en el banco se nos ríen en la cara?

-Se supone que junto con la carta hay un documento que certifica la entrega del depósito. Aunque estuve revisando el Diccionario, pero no pude encontrarla. Temo que Funes nos haya engañando…

Seguí su mirada mientras hablaba y vi el Diccionario abierto sobre la mesa. Lo tomé y pasé rápidamente sus páginas, pero no había nada. “La carta está dentro del Diccionario”. De pronto, como si de una epifanía se tratara, lo arrojé con fuerza al suelo.

¡TOC! Al caer se hizo pedazos. Victorio me miró estupefacto. Sin embargo, entre las tapas desencajadas, asomó la punta de un papel.

Me apresuré en terminar de despegar la tapa: dentro había un sobre con un pájaro estampado. Victorio lo abrió y leyó su contenido: una carta, y un documento bancario, ambos de un color amarillo por el tiempo.

No hace falta que transcriba aquí la totalidad de la misiva. Lo único que importa es el poema con el cual finalizaba:

“… Y como los Magos que en el cielo,
siguieron a las Marías,
para terminar siendo Mosqueteros…”


- ¡Nueve! – Exclamé- ¡Son nueve piedras!

- Tres por los Reyes Magos, tres por las Tres Marías, y otras tantas por los Tres Mosqueteros… - Respondió Victorio, reflexivo.

- Bueno, eso significa que ahora tenemos que encontrar nueve piedras…

- Ocho. – Dijo Victorio, y sacó algo de su bolsillo.

lunes, 6 de octubre de 2008

Seis



Sin embargo, casi ni llegué a tocarla: la puerta se abrió de golpe y una gruesa voz dijo: “¿Vos sos Valentín?” Mi estupefacto rostro asintió, con los pantalones por las rodillas.

“Te necesitan afuera, ¡vamos!”.

Esto se parecía terriblemente a mis pesadillas nocturnas. “Alcoyana-Alcoyana”, fue lo único que se me corrió pensar frente a la fatídica coincidencia. Me terminé de vestir y salí, prometiéndole a mi compañera volver a verla pronto. Promesa que nunca cumplí.

El hombre de cara de aberdeen agnus me acompañó por un pasillo y me hizo subir unas estrechas escaleras. Una vez arriba abrió una puerta y me invitó a pasar. Él esperó afuera.

Me encontraba en ese momento en una oficina muy bien amueblada: amplias bibliotecas escoltaban las paredes, adornadas con macetas que dejaban caer enredaderas en cada esquina; sobre mesas de algarrobo había más libros y unos extraños juguetes de metal, de esos que no paran de moverse; sobre una columna jónica o dórica (nunca supe bien la diferencia) descansaba un extraño monolito: al aparecer, el busto algo maltratado por el tiempo de algún sujeto filosófico. En el centro había una mesa: de un lado (el más cercano a mí) estaba Victorio, sentado; detrás, un enano con una gran F dorada colgando al cuello. Estaba también sentado, pero sobre una silla bastante más alta que las demás. Sólo le faltaba la ametralladora y el sombrero para terminar de parecer un verdadero mafioso. A su espalda lo custodiaban otros dos vacunos. En el fondo, un amplio ventanal dejaba ver la noche estrellada y los grandes árboles circundantes.

-Bienvenido, Valentín, te estábamos esperando –Dijo Victorio.
-Esperamos no haber interrumpido nada – Siguió Funes socarronamente. Sus vacas se sonrieron.
-Valentín, él es Funes, el hombre del que te hablé.

“Hola”, atiné a decir. Realmente no entendía nada, ni tenía ganas de entender: aún estaba pensando en el sonido monoaural… De ponto mis ojos se quedaron mirando la fotografía de un bebé que estaba sobre el escritorio. Al pie del portarretrato se podía leer “Giselita”.

-¿Le gusta? Es mi sobrina, ¿no es un amor? – La aguda voz el enano me devolvió a la realidad – En unos diez años la tendremos trabajando con nosotros…

Sus guardias volvieron a sonreír. Ese Funes era realmente un tipo asqueroso.

-Mi querido Valentín, ya le he contado al señor Funes acerca de nuestro intercambio. Yo ya cumplí: acabo de entregarle los documentos que podrían, eh… interesarle. Pero él no quería darnos su parte hasta que vos también estuvieras aquí.

Algo sonaba raro en todo eso. ¿Se podría confiar en Funes? A decir verdad, ¿se podía confiar en Victorio? Recién lo había conocido hacía dos días…

-Y bien, aquí estoy. Ya pueden terminar con esto y seguir disfrutando de la fiesta, ¿no?
- Me gusta su actitud –Dijo Funes.
- Bueno, Alberto, ya sabés a qué vine. ¿Dónde está?
-Donde ha estado siempre, Victorio: en La madre de Todas las Cosas.
-¿Wikipedia? - Dije, ingenuamente. Victorio comenzó a reírse:
-Ay, ¡siempre tan cerca y tan lejos a la vez! Claro, cómo no lo pensé ¡El Diccionario! El Abuelo lo dijo antes de morir: “Descartes tenía razón”, jaja.
-¿Descartes? ¿El filósofo?
-Sí, mi querido Valentín. Descartes contó haber tenido un gran sueño revelador: soñó con un diccionario. En el diccionario, según el francés, se encontraban todas las ciencias, ya que estaban contenidas allí todas las letras y todas las palabras con las que las ciencias se forman. Y eso es lo que le reveló que debía haber un método único que sirviera para todas.
-¿Entonces la idea de Borges en “La biblioteca de Babel” no es original?
-¡Claro que no! – Dijo Funes- El cieguito volador siempre fue un gran simulador. Y su pedantería lo llevaba a exagerar las cosas: postuló toda una biblioteca para explicar una idea que podía comprenderse con un sólo libro. Es más, dicen que pertenecía a un club secreto de escritores mediocres, pero eso es otra historia…

Victorio se había puesto de pie. Caminó hacia la biblioteca más cercana a la ventana y tomó un grueso volumen.

-Bueno, mi pequeño amigo, gracias por tu ayuda. Ahora que ya cada uno obtuvo lo que quería, podemos retirarnos hasta la próxima…
-Un momento, mi querido Victorio – la voz del enano sonó más irritante que de costumbre - . Esto no te va a ser tan fácil…
-¿Y ahora qué pasa?
-Sé lo que venías a buscar: la carta que dejó el Abuelo. Sé dónde está y te lo dije. Lo que no sé es para qué la querés…
-Ah, por nada en especial… sólo tiene un valor sentimental para mí.
-Ay Victorio, eso no te lo cree nadie. Si tuvieras sentimientos, no hubieras hecho lo que hiciste con tu hija. La carta tiene otro valor, ¿verdad? ¿Para qué la querés?

Victorio suspiró, y dijo tranquilamente:

-Esa información no estaba dentro del trato, así que si nos lo permiten… -Dijo, avanzando un paso. Pero a una señal de Funes sus custodios se adelantaron, tapándonos la puerta.
-Ustedes no se van a ningún lado. Si te dejé vivir, Victorio, y si te dejé llegar hasta acá, fue sólo para que me develaras el secreto de la carta. Pensaba que sería por las buenas, pero mis muchachos aquí presentes y yo no tenemos problemas en ejercer la violencia.
-Ay, Funes, Funes… El Señor no sólo te negó cuerpo sino también cerebro… leé mis labios: en dos minutos mi compañero y yo estaremos fuera de aquí, y nos llevaremos el Diccionario con nosotros…
-¿Ah. Sí? ¿Y cómo piensan salir de esta habitación?
- “Per aspera ad astra”.
- ¿Qué tienen que ver Séneca en todo esto? –Dijo el enano y miró el extraño monolito.

En ese momento comprendí lo que tenía que hacer: tomé el busto del filósofo y lo arrojé hacia el ventanal: saldríamos a través de las estrellas.

Los vidrios se hicieron mil pedazos. Victorio saltó a través del cielo y se colgó de las ramas de un árbol. Yo estaba a punto de seguirlo, cuando vi que uno de los guardias iba a sacar un arma. Funes, anonadado, se había parado arriba de la mesa.

Sin pensarlo, lo tomé de la cintura y cumplí un sueño: arrojar a un enano con todas mis fuerzas. Su pequeño ser chocó contra una de las bibliotecas, desplomándola sobre él y sus guardianes.

Salté por la ventana, y bajé rápidamente por el árbol.

Esa fue nuestra corrida bajo un tucumano cielo estrellado.